Ago 302014
 

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Dejó las risas y las voces encerradas en la vieja casa,jugando al corro de los recuerdos.Al salir,encendió un pitillo sin mirar atrás.Se apoyó un momento en una de las columnas del porche para ver como las volutas de humo se perdían en el aire igual que pompas de jabón.La lluvia al fin había dejado su tarjeta de visita : ” olor a tierra mojada”  – murmuró observando como pequeñas gotas de agua resbalaban por el voladizo para caer sobre el piso de madera. Una ardilla saltó entre las ramas del viejo roble que desde siempre , estuvo junto a la casa familiar.Una alondra trinó,y un ratón de campo corrió a esconderse bajo una de las tablas sueltas de los cuatro escalones que llevaban a la casona. Ahora el viento del sur agitaba los girasoles que salpicaban la pequeña huerta, ya sin cuidar. Una gallina boba cloqueaba  juntó a él, sin percatarse de su presencia. Un conejo corrió a esconderse por puro instinto de supervivencia … Quería irse,pero sus pasos le llevaron hasta la vieja cochera,de la que solo quedaban algunos tablazones derrotados por la carcoma y el paso del tiempo.El viejo Chevrolet aún permanecía allí inamovible,impasible;ajeno a todo lo que no fuera esperar a que alguien se sentara frente al volante y pusiera en marcha el viejo motor,que al fin y al cabo era su corazón.Un corazón de metal que a pesar del paso de los años se moría por latir. Abrió la portuezuela del lado del acompañante y metió la mano entre el respaldo y el asiento. No le costó encontrar lo que buscaba.Lo mantuvo en el puño cerrado durante un momento,tal vez esperando el milagro de volver al pasado en cuanto abriera la mano… El tañido de una campana le recordó que era hora de regresar al mundo real. Un mundo en donde la vida sencilla no tenía sentido… el mundo de hoy. No aflojó la mano hasta que se sentó en el flamante coche que la empresa le tenía asignado.Desde la palma la pequeña figura de plastico de El Capitán Trueno le miraba impasible,como si nunca se hubiera ido,al tiempo que hacía rodar el coche por el camino dormido de niño de campo,de granja,de tierras aradas,de colada al viento,de ropa más que usada,de masa de pan recien horneada,de beso de madre oliendo a manzana. De caricia burda de padre y sonrisa cansada,de heridas con costras,de hermanos jugando a la guerra,de sueños montados con Ingrid,con Goliat,con Trueno…
Y se fue sin mirar atrás llevando su vida de niño en un puño.

Ago 252014
 

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¡Ja! Y que NO centro la neurona ¡Ja,ja,ja! Que le ha dado por los microrrelatos a la muy borde. Que dice que no le dala gana de ir a la playa porque no quiere que le salgan pecas ¡Glup! que NO le da la gana de informarse sobre lo que pasa por el mundo mundial porque no quiere engordar ¡Glup! Que prefiere que todo le resbale para no tenerse que comprar dos tallas más de masa encefálica ¡Glup! Y eso que en Salud Mental están de rebajas…Si es que NO me escucha. Una le dice: –  acercate al loquero y pruebate un par …y la puñetera me contesta : – ¿que parte del NO me da la gana no entiendes? ¡Cria neuronas para esto!
¡Ja! Y es que NO centro a la neurona

Ago 202014
 

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¡Hola a tod@s l@s que me soportaís!

Zascandileando,desordeando,ordenando,recordando memorizando,y no se cuantos “andos” más,a la par que entablaba una lucha a muerte con mis lentillas,encontré un pequeño libro,al que adoro y que creía perdido por su tamaño en algún cajón,de tanta mudanza como una ha hecho a lo largo de su larga vida.Es una versión reducida  y modernizada del Quijote, por Andrés Amorós,y editado por “Paradores de Turismo”. Quiero ir compartiendolo con vosotr@s poco a poco. Estoy segura de que tanto a los que habeís disfrutado con esta incalificable novela,como a los que aún no la habeís descubierto,os va a encantar.

Abrazos repartidos!!!

