Nov 292015
 

 95cenicero

        … Apuntando al cielo, la proa de un barco emergía del agua como un pedazo de hielo en un vaso de güisqui con sifón…
— Es el Fernando Póo, su hermano gemelo era el Ciudad de Sevilla. Al comienzo de la Guerra Civil transportaba soldados republicanos a Bata, pero nunca pudo llegar a su destino, fue cañoneado por el Ciudad de Mahón.
A su lado, un hombre de la tripulación con los ojos entornados señalaba en la dirección del buque medio sepultado en el océano. “Ojos de Gato” le observó: tenía la piel de la cara curtida por el sol y surcada por mil arrugas en las que se podía leer los avatares de una dura vida en el mar. Sus manos hablaban de tempestades, bonanzas y calma chicha… de baldeos de cubierta… de sogas engrasadas y cigarros apurados hasta el límite. La larga uña del meñique, contaba los rasgueos de guitarra en las noches estrelladas, mientras que los tendones de su garganta, tensados como cuerdas de violín, llevaban escrito las veces que, con voz quebrada, habían dejado escapar el lamento de un cante jondo…
— ¿Hace un cigarro? —dijo tendiéndole un paquete de “Ideales”.
— Gracias, hace un cigarro.
Fumaron en silencio, escupiendo de cuando en cuando alguna hebra de tabaco pegada a la lengua. Unos negros, remando en unas barcas parecidas a las piraguas de los indios, se habían acercado hasta el barco. Uno de ellos, con voz grave, entonaba una canción que el resto de los remeros, al unísono, repetía “in crescendo”.
— Vienen a vender su artesanía y los frutos que da esta tierra… Nunca he entendido cómo no se les vuelca el cayuco, con toda esa carga…
— ¿?
— Un cayuco no es otra cosa que el tronco de un árbol al que llaman calabó*. Lo vacían, hasta dejar hueco suficiente para ellos y algo de mercancía. Es una madera muy blanda, con lo cual flota muy bien, pero tiene como desventaja que se pudre con rapidez… —dijo el marinero, lanzando la colilla al agua. Un ruido de cadenas acompañó las últimas palabras del hombre–. Hemos fondeado. El barco no puede avanzar más por falta de calado; ahora vendrá una gabarra para llevarlos a tierra… Bueno a tierra… —comentó, con sonrisa burlona.
— No comprendo… ¿Qué quiere decir?
— Ya lo verá –y tras hacer un gesto con la mano en señal de saludo, se alejó silbando “La bien pagá”.
En poco tiempo, media docena de embarcaciones habían llegado hasta ellos. Sus ocupantes, que se habían puesto en pie, ofrecían fruta fresca que llevaban en cestos. Un chavalín sujetaba con una cuerda a un diminuto mono, que Ángel reconoció enseguida. Era un congénere de Horacio, el asustado tití vestido de azul, que viajaba en el barco. El mono, ajeno al trasiego que había a su alrededor, se afanaba en despiojarse. Con las dos manos escarbaba cada centímetro de la piel, revolviendo el pelo que la cubría hasta encontrar al incómodo inquilino y en un santiamén se lo llevaba a la boca. Con un chasquido de dientes <chaaacccssss>, pasaba a mejor vida… Y así, una y otra vez, hasta que el muchacho lo agarró por el rabo, dejándolo cabeza abajo, posición que salvó la vida de los “diminutos ocupas” que aún quedaban en el pellejo del animal.
Madera de palisandro, palo rosa, ébano, marfil, collares, pulseras, telas, extraños artilugios que alguien señaló como instrumentos musicales; hermosas y enormes tortugas de carey, panza arriba, luchando por volver a su posición habitual moviendo inútilmente las aletas; pequeños animales parecidos a los lagartos a los que, un hombre identificó como camaleones; simpáticos loros de plumaje gris y rojo que, posados en el hombro de sus dueños, observaban con atención todo lo que ocurría a su alrededor y aves enjauladas en cestas de caña. La punta del enorme pico de un tucán asomaba a través del agujero de una cesta; el plumífero picoteaba la caña, una y otra vez: “Ahora pico aquí… luego allá… ahora saco una pata… no, así no, que no quepo, la vuelvo a meter… lo intento con la otra…”. ¡Y se acabó! No hubo tiempo para más; a golpe de remo, los cayucos se alejaron para dar paso a la barcaza que debía llevarlos a tierra….
— ¡Cuidado! ¡Sujétese fuerte! Pero no cierre los ojos, por el amor de Dios, que va a ser peor – gritaba un hombre de la tripulación a una mujer que permanecía inmóvil en mitad de la escalera de gato. Paralizada a medio camino, sus manos como garras de pájaro se asían con fuerza a uno de los peldaños; el marido que iba delante, agarrando uno de sus tobillos, intentaba que colocara el pie en el tramo siguiente, mientras que desde arriba, el tripulante hacía esfuerzos por soltarle las manos. La gente de la gabarra la animaban a seguir; en cubierta, el resto del pasaje, miraban con recelo la escena. Tras un laborioso trabajo de mentalización, digno del mejor psicólogo del mundo, la señora en cuestión llegó al último tramo de la escalera en donde la esperaban un buen puñado de manos que, en el afán de socorrerla, hicieron balancear peligrosamente la gabarra.
Poco a poco fue bajando el personal. Los niños en brazos de los marineros; los demás, en brazos del “Ángel de la guarda”.
No faltaban muchos metros para alcanzar tierra, cuando la barcaza se paró ante los ojos de los pasajeros. Una playa inmensa de dorada arena, bordeada de palmeras, cocoteros y egombe—egombes*, custodiaban como el mejor de los ejércitos a una pequeña ciudad formada, en su mayoría, por casas de madera de una sola planta.
— ¡Fin del trayecto! —dijo un tripulante, guiñando un ojo a un viejo colonial que sonreía, ante el desconcierto de la gente—. Por ahí llega el nuevo medio de transporte — y señaló un grupo de negros que, metidos en el agua hasta más arriba de la cintura, avanzaban hacia nosotros. Los hombres hundían sus brazos, rompiendo el mar a brazadas y así una y otra vez. «Arrastrando con ellos pequeños cachos de mar…», pensó Ángel. A medida que se acercaban, la expectación era grande y la cara divertida de algún que otro pasajero, aún mayor…
— ¡Arriba! –el viejo colonial fue el primero en utilizar tan original medio de transporte; con los zapatos en una mano y las perneras de los pantalones enrolladas hasta las rodillas, se montó a horcajadas sobre los hombros de uno de los imponentes negros, que emprendió el camino de regreso, del mismo modo como había llegado: brazada va… brazada viene… <Y ahora me paro un momento para que recuperes el equilibrio, me has soltado la propina y no debo dejarte caer…>.
— ¡Esto va para los nuevos! —decía a voz en grito el jinete—. ¡Les recomiendo que les den algo de dinero a sus porteadores si no quieren pegarse un buen chapuzón… suelen ser muy torpes con los que no han soltado la propina, ¡ja, ja, ja!
Uno a uno los viajeros fueron transportados de esa guisa hasta la orilla: los “antiguos”, tan frescos charlando de sus cosas como si nada; los “nuevos”, con el cuerpo agarrotado y una expresión bobina en el rostro… Poco a poco, los hombres a caballo y las mujeres y los niños en las sillas, fueron dejando la gabarra. Los negros iban y venían, de la orilla a la barcaza, de la barcaza a la orilla, hasta dejar en la arena a los pasajeros y sus pertenencias. «Un “trabajo de negros”…», pensó con ironía “Ojos de Gato” cuando todo acabó.
— Un “trabajo de chinos” —corearon Herrera y Llaurador…

        Dos hombres vestidos con el uniforme de la Guardia Colonial llegaron hasta ellos. Cuando vieron en las hombreras de la guerrera de uno de ellos las tres estrellas de seis puntas, se cuadraron ante él.

       — ¡A sus órdenes mi capitán! —dijeron los tres como una sola voz.
— Bienvenidos a Bata, saludó estrechándoles la mano. Soy el capitán Calonge…
— Bienvenidos, compañeros —dijo el hombre que le acompañaba, apretando con fuerza la mano de “Ojos de Gato”—.  Soy el instructor Arrieta…
Los cinco hombres subieron a un Land Rover, se alejaron del ajetreo de la playa y atravesaron la ciudad, hasta llegar al campamento situado sobre una meseta, una pequeña elevación de terreno en el centro de la ciudad. Al pasar por el cuerpo de guardia, un nativo vestido con un uniforme de color garbanzo, similar al de los Regulares de Marruecos, con un tarbus* rojo en la cabeza, pantalón corto y los pies descalzos, les saludó en “posición de firmes”. En el interior del recinto, una gran explanada albergaba las diferentes infraestructuras que componían el campamento: nada más entrar, a la izquierda, se encontraba la vivienda del Capitán Administrador, el único edificio de cemento de todo el campamento. El resto: las oficinas, los talleres, las viviendas de los instructores, los barracones de los guardias… e incluso, la cárcel pública, situada dentro del recinto, habían sido construidas en madera, bambú y nipa.

Arrieta paró el Land Rover ante las oficinas y el capitán se bajó, no sin antes desearles una feliz campaña en “la Guinea”. Qué lejos estaba “Ojos de Gato” de saber, que la campaña de año y medio se convertiría en toda una vida; que allí se casaría y que allí nacerían sus hijas y tres de sus nietos; que allí viviría los años más felices de su dilatada vida…

 

 

 

Nov 242015
 

       lelo300

         Allí, el capitán Palló esperaba encontrar a los suyos…

       Por fin llegamos al pueblo, un pueblo de casas cerradas y calles vacías que atravesamos hasta la playa, en donde encontramos a un viejo pescador, remendando una red. Nos contó cómo la gente había huido a Francia. Nos dijo que conocía a la familia, pero que no sabía nada de ellos.
— Todos se han marchado, solo quedo yo… —murmuró con voz cansada y, dándonos un fuerte apretón de manos, volvió a lo que estaba haciendo. Nos pusimos en marcha, esta vez hacia la salida del pueblo, en donde se encontraba la casa de la familia del capitán. A unos cincuenta metros de distancia, me mandó desviar el coche fuera del camino, yendo a parar detrás de unos arbustos.

       — Desde la casa, esta zona no es visible —comentó, mientras sacaba su pistola de la cartuchera, comprobando el cargador— La construyó mi bisabuelo. Hasta ahora, cuatro generaciones de Pallós la han habitado y espero que siga así durante mucho tiempo —dijo, con la mirada perdida en la casa, que en otro tiempo debió estar llena de vida, pero que a mí me trasmitía una tremenda sensación de tristeza y soledad… Los gruesos muros de piedra aparecían cubiertos de hiedra y ahí, donde esta no había llegado, la pátina del tiempo se había adueñado sirviéndose de un fino manto de musgo, dotando a la piedra de una tonalidad más oscura. El gran portón de madera recia que presidía la fachada principal aparecía cerrado a cal y canto, en contraste con las ventanas, que presentaban los cristales desnudos con las contraventanas abiertas de par en par, lo que hacía que  hacía que la casa diera la sensación de ser frágil y muy vulnerable, ante los saqueadores que tanto abundaban desde que empezó la guerra. Un vetusto roble de ramas desnudas nos dio la bienvenida a la entrada de un jardín en donde, clavado en el suelo, un indicador de madera tenía grabado a fuego: “Rodalía”. El capitán me explicó que era el nombre con el que su bisabuelo había bautizado la casa. Caminamos, teniