Ene 302015
 

DSC02969

Sara no era una mujer guapa;más bien feucha, pero tenía unos ojos tan azules como una mañana de primavera con  pajarillos saltando de rama en rama, y abejorros libando de flor en flor.Abnegada y dulce , era el prototipo de mujer que todo hombre soñaba para que fuera la madre de sus hijos…
Se quedó sin padres cuando apenas contaba dos años,no se sabe si porque se los llevó “la gripe española”, o fallecieron de un “cólico miserere”;dicho popular que venía a decir”ni puñetera idea de que la ha palmao”.Y así fue a parar al hogar de su tio Pascualet,que no sabía por qué el Señor le envíaba una boca más para alimentar si ya le había bendecido con ocho,`pero como el hombre era bueno sin más,recibió a Sara con otro plato en la mesa, y un cucharón menos para el resto de la familia.La nena creció entre mocos colgando,emplastos para el resfriado y sopas de ajo que comía con ganas a la par que sus preciosos ojos azules miraban el pequeño mundo que le rodeaba,con el deseo de ver más allá de esas casas de piedra levantadas por los moros,y ese castillo que dominaba la olla en la que su aldea dormitaba ajena a los trasiegos del mundo.
Y así fue creciendo Sara..y una tarde de abril,como todas las tardes,la chiquilla bordaba sentada en corro con el resto de las muchachas por casar,en la plaza junto a la pequeña iglesia de San Bernardo, entre canciones y miradas furtivas a un joven carabinero hijo de Oliva,un pueblo no muy lejos de su aldea, al que iba poco y cuando lo hacía era una verdadera fiesta.Salvador,que así se llamaba el joven de bigotillo fino, y delgado como una longaniza de pascua,buscaba a Don Servando,el cura, que a golpe de borriquillo oficiaba la Santa Misa en todas las aldeas del lugar. Hasta ocho misas llegaba a oficiar el buen hombre los domingos,y con tanta consagracion del Cuerpo y Sangre del Señor,regresaba algo achispado a su parroquia de origen, a lomos de su fiel borrico “Lecherillo”, nombre que le puso su antiguo dueño el lechero que repartía la leche de las cántaras, que el animal transportaba por esos caminos de Dios.
El Señor cura no estaba – le dijeron las muchachas – que no daban pie con bola ante la buena planta del joven forastero vestido de militar.- El Señor cura se ha ido a oficiar la Santa Misa a la aldea de al lado -repitieron al ver que no contestaba,y es que los ojos azules de Sara lo tenían tan hechizado que olvidó el motivo por el que estaba allí,que no era otro que entregarle una carta del obispado…
Y en el reloj de la torre de la pequeña iglesia daban las doce,y un desfile de sillas de anea, bordados en bastidores y muchachitas en flor,comenzaron a pasar junto al muchacho entre risas,cuchicheos y arreboles del color de la amapola. Luego la una, y al toque de las cuatro campanadas vió venir por la calle empedrada que llevaba a la plaza, al señor cura a lomos de Lecherillo….
…………………………………………

-Señor cura que yo la quiero…
– Mira hijo que es muy joven;no me la vayas a desgraciar…
– Don Servando,que esos ojos azules como el mar que moja la playa de Gandia me tienen enamorado hasta las trancas…
– ¡Que forma es esa de pedir el consentimiento de la Santa Madre Iglesia! -le reprende sin dejar de mojar la última porra en el chocolate,que Marieta,la mujer del señor alcalde,había hecho con amor.
– Señor cura que soy un hombre de bien.
– Eso he oido…y tambien de mal de amores porque tienes a las mozas de las aldeas con los ojillos de vaca lechera enamorá- contesta riendo.
– Yo que quiere que le haga…
-¿La quieres de verdad? – ahora su cara es seria. le observa por encima de las gafas de concha gruesa arqueando las cejas hasta lo imposible.
-La quiero padre…
-Pero si nunca has hablado con ella…
-¡En que quedamos! Si le hablo me dirá usted que quiero llevarla al granero,y si no le hablo,argumenta que ¿como voy a estar enamorado si no se es de lunas y estrellas,o si es de sol y mañanas de abril…
– Anda,anda,vete y vuelve mañana a eso de las once, para que hables con ella.
– Gracias Don Servando aquí estaré.
-Adios…¿No se te olvida algo?
-¿?¿?¿?¿¿
– Su nombre ,hijo;su nombre…-le dice con mirada socarrona.- Se llama Sara.Sara Camaró.
Y se fue.
Y la encontró.
No necesitaron hablar.
Solo se miraron a los ojos.
Sus manos se rozaron;
sus labios no debian…
Se amaron para siempre.
Y él se fue más allá de las estrellas;
Lo hizo pronto,
como si tuviera prisa por encontrar un escalón,
con vistas a ese mar que eran sus ojos tan azules…
Y él se fue,
y ella se quedó sin saber si el norte era el sur,
si la noche el dia,
si la había amado hasta el final…
Si allí donde estuviera aún recordaba sus ojos azules…
Y no era una mujer guapa,
pero tenía unos ojos tan azules como una mañana de primavera con pajarillos…
Sara…Sara…
Un beso.
Tu nieta.

Ene 192015
 

 

tatineta

                 Bajo un cielo cerrado de nubes de una de las primeras mañanas de abril, los besos y abrazos se confundían con la arena blanca y fina de la playa, que a esa hora del día recordaba a un cajón de arena para gatos, con el ir y venir de los pies descalzos de los negros y los calzados de los europeos. A la ropa blanca de algodón coronada por una buena cantidad de salacots, se le sumaba el color caqui de los uniformes y el negro lustrado de los torsos desnudos de los estibadores. Los pescadores, de frente arrugada por el aire marino y brazos nervudos, a fuerza de arrastrar hasta la orilla sus cayucos con el fruto de ese mar agradecido por ver aflojado en algo el peso de sus entrañas, completaban la paleta de colores con el efecto perlado del sudor resbalando por la tierra tostada de sus pieles. En el fondo de los cayucos: los atunes, colorados, besugos y barracudas, abrían y cerraban las agallas de un rojo oscuro, brillante y vivo en un intento agónico y desesperado por succionar el mínimo del oxígeno que necesitaban para vivir. Y a pocos metros de esa estampa, en el interior de la sencilla casa de madera y nipa, en donde la agencia Fortuny había instalado la oficina, en una incómoda silla de madera, descansaba “la Escopetilla” preñada desde hacía cinco meses.
— ¡Vamos, ahora nos toca a nosotros!
“Ojos de Gato” la tomó de la mano y ella, que había engordado más de lo razonablemente razonable para estar de cinco meses, se levantó con la ligereza de un hipopótamo hembra tras chapuzarse en el río y, caminando como un pingüino con el huevo entre las patas y la otra mano sujetando el salacot algo grande para su cabeza, sortearon la maraña de gente hasta llegar a la orilla, en donde cuatro vigorosos negros esperaban junto a la silla con andas para transportar, seguramente, a la pasajera más bonita que ese día embarcaba camino de España hasta la gabarra que la llevaría al Dómine. Besos y abrazos de todos enredando, eso sí, el último abrazo entre los bolsillos del alma; allí estaría hasta cuando regresaran al cabo de seis meses con el miembro más pequeño de la familia. ¿Un niño? ¿Una niña? Eso se lo dejaban a Dios, junto con el abrazo de vuelta.
Tras veintiocho días de singladura, el barco atracó en el puerto de Valencia, en una noche fría de primavera en la que “la Escopetilla”, abrazada a “Ojos de Gato” buscaba a los suyos entre la gente.
— ¡Hola prima! –un guapo chico alto, moreno y de espléndida sonrisa la abrazó.
— ¡Primo, cuánto tiempo sin verte!…
Hablaba tiritando de frío a pesar del abrigo de paño que habían comprado en Las Palmas, porque la dichosa barriga sobresalía de la prenda impidiendo abotonarla del todo. Sin soltar al muchacho de la mano, se volvió hacia “Ojos de Gato”, que parapeta-do tras el cuello de la gabardina contemplaba la feliz escena del reencuentro. Era feliz, porque ella lo era también, pero se sintió extraño… fuera de lugar. Se acordó de los suyos; de su madre a la que jamás volvería a abrazar: «¡Caín! ¡Eres de la piel del diablo! ¡Apaga la vela y a dormir! Ángel, ¿tú crees que la sangre es el alma?…».
— Mira Ángel, mi primo Antoniet…
Los ojos brillando como dos lucerillos chicos; las mejillas arreboladas por el frío y, en su interior, dos corazones latiendo al unísono… Notó que los dedos los tenía helados cuando rozaron los suyos. Sonrió al muchacho a la par que le devolvía el fuerte apretón de manos. Otro hombre joven, con aie de coquistador, se acercó tomando a “la Escopetilla” en volandas y dio un par de vueltas con ella, como si fuera una cría pequeña. Luego, dejándola en tierra, le dio un abrazo con la sonrisa en los labios. Se llamaba Emilio y era rubio y alto como el otro. Familia y más familia. Una mujer diminuta, con cuatro pelos lacios recogidos en un moño estirado y enlutada, como no, resultó ser la tía Teresa, la madre de los dos muchachos; hermana de Salvador, que desde unos cristales redondos de fuertes dioptrías le observaba curiosa. Y así uno tras otro desfiló el cuadro familiar de “la Escopetilla”.
Anochecía cuando el tren llegó a final de trayecto. El aire impregnado de olor a na-ranjos en flor y de sal marina, bañaba cada rincón, cada esquina, cada zaguán de Gand-ía y también la estación, en donde al poner un pie en el suelo rieron felices a la par que respiraban hondo, llenando su olfato de esencia de mar y azahar. Salió de la terminal con “la Escopetilla” de una mano y la maleta en la otra, con la esperanza de encontrar algún taxi que les llevara a la plaza del pueblo de donde salía el autobús para Oliva, y luego ya verían cómo lo harían para llegar hasta Forna. Seguramente se las tendrían que ingeniar con el carro del buhonero o con alguna tartana que pudiera alquilar…
Y fue el carro del buhonero el que les llevó por los caminos polvorientos a la pequeña aldea que una vez fue mora y después cristiana. El paisaje de una belleza austera, tenía su encanto con aquel castillo en lo alto de la montaña recortando su silueta en el cielo. Abajo, a sus pies, las casas de piedra mora, barrida por un viento helado que se colaba entre almendros, naranjos y algarrobos, llevando y trayendo fragancias del campo que “la Escopetilla” no captaba por estar ocupada en frenar el castañeo de sus dientes y en resguardar inútilmente la incómoda barriga dentro del abrigo que no se dejaba abotonar. Y en la última curva, una cruz de hierro forjado protegía la entrada del villorrio, como lo haría un sagrado corazón clavado en la puerta de cualquier hogar. Un fuerte olor a excremento de cuadrúpedo les llegó a la nariz, recordándoles que hasta allí no llegaban ni guaguas ni pick—up. Y de este modo tan bucólico y pastoril sintieron en sus corazones la primera punzada de añoranza de aquella forma amable de vivir, que nada tenía que ver con la cruda realidad. Y así pasaron unos días en el trocito de tierra de los ancestros de su madre Sara, entre vino de la bota, agua de la fuente, rebanadas de hogaza bañadas en un aceite casero, oscuro y amargo, con alguna que otra aceituna en aliñe. Con eso, y rodeados de parientes que les miraban con asombro al saber que venían de “tierra de moros”, sin comprender cómo no los habían esclavizado, o lo que era peor, cómo no los habían pasado a cuchillo, fueron testigos del despertar de la primavera una mañana de mayo.
Sentada bajo un olivo, “la Escopetilla” dejaba correr la tierra entre los dedos de las manos; había vuelto a esos días de verano de la niñez: Replega olives gosa*, le decía el bueno del tío Bernardo, pero ella prefería sentarse bajo un árbol en las tórridas tardes en la que el calor aprieta sin compadecerse ni de niños ni de ancianos; ni de hormiga despistada que asomara las antenas fuera del hormiguero: “Replega olives gosa”, le recriminaba sin mucho énfasis el bueno del tío cada vez que vareaba una rama y los demás se afanaban en recoger las aceitunas caídas de las ramas sobre la buena tierra: “Replega olives gosa… replega olives…”. Con la mano se acarició el vientre mientras pensaba que su sitio no estaba en esa España de posguerra que ella, a Dios gracias, no había conocido; bastante tenía con los agridulces recuerdos de su infancia, como el día de la primera comunión en una bodega al amparo de las bombas…. No. Su hijo nacería en Valencia pero nada más.

