Jun 212015
 

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Tiene esta nena unos ojos grandes y redondos como dos picotas jugosas del mes de junio.
La nena tiene  boquita de querubín. Y una naricilla chiquita, chiquita como un pellizquito de “tocinillo de cielo”. De pelo fino y suave la hizo Dios. Tan fino, como el hilo que guardan las nubes de coser alas, sandalias y cintas del pelo que con tanto saltar, brincar, brincar y saltar,  lo van perdiendo los angelotes. Y cosen plumas… y cosen nubes tambien. Porque de cuando en cuando, se van rasgando de tanto salto; queriendo ser tan altos los pequeñines como la luna ¡ay, ay! como la luna…
A Helena niña le sienta el color azul tan bien, como al lago de Titicaca allá en los Andes. Su linda cara copiada parece, de una virgen del sol isleño de la Koati. Tan linda es ella.
Lleva Helena Helenita un gorrito de perle, tintado con cuatro gotas del lago, que le queda tan bien ¡Que bien le queda!
Sonrie niña, sonrie, que las nubes se esconden con tu sonrisa y el sol  se enciende de pura envidia.
¡Que piel tienes! Helenita chiquita, tan suave… tan tierna como una yema de San Leandro.
¡Como hueles! Linda muñeca, Helena, Helenita. Hueles a campo al amanecer, a tierra mojada, a canela, a coco, y a la colonia “de Nenes”para bebés…
¡Que piel tienes! niña bonita.
Nena bonita ¡Que piel tienes!
¿Quisieras ser tan alta como la luna? ¡Ay! ¡Ay! Como la luna no, muñeca mía, como la luna no. No quieras ir tan lejos. La luna es fria, vive sola…no huele a nada. A la luna no le va el color azul del Titicaca ¡Que harás tú sin el azul?
La luna no usa gorro de dormir, ni jipi-japa de paja de hoja de palma, ni de rafia , ni sombrero de fieltro, ni gorrito de perlé.
¡Quedate niña bonita! Quedate.
Y tiene Helena, helenita, unos ojos…
¡Tan linda es ella!
…Una virgen del sol isleño de la Koati…
¡Bienvenida a la vida! pequeña Helena
Un beso nena.

 

Jun 102015
 

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He pasado por “la calle de la vida”, como yo llamo al Paseo del Revellín, ese trozo de Ceuta en donde la vida pasa y pasa tan acelerada como un corazón subiendo el Monte Hacho. Y me he parado a mirar el escaparate de una librería. No sé el motivo pero a mi memoria ha venido aquellas noches de maravillosa complicidad infantil, en la que los niños que vivíamos en el campamento de la Guardia Colonial nos deslizábamos de la cama y en pijama corríamos a la casa del capitán, en donde los hijos más pequeños nos esperaban también preparados para dormir. Y es que eran unas noche mágicas, cuando los padres de todos nosotros acudían a las cenas que por un motivo o por otro se daban en el Club de Tenis. Nos dejaban, eso si, al cuidado del “boy”, un guardia joven cuyo cometido eran las faenas del hogar, con el convencimiento de que los niños dormían plácidamente y podían quedarse hasta altas horas de la madrugada. Pero lo que ellos no sabían era que la prole de los instructores del campamento teníamos la “hora D”, que era ni más ni menos el momento de los ronquidos de nuestro cuidador. Había que acercarse a la cocina por un pasillo exterior con el techo de cinc, en donde en la época de lluvia el agua caía estrepitosamente sobre la chapa, haciendo un ruido tan envolvente que a mí me entraban ganas de regresar a la cama; siempre me atrajo la lluvia y mucho más las tormentas. Y llegabas a ese cuarto, en donde el “boy”, dormía como un angelito, un poco grandote, o al menos me lo parecía a mí, tal vez porque una a la edad de siete u ocho años, era bastante tapón, no os hagáis ilusiones que una sigue siendo un retaco, pero como nunca me ha preocupado la estatura, siempre digo que “un tapón de “Moët Chandon”. Y tras estos derroteros vuelvo a mi recuerdo infantil, en el momento en que desde la puerta veía como el cuidador estaba en el séptimo cielo, sentado en aquel banco de madera con la cabeza apoyada en la pared, con la sola compañía de las brasas que permanecían vivas en aquella cocina de hierro. Yo lo observaba un momento, como siempre y como siempre con el mismo pensamiento que no era otro que el saber como podía quedarse tan frito en aquel banco tan duro y con aquella postura tan incómoda. Pero un día llegué a la conclusión de que el motivo de dormir tan plácidamente en esa situación, se debía al ruido de la lluvia al estrellarse en el techo de zinc y a ese olor dulzón que invadía la cocina y que cuando le preguntaba por la colonia que usaba, él me miraba con sonrisa burlona y me decía que ”la colonia no se fumaba”… Así era el “boy” que velaba mis sueños y supongo, que el de algún que otro niño de los instructores del campamento. Siempre acudíamos todos, con lluvia o sin ella, con impermeable y botas de agua o con “bambas”,  pero siempre respondiamos a la llamada de una noche en vela alrededor de la lumbre de la cocina del capitán, en donde un par de” boys” sentados también en esos bancos de dura madera, a los que parecía que alguien les había dado una buena capa de brillante barniz,  por lo bruñidos que estaban del uso, comenzaban a practicar una de las cosas que más le gustaba al hombre negro de aquella tierra añorada, ”hacer historia” o como lo llamamos nosotros, contar cuentos. Y eran unos cuentacuentos admirables; sabían atraer la atención de todos los que nos encontrabamos en torno a esa cocina de hierro, a la que había que remover los rescoldos de tanto en tanto para mantener “la cocina viva”. Con maestría, conducia el cuentacuentos nuestra imaginación por un mundo en donde los protagonistas eran siempre los animales que habitaban el mismo pedazo de tierra que habitábamos nosotros. Todos ellos encerraban una moraleja, que daba cuerda a nuestra lógica infantil y teníamos mucha pues por lo general dábamos con la enseñanza del relato. Las horas pasaban con ellos en los bancos y nosotros en el duro suelo sobre los cojines de los sofás del salón del capitán. De cuando en cuando la visita a la nevera era obligada para beber un vaso de agua filtrada o pellizcar un trozo de bizcocho, con tal estilo que parecía no haber sido tocado desde que se guardó bajo llave porque la nevera, como la de todos, al menos en el ámbito en que yo me movía, tenían llaves que las madres guardaban celosamente, en este caso el escondrijo era cantado para todos nosotros porque Fabiola y Junín, los dos pequeños de la casa, sabían muy bien donde se guardaba: en un zapato de fiesta de la madre. Pasaban las horas sin sentir, hasta que como en el cuento de Cenicienta el reloj de la torre del mercado daba sus campanadas, pero no las doce de la bella princesa; el reloj hacía sonar las cuatro campanadas de la madrugada y el “hacer historia” se tenía que acabar, así que salíamos todos corriendo atravesando la gran explanada de aquel campamento para meternos en la cama antes de que nuestros padres llegaran, o que Pantaleón, por aquel entonces era nuestro ”boy”, y todos los otros “Pantaleones” se percataran de nuestra ausencia; cosa que no había ocurrido nunca.
He pasado por “la calle de la vida”…Y me he parado a mirar el escaparate de una librería… Hoy me he resistido al impulso de sentarme en un banco de madera barnizada, de esa calle de la vida y rodearme de niños y “hacer historia”; pero no ha podido ser porque no había ni techo de zinc, ni lluvia, ni complicidad infantil…

Jun 092015
 

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A ciencia cierta no se sabía cuando levantarón aquellas paredes de piedra, de la mejor cantera del lugar, de ventanas pesadas  y geranios en flor al paso de la primavera. “El Grano de Café” formaba parte de la glorieta de La Golondrina Azul al menos desde que Doña Carlota tenía uso de razón y de eso ya hacía  ochenta y tantos años largos. Toda una vida vivida a ritmo de samba y llorada cuando tocaba, al son de tequila y ron. Pasarón los hombres por sus dias  dejando huella unos, y otros no. Pero el que le marcó, no precisamente por amor, fue el padre de sus hijos, un toro de miura teniendo lo que hay que tener para complicarle la vida y faltandole luego para sacar a la prole adelante.
Recordaba su sonrisa seductora y esa manera de decirle al oido que la quería. Y luego estaban  esas manos que, en los ratos de amor, tensaba su cuerpo como las cuerdas de una guitarra. Todo esto lo pensaba con la vista fija en la pequeña terraza de El Grano de Café que a esa hora de la mañana, de un dia desapacible del mes de octubre, no tenía a nadie en la pequeña terraza a la que acudían los incondicionales del local. Tan solo las hojas de un periódico revoloteando a capricho del viento, y un gato flaco y despeluchado de tanto batallar, por el amor de cualquier gata en celo que se encontrara por el camino. Se apartó de la ventana y colocandose la bufanda y el abrigo, salió al aire frío del otoño acompañada de un bastón al que aún no había enseñado a caminar, porque nunca se apoyó en él para dar un solo paso, o al menos eso decía la gente del lugar. Cruzó la glorieta seguida de su bastón y sin importarle un comino que al conductor del furgón, que tuvo que frenar en seco para no acabar con sus dias, casi le diera un infarto, al pobre hombre le salvó el sintrom que tomaba desde que le dió aquel achuchón que casi se lo lleva al otro barrio, pero claro eso Doña Carlota no lo sabía. Ni siquiera se enteró del frenazo , porque los sonotones que llevaba andaban algo gastados de pilas.
En el local hacía calor no solo por la calefacción, sino también por las almas que lo llenaban. Saludó con un buenos dias al aire y luego a Don Federico, el señor de los prados bajos y ganadero por derecho de braguetazo, que no recogió,   tan ensimismado estaba con la máquina tragaperras, con la que dia tras dia jugaba hasta la una menos cuarto, ni un minuto más, ni uno menos.
De una barrida localizó un asiento vacio en una de las mesas de madera recia, en donde Doña Remedios contaba por enesima vez el arroz con conejo que ese dia haría para comer, cosa improbable, pensó Doña Carlota mirando su reloj, que marcaba las doce y media. Harta ya del mismo circulo vicioso de conversación, por el incipiente alzheimer que absurdamente nadie de los suyos parecía notar, se levantó con la misma soltura que el muelle de unas tijeras de podar volando por los aires, porque ella era una gran conversadora. Le gustaba hablar con la gente, y a la gente le gustaba escuchar lo que ella tenía que decir, que era mucho, por ser mucho lo vivido a lo largo de sus dias, así que buscó otro rincón más ameno en el que el “arroz con conejo ” no fuera el tema central…
Y el tiempo pasa en El Grano de Café.
Y el reloj de muñeca de Doña Carlota marca las dos.
No queda nadie con quien hablar de su pasado y de ese corsé,
que juega con su columna al tente en pie.
De la morfina para el dolor…
De sus amores,
y de esa guerra en azul y rojo, que ella vivió…
Y en el reloj de Doña Carlota…
Y cruza la plaza Doña Carlota con su bastón, arrebujada en su chaquetón.
Mañana será otro dia, como el pasado y el anterior.
Y en El grano de café, Doña Carlota vive su vida…
Doña Carlota