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza y escudo antiguos, rocín flaco y galgo corredor. Una olla con más vaca que carnero, carne picada casi todas las noches, huevos con tocino los sábados, lentejas los viernes, algún palomino por añadidura los domingos, consumían la mayor parte de su hacienda. El resto de ella lo componían algún traje de paño fino, medias de terciopelo para los días de fiesta, con su calzado a juego. y los días de entre semana vestía con un paño pardo de lo más fino.
Tenía en su casa a un ama que pasaba de los cuarenta años y a una sobrina que no llegaba a los veinte, además de un mozo para todo, que lo mismo ensillaba el rocín que tomaba las tijera; de podar.
Andaba nuestro hidalgo cerca de los cincuenta años,era de constitución recia, seco de carne, delgado, gran madrugadar y amigo de la caza.
Dicen que se llamaba Quijada o Quesada, aunque en esto no se ponen de acuerdo los autores que sobre él han escrito; quizá se apellidaba Quejana, pero esto importa poco a nuestro relato, que en ningún momento se saldrá ni una pizca de la verdad.
Resulta que este hidalgo, los ratos que estaba ocioso -que era la mayoría del año- se dedicaba a leer libros de caballería con tanta afición y tanto gusto que se olvidó casi del todo de la caza y hasta de administrar su hacienda. Llegó tanto su pasión que vendió algunas tierras para comprar esos libros. Reunió, así pués,todos lo que pudo.
De todos ellos, los que más le apasionaban eran los que escribió el famoso Feliciano de Silva, con frases tan intrincadas como éstas, que a él le parecían de perlas: “la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mI razón enflaquece, que con razón me quejo de vuestra hermosura”.
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, al empeñarse en entender su sentido, algo que no hubiera conseguido ni el propio Aristóteles, si hubiera resucitado.
En resolución, él se enfrascó tanto en la lectura de estos libros, que se le pasaban las noches leyendo, de claro en claro, y los días, de turbio en turbio, Así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de modo que vino a perder el juicio. Se le llenó la fantasía de todo lo que leía: hechizos, peleas, batallas, desafíos, heridas, amores, tormentas, disparates imposibles … Todo ello se le asentó en la imaginación de tal modo que, para él, no había historia más verdadera en el mundo. Decía, por ejemplo, que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no podía competir con el Caballero de la Ardiente Espada, que de un solo tajo había partido por la mitad a dos fieros y descomunales gigantes.
Rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que ha tenido ningún loco: le parecio conveniente y necesario, para el aumento de su honra y el servicio de su patria, hacerse caballero andante, irse por todo el mundo con sus armas y su caballo buscando aventuras, como él había leído que hacían esos caballeros, remediando injusticias y afrontando peligros que le habían de dar nombre y fama.
Se imaginaba el pobre que, gracias al valor de su brazo, le habían de coronar, por lo menos, emperador de Trapisonda. Con estos agradables pensamientos, se apresuro a llevar a la práctica lo que deseaba. Lo primero que hizo fue coger unas amas que habían sido de sus bisabuelos, llenas de moho, pues hacía siglos que estaban olvidadas en un rincón. Las limpió y las preparó lo mejor que pudo y, al comprobar que el casco sólo le cubría la parte superior de la cabeza, lo completó con cartones, como si fuera una armadura completa. Para probar si era fuerte y podía resistir una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes: bastó con el primero para deshacer, en un momento, lo que él había hecho en una semana. Para evitar este riesgo, lo hizo de nuevo, poniéndole dos barras de hierro por dentro, de manera que quedó muy satisfecho de su fortaleza y, sin hacer más pruebas, decidió que tenía ya una magnífiva armadura.Fue luego a ver a su rocÍn y, aunque tenía más tachas y defectos que el caballo de Gonela que era sólo de piel  y huesos, a él le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro Magno ni el Babieca del Cid Campeador podían igualarse con él.
Cuatro días se le pasaron imaginando qué nombre le pondría. Según se decía a sí mismo, no era lógico que el aballo de un caballero tan famoso y tan bueno comoo él, no tuviese un nombre conocido. Intentaba encontrar uno que aclarase lo que había sido antes de pertenecer a un caballero andante y también a lo que había llegado, pues era razonable que, habiendo cambiado de estado su amo, mudase él también de nombre y adoptase uno famoso, como convenía a la nueva orden de caballería en la que ya profesaba. Así,después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y volvió a hacer en su memoria y en su imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante,nombre,a su parecer,alto,sonoro y significativo,pues indicaba lo que había sido,un rocín, antes de lo que ahora era: el primero de todos los rocines del
mundo.
Puesto nombre, y tan a gusto, a su caballo, quiso ponérselo también a sí mismo. Este pensamiento le ocupó otros ocho días. Al final, decidió llamarse don Quijote. Pero acordándose de que el valeroso Amadís no se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, para hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso él, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha,con lo que, a su parecer, indicaba muy claramente su linaje y su patria, a la vez que la honraba, al tomar de ella el sobrenombre.
Una vez limpias sus amas, arreglada su armadura,puesto nombre a su rocín y confinnándose a sí mismo como caballero andante, decidió que no le faltaba más que buscar a una dama de la que enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto o cuerpo sin alma.
Decíase él así:
-Si yo, por mi desgracia, o por mi buena su encuentro por ahí con algún gigante, como les suele pasar a los caballeros andantes, y 10 derribo de un golpe, o le parto por mitad del cuerpo, o, en ñn, lo venzo y le rindo, ¿no estaría bien tener a quien enviarle, como obsequio, para que entre y se hinque de rodillas delante de mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: “Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en pelea individual el nunca suficientemente altbado caballero don Quijote de la Mancha, el cual mandó que me presentase ante vuestra merced, para que vuestra grandeza diSponga de mí libremente”?
¡Oh, cómo disfrutó nuestro buen caballero cuando concluyó este discurso, y más aún cuando encontró a quién dar el título de su dama! Parece ser que en un lugar cercano al suyo vivía una moza labradora de muy buen ver, de la que él estuvo ernrrorado agún tiempo, aunque según parece, ella jamás lo supo, pues él no le dio ninguna muestra de su amor.
Se llamaba esta moza Aldonza Lorenzo y a ésta le pareció bien darle el título de señora de sus pensamientos. Al buscarle un nombre que armonizase bien con el suyo, y que puntase al de princesa y gran señora. vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural de ese pueblo: un nombre, a su parecer, melodioso, exquisito y significativo, como todos los demás que a él, y a sus cosas había puesto el caballero..

Ago 072014
 
Ayer fue su cumpleaños,y he querido dejar aquí el dia  que nació. Es mi hermana mayor,la nña del sombrerito junto al cochecito de una servidora.Un beso tatineta ¡Feliz cumpleaños!!!

Ayer fue su cumpleaños,y he querido dejar aquí el dia en que vino al mundo. Es mi hermana mayor,la niña del sombrerito, junto al cochecito de una servidora.Un beso Tatineta ¡Feliz cumpleaños!!!

Pasaron los días, semanas y meses. De Forna a Godella, en donde estuvieron un tiempo en casa de unos tíos; y de allí a Valencia, a un piso alquilado en la calle de La Reina, por el viejo Camaró, el cual disfrutaba su hermana Teresa con su marido y los hijos. Era un piso grande, que daba a dos calles; de largos pasillos y laberínticas habitaciones, unas interiores, sin ventilación, y otras con ventanas o balcones. Y fue en una de estas, en la que “la Escopetilla” se metió en la cama asustada como un conejillo de indias, ante las primeras contracciones a esperar, en su ingenuidad, no sé qué milagro del Señor para parir como la Virgen Santísima, sin dolor. Y como el milagro no llegaba y cada vez gritaba más, decidieron que ya era el momento de avisar al médico, que apareció cargando con un maletín de cuero negro tan pelado por el uso como la lampiña cabeza de su dueño. Tras horas de lamentos, gritos y esfuerzos, en vista de que la criatura no salía; bien porque la madre no colaboraba demasiado, tan ocupada estaba con su sufrimiento, o bien porque no le daba la gana al feto, decidió el sesudo médico emplear los fórceps y así traer a esa espléndida vida de posguerra, al pequeño ser humano. Y lo sacó del útero materno, empleando el aparato que tanto niño idiota dejó en su momento en el mundo al chafar, por pura presión desmedida, sus tiernos cráneos. El hombre se dispuso a meterse en faena no sin antes advertir a “Ojos de Gato”, que se lo pensara dos veces antes de que entrara a matar con los cucharones, a lo que este contestó que ya había visto parir a más de una oveja cuando era niño. Cuando el sol estaba acabando de desperezarse para empezar un nuevo día, ella pegó cuatro gritos más, junto a un buen chorro de lágrimas al más puro estilo de “Lo que el viento se llevó”, que acompañaron la salida de la blanda cabecita, que más que una cabeza de crío, parecía una albóndiga de carne picada sujeta por dos cucharas de servir. El médico, que a fuerza de bregar con “los primerizos” sabía el horror que “el que había visto parir tanta oveja” estaba experimentando en su interior, decidió tranquilizarle, como hacía con todos los padres de los niños que traía al mundo usando el susodicho utensilio.
– No se preocupe usted, que ya verá que lo que ahora parece una masa de carne prácticamente amorfa, dentro de poco será una niña preciosa -le dice volteando lo que parecía un recién nacido después de que rompiera a llorar como todo recién nacido-. Y así, tal y como el médico dijo, sucedió: resultó ser una niña bonita, a la que bautizaron en la iglesia del Rosario, con el nombre de Sara Florencia en recuerdo de las dos abuelas, nombre algo pesado para una niña tan pequeña como era. Así que, tras salir de la iglesia, “la Escopetilla” dijo que la llamarían Tatín por ser mucho más corto: Tatín la pequeña y Titán el perro. Y ella, ajena a los derroteros de su madre, dormía plácidamente en los brazos de su padre como una bella durmiente, mientras las hadas revoloteaban a su alrededor, dejando en el portal de su destino una infancia feliz, una adolescencia tranquila y para el resto de sus días: una vida de florero primero, y después, otra -la que ahora lleva-, bucólica y pastoril, entre tartas de manzana, huerta, hijos, nietos, perros y algún que otro problema que le ahoga el alma, como todos los pobres mortales.

Y así llegó el momento de volver a esa tierra bendita que tanto echaban de menos. El final de las vacaciones había acabado y el verano también. Se habían metido en el mes de octubre y hacía frío: era hora de regresar; el destino volvía a ser Evinayong. ¡Eran felices!