                   — Así; no te muevas… —“Ojos de Gato” la tenía en el objetivo bajo el limonero. Estaba realmente bonita con el brazo apoyado en una de las ramas, el pelo suelto, y su tripa sobresaliendo por delante de la gruesa rebeca de lana. Un rayo de un sol de atardecer se había parado en su pelo y lo hacía destellar en tonos dorados. Así; no te muevas…
Pasaron los días, semanas y meses. De Forna a Godella, en donde estuvieron un tiempo en casa de unos tíos; y de allí a Valencia, a un piso alquilado en la calle de La Reina, por el viejo Camaró, el cual disfrutaba su hermana Teresa con su marido y los hijos. Era un piso grande, que daba a dos calles; de largos pasillos y laberínticas habita-ciones, unas interiores, sin ventilación, y otras con ventanas o balcones. Y fue en una de estas, en la que “la Escopetilla” se metió en la cama asustada como un conejillo de indias, ante las primeras contracciones a esperar, en su ingenuidad, no sé qué milagro del Señor para parir como la Virgen Santísima, sin dolor. Y como el milagro no llegaba y cada vez gritaba más, decidieron que ya era el momento de avisar al médico, que apareció cargando con un maletín de cuero negro tan pelado por el uso como la lampiña cabeza de su dueño. Tras horas de lamentos, gritos y esfuerzos, en vista de que la criatura no salía; bien porque la madre no colaboraba demasiado, tan ocupada estaba con su sufrimiento, o bien porque no le daba la gana al feto, decidió el sesudo médico emplear los fórceps y así traer a esa espléndida vida de posguerra, al pequeño ser humano. Y lo sacó del útero materno, empleando el aparato que tanto niño idiota dejó en su momento en el mundo al chafar, por pura presión desmedida, sus tiernos cráneos. El hombre se dispuso a meterse en faena no sin antes advertir a “Ojos de Gato”, que se lo pensara dos veces antes de que entrara a matar con los cucharones, a lo que este contestó que ya había visto parir a más de una oveja cuando era niño. Cuando el sol estaba acabando de desperezarse para empezar un nuevo día, ella pegó cuatro gritos más, junto a un buen chorro de lágrimas al más puro estilo de “Lo que el viento se llevó”, que acompañaron la salida de la blanda cabecita, que más que una cabeza de crío, parecía una albóndiga de carne picada sujeta por dos cucharas de servir. El médico, que a fuerza de bregar con “los primerizos” sabía el horror que “el que había visto parir tanta oveja” estaba experimentando en su interior, decidió tranquilizarle, como hacía con todos los padres de los niños que traía al mundo usando el susodicho utensilio.
— No se preocupe usted, que ya verá que lo que ahora parece una masa de carne prácticamente amorfa, dentro de poco será una niña preciosa —le dice volteando lo que parecía un recién nacido después de que rompiera a llorar como todo recién nacido—. Y así, tal y como el médico dijo, sucedió: resultó ser una niña bonita, a la que bautizaron en la iglesia del Rosario, con el nombre de Sara Florencia en recuerdo de las dos abuelas, nombre algo pesado para una niña tan pequeña como era. Así que, tras salir de la iglesia, “la Escopetilla” dijo que la llamarían Tatín por ser mucho más corto: Tatín la pequeña y Titán el perro. Y ella, ajena a los derroteros de su madre, dormía plácidamente en los brazos de su padre como una bella durmiente, mientras las hadas revoloteaban a su alrededor, dejando en el portal de su destino una infancia feliz, una adolescencia tranquila y para el resto de sus días: una vida de florero primero, y después, otra —la que ahora lleva—, bucólica y pastoril, entre tartas de manzana, huerta, hijos, nietos, perros y algún que otro problema que le ahoga el alma, como todos los pobres mortales.

             Y así llegó el momento de volver a esa tierra bendita que tanto echaban de menos. El final de las vacaciones había acabado y el verano también. Se habían metido en el mes de octubre y hacía frío: era hora de regresar; el destino volvía a ser Evinayong. ¡Eran felices!

 

 

www.lasombradelegombeegombe.com

La Sombra del Egombe Egombe / Amazón.es

Ene 182015
 

 

los tres cerditos pequeños

                                                                                                       Y uno soñaba que era un rey …
                                                                                                       Otro soñaba que iba a pescar…
                                                                                                       El más pequeño de los tres…

 

 

Esta estrofa pertenece a una canción de cuna; la que arrulló a mis hijos cuando apenas empezaban  a caminar por la vida. Ha calmado llantos, rabietas y   ha hecho que el duende de la fantasía los sumiera en el más dulce de los sueños. Los he amado y los amo como solo puede amar una madre al hijo de sus entrañas. Luché, lucho y lucharé por ellos en este mundo y en el que espera más allá de las estrellas.Y entre penas y alegrias una ha tirado confetis de colores, que brillaron y brillan con la misma luz de La Cruz del Sur, y ha sabido recoger cada lágrima traidora y verterla en la pecera del olvido.
Y me siento orgullosa.Soy una madre orgullosa de esos hijos que parí con dolor;a la vieja usanza,sin gimnasias pre partos,ni epidurales calma dolores.Los embarazos fueron de “mesa camilla”,gorda por los cuatro costados,y con estrias.Olé,olé y ¡olé!
Y me siento orgullosa de haber criado a mis hijos con pecho,biberones,papillas,sopas de ajo y banana machacada con galletas de toda la vida,y zumo de naranja.
Y me siento orgullosa de haberles contado cuentos,de haber jugado con ellos y de hacer los deberes del colegio juntos.
Y me siento orgullosa de haberlos enseñado a rezar,y de sembrar junto a su padre, la semilla de “la buena gente”regandola con la esencia, de la nobleza de corazón.
Y me siento orgullosa de esos hijos que hoy caminan por la vida pisando fuerte,y tratando a la gente por lo que son,y no por lo que tienen.
Y me siento orgullosa de ser !la madre que los parió!
¡¡¡Y esto va por todas las madres que parimos con dolor,a la vieja usanza!!!

 

Ene 172015
 

DSC09575

Cada día se hacía más difícil vivir en la ciudad. El fuego de la artillería, el rugir de los motores de los aviones a su paso por el cielo de Teruel, y las sirenas alertando a la población de un nuevo bombardeo, se había convertido en algo cotidiano para sus habitantes. La ciudad parecía un fantasma, mostrando el sudario de casas derruidas. Solo el frío viento, con sus ráfagas cortantes como cuchillas, y su agorero ulular como compañero, se atrevía a pasear por callejones, calles y plazas… De vez en cuando se veía a alguien que caminaba por la calle con el cuerpo perdido en el abrigo y la falta de puchero caliente reflejado en la cara.
Con el paso acelerado, Sara, con los niños de la mano, atravesaba la plaza “Del Torico” en dirección a la calle de la Tristeza. Así la había bautizado la noche en que llegaron, donde no sabía el ambiente que se iba a encontrar, pues había notado que últimamente la dueña le miraba mal… y no era por dinero, porque desde el primer día no había dejado de pagar el alquiler ni un solo mes, así que intuía que era algo más serio…
«Tiene que ver con Salvador, seguro…».
Las sirenas empezaron a sonar advirtiendo de la visita de los aviones cargados con sus regalos de cortesía: unas hermosas bombas que dejarían caer desde el cielo, confiando en que nadie se quedara sin catarlas… Agarrando con fuerza las muñecas de sus hijos, echó a correr limitada por las cortas piernas de los niños. Ahora los aviones estaban por encima de sus cabezas, y aún les quedaba por recorrer la mitad del camino hasta llegar a los soportales del otro lado. Se encontraban junto al monumento que daba nombre a la plaza: una columna que soportaba, en su capitel, a un pequeño toro. Luego todo pasó muy rápido: el llanto de los niños… el latido de su corazón desbocado por el miedo en los oídos… el atronador ruido de las bombas al estallar… La metralla silbaba sin parar y no fue capaz de seguir adelante. Con un brusco empujón los hizo caer al suelo, echándose encima a modo de escudo; era lo único que podía hacer por ellos…Los cañones tronaban y los edificios aparecían envueltos en llamas. Escuchó un proyectil que venía enfilado hacia ella así que cerró los ojos y preparó su alma para el encuentro final apretando su cuerpo contra sus hijos hasta casi asfixiarlos, en un desesperado intento de protección, aunque sabía si eso sería suficiente cuando la metralla impactara en el blanco. Un segundo, dos, tres…Sara levantó la cabeza, el proyectil milagrosamente solo había rozado la columna, y pegó un tirón de los chiquillos, corriendo los últimos metros que le quedaban para alcanzar los soportales. Una vez allí, se pararon para tomar aliento. Los niños, entre llantos, le suplicaban que parara de correr y ella los abrazaba diciéndoles que era imposible si no querían morir… Entonces Sarita, tomando de la mano a su hermano, dijo:
—Vamos mamá, tenemos que llegar hasta un refugio… —y Sara, asomándose al balcón de sus ojos de niña, llegó a tiempo para ver cómo su alma de nena se escondía en lo más profundo de su ser, empujada por una prematura madurez de mujer.
Con la esperanza de no escuchar más que el silencio, apenas respiraban… el peligro había pasado hasta la próxima incursión.
Con manos temblorosas y ese nudo en la garganta que desde hacía tiempo no le abandonaba, limpió como pudo la sangre de las magulladas rodillas de su hijo con el borde del pañuelo mojado en saliva.
La plaza comenzó a revivir lentamente. La gente que había estado resguardada en los refugios, salía a la calle para volver a sus casas. Alguien le preguntó si estaban bien y si podía hacer algo por ellos… Ella negó con la cabeza y le dedicó una triste sonrisa. Ese alguien dijo:
— Aunque triste, es una sonrisa… — y tras acariciar la mejilla de la niña, le dijo adiós.
«Victoriano me dijo lo mismo… Tendría que haberme quedado en casa de Isabel y no haberme aventurado con los nenes por la calle… o mejor aún, si hubiera tenido en quién confiar en esa maldita casa de realquilada, los niños no habrían pasado por esto… pero necesitaba ese jarabe para la tos de Chito… ¡el jarabe!». Rebuscó en el fondo del bolsillo del abrigo, temiendo que se hubiera roto, pero allí estaba la botella. «El bolsillo es de paño grueso y ha debido de amortiguar el golpe…»

Por más que golpeaba la puerta, nadie acudía a su llamada…
— ¡Déjenme entrar, por favor!… — gritaba desesperada.
— ¡Que se marche, que e uté familia de picoletos*, y yo no quiero líos, que los “rojo” etán mu cerca! ¡Fuera! – gritaba la señora Angustias, desde una ventana.
— ¡Por favor, no tengo adónde ir…! Déjeme al menos hasta mañana; hágalo por los niños…
La ventana se cerró y Sara, con el alma en vilo, esperó la reacción de la mujer, que no tardó mucho en abrir la puerta…
— Lo hago por los niños y porque nunca ha sido morosa en er pago del alquilé, pero mañana por la mañana los quiero fuera, que ya le he dicho que no quiero complicasiones – dijo, con el ceño fruncido.
— Gracias… Vamos niños, entrad.

Picoletos*: forma coloquial de llamar a los hombres de La Guardia Civil

En el brasero solo quedaban rescoldos, que se apresuró a remover para reavivar las brasas. Luego, dejando a Sarita al cuidado del niño y tras advertirles lo peligroso que era tocar el brasero, salió con una enorme olla de agua fría en dirección a la cocina. Tenía que calentar el agua si querían lavarse un poco. Más tarde, cuando sus hijos estuvieran metidos en la cama, podría empezar a pensar en el siguiente paso.
Acompañada de sus pensamientos y la gran olla, Sara llegó a la cocina y descargó en un fogón el recipiente. Atareada como estaba en encender el fuego, no se percató de que no estaba sola. En el ángulo más oscuro de la cocina, amparado por las sombras, alguien seguía sus movimientos:
— Deja que te ayude… — Sara dio un respingo, la voz le había dado un susto de muerte. Del ángulo oscuro salió un hombre de unos treinta y pocos años. Era alto, moreno y de facciones agradables. Le quitó las astillas que llevaba en la mano y continuó con el ritual para calentar la olla.
— Esta noche empaquetarás lo que te sea más necesario y mañana a primera hora vendrá Victoriano a recogeros. Os llevará a la estación y os meterá en un tren militar que os conducirá hasta un lugar seguro.
— ¿Quién eres? — dijo con desconfianza —, ¿y por qué me quieres ayudar? — ahora el hombre, que había sacado un cigarrillo de uno de los bolsillos de su pantalón de pana, la miraba fijamente a los ojos –. Nos hemos visto alguna vez por los pasillos, pero nunca cruzamos una palabra… ¿y de pronto te preocupas por nosotros?
Está bien, me llamo Martín y soy guardia civil y, al igual que tu marido, pertenezco a la orden de La Calavera. Voy de paisano y estoy en esta casa por mandato de mis superiores. Mi relación con Victoriano y con Salvador es de amistad y de trabajo. Los rojos están a las puertas de Teruel y no podemos perder más tiempo.
— ¿Por qué tengo que creerte?
— Porque no tienes más remedio y por esto – dijo, al tiempo que se levantaba la ropa de cintura para arriba. En mitad del pecho tenía tatuado el emblema de la Guardia de la Calavera.
— ¿Nos volveremos a ver?
— Solo Dios lo sabe – contestó, mientras le estrechaba la mano –. Si salimos de esta, tendrás que invitarme a un arroz al horno, que me ha dicho Salvador que te sale para chuparse los dedos. Adiós Sara, cuídate…
— Suerte amigo… y que la Virgen del Pilar te acompañe.

Había dormido poco, un par de horas tal vez. Tras acostar a los niños y organizar lo más imprescindible para el viaje (entre lo imprescindible estaba la sopera, el viejo reloj de pared y la foto de su boda), fue a visitar a Doña Remedios, a la que pidió que custodiara los pocos enseres que le quedaban y le hiciera el favor de consumir los víveres que no podía llevar consigo. Favor que la mujer agradeció enormemente a juzgar por el brillo de sus ojillos.
Sin mirar atrás, Sara y sus hijos dejaron el cuarto con derecho a cocina y a retrete, alejándose en el camión de Victoriano de la calle de la Tristeza sin experimentar en su interior ni un ápice de ese sentimiento por dicha calle.
El camión, conducido por Victoriano, llegó a la estación en donde un tren militar estaba a punto de partir.
— Vuestro destino es Calatayud. Allí estaréis bien. No digo seguros porque hoy en día no se está seguro en ninguna parte… — dijo Victoriano, a la vez que abrazaba a los niños –. Portaos bien, obedeced a vuestra madre…
— Gracias, buen amigo. Nunca me cansaré de agradecerte todo lo que has hecho por nosotros. Cuídate… y espero que nos veamos pronto — al abrazarse, sintió la fuerza de sus brazos envolviéndola y fue tal la sensación de seguridad, que deseó quedarse así hasta el final de la guerra. Besándole en las mejillas, musitó —: hasta la vista, ángel de la guarda…
A golpe de silbato, el tren partió vomitando hollín mientras se alejaba del andén. Los vagones iban cargados de soldados que, entre bromas y chanzas, intentaban pasar el tiempo como mejor podían. Sara y los niños, acomodados en los duros asientos de madera, observaban en silencio la vida que bullía a su alrededor. Un joven acompañado de una baraja española jugaba al solitario, mientras silbaba una musiquilla… al momento otro comenzó a tararear la misma sonatina y en un momento todo el vagón comenzó a cantar: “Españolita no te enamores, ten fe y confía en estos buenos españoles. Los italianos, se marcharán y de recuerdo algún bebé te dejarán…”. En ese momento los aplausos y silbidos fueron atronadores, para luego seguir con la canción: “Guadalajara no es Abisinia, allí los rojos tiran con bombas de piña, los italianos, se marcharán y de recuerdo algún bebé te dejarán” …
Los niños miraban divertidos toda la escena, mientras escuchaban con atención la letra de la canción. De pronto, Chito preguntó a voz en grito:
— ¡Mamá, mamá! ¿Qué quiere decir que les dejarán un bebé? ¿Es que se lo han pedido a los Reyes Magos como regalo? – un muchacho, viendo el apuro que estaba pasando Sara ante lo incómodo de la pregunta, le dijo:
— ¡Eso es, chaval! Has entendido perfectamente la letra de la canción. Como sus amigos italianos se marchan de España, le escriben la carta a los reyes pidiéndole un “muñeco pepón” para su amiguita. Y ahora toma, ¿quieres un poco? — el muchacho, para distraer la atención del niño, le ofrecía un pedazo de chocolate en barra que sacó de su macuto. Chito, mirándolo con ojos golosos, alargó la mano a la vez que tarareaba la cancioncilla:
— “Y de recuerdo algún bebé te dejarán”…

