May 202015
 

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Y esta página que tiene ya sus años,nunca se había encontrado con visitantes cuyos nombres nada tiene que ver con el suyo personal,a no ser que tengan unos seudónomos complicados y bien aprovechados,porque la verdad , si lo que buscais es publicidad en la Isla de las Orquídeas, andais bastante desencaminados ya que esta es una página prácticamente desconocida por no estar “enganchada ” a ninguna de las grandes. Así que os agradeceré  que si recalais en La isla,lo hagais con vuestros nombres,o con el seudónimo con el que os encontreís más cómodos,pero NO con el nombre de vuestras actividades.
dando por hecho que comprendeis mi actitud, os deseo a “los cuatro” que paseis un buen dia.
Gudea de Lagash

 

 

May 202015
 

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Y vuelo alto.
Cuando me miras,yo vuelo alto.
Y llego hasta la luna con un par de pestañeos.
Y me engancho en un cuerno;
tiene dos.
Y soy capaz de bailar la danza de los gansos,
sobre el halo de nubes que circunda el zul de tu planeta,
que es el mio.
Y vuelo alto,
y soy capaz de hacer un tobogán con las estrellas,
y colarme debajo de tu cama,
para llevarme tus sueños más soñados cuando te quedes dormida.
Y vuelo alto,
y soy capaz de cambiar las sales de tu baño por el polvo de estrellas que camela.
De atarte a la pata de la cama con un hilo de plata del flequillo de la luna;
cuando está llena.
De jugar al tres en raya y que ganes siempre tú.
De ir al ttatoo,
y decirle que taue la oveja Shau en mi nariz.
Esa Shau que lleva rosas,
que se enfada,
que se pasma,
y que se rie de la vida
¡Es tu oveja! ¡Y te gustán las ovejas!
ya lo se…
Y vuelo alto, y soy capaz…
de andar por la cuerda floja,
de vestirme de oso panda y patearme la calle,
con un cartel de “te quiero !Abrazame¡”
De beberme diez tequilas por seguirte,
y tocar el ukelele sin comerme ni un acorde
¡Ponme a prueba!
Y soy capaz,
y vuelo alto.
Sin ti es como “una peli sin palomas”.
Sin ti la lluvia no es de regadera.
Sin ti las primaveras son inviernos.
Sin ti…
Irás en mi presente eternamente,
porque eres lo más bello de mi vida.
Y soy capaz de…
!Amarte!

May 152015
 

El cuentacuentos

 

Los ojos azules de su dueño divisaron a lo lejos, la blanca procesión que subía por la ladera. La punta de lanza de cada soldado centelleaban al sol; ese sol de primavera que hervía la sangre en sus venas ante la visión de la virtud hecha carne…El pura sangre piafó y él frenó su impaciencia tirando de las riendas de cuero enjaezado de plata y oro, al tiempo que acariciaba el poderoso cuello del animal. Su madre, la bella Muzna, de la que había heredado el color de sus ojos y la tez clara de su piel, le inculcó ese amor por los caballos en el Harem, entre esposas, favoritas, niños y eunucos, porque ella se había criado entre esos nobles animales allá en tierra de Vascones. Estaba cansado; cansado de tanta batalla. Había alcanzado la gloria, eso era cierto, gracias a la astucia y al muro que creo en su corazón contra la compasión, claro signo de debilidad humana que solo podía conducir al fracaso. Y esto lo aprendió en el Harem, en donde los celos, daban paso al odio y este a la venganza. Al amor de su madre y de su maestro, aprendió todo lo que había que aprender de las antiguas enseñanzas forjando así, al paso de los años, una mente clara y un cerebro frió y calculador, que le llevó a lo más alto. Pero estaba cansado y de mal humor por esa espina de fracaso, que las tierras del norte habían clavado en su orgullo. Al paso de su caballo había sometido al infiel, pero el dueño y señor de toda esa tierra cristiana, no podía con los guerreros del norte y eso no le traía sosiego precisamente a su alma… Miró al cielo con el ceño más que fruncido y prometió una vez más a su señor del paraíso, que no descansaría hasta lograrlo. Descansar… quería volver a esa bella ciudad que había construido para gloria de su Dios y de su ego…
Y se hizo la entrega de las cien doncellas. El cristiano habia pagado el tributo una vez más a su señor. Y lo había hecho con la mirada nublada y el rostro hostil: “no es para menos” -pensó-

………..

-¡Ya no habrá más afrentas!
Ramiro II señor del reino de León, gritaba furioso aplastando un puño enguantado contra la dura tabla de la regia mesa. Los señores de la guerra que allí se encontraban, vitorearon la decisión. Había que acabar con aquel execrable pacto que Mauregato, el hijo bastardo de Alfonso I rey de Asturias apañó con el moro, tal vez por eso de ser medio moro.
Y el rey de León, Don Garcia de Navarra y Fernán Gonzalez, dieron muerte a los emisarios del poderoso Abderramán: no habría más entregas.
Los cascos de los caballos retumban a la par que los timbales. El sol allá en lo alto derrite el seso, y asfixia el cuerpo. Pero el valor que envuelve sus almas, es la fuerza que les lleva a la batalla contra la furia desatada del califa, que corta cabezas y arranca los pechos de las cristianas, sembrando el camino de horror…
En Simancas, en la margen derecha del Pisuerga, Los cristianos de hinojos en tierra se encomendaban al Santo y los moros se lanzaban al ataque creyendo que se rendían. La violenta batalla duró varios días.

…………..

….Desde sus aposentos contemplaba el campo de almendros sembrados  y la visión de una tierra anegada de pequeñas flores blancas, como siempre, le emocionó. Habían pasado los años  y sus huesos ya no eran jóvenes. Setenta años tenían de duras batallas y victorias mil…Victorias mil…A su cerebro llegó la visión de la vergonzosa derrota de Simancas, mientras su mano acariciaba por última vez la blanca mejilla de su joven favorita.

 

May 062015
 

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En el recuerdo…

— Ángel, coge un coche que nos vamos a Fuenterrabía. He perdido el contacto con mi mujer y estoy preocupado… ¡Vámonos! —dijo el capitán Palló.
Salimos del cuartel y nos subimos al primer coche oficial que vimos sin conductor, sin pararnos a pensar en las consecuencias que eso podría tener, en medio de un día gris y lluvioso. Inmersos en nuestros pensamientos, emprendimos el viaje. El silencio hubiera sido total, de no ser por el acompasado vaivén del limpiaparabrisas al barrer las gotas que se estrellaban contra el cristal. Y así viajamos varios kilómetros. En ese tiempo, no sé lo que pasaría por su mente, pero a la mía vino el abrazo que me dio, el día en que regresó al cuartel tras el arresto del capitán Corchera. Un abrazo fuerte, lleno de calor; un abrazo de padre, porque eso era lo que había sido para mí, desde el primer momento en que llegué a Estella… El tronar de la artillería me situó de nuevo en la oscura realidad; conforme nos acercábamos al puente de Endarzala, sobre el río Bidasoa, pudimos ver la columna de Beorlegui, que se encontraba detenida porque la artillería de la guardia de asalto, junto con los carabineros desde el monte San Marcial, había volado el puente. Los soldados de la columna trabajaban sin descanso para intentar poner en funcionamiento dicho puente, mientras las balas silbaban sobre nues-tras cabezas y los cañonazos acortaban distancia. La carretera trascurría a lo largo del río, teniendo a nuestra derecha Francia y, a nuestra izquierda, el monte San Marcial, desde donde el ejército republicano defendía con arrojo su emplazamiento, que era el fuerte San Marcos, muy cerca de lrún. El oficial que mandaba la columna, capitán Barroso, nos preguntó que a dónde nos dirigíamos, y mi capitán le explicó todo lo referente a su familia…
— Su familia tendrá que esperar, no sé cuándo podremos salir de esta encerrona; no sé si se han dado cuenta de que somos blanco fácil para el enemigo… — de pronto se calló, miró al cielo buscando algo. Y entonces los oímos ¡Eran aviones! ¡Aviones bimotores franceses!— ¡Todos fuera de los vehículos! ¡Dispersaos! ¡No os quedéis en la carretera! —gritaba el capitán, yendo de un lado a otro. Corrimos a protegernos entre los árboles, mientras que la artillería del enemigo seguía tronando. El capitán Palló fue el primero en darse cuenta de que los aviones solo nos observaban, era una escuadrilla de reconocimiento que vigilaban la línea fronteriza francesa— ¡Si los gabachos hubieran querido acabar con nosotros, hace rato que lo habrían hecho! —dijo a gritos, intentando hacerse oír por encima del estruendo. Tres días estuvimos en ese infierno agazapados entre los árboles y avanzando poco a poco por la ladera del monte, en el intento de hacernos con ese reducto. Los hombres caían como moscas en ambos bandos. El aire estaba impregnado de olor a pólvora, a sangre y al hedor de intestinos reventados por la metralla. Los lamentos de los heridos horadaban mis tímpanos hasta clavarse en mi cerebro, pero lo peor de todo eran sus ojos. Esos ojos, cuya mirada de angustia reflejaban un infinito miedo a la muerte, te pedían ayuda y tú, apartando la vista, les mentías diciéndoles que todo iba a ir bien, mientras en tu interior maldecías tu impotencia ante el sufrimiento de toda esa gente… Recuerdo un muchacho que me pedía un pitillo; extendía su brazo en un intento de coger el cigarrillo, le faltaba la mano hasta la muñeca, pero él no se había dado cuenta; ni si quiera parecía sentir dolor— Acércate más, que no lo alcanzo —decía, mientras los jirones de carne que le colgaban del brazo bailaban con cada movimiento que hacía—. Espera, que te lo pongo en la boca —contesté, mientras encendía uno nuevo con la colilla ensalivada que llevaba entre los labios—. Oye amigo… —y pasaba el muñón por mi guerrera, tiñéndola de rojo—…soy pintor; bueno, en realidad pinto paredes, pero me gusta la pintura… —la fina y pesada lluvia que caía sobre nosotros, había apagado el pitillo. Quiso seguir hablando, pero un golpe de tos le hizo vomitar sangre, así que se lo quité—. Déjame tu dirección, porque… —le costaba respirar y fruncía los labios intentando atrapar pequeñas bocanadas de aire, igual que un pez fuera del agua, pegando los últimos coletazos en un vano intento de zafarse del anzuelo que le había tendido la muerte— …cuando todo esto acabe, te pintaré… Me duele la pierna derecha… Tengo frío… ¡Ayúdame!… —pensé que todo había acabado, pero siguió hablando—. ¡Ah!… levantadme —miré hacia donde debería estar su pierna y no la encontré, la metralla la había arrancado casi de cuajo. En mitad del muslo, infinidad de trozos de esquirlas óseas aparecían incrustadas en los sanguinolentos trozos de carne… Ante aquella visión, un sudor frío invadió todo mi cuerpo, No pude evitar las arcadas y vomité, vomité, y vomité toda la bilis que mi vesícula pudo generar. Me encontraba tan mareado que pensé que me iba a desmayar junto aquel pobre infeliz, pero no fue así; intentando ignorar a mí estomago, volví a mirar… La tierra en donde debería haber descansado la extremidad, aparecía empapada de sangre, dándole un aspecto como de tierra mojada, tierra recién regada; regada con la sangre de ese muchacho que tenía entre mis brazos, de él y de muchos como él. Mientras lo volvía a depositar en el barro pensaba: «Tu sangre será tu sudario, amigo mío. Espero que tengas claro por qué o por quién has muerto. Y que, estés donde estés, puedas seguir pintando, aunque solo sean paredes… amén», dije a modo de oración… Los gritos de los soldados llamando a los sanitarios acabaron con mi monólogo. Me arrastré sobre el fango buscando protección topando con algo blando y viscoso, e instintivamente giré sobre mi espalda, apartándolo de mi camino; no tenía ningún interés por saber de qué se trataba, mi único pensamiento era encontrar algún lugar donde parapetarme. El resplandor producido por la artillería iluminó la zona y pude ver, no muy lejos de donde estaba, uno de tantos socavones producidos por los obuses al impactar contra el suelo. Me dejé caer por él, yendo a dar con mis huesos en un improvisado colchón de cuerpos sin vida de los que intentaba librarme sin conseguirlo, porque en aquel agujero, la lluvia había formado un charco de lodo, del que se hacía difícil salir… «Parece que estoy en una atracción de feria», y a continuación me encontré soltando una sonora carcajada, «me estoy volviendo loco, si no salgo pronto de aquí no me hago responsable de mi cordura…». No reconocía mi voz, me sonaba extraña, como si perteneciera a otra persona; tal vez a algún despojo humano, como el que tenía bajo mi cuerpo. Volví a ponerme en pie intentando no perder por enésima vez el equilibrio. A cada paso que daba sentía que se me erizaba el vello… La risa histérica dejó paso a las lágrimas; lágrimas que brotaban a borbotones, sin poder evitarlo… A pesar de las gruesas botas, notaba la carne y los huesos de esos pobres seres bajo mis pies… Cuando por fin logré salir, eché a corre sin mirar atrás. No hacía nada por protegerme, sabía que en esos momentos era carne de cañón para el enemigo, pero no me importaba, solo quería huir de aquel infierno. En mi carrera por el campo de batalla, escuchaba las voces de hombres que pedían ayuda: unos para ser salvados y otros para que acabaras rápido con su sufrimiento… “Compañero, haz algo por mí: pégame el tiro de gracia y terminemos de una vez… Yo lo haría por ti…”, ¡Camillero! ¡Aquí, sanitario!. Me había unido a las voces que reclamaban con desesperación una tabla de salvación para esos pobres seres… No podía hacer otra cosa. Eso y pedirle a Dios que acabara rápido con el sufrimiento de cada uno de ellos.
Al cabo de tres días de horror, el monte San Marcial fue tomado por nuestras fuerzas y así nos pusimos en marcha de nuevo hacia lrún. Abatidos, sucios y cansados, hasta que unos compañeros que iban delante comenzaron a cantar una marcha alemana… “Yo tenía un camarada, entre todos el mejor”… En poco tiempo, nuestras gargantas fueron solo una… “Siempre juntos caminábamos, siempre juntos avanzábamos”… Lo hacíamos con fuerza; confiando en que nuestras voces llegaran al cielo a modo de oración. Estaba convencido de que en los corazones de casi todos había un rincón para los caídos de ambos bandos, porque muchos de nosotros teníamos en el lado contrario familia y amigos, combatiendo por sus principios. Al redoble del tambor, al redoble del tambor… gloria, gloria, gloria, victoria”… ¿Por sus principios… por los nuestros? ¿Por nuestra sangre… por la de ellos? Seguramente al Cielo no le importaba de qué lado era la sangre derramada, ni de quién era la razón y de quién la sinrazón. Seguramente, el Cielo pasaba de todo eso y solo le preocupaban los inocentes, que se habían visto envueltos en esa locura. Al menos yo, si fuera Cielo, es por lo que me preocuparía…

 

 

May 042015
 

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Fantástica la vida.
Fantástico los sueños.
Fantástico el camino que tus pies comienzan a tejer.
Los sueños infantiles han dado un paso atrás.
Las muñecas, los juegos y el alma a rebosar de “porqués” con respuestas.
La luz del arcoiris.
La noche con estrellas y luna adormilada.
El cuento de la abuela, el cazador y el lobo.
La caperuza roja jugando con el viento.
La cesta con las tortas y la miel.
El ramillete alegre de la desobediencia:
-“No te enredes con flores. Sigue el sendero; no pares”.
Atrás quedan los sueños.
Los juegos infantiles.
El cuento de la nena y su capucha roja.
La luz del arcoirís ya no tiene color.
Un lobo disfrazado de oveja de redil,
se llevó tu inocencia y un “por qué” sin respuesta.
Hoy “Lady Caperuza” te he visto en La Gran Vía,
esquina el callejón de las muñecas rotas;de los sueños torcidos.
Zapatos de tacón, de plástico, amarillos.
Maquillaje barato.
Rouge de labios burdel.
Pinceladas de rimel al agua,
de unos ojos, que lloran sin llorar.
Me he parado un momento.
Y esos ojos dormidos me han mirado sin verme.
Flor de cocaina, de perfume barato.
De coches aparcados.
De colchón alquilado.
¿Que has hecho con tu vida?
Hoy Lady Caperuza, es Lady Papelina…
Y un “por qué” sin rerpuesta.
Y es Lady Papelina.