Feb 202015
 

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¡Hola ! Niños y niñas facebookeros y no facebookeros. Con el fin de que os sea más fácil adquirir La Sombra del Egombe Egombe lo he reeditado en España con la editorial:UNO EDITORIAL. ¡Por fin ! hemos podido abaratar el precio considerablemente: !20€! el libro de papel y la versión Kindle no llega  a cinco euros. Hemos añadido 10 fotos más -ahora teneis 30 – se han quitado “los insitus”,y seleccionado las cartas más significativas de “Ojos de Gato”. 600 páginas en las que duermen las vidas de el viejo Camaró,la dulce Sara,”Ojos de Gato”,la Escopetilla,Tatineta,la niña Blanca Gelinda,Pantaleón,el chico de las gafas de espejo…y un sin fin de de personajes reales como la vida misma,que pasaron por sus vidas dejando huella. Muchos ya los conoceis por tener la primera edición;que por cierto aunque os costó bastante más caro mirarlo por el lado positivo:cuando se muera la autora será el que se revalorice, y podreís ponerlo en Ebay ¡ja,ja,ja!
¡En fin! Bromas aparte, La Sombra del Egombe Egombe Reedición comienza una nueva singladura llena de ilusión y optimismo.Si aspirais los aromas ,degustais los sabores,y flotais entre sonrisas y lágrimas,será porque no os ha dejado indiferentes.
Os quiero.
Gudea de Lagash

P.D.

Por cierto se me olvidaba deciros que también lo encontrareis en algunas librerias como por ejemplo la de El Corte Inglés de Murcia,y en otras librerias de esa Comunidad. Además lo podeí adquirir en la cadena de librerias Santos Ochoa.
Pasito a pasito llega La Sombra del Egombe Egombe Reedición,a “los estantes de los que aman los libros”.¡Eso está bien!.

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Feb 132015
 

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El calor era insufrible en el ambiente a pesar de que el Land Rover era descubierto. Traqueteando por el camino que llevaba al pequeño poblado de San Antonio de Ureka cerca de la playa, botaba con los baches haciéndolos saltar a pesar de ir como sardinas en lata al tener que cargar con dos de los niños como “cinturones de castidad parlantes” por eso de que en el pecado está la penitencia. Pero no les importó pues les parecía increíble que las hubieran dejado ir cara a la noche con los chicos, para vivir el nacimiento de la tortuga marina; una eclosión de vida que poca gente había experimentado hasta entonces. El único adulto que les acompañaba era Servando el conductor, pero él no contaba.
Entre tanto fuego cruzado de frases sin respuestas, porque a todo el mundo se le ocu-rrió hablar a la vez, Guille dijo que el apretuje que llevaban le recordaba a la escena del camarote de “Una Noche en la Ópera” de los hermanos Marx, y tenía razón, porque doce en un Land Rover era para verlo y vivirlo. Armandito y Jaime discutían sobre la pesca aunque el primero llevara siempre las de perder porque el otro, además de ser el mayor, y practicar con la pesca submarina, hablaba con un cierto deje de superioridad que hacía callar al chiquillo, y es que no podía evitarlo porque era algo fantasma. En medio de tanta palabrería, la voz de Gelinda protestando porque estaba harta de ir sen-tada encima de su hermana era como clamar en el desierto. Solo Tatín la oyó, respon-diéndole con un “no haber venido enana” que le sentó como dos pellizcos de monja:
— No haber venido enana –le soltó como un mazazo.
Pero ella no entró al trapo porque estaba demasiado acalorada como para gastar sali-va en discutir. Todos llevaban una lámpara de bosque* además de las linternas, y la de su hermana se la estaba clavando en una de las pantorrillas. Tenía sed y un ruido en el estómago que le decía “te comerías un cebú entero si lo tuvieras delante”. Pensó en pedirle uno de los bocadillos que llevaba en la cesta pero desistió pues sabía que hasta que llegaran a la playa no le daría nada. El polvo del camino se le metía en los ojos y las hormigas rojas campaban por encima de su gorro color garbanzo torturándole el cuello y las orejas. Notaba cómo el sudor empapaba sus pantalones cortos, y cómo corría entre las piernas de las dos. «Un asco», se dijo, viendo cómo un mongo, no mucho mayor que ella, apartaba a la cuneta cegada por el bicoro a un pequeño rebaño de cinco cabras de ubres sin ordeñar. El chiquillo se la quedó mirando, pero solo fue un momento; el tiempo que tardaron en perderlo entre la polvareda. Se volvió hacia Juanín que, sentado en el suelo, mascaba un chicle entretenido en arrancarse la costra de una herida en la rodilla, como si en ello le fuera la vida, y pensó en la inoportunidad de las anginas de Fabiola que la habían dejado sin ver a las tortugas.
Eran las cinco cuando en la última curva San Antonio apareció ante sus ojos. Solo era un pequeño poblado de casas de nipa con su gente a la puerta, y unos cuantos animales de corral enredando entre los enseres, cerca del caudaloso río, pero tiempo atrás formó parte de un grupo de poblados que salpicaban Ureka, en cuyas playas los esclavos huidos de San Tomé y Angola encontraban refugio; aunque eso era algo que ni sabían, ni les interesaba.
Servando aparcó el Land Rover a la sombra de un grupo de palmeras de aceite sin intención de acercarse a la playa: “Espero aquí”, dijo apoltronándose en el asiento con un cigarrillo entre los gruesos labios, sin importarle el maravilloso espectáculo de vida que no tardaría en darse unos metros más allá. Bajaron por la ladera de sendero, forjado en el tiempo por los pies de los lugareños que llevaba a la playa, serpenteando entre las plantas del contrití y las flores de colores de la balsamina en donde un pájaro mosca revoloteaba de flor en flor acostumbrado como estaba al trasiego del camino, con las linternas en la mano porque al dar las seis, el sol se perdería en el horizonte. Los pequeños iban delante volando por el atajo a pesar de las chanclas de goma que apenas les sujetaba el pie.
— ¡Mira Gelinda! –dijo Juanín señalando a un punto de la arena.
— ¿Son las tortugas?
— ¡Vamos corre!
Y se alejaron de los demás sin escuchar a nadie seguidos de Armandito, mientras un enorme sol redondo y rojo como un tomate desaparecía en el mar. En la playa, las crías recién nacidas rompían los huevos despojándose de la arena que las cubría para em-prender su particular batalla por la supervivencia, amparándose en las escasas sombras de la noche, por ser una noche de luna. Caminaban con torpeza en dirección al agua, en una carrera loca hacia la difícil salvación entre los cangrejos y alguna gaviota rezagada para irse a dormir.
— ¡Mira! –Juanín corrió hacia la orilla en donde las tortuguillas nadaban con toda la fuerza de que eran capaces.
— ¿Ya se han salvado? Pregunta pisando con cuidado para no chafar a ninguna.
— Todavía no.
— Bueno, en realidad tampoco están a salvo en el agua, porque ahora se las co-merán los tiburones y las gaviotas… —respondió Armandito.
— ¡Eso es mentira! –exclamó a punto de llorar—. ¿Tú cómo sabes eso?
— Lo he visto en un libro de la naturaleza que tiene mi padre en el despacho. Si no me crees, cuando vengas a casa te lo enseño –le dijo con cierto aire de superioridad porque para eso era el mayor de los tres.
— Pero algunas se tienen que salvar sino, no habría tortugas… —razonó observando con desesperación todo ese frágil flujo de vida que la rodeaba a media pierna.
— Algunas, pero muy pocas —contestó atrapando una, colocándola en la palma de la manos.
Juanín le enfocó la linterna y la cría parpadeo varias veces moviendo las patas en un alocado intento de huir del incómodo foco de luz.
— ¡Apaga la linterna que la estás asustando! –le ordenó con un par de lágrimas a punto de atravesar las ventanas de sus ojos. Ya se sabía que no le gustaba que la vieran llorar, pero lo que acababa de descubrir la desarmó. Salió del agua alejándose de la orilla sin hacer caso a sus llamadas. Quería volver a casa pero sabía que eso era más difícil que ver a Diosdado hacer una sopa de tapioca en la cocina del hogar. Con la linterna encendida y amparada por la luz de la luna, continuó corriendo sin volverse ni una sola vez, aflojando el paso al notar cómo la cinta del bañador resbalaba por su espalda, y calculando muy bien donde ponía el pie para no ser mordida por los cangrejos que salían a montones de sus madrigueras bajo la arena de la playa, que a esas horas, parecía una loncha de gruyer con tanto agujero. Pero la gota que colmó su paciencia la tuvo una chancla rota hasta el punto de que si hubiera podido, se habría ido con Servando al Land Rover, aunque desechó la idea enseguida porque el propio Servando la enviaría de nuevo con el grupo: “Tú niña blanca no puedes estar aquí. Tu sitio está con ellos”, diría señalando con la cabeza hacia el sendero con la boca llena de guiso de malanga. No muy lejos, una lámpara de bosque bajo un egombe—egombe, marcaba el punto de reunión para grandes y chicos. Entre risas y gritos, los mayores se habían sumergido en el agua sin temor a ese mar oscuro que les rodeaba. Los vio moverse entre ahogadillas, abrazos, y caballitos, riendo y gritando como posesos, y deseó con todas sus fuerzas que una raya les diera un latigazo, al tiempo en que se encaramaba al tronco de un cocotero que casi rozaba la arena.
— ¿Por qué no me has esperado? —le pregunta Juanín enfocando la linterna a la bolsa de Marili, en donde el cocinero había puesto dos cantimploras y un par de boca-dillos envueltos en papel de estraza–. Lo que te ha dicho Armandito es verdad… —continúa mientras mide los bocadillos para ver cuál es el más grande–. El mío es de tortilla de chorizo —le explica, tras decidirse por uno.
— ¿Y cómo sabes que es de chorizo si aún no lo has abierto?
— Porque huele a eso —contesta olisqueando como un perrillo el envoltorio—. ¿Y por qué te has marchado sin esperarme? —insiste dándole un buen mordisco al bocadi-llo.
— Porque no me gusta lo que ha contado de las tortugas. Si lo llego a saber no hubiera venido… —responde pegando un salto, cayendo de culo en la arena. Tenía hambre así que hundió la mano en la cesta de su hermana.
— ¿De qué es el tuyo?
— De atún –le dice con la linterna bajo el brazo, volviendo a sentarse en el tronco, con la vista perdida en la silueta dibujada por la luna y el pequeño punto de luz que venía hacia ellos—. Por ahí viene Armandito… —comentó quitándole el papel al bocadillo.
— Oye… ¿y tú cómo sabías de qué era, si no le habías quitado el papel? –la mira extrañado.
— Porque huele a atún –contesta con rotundidad.
Y los dos comieron en silencio e impotentes, ante la contemplación de la lucha por la vida de las crías, mientras, entre la hojarasca de los egombe—egombes, un cangrejo ermitaño corría al encuentro de una pequeña miga de atún rebozada de arena, asistido por las sombras de la noche.
Regresaron cansados, pero ese día de finales de noviembre permanecería para siem-pre en sus corazones. Hubo achuchones, miradas comprometidas, manos entrelazadas corazones latiendo a ritmo de bossa—nova, junto al deseo a punta de bragueta y co-librís revoloteando en torno al corazón. El lunar de Marta, la obsesión de Antonio. Los labios de Tatín, la perdición de Pepe… Marili, Jaime, Mari Carmen, Guille, y los chiquillos… Todo bajo la tenue luz de las lámparas de bosque, los titilantes focos de las linternas, y la culpabilidad de la luna llena, por ser tan bella…
Lámpara de bosque*: lámpara de petróleo portátil.

Feb 102015
 

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No recuerdo ni cuando ni como la conocí, es lo que tiene esta neurona mia que guarda lo que quiere y tira lo que le da la gana al cajón de la desmemoria, aunque sé que en algún ricón de mi cerebro ,creo que nada más entrar torciendo a la derecha y tirandose en plancha en el hipocampo, se encuentra la fecha y hora esacta de nuestro encuentro… pero es algo que tampoco me importa tanto; vamos que me importa un comino cuando la conocí y en que circunstancias. Y todo esta alocución total para decir que tengo una amiga que tiene nombre de alga marina:Varech, que según “el Wikipedia” es un tipo de alga marina multicelular y por lo tanto se diferencia de las algas microscópicas en su tamaño. Las macroalgas son generalmente algas de tipo marrón o rojo que se encuentran entre otros tipos de alga, como el alga verde… Eso dice “el Wikypedia”, pero yo a la Señóra Varech por mucho que la he mirado del derecho y del revés, no le veo ningún color en particular fuera de lo normal; más bien diría yo que tiene buen color, y si nos fijamos en el azul de sus ojos para que os voy a contar… Y otra vez he vuelto a enrollarme en un soliloquio sin solución total para decir que yo tengo una amiga que se llamaba Varech, de los Varech de todita la vida, a la que no puedo disociar del Mirlo de Papel, un blog con solera, tambien de toda la vida. Pues bien, paciencia que ya llego al meollo de la cuestión. Todo iba fenomenal, con nuestros comentarios y visitas de té con pastas, de muro a muro y de timbrazo en timbrazo en el” cara libro”, hasta que apareció la bruja de Blancanieves con forma de angelito de cuna de bebe ¡Doña Tatín! Apareció un dia en el Facebooke, como quien no quiere la cosa, con sus buenos dias, buenas tardes, te regalo estas rosas; vente a tomar un chocolate con pedazo de pastel de manzana incluido, toma esta lechuguita, la he criado yo en mi huertecita de Heidi…etec…etec…etec… El caso es que le dio por llamarla MIRLO, tal vez porque en su momento se coló con su cestita y su tarrita de miel en el blog de mi amiga Varech, cambiandole el nombre sin más ¡Patas arriba lo ha puesto todo Doña Tatín! Nosotr@s teníamos un ritmo, una vida ordenada, unos objetivos… ¡Hasta que usted llego! Que ha hecho con mi amiga, la señora Varech de toda la vida, ¿La embrujó? ¿Le clavó un clip?, en esa melena rubia larga y ondulada, que tan ensismado tiene a su consorte “el capitán”. Porque peineta no creo que fuera… son muy incómodas para dormir y se habría dado cuenta…  Que le hizo usted Doña Tatín. ¡DEVUELVAME A LA SEÑORA VARECH!  ¡YO LA VI PRIMERO! ¡Ja,ja,ja!
Un beso Doña Tatín. Un beso Señora Varech.
Sabeis que os quiero.
Gudea de Lagash

Feb 082015
 
De "Ojos de Gato"...

De “Ojos de Gato”…

Subió la cuesta de las fiebres enfilando la avenida del General Mola pensando en que nunca había contado a nadie que su torpeza de chaval salvó a aquel hombre de una muerte segura, a las puertas del monasterio de Irache. Hacía rodar el coche lentamente por la avenida porque no quería perderse nada del paisaje, que a esas horas era una verdadera gozada, como si todo fuera nuevo para él. Le hechizó la bahía, con Punta Cristina sumida en un baño de oro, como la cúpula de la pagoda de un templo budista. Los rayos de sol la envolvían difuminando los detalles, mientras su perfil se recortaba a tramos según le diera la luz. Giró el coche a la izquierda y recorrió la última parte de la avenida bajo la sombra de los mangos, y el barrio de Campo Yaunde con su mundo de negros, mulatos, y cuarterones, hasta salir a la carretera de San Carlos. Cincuenta y dos kilómetros, que el Opel devoraba serpenteando el camino jalonado por una cortina de árboles verdes de filos dorados por el mismo sol de Punta Cristina. Atrás dejó, como de costumbre y sin acostumbrarse, a los buenos amigos, como Jiranzo que, junto a la promesa de ir alguna vez a visitarlos, le aseguró que en cuanto estuvieran instalados le enviaría al viejo Capitán pues desde que se fueron de vacaciones estaba más huraño y triste que nunca. No sabía si porque era más viejo o porque echaba de menos las galletas de coco del ama. Sin embargo, se quedaría con Hilda ya que era feliz entre las gallinas del gallinero incubando botones, pasadores y cartuchos de escopeta, aunque de cuando en cuando le diera por embuchar alguno. Escuchaba el parloteo de su mujer, y la riña de sus hijas por ocupar el mayor espacio posible en el asiento de atrás, pero no le dio demasiada importancia porque estaba cansado y lo único que quería era llegar al final del trayecto. Dejó atrás las aldeas de Banapá y Basupú, pasando también el puesto de guardia de Basakato. Durante el camino, el boscaje no dejaba ver otra cosa que no fuera carretera y algún que otro moreno en bicicleta, hasta que el mar apareció ante sus ojos al cruzar el puente sobre el río Tiburones, dando paso a una bellísima playa bañada por esas aguas de un azul tan intenso como el hábito de las oblatas de las Concepcionistas, y un paisaje con los trazos de una pequeña población, arropada entre mangos, palmeras, y ceibas, que tan bien conocía, se presentó en el momento en que la guagua se cruzaba con ellos camino de Santa Isabel.
Se asomó a la terraza de la casa que no era muy grande. Un chalecito con una escalinata algo estrecha, para lo que estaban acostumbrados, situado sobre un promontorio dominando la ciudad y su bahía de Boloko. A “la Escopetilla” todo esto no le importaba demasiado, siempre y cuando la tónica del servicio fuera la misma de siempre. Justo enfrente, el acuartelamiento de los guardias con un “Todo por la Patria” sobre la entrada, y el guardia de puertas con los ojos fijos en los bollos de pan, quizá acompañados de una lata de mantequilla que un moreno adolescente llevaba para vender al mercado en una palangana sobre la cabeza. Apoyado en el borde de la balaustrada sacó un Camel y lo encendió contemplando San Carlos a los pies de la bahía, de casas y comercios alineados a lo largo de la avenida de Maximiliano Jones. Distinguió al final de la cuesta, y en primer plano, la casa de los Müller de dos plantas. Una casa grande y sólida que parecía preservar a la gallina de los huevos de oro, convertida en plantaciones de cacao y café gestionadas por firmas portuguesas, alemanas y españolas como La Barcelonesa o La Colonia Africana… El muchacho de los bollos de pan pasó por debajo de la terraza tarareando una canción en fang, seguido de un perro sin dueño, sarnoso y con hambre en el momento en que la brisa agitaba el perfume del jazmín que trepaba por la balaustrada; un jazmín con unas cuantas estaciones sobre su tronco grueso en donde un insecto palo tenía su casa.
Bajo un cielo color “Mirinda” vio al sol sumergiéndose en el mar, allá en el horizonte, en el instante en que una bandada de vencejos volaban sobre su cabeza, para dejar paso a los murciélagos y a las sombras de la noche. «Mañana será otro día», pensó contemplando las luces de la pequeña ciudad, «Mañana será otro día…».
Las oficinas de la Administración se encontraban a la espalda, atravesando el antiguo hospital y la casa del doctor Munis. Era un bello edificio de dos plantas, con dos amplias escaleras situadas a ambos lados, al estilo de “Lo que el viento se llevó”, por las que se accedía a la parte superior ocupada por el Capitán Alonso con Araceli, su mujer, y su prole de ocho hijos, mientras que en la planta baja del edificio se encontraba la armería y las oficinas. Alonso era un hombre apuesto, campechano y tan buena persona que congeniaron desde el primer momento en que se presentó en su despacho en donde, tras las presentaciones de rigor, le tendió la mano diciendo:
— Fuentes, su fama de hombre responsable y capaz le precede, así que lo que haga bien hecho está.
— Gracias mi capitán —le respondió.
Y desde esa misma mañana comenzó su labor como Secretario de la Administración Territorial y como instructor de los guardias del campamento. Tenía mucho trabajo, como siempre, pero ya estaba más que acostumbrado; lo cierto era que no podía vivir sin trabajar. Estaba tan habituado, que para él era casi de necesidad. A esas alturas de su vida había llegado a la conclusión de que su mundo se encerraba en dos verdades: la familia y la “Guardia Colonial”, porque él seguía llamándola así aunque lo de “Colonial” hubiera pasado a la historia. Así que, como la demarcación era grande y de mucha actividad, no paraba ni un momento. El mayor problema lo causaban los miles de braceros nigerianos contratados en las fincas de café y cacao, y las consiguientes denuncias puestas por los finqueros y los nativos, que se le amontonaban en la mesa de la oficina. Diariamente tenía varios casos de fugas, robos y asesinatos, a veces tan complicados que era raro el día que no se desplazaba hasta el lugar de los hechos, por no dar abasto los guardias, y cuando por fin regresaba le tocaba pasar a máquina todos los atestados del día para remitirlos al Juez del Distrito porque el escribiente, algo torpe y muy vago, le servía de poco. Así que con tanto arresto, la cárcel del campamento se encontraba más frecuentada que Ritz de Madrid.

Diosdado y Pantaleón, se llamaban el cocinero y el boy, que esta vez les tocó en la ruleta de la suerte de los entresijos domésticos. El primero era un hombre de piel curtida y cabello ensortijado, en el que la nieve de los años había empezado a instalar su tienda. De talante sosegado, Diosdado no despedía olor a alcohol ni a sustancia alguna de las que nublan la razón, al contrario que Pantaleón, un hombretón con cara de tonto y sonrisa perruna al que el olor a ginebra y a fumata le acompañaba al esconderse el sol. Salvando estos pequeños contratiempos, y una vez acostumbrados a verlo desplazarse por la casa como en una nube y perdiendo el equilibrio según el grado etílico alojado en su cerebro, Pantaleón era noble y fiel como un Gran Danes…

— Señora, la niña blanca tirar leche por ventana…
— Pantaleón ¡Por Dios! No se llama “niña blanca”. Se llama Gelinda…
— Sí señora… la niña blanca Gelinda…
— Mira, déjalo. Llámala como quieras porque no puedo contigo ¿Qué ha hecho esta vez?
— Tiró la leche por ventana, señora —repitió.
Y “la Escopetilla” entra en el comedor, no sin antes mirar hacia lo alto del aparador en donde Capitán estaba en su hora del aseo personal expurgando, a golpe de pico, todo lo que no fuesen plumas. Suspira con resignación por ese bicho al que no consigue acostumbrarse y ve a su hija que, con la mirada perdida más allá de la ventana, juguetea con un vaso en donde unas cuantas gotas de café con leche condensada se escurren por el cristal, como un niño con patines en mitad de una pista de hielo.

— ¿Es verdad lo que me ha dicho Pantaleón? –le preguntó quitándole el vaso de las manos. Miró el reloj y luego a la niña, porque se hacía tarde para ir a ese colegio con el que no estaba de acuerdo. La maestra era una morena ya madura que le había tomado demasiada confianza por eso de dar clases, aunque ella dudaba que fuera capaz… Le vino a la memoria la charla que le dio aquel médico forense que llegó a Niefang buscando información sobre la capacidad craneal de los morenos: “Los doctores Beato y Villarino, publicaron <La Capacidad Mental del Negro>, desarrollando con claridad y contundencia la inferioridad en inteligencia y memoria del negro de la Colonia con respecto al hombre blanco”, había dicho sentado en el porche de casa con un café hecho con el grano, de la plantación de Casajuana. El padre Fuentes siempre le decía que todos sin excepción éramos hijos de Dios, y por supuesto que ella eso no lo discutía, pero en lo que no se ponían de acuerdo era con eso de la inteligencia… Y luego estaba Iranzo… se acordó de cómo se reía cada vez que salía el tema: “¡Ja,ja,ja! Cómo quieres que te diga que entre el cerebro de un nativo y un europeo no hay diferencia alguna. ¡Qué cosas tienes! Y luego dices que no eres racista”. Y con esta última frase se acababa la conversación porque le sentaba fatal que la llamara racista. Dios sabía que no era cierto. Nunca les deseó mal alguno y estaba segura de que les sería más fácil entrar en el cielo que a muchos blancos entre los que se contaba, pero…
— Señora… la niña blanca Gelinda llegar tarde a la escuela…
Sobresaltada miró el reloj. Con tanto razonamiento desordenado se había olvidado de la escuela. Volvió a mirar el reloj y, tirando de la mano a su hija, le estampó un beso en la mejilla, con un “ya hablaremos luego”, cosa que no le importó a la niña pues sabía que para cuando regresara ya se habría esfumado el motivo de su enfado. Con la resignación pintada en la cara, porque no podía con ninguno de los dos, se asomó a la ventana viendo cómo cruzaban al otro lado de la calle…
Bajó las escaleras de la terraza de dos en dos sin hacer caso de las protestas del boy que bastante tenía con no perder el equilibrio, acompañada de Capitán volando a ras de su cabeza. Lo espantó de mala forma porque estaba molesta con él por haberse chivado a su madre. Ella no tenía la culpa de que solo le gustaran los cafés con leche que le llevaba a la cama su padre. Esos eran diferentes; esos sabían a gloria. Así que cada mañana buscaba el momento oportuno para verterlo por la ventana, justo encima de un papayo joven al que le sentaba divinamente el desayuno mañanero, pues en poco tiempo había crecido tanto que ya casi rozaba el alféizar…
— Tú espera… —le dice alargándole el gorro color garbanzo que tanto odiaba—. Señora ha dicho que tú poner.
— ¡Si me alcanzas me lo pongo! –grita echando a correr cuesta abajo, columpiando la cartera.
— ¡Espera niña blanca! –su voz sonó desesperada. Sabía que no podría alcanzarla a no ser que se parara en algún momento. A él nunca le gustó correr, ni hacer las cosas con prisas. Cuando entró en la Guardia Colonial, se pasaba la vida arrestado por no cumplir con los procedimientos como quería el Masa Instructor, hasta que un día le dijeron: “Tú, de boy” y desde entonces era feliz trabajando en la casa del instructor de turno, aunque a veces no pudiera soportar a la señora…

Feb 062015
 

25reunión con los abuelos

……….Tenía frío. Tenía frío en el cuerpo y en el alma. Y se sentía tan sola… tan envejecida de pronto… Hacía frío en el exterior. Un frío glacial acompañado de un viento seco que cortaba los labios y amorataba las manos. Hacía frío en el interior del corazón. «Y eso sí era un problema», pensó, porque no había braseros suficientes ni mantas, ni abrigo que pudieran ni tan siquiera mitigar ese vacío que sintió al mirar esos ojos cerrados, esos labios sellados para siempre, esas manos inertes, que tanto acarició. No había nada en el mundo que aplacara su dolor porque él la había dejado sin preguntarle al menos si quería irse con él. Eso sí, antes de hacerlo, una chispa de vida asomó a sus ojos, iluminando su cara y colgando en los labios un: “Me encuentro mejor ¿Te canto un fandanguillo Sara?”. Y luego se fue sin más, dejándola con ese vuelco al corazón imaginando que nada de lo vivido en esos días fue real. Tropezó con un carro de ropa sucia, y a punto estuvo de caer si los brazos fuertes de Antoniet no hubieran estado allí para evitarlo. Avanzaba por los pasillos con su sobrino bajo la luz mortecina de las bombillas que de tramo en tramo iluminaban como podían las frías losas del suelo y las sombras apostadas en cada esquina, a donde la luz no acababa de llegar. En algún reloj dieron las once, haciendo que apresuraran el paso hasta dar con la puerta de la habitación parándose en seco sin poder moverse, con el abrigo de su marido entre los brazos. Algo le hizo que acercara el pedazo de paño a su cara, enrojecida por tanta lágrima derramada, y aspirar con fuerza, como queriendo guardar parte de su esencia en lo más profundo… profundo… profundo… de su corazón.
— Tía… —dijo con suavidad—, tenemos que darnos prisa si queremos llevarnos al tío de aquí…
Ella asintió con la cabeza y, sacando valor de donde no tenía, comenzaron a vestir esos huesos forrados de piel, que tantas veces le habían plantado cara a la muerte.
Un celador entró en la habitación empujando una silla de ruedas, cuando aún estaban en el absurdo de arropar el cuerpo, casi frío, de Salvador entre el paño del abrigo para llevárselo a casa:
— Una familia decente debe velar a sus muertos en el hogar. Así se ha hecho siempre y así se hará —le dijo a ese cuerpo entre dientes.
— No hay tiempo —y tomando en volandas el cadáver lo sentó en la silla.
Salieron los tres al triste pasillo en donde la tétrica luz de las bombillas marcaba de sombras lo que asomaba de aquel rostro sepultado bajo el sombrero de fieltro.
Un par de billetes para el celador y un taxi esperando en la puerta, pusieron el punto pero no el final, del paso del único hombre que había amado en su vida, porque siempre lo llevaría en el pensamiento y en el corazón.

……………………………………………………………………

Más luces de ciudad titilando en la noche, como todas las luces de cualquier ciudad por las que había pasado en sus viajes. Todas parecían ser iguales, menos estas que a él se le antojaban más sombrías y vacías, quizá porque sabía que en cuanto pusieran el pie en tierra, todas serían lágrimas. A su lado, una “Escopetilla” entusiasmada con el fin de trayecto y una Tatín nerviosa ante todo lo nuevo que se les avecinaba, hacían que no encontrara el momento para darle tan funesta noticia. Ya en el muelle, y fijadas las estachas a los norayes, comprendió que tenía que decírselo antes de poner un pie en tierra. Entre la gente localizó a Pepín y Antoniet. No había nadie más de la familia. Con una Gelinda, arrebozada en un abrigo marrón dos tallas mayores que su persona en los brazos, le dijo bajito:
— Tu padre ha muerto —ella volvió la cara hacia el muelle atestado de cosas y gente, y luego clavó los ojos en los suyos. No habló. No se movió. Ni tan siquiera un temblor al comprender lo que pasaba. Solo unas lágrimas salvando el obstáculo de los párpados para luego resbalar por las mejillas encendidas por el frío y la pena de no haber cruzado con él ni una palabra, ni una caricia, ni un beso… ni un solo abrazo.
No quiso ir a verlo al depósito. Eligió quedarse en la casa de sus tíos, en donde nadie pudiera interrumpir sus pensamientos con un “cuánto lo siento”; no había nadie con ella: los hombres en el cementerio y las mujeres en la iglesia, menos ella, aunque quizá a él le hubiera gustado que lo hiciera. Pero no quiso ir porque le faltaba valor para verle, exánime en una caja de madera. No quería que la última imagen de su padre, esa que la acompañaría durante toda la vida, fuera la de un cuerpo consumido, inexpresivo y frío; la de un extraño. Porque ese no era él.
Sentada en aquella pequeña habitación junto a la mesa camilla y con las piernas buscando el calor del brasero bajo el faldón, su mente vagaba entre los recuerdos de su padre. Sonrió entre lágrimas resbalando por las mejillas y el agüilla de los mocos, que se escapaba de su nariz, al recordar aquella vez que se enfadó tanto… Aquella vez que se subió a la Harley de Ángel sin pensar en las consecuencias. Las ruedas rodaron por ese paseo bordeado de mangos hasta la playa, en esa tarde de verano. Él solo llevaba con él, el olor a petróleo de las máquinas de la carpintería, y el aliento a Lucky navegando en la saliva de su boca. Ella, en cambio, había cargado con la sombrilla japonesa que su padre le regaló cuando cumplió dieciocho años. Se encaprichó de ella una mañana que se acercó hasta Naufal, para comprar unos carretes de hilo que su madre le había encargado. Allí estaba ocupando buena parte del escaparate. La tela azul pintada con motivos de Pájaros del Paraíso y mariposas multicolor, hicieron que la deseara sin más: fue una suerte encontrarla justo en el mes de mi cumpleaños, sonrió al recordarlo, una suerte…murmuró borrando con la mano una lágrima que resbalaba por su mejilla.
Sorbió el café con leche poquito a poco, pensando que había sido acertada la idea de traer con ellos ese saquito de café en grano de Guinea, pues tal y como estaban las cosas solo cabía la malta en los hogares. Oyó el balbuceo de Gelinda justo cuando el reloj del comedor de la casa de sus tíos daba las cinco. Se levantó y, tomando a la pequeña en brazos, se acercó a la cocina para hacerle el biberón. Las lágrimas corrían por sus mejillas como las gotas de un grifo mal cerrado, mientras desleía la leche en el agua, al recordar aquella tarde. Si Ángel no la hubiese abrazado tanto… Si no la hubiera besado… seguramente el maldito pasador de la camisa no se habría soltado. Se retrasaron buscándolo; eso fue todo y en cambio su padre pensó lo peor, y le montó un número con torta y todo, aunque la torta fue lo de menos, lo que realmente le dolió fue la desconfianza depositada en ella: “Perdóname, pero… ¡ni se te ocurra subirte en la Harley!”, le dijo “Masa gasolina”, abrazándola con toda esa fuerza interior de padre, al que ya nunca más podría besar.
Las farolas despertaban al anochecer de la ciudad en el momento en que se subió al tranvía junto a Antoniet. Se sentaron en silencio en el duro asiento de madera enrejada cuyo frío contacto atravesó el abrigo de paño. A través del cristal de la ventana veía a la gente pasar con prisa. Y es que hacía frío para andar por la calle. Cansado, cerró los ojos deseando encontrarse en mitad del campamento en el instante en que decidiera abrirlos. Cómo añoraba Guinea. Dos días habían pasado desde su llegada a la Península, y ya estaba queriendo regresar. Tenía el brazo apoyado en el cristal de la ventanilla cuando sus ojos se fijaron en la banda ancha de color negro que llevaba cosida en la manga a la altura del antebrazo. Era la seña de identidad de un familiar fallecido. A él nunca le gustó esa marca porque no entendía el por qué de mostrar el dolor de una familia a gente que no tenían nada que ver con sus vidas. Como “la Escopetilla”, que parecía un alma en pena con ese velo cubriéndole la cara y esa ropa negra como el ala de un cuervo. Si el luto se lleva en el corazón, y por mucho que uno se disfrace no lo iba a sentir más. Pero los cánones del momento eran los que eran y no estaban en Guinea, sino en una España de posguerra, hambrienta y macilenta, en la que había que aparentar además ser. ¡Cómo soñaba con regresar a esa tierra lejana en donde el paisaje y sus gentes reconfortaban el corazón aunque uno no quisiera!
Se bajaron en la calle de La Reina, justo cuando empezaba llover y aceleraron el paso con el cuello de los abrigos levantados. Ninguno de los dos llevaba paraguas, así que tuvieron que guarecerse bajo la cornisa de un escaparate en donde unos paquetes de clavos y otras herramientas compartían el lugar con un cuadro del general Franco vestido de gala. Y él no pudo menos que pensar que cuántos de esos cuadros colgados en algunos establecimientos, estarían allí por la propia voluntad del dueño y cuántos por congraciarse con el Régimen. Entraron en un pequeño café escaso de parroquianos situado junto al comercio en donde las bombillas de los apliques colgados de las paredes iluminaban, con racanería, los espejos del local, proyectando en el cristal la imagen de los clientes. Un limpiabotas de mono azul y colilla amodorrada entre los labios sacaba lustre a un zapato negro, cuyo dueño leía la prensa comentando en voz alta la tarde de oreja y rabo de Antoñete en la plaza de las Ventas. Era una prensa amordazada que solo emitía una información acrisolada por el régimen, aliñada de toros y fútbol. Se sentaron en una mesa junto a una ventana en cuyo cristal la lluvia resbalaba como “Pedro por su casa”.
— ¿Qué va a ser? —pregunta un camarero flaco y metido de espalda a fuerza de tantos años de inclinarse ante el personal para servir lo pedido. En su cara, un ridículo bigotito se columpia de su labio superior en un intento frustrado de darse un aire de seductor de la pantalla; y en sus manos, los instrumentos de trabajo: una bandeja redonda de metal gastada del trasiego y un trapo de algodón de un blanco roto, de tanto friega y frota mesa a mesa y día tras día.
— Una palometa*…
— Para mí un carajillo* —aclaró “Ojos de Gato”.
Hablaron poco y sin ganas porque el cansancio que deja el estrés de la desolación adormece las palabras. La lluvia había dejado de correr por los cristales cuando salieron; no así en la escupidera de la entrada en la que un gargajo resbalaba junto a las gotas de agua estrelladas sobre el dorado latón del recipiente, en donde un hombre había hecho diana a la par que se cruzaban en la puerta. Un apunte de sonrisa se asomó a los labios de “Ojos de Gato” pensando en que: «si los cerdos que campaban alegremente por los alrededores del Hospital de Bata hubiesen estado allí, la escupidera estaría de más». Y con este pensamiento se alejó del local oyendo, sin escuchar, la voz de Antoniet que charlaba sobre algo de su oficio de tornero.
Entraron en el portal del hogar prestado iluminado por una bombilla pelada, que apenas alcanzaba para aclarar la visión de los dos primeros escalones, en donde un gato les dio un susto de muerte al sentir cómo invadían la paz de su rincón. Un olor a coles hervidas flotaba en el aire y en el rellano del primero se enlazaban las noticias de Radio Nacional con un tango de Gardel. En el segundo, una Tatín con lápices de colores y una Gelinda llorando desesperada por un incisivo que rasgaba la tierna encía de la pequeña, paliaron en parte aquel horrible día en el que acababa de enterrar a un buen amigo; al abuelo de sus hijas.
Sobre la mesa, igual que el ombligo del mundo, un plato de embutido y un porrón de vino de garrafón, ocupaban el centro de un mantel a cuadros azules y verdes que junto a tres pataquetas y una humeante sopera componían la cena de esa noche en el hogar prestado. Se sentaron, sin Sara, a una mesa triste con un enorme hueco difícil de llenar, porque Sara volvería de su mundo de recuerdos, al siguiente día o al otro a ocupar su lugar, pero su amigo ya no volvería más.
Era la hora de la cena y la nena lloraba y lloraba. Ni el dedo de su madre masajeando las encías, ni el frío hielo picado y envuelto, en un pedazo de gasa, ni la gota de licor sobre la maltrecha carne, recomendada por esa tía Teresa, pequeña y enjuta, de moño estirado y gafas de concha gruesa y redondas, surtían efecto. . Casi agradecieron el berrinche de Gelinda que apartaba con firmeza el biberón de Pelargón que “la Escopetilla” le daba. Y lloraba y pataleaba desconcertando a todos, haciendo que la tristeza fuera menos tristeza, por el afán de calmar su dolor ante el apremio de ese diente de leche que quería salir.

Con el primer diente de leche de la pequeña y el final de las vacaciones, llegó el momento de partir hacia el destino nuevo. En Valencia dejaban a parte de la familia y al viejo Camaró, dormitando en el jardín de piedra hasta el día del Juicio. Con ellos se llevaban a una Sara cansada y algo doblada, no por el peso de los años que no eran tantos, sino por el peso de ese camino en solitario que le tocaba emprender. Una “Escopetilla” enlutada y un par de nenas era todo lo que había inventariado el corazón. Y así se fue sin huevo de pato, no porque allí faltaran patos, sino porque no era costumbre como lo era en esa otra tierra cuyo recuerdo le mordía el corazón, a emprender el camino de una nueva vida en un puesto que ya no deseaba. Recordó aquello de que: “A quien prueba la Guinea se le mete el veneno de volver”. Y pensó que era tan cierto como que había Dios. Pero ese Dios se empeñó en enviarlo a Almería, una pequeña ciudad a orillas del Mediterráneo en donde el sol nunca parecía tener prisa por irse a dormir. Y allí, en la calle Chile, número siete, de un barrio de casas bajas a la que llamaban “Ciudad jardín”, tal vez porque a ninguna le faltaba su trocito de tierra para llenarla de flores, invirtieron en una casita pequeña de paredes blancas y jardín coqueto, que les costó sesenta mil pesetas. Un desembolso que no todo el mundo, en los tiempos de posguerra que corría se podía permitir, pero que para ellos no era un problema por esos años de campaña en aquellas tierras. Con la compra de la casa, la ilusión volvió a formar parte de la familia. Ahora se encontraban en un hogar totalmente suyo, junto a Sara, las niñas y Vicenta, la chacha, una joven desgarbada y tan sosa que “Ojos de Gato” pensó que Dios se olvidó de darle esa pizca de sal con la que debería ganarse al corto mundo que la rodeaba. Y así pasaban los días. Él con su trabajo en el cuartel y ella aturullando a la buena de Vicenta, a la que le faltaba sangre para acelerar la faena. Desesperada la una y exasperada la otra, acostumbrada como estaba a tantos de servicio, el entendimiento entre ambas no acababa de llegar. Solo Sara, con esa serenidad que la caracterizaba, sabía cómo manejar a la muchacha sin atolondrarla más.
Era de noche en la Casa Cuartel, como en todas las casas de ese lado del mundo. En la mesa familiar solo estaban, la chiquilla sentada en una trona de madera que Anacleta, la mujer del cabo Gómez, le prestó tras el uso continuado de los siete hijos conque Dios, y el semental de su marido le premiaron, y una sobrasada gorda y lustrosa en el centro del mantel mirándose en silencio, la una porque no sabía hablar y la otra porque era un simple embutido de piel brillante que decía cómeme, pero nada más. Estiraba y estiraba sus brazos de nena hasta que desesperada rompió a llorar con un llanto amargo que nadie entendía. Cada uno a su manera intentaba calmarla, pero no había manera. Ni papilla, ni sonajero, ni osito de peluche…La niña seguía en su empeño de martirizar los tímpanos de toda la familia, hasta que a su padre se le ocurrió que tal vez colgándole la sobrasada, acabara con el llanto.
—¡Pero cómo le vas a colgar la sobrasada al cuello!
—¡Que no “zeñó”! Que”ce pué ahogá”…—dice Vicenta abriendo unos ojos como platos, y a punto de derramar la sopera.
Pero él, agarrando la sobrasada por el cordel se la ata alrededor del cuello, por encima del babero. Y Gelinda le dedica la mejor de sus sonrisas palmoteando de felicidad ¡Por fin! alguien había comprendido su necesidad de tener esa hermosa sobrasada, de piel roja y brillante como una bola de navidad, colgada de su cuello. ¡Por fin! Alguien la comprendía. Y ese alguien solo podía ser su padre.

 

Palometa*: agua con anís.

Carajillo*: café con coñac.