Y hasta el final de la guerra, fue todo un peregrinar. Un par de veces en tren, otras en carro, las más en el coche de San Fernando, ya se sabe que un ratito a pie y otras andando…: Calatayud, Villarquemado, Villafranca del Campo, Paniza… En todos paraban un tiempo, según los avatares de la guerra. Siempre con miedo en el corazón… aunque a veces, ese miedo quedaba ahogado por la espera del anuncio del fin de la guerra. Mientras tanto, en el ir y venir de sus vidas, llegaban hasta ella las terribles noticias de la contienda: Belchite, Teruel, Brunete, Jarama, Ebro… Batallas, todas ellas mostrando la cara más terrible de la pelea. El crudo invierno del 37, con la toma de la ciudad de Teruel… El general Rojo, moviendo ficha: “jaque al rey”… 40.000 hombres, carros, blindados… rompen el cerco de los nacionales.
Franco, respondiendo; dejando a un lado los planes de ataque para Madrid… Entrando al trapo del General Rojo, para acabar en una lucha encarnizada en medio de un clima siberiano. Se combate casa por casa; con bombas de mano y fuego de ametralladoras. Se combate con las bayonetas en ristre, buscando carne en donde clavarlas… aunque no se sepa bien quién es quién. Al llegar la noche, de uno y otro lado, los emboscados se mezclan con la población civil…horror… horror…horror…

www.lasombradelegombeegombe.com

La Sombra del Egombe Egombe / Amazón.es

Ene 162015
 

Playa-Bata
…………En un reloj daban las seis. En un momento la luz dejaría paso a la oscuridad de la noche, pero a la chiquillería que jugaba al escondite en el soportal de la factoría Fernández le traía sin cuidado que el sol se fuera a dormir y que la luna saliera en mitad de las estrellas.
— ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…!
Desde el último arco del soportal veía a su amigo Carlitos, escondido tras un bidón lleno de agua de lluvia, y a las trenzas de su amiga Carmelita bailar a la luz de la luna llena. Mientras que al fondo y cara a la pared, Octavio, el hijo mayor del señor Fernández, contaba hasta cien dando tiempo a la gente menuda para buscar un lugar donde esconderse. Una ranchera en la voz de Jorge Negrete, grabada en un disco de pizarra, llegaba hasta ellos algo cascada a fuerza de ponerlo cada vez que se hacía una verbena en la pista de tenis a la que habían vestido con farolillos y bombillas de colores azules, rojas y amarillas: <Date prisa, date prisa…>, murmuraba mordiéndose una uña más que roída. <Por favor, por favor; que me van a venir a buscar>, imploró al aire, porque sabía que Dámaso no tardaría en aparecer para llevarla a casa. Eso le fastidiaba mucho, pues siempre ocurría lo mismo cuando los mayores decidían hacer una fiesta. Tenía que ir con ellos porque no consentían en dejarla con el boy y el cocinero.
— Noventa y nueve ¡y cien!
El muchacho de nariz afilada y orejas de soplillo se vuelve buscando a su presa. Tiene diecisiete años, la cara llena de granos, y un deseo inconfesable que guarda en secreto y da rienda suelta amparado en la inocencia de los niños, que juegan ajenos a ese deseo. Se lleva la mano a la bragueta y luego se rasca la cabeza, ladeándola un poco atento a cualquier ruido que delate la posición de alguno de los pequeños. El aire, que huele a mango y a jazmín, trae hasta allí fragmentos de un bolero de Jorge Sepúlveda: “Mirando al mar soñé que estabas junto a mí…”. Gelinda, desde el ángulo oscuro en donde se encuentra, lo ve moverse entre los macizos de hortensias. “Mirando al mar yo no sé que sentí…”. Sabe que su amiga Carmelita está escondida entre las grandes flores azules y que Octavio no tardará en encontrarla. El corazón le late a cien por hora porque es la reina del escondite. Octavio nunca había dado con ella, y eso la hacía especial para los niños. Las trenzas de su amiga volvieron a brillar a la luz de la luna en el momento en que la tomó de la mano.
— Ahora pagarás la prenda por haberte encontrado –le oyó decir al tiempo que se acercaban a su escondite
— ¿Qué prenda…? —dijo la niña, jugueteando con una de las trenzas con la mano que le quedaba libre.
El corazón le latía en los oídos. La tensión era total pues estaban tan cerca que ya daba por terminado el juego para ella. De un momento a otro la descubriría y se acabaría esa fama de “dura de pelar” que se había ganado a pulso.
— ¿De qué color llevas las braguitas? –le pregunta levantándole con suavidad el vestido a la chiquilla.
— Blancas —contesta zafándose de la mano de Octavio.
— ¡Enséñamelas te digo! –ahora su voz es autoritaria y a la niña no le gusta nada.
Desde el ángulo oscuro observa la escena conteniendo la respiración, aunque a ella le parece que se la oye hasta en la pista de tenis. Por un momento piensa que Octavio está jugando a médicos y enfermeras pero algo le dice que no es nada bueno lo que está viendo. Ante el cambio de actitud del chico, Carmelita se sube el vestido; un vestido azul con unas ovejas blancas en el pecho bordadas a nido de abeja que a ella le gustaba mucho. «Son unas ovejas muy bonitas», piensa, reprochándole a su madre, movida por una punzada de envidia, que nunca le borda un vestido. «Siempre los hace la modista… Claro que en realidad a mí no me gustan esos vestidos tan cursis…». Y es que ella quería tener una madre como las madres de todas las niñas de su edad: que le diera para merendar pan y chocolate, sopa de tapioca, le contara cuentos y le obligara a dormir la siesta. Y es que ella quería una madre que bordara ovejas, aunque para eso tuviera que vestirse de repollo con lazos.
— No…
La voz de su amiga hizo que olvidara la tapioca y el resto de sus deseos. Octavio, de rodillas, pasaba una de sus manos por las bragas blancas de la niña mientras que la otra la tenía puesta en la bragueta del pantalón corto. Sin saber cómo, salió de la oscuridad parloteando como el viejo Capitán. Algo le decía que si actuaba con naturalidad, la escena que estaba viendo se esfumaría por arte de magia.
— ¿De dónde sales? –le dice poniéndose en pie con la misma rapidez que el loro robando galletas de coco, y sin poder disimular su desagrado.
— Estaba escondida… pero ya me cansé de esperar –dijo sin mucha convicción, mi-rando la cara de su amiga que estaba a punto de llorar.
— ¡Gelindaaaa! ¡Niña blancaaa! –reconoció la voz de Dámaso llamándola, y por una vez en su corta vida agradeció que el boy viniera a interrumpir sus juegos infantiles.
— ¡Ya voyyy! –gritó tomando de la mano a Carmelita y echando a correr.
— ¡No vengáis más a jugar aquí al escondite! —gritó desde el ángulo oscuro del último arco del soportal. Pero ninguna de las dos contestó por estar ocupadas en llegar al bote de salvación en forma de hombre negro con botas militares y blanco delantal.
— Niña blanca, señora te está buscando –le dice sin disimular su asombro al ver la mano de la niña aferrarse a la suya.
— Vámonos a casa, pero primero acompañamos a Carmelita a la suya…
La luz de la luna llena iluminaba las trenzas de su amiga, mientras que el aire carga-do de olor a mango y azahar mecía de un punto a otro del pequeño pueblo de Bimbiles la letra de un bolero: “Que acordándome de ti lloré… “.

………………………………

— ¡Mira como te has puesto! Corre a la ducha que nos tenemos que ir… ¡Esta niña no tiene remedio!
— Es una nena, “Escopetilla”. Solo una nena que hace cosas de nena –le dice tomándola de la barbilla y plantándole un beso en la punta de la nariz–. Solo cosas de nena…
Gelinda se asoma con el mismo sigilo que un ninja a punto de caer sobre su enemigo, al interior de la ducha. Es una ducha cilíndrica alicatada de azulejos verde oscuro, como todo el resto del cuarto de baño. A ella le da miedo porque en su interior las sombras juegan al pilla pilla con su imaginación. Mira hacia arriba en donde una enorme regadera de metal, pintada también de verde y de la que pende una fina cadena, está esperando a que se decida a descargar el agua sobre su pequeño cuerpo, pero ella no quiere tirar de la cadena hasta asegurarse de que ningún insecto está de visita. En un saliente, también alicatado, descansa una caja de cartón de Omo* medio rota por la base a causa del agua de la regadera. No le gusta ese jabón que su madre se ha empeñado en usar desde hace un tiempo porque le deja el pelo como un estropajo y luego se lo desenreda a tirones y sin miramientos. A ella le gustaba más el jabón Lux. Se asoma una vez más al interior buscando los posibles inquilinos, cuando la ve allí plantada junto al paquete de Omo. No sabe cómo ha llegado pues acababa de mirar, así que pega un salto hacia atrás con el asco y el pánico pintados en la cara porque una araña grande y peluda permanece quieta junto a la caja de cartón, seguramente, con el mismo pánico que demuestra ella. Y, sin apartar los ojos del insecto, se aleja de la ducha tropezando con el bordillo, también alicatado de azulejos verdes. Envuelta en la toalla sale corriendo por el pasillo pegando gritos como una posesa.
— ¡Papá! ¡Papá! ¡Papaítooo!
— Cálmate Gelinda. Vamos a ver a esa araña —le dice recordando lo desagradable que fue la primera vez que se topó con una en el baño de Evinayong. Tuvo que llamar a Agustín para que acabara con ella, aunque echó tanto flit que por poco acaba con él también.
— Yo no me baño… yo no me baño papaíto –le dice a punto de llorar.
Le dan pánico las arañas. En realidad está peleada con todos los insectos. Ni siquiera las mariposas le hacen gracia. A ella lo que le gustan son las lagartijas en todas sus variedades, tamaños y colores.
— Se ha ido –le dice mirando hacia el saliente en donde se encuentra la caja de Omo—. Mira, ¿ves? No hay nada —comenta inspeccionando el interior de la ducha—. Lo más probable es que ella también se asustase con tus aspavientos y haya salido pitando… —su cara es todo un poema observando a la chiquilla por el rabillo del ojo, que permanece pegada a él estrujando el nudo de la toalla a más no poder—. ¿Quieres que le diga a Dámaso que eche flit?.
— No… que huele muy mal y me ahogo —contesta no muy convencida por la decisión tomada.
— ¡Pues andandito a la ducha! Que nos tenemos que ir.
— Papá, ¿por qué tenemos que usar ese jabón tan malo? Es que me deja el pelo como un estropajo de esos con los que el preso frota las ollas y la piel como la del cocodrilo presumido…
— ¿Qué es eso del cocodrilo presumido?
— Una historia de animales que Dámaso me contó.
— Vale… Ahora a ducharte de una vez que mamá se va a enfadar.
Y la niña se enjabonó con el Omo y tiró de la cadena de la regadera mientras que, amparada por las sombras del interior de la ducha, la araña peluda y grande esperaba paciente a que la pequeña humana acabara lo que estuviera haciendo para moverse en libertad.
— ¿A dónde vas tan deprisa, Gelinda?
“La Escopetilla” la llama harta ya de las imprevisibles salidas de su hija. Está preciosa y lo sabe. Sabe que será la más bella del baile, porque todo lo que se pone le sienta de primera y lo luce con estilo, como ese vestido de tafetán rosa palo de escote en pico y lazada enorme en la parte de atrás de su cintura. Se ha hecho la permanente, aunque a “Ojos de Gato” no le guste demasiado, porque es lo que impera. Antes de bajar el último peldaño de la escalinata que lleva al jardín, saca la polvera de la cartera y se empolva la nariz con los polvos de Mirurgia, aunque no le haga falta.
— ¡Al tenis! Voy a ver si veo a Juanín –grita, corriendo como Bambi, que a esas horas debía estar durmiendo en algún lugar de la selva, allí detrás mismo del hogar. Porque el pequeño antílope ha cogido la costumbre de pasar el día con ella y la noche en su hábitat natural. La respuesta de la niña no les preocupa pues el tenis queda justo al otro lado del jardín.
La Campanera rasga el aire, pero no en la voz de Joselito, ese niño prodigio que al público encandila con su voz de ruiseñor. Es la voz de una niña que enseguida recono-cen: “¿Por qué has pintao tus ojeraaasss…?”. Al llegar a la pista ven a su hija subida en el escenario. Alguien le ha dado un micrófono y canta el pasodoble de moda, moviéndose por el entramado de madera con la gracia de María Santísima. “La flor del lirio reaaal…”. La gente que empieza a llenar el recinto se acerca aplaudiendo a la pequeña. Todos se conocen y la conocen. Es lo que tiene la comunidad europea, que son pocos y apiñados.
— ¡Esta niña os hará ricos! —exclama el practicante Blanco—. Os lo digo yo que tengo ojo para esto —le dice a “Ojos de Gato”, dándole un codazo. Es un hombre afable, de baja estatura, aficionado a la pintura y lo hace bien.
— Ya os dije cuando nació que su mejor arma para ir por el mundo sería esa sonrisa pícara que la vida le dotó… —comento Anselmo sin dejar de aplaudir a la pequeña.
— No sé… ella quiere ser reina o peluquera… —aclara “Ojos de Gato” con guasa.
—¿Eso dice? Será lo que ella quiera ser. Como me llamo Anselmo Jiranzo.— sentenció con una sonrisa.
Las horas fueron pasando entre saltos, copas de champán “semi seco” y canapés. Trascurrió el tiempo a ritmo de pasodobles, boleros y rancheras iluminados por las alegres bombillas de colores y la luz de la luna llena. Esa luna llena que a punto estuvo de esconderse avergonzada de ese adolescente de dieciséis años y su deseo inconfesable.

Ene 142015
 

 87cayuco

……… Apareció como un diminuto punto en el océano, en la primera hora de la mañana, y sin los colores del amanecer, en un mar de espejo. Cosa rara, según comentó la tripulación, porque solía estar envuelta en niebla. Acortaron la distancia hasta donde el calado les permitió. Frente a ellos, una larga playa de arena blanca bordeada de palmeras y cocoteros, sembrada de diminutas casas indígenas desparramadas como cocos maduros, al pie de una alta montaña cuyo cráter permanecía cubierto por un lago. Y arriba del todo, rayando el cielo, el Mazafín, el punto más alto de la pequeña isla. En la playa no se veía a nadie, ni en los alrededores de la Misión Claretiana ni en la Delegación de Gobierno, que al pie de la montaña parecían dos casas fantasmas. “Ojos de Gato”, acostumbrado como estaba ver bullir la vida en cada palmo de tierra de la Guinea, se encogió de hombros como queriendo sacudirse el problema de encima, a la vez que apartaba ese mechón de pelo que a lo largo de su vida nunca pudo doblegar. Arriaron un pequeño cayuco y subió con Ochoa y seis guardias para cumplir la orden del capitán: “Acérquese a tierra para contactar con el destacamento”, le había dicho… Se cuadró con un “¡A sus órdenes, mi capitán!”, subiendo al cayuco con el médico, el puñado de guardias y su Star en la acharolada cartuchera.
Se acercaban a la orilla desprotegidos y sabiendo que eran blanco fácil para el nigeriano. Los guardias estaban nerviosos y él también, por qué iba a negarlo… Pensaba en lo terrible de la situación con solo dos misioneros para calmar a la gente e intentar dominar aquel caos. En total eran cuatro blancos en la isla entre tanto preso de alto riesgo campando por ella. En el fondo habían tenido mucha suerte pues podían no haber sofocado el motín o simplemente el nigeriano cargárselos a los cuatro… Ochoa permanecía en silencio. Ninguno de los dos tenía ganas de hablar. Cuando arribaron, un pequeño y solitario faro situado en un montículo, fue el único que les dio la bienvenida. Y él pensó que tal vez Oñekuere permanecía apostado apuntando al cayuco con el mosquetón, y se sintió como un animal acorralado sin posibilidad de huir. Aguzó el oído pero solo se escuchaba el romper de las olas en la playa y los gruñidos de los cerdos que circulaban a sus anchas por el poblado. Entonces le vino a la cabeza esos otros, que también hacían lo que les daba la gana en el entorno del hospital de Bata en donde nació su pequeña Gelinda. Sonrió al pensar lo feliz que era con un trapo tirada en el suelo imitando a Honorio, mientras este fregaba de rodillas, hasta la última loseta de la casa… Se escuchó un sonido seco, y otro, y otro más, pero solo eran cocos maduros que caían al suelo: «Aún me dará alguno en la cabeza. Tendría gracia que muriera de un cocotazo…», murmuró avanzando con cautela, al amparo de las palmeras y de las pequeñas casa de nipa envueltas en el cargado olor a humo, de hogueras familiares ahora apagadas.

Por fin llegaron a la Delegación. Un edificio grande, de dos plantas, con galería corrida en la primera. En la fachada principal, dos guardias vigilaban la entrada, con el miedo en los ojos mal disimulado.
— Buenos días, Masa. Yo hablar por la emisora… Mucho peligro aquí en Annobón, mucho gente asustarse y no quiere salir de la Delegación… —dijo uno de ellos al cuadrarse.
— ¿Eres Mané? ¿Dónde están los heridos? —preguntó escuchando el barullo del in-terior.
— Sí. Dentro Masa… todo el mundo estar dentro.
Un tropel de palabras se atropellaba al otro lado de la pared, mientras una gallina de Guinea de alas recortadas aleteó hasta posarse, a duras penas, en la baranda sin impor-tarle un huevo de yema roja que ellos estuvieran allí. Sus ojos redondos, del tamaño de una lenteja, parecían escudriñar el entorno como diciendo: “a la primera de cambio salgo pitando”. Y al final de la galería, un cerdo se paseaba como si tal cosa. «Todo está en orden. Esto es Guinea», se dijo. Tras repartir a los guardias que llevaba entre el barracón, la misión y la enfermería, entraron en una estancia enmudecida y con un puñado de ojos observándolos. Le extrañó ver a un niño blanco de unos cinco años en esa isla. Junto a él, un joven misionero los miraba desde unos ojos desmesuradamente grandes a causa de las lupas que llevaba por gafas.
— Hola, soy el padre Simón, y este niño es Pablo, el hijo de Atané… El día antes de la tragedia, llegó con su madre en el Capitán Segarra. El barco viene una vez al mes para traernos suministros y algún pasajero por necesidad imperiosa, porque de no ser por necesidad, habría que estar loco o ser misionero para llegar hasta aquí, desembar-car y quedarse —aclaró con un deje de melancolía—. Aunque en este caso no lo tengo muy claro… No me había parado a pensar que alguien podría viajar hasta el fin del mundo solo por amor… —dijo señalando la puerta de enfrente—. En esa oficina hemos montado el hospital de campaña. Vayan. Yo me quedo con el niño.
— De acuerdo, pero dígame primero dónde se encuentra la emisora, tengo que comunicarme con el Ceuta.
— En el comedor, que está arriba. Espero que tenga suerte y funcione, porque la han montado hace muy poco y va de mala manera. La entrada se encuentra fuera.
Antes de que pudiera decirle nada, Ochoa ya había desaparecido tras la puerta de la oficina.
Le sorprendió la vivienda de la Delegación. Era muy amplia y los muebles de estilo colonial se mantenían en perfecto estado de conservación. Echó un vistazo rápido al comedor en donde un cuadro del Generalísimo custodiado por un par de monumentales colmillos enfilado al techo, presidía la estancia. Dos guerreros de ébano, a estatura natural, con lanzas y escudos de piel de cebra, parecían mirarle desde la pared donde estaban situados. Vio la emisora sobre una mesa en un rincón de la sala y, antes de probar suerte, cruzó los dedos y se apartó el mechón de pelo lacio que resbalaba, como siempre, por su frente.
— Desde Annobón, llamando al buque Ciudad de Ceuta… Aquí el instructor Fuen-tes…
Y “Ojos de Gato” informó, en medio de las mil y una interferencias, pero informó, y el capitán Garrido le comunicó que antes del anochecer desembarcaría en la isla con el resto de la fuerza. Y que Letona, Atané y su familia embarcarían a primera hora para Santa Isabel.
La gente no quería regresar al poblado y la parte baja del edificio seguía atestada. Como pudo, se abrió paso y entró en la oficina en donde el padre Bravo explicaba al médico los pormenores de los heridos, mientras este examinaba al practicante.
— No pasará de esta noche… —pronosticó Ochoa al descubrir la herida—. Lo sien-to mucho… La bala le ha perforado el pulmón —dijo dirigiéndose hacia la mujer que permanecía sentada junto a la cama. Era rubia y delgada, con una cara de muñeca de porcelana.
— No es justo… —murmuró dejando resbalar las lágrimas por sus mejillas—. Hacía casi año y medio que no nos veíamos… que no abrazaba a Pablo… pronto le tocaba volver a casa de vacaciones, pero yo me adelanté. Quise darle una sorpresa para luego regresar juntos los tres. Tenía la esperanza de que durante estos días le convenciera para que dejara este lugar al que no quiere venir nadie. Se lo dije… Cuando lo destinaron aquí tuvo la oportunidad de negarse pero no lo hizo. Decía que era bueno experimentar sitios duros porque luego cualquier lugar, por malo que fuera, siempre lo veríamos de manera más positiva… Le dije que no viniera. Que si no era bueno para Pablo y para mí, entonces tampoco lo era para él. Pero no me hizo caso.
Dejó de hablar y se quedó mirando el rosario que llevaba en la mano. “Ojos de Gato” la tomó entre las suyas y le dijo:
— Seguro que lo hizo porque quería algo mejor para los tres. Y aquí en Guinea se gana bastante más que en España –se preguntó si él, de no ser obligado, habría pedido ese destino–. Si te sirve de consuelo —mintió— te diré que mañana a primera hora embarcaréis para Santa Isabel —y en sus ojos vio una chispa de esperanza, y él se sintió como un canalla por haber sido el artífice de esa esperanza.
Bravo le pasó un brazo por los hombros a Alfonsina.
— Vamos… Necesitas comer algo y que Pablo te vea. Vamos fuera. El tiempo de un bocado y tomarte un café.
Y Alfonsina se enjuagó las lágrimas y dejó el rosario sobre el pecho de un marido, que luchaba a muerte con la misma muerte.

Ene 122015
 

DSC05943
En el cielo brilla el sol,
y en la casa hace calor.
El tic tac del reloj en el rincón;
la gota del grifo del fregadero que no acaba de acabar.
Un chico en monopatín pasando por mi ventana con la gorra del revés,
y los vaqueros colgando de las caderas.
Una escalera vacía lleva a una alcoba aburrida sin juego del almohadón,
sin suspiros,sin caricias bajo un tejado de plumas de edredón.
Solo sombras de pared y en la mesilla de noche,
sobre ese libro que nunca acabo de leer,
tu recuerdo de papel a trazos gordos,
escrito en un recibo del banco;el de la luz.
Y te siento en el pasillo,en el baño,en la cocina…
Y juego a ser Peter Pan queriendo atrapar tu sombra en la pared;
queriendo encerrar tu risa en la caja de cartón de las gomas de borrar.
Borrar…
Borrar los sueños con lágrimas.
Borrar los recuerdos malos y empapelar las paredes con los buenos,
los mejores, y los “tope de los guay”.
Y abrazarme a la pared buscando tu sombra…
y sentir la brisa de la mañana sobre la cama,
imaginando que son tus manos jugando a las tres en raya sobre mi piel.
Y tanto en falta te echo…
y te echo tanto en falta,
que he dejado una nota en mi corazón,
por si a caso aparece otra vida queriendo ocupar tu sitio:
ni se alquila,
ni se vende,
ni okupas,
ni trincheraires,
ni rollos por una noche,
ni encuentros en la pensión de la calle del olvido.
Y abrazada a la pared…
Tu sombra, y cama vacía…
Los malos sueños…
los buenos sueños…
La gota del fregadero que no acaba de acabar…
Un claxón,un petardeo de una Harley al pasar;
Y a lo lejos el comadreo de una vecina;
y aquí cerca,justo al borde de mi cama,
el aroma de tu piel,
y en la pared,
esa sombra del recuerdo de tu vida,
que no es otra que la mía…
y abrarazada a la pared…
y tu sombra;no la mía…

 

Ene 032015
 
La barca pasa pero el rio queda...

La barca pasa pero el río queda…

 

Y no sé muy bien explicar mis sentimientos viendo estas dos fotos,porque son tan fuertes,y de tanto amor que no encuentro las palabras acertadas para expresarme… Tras las doce campanadas,a caballo entre el sendero acabado y el comienzo de uno nuevo,cuatro de los cinco hombres de mi vida me regalaron veinicinco años de sus vidas que son la única razón de la  mía. La de arriba está hecha en una barca de esas de paseo,en mitad del  lago Bañolas en Gerona. Recuerdo esa mañana de invierno como si fuera hoy. En el cielo ausente de nubes, un sol grande  y brillante como un doblón español nos prestaba su calor a cambio de contemplar la escena. Una escena familiar en donde un padre y unos hijos compartían un dia feliz ajenos a los tumbos que la barcaza de la vida guardaba para ellos…A lo largo del tiempo esa foto la he mirado una y mil veces regañando a mis lágrimas rebeldes y protestonas,por salir cuando nadie les mandaba hacerlo. La he mirado tantas y tantas veces que podría cerrar los ojos para siempre y recordar el inmenso cariño que  tras la cámara, podía leer en sus rostros felices y despreocupados.Un hombre al que amé desde siempre,y unos hijos a los que tras noches de amor,quedaron sembrados en lo más profundo de mis entrañas para hornearlos con mimo,pariendolos con dolor y viendolos crecer junto a su padre. Pañales,biberones, llantos,noches en vela,canción de cuna;amaneceres dormidos…Dientes de leche,pasos vacilantes,sonrisas y lágrimas. Luego las adolescencias ,tres por falta de una, con su “donde estarán…y que harán”… La angustia de que se salieran del camino recto.El miedo a las drogas,al alcohol, a los accidentes de coches…Y el amor de padre y el amor de madre, enganchandoles al alma el pack de subsistencia para ir por la vida sin hundirse en el pantano de la tristeza.
Y la barca pasa pero el río queda…
Hoy,cuatro de los cinco hombres de mi vida, han querido recordar,en otro tiempo y espacio, aquel tiempo pasado de invierno,de sol de doblón,de lago,de barca, de luz,de calor ,de familia feliz,de amor… jugando a ser niños  con la complicidad de un padre feliz de tenerlos al menos por unos dias,reunidos a todos frente al hogar. Otro tiempo y espacio;si. Pero pero la luz de sus sonrisas,y el amor de sus ojos siguen estando ahí…
A pesar del tiempo pasado sigo siendo una mujer enamorada,y una madre orgullosa de sus hijos y en paz con Dios por el deber cumplido.Los talentos son mis hijos ,y ellos serán los que borrarán todas aquellas acciones equivocadas que haya hecho,y seguro que he de hacer a lo largo de mi vida.
Solo me queda deciros GRACIAS por vuestro amor; por vuestro cariño.
¡ORGULLOSA DE TÍ! ¡ORGULLOSA DE ELLOS!

Y la barca pasa pero el río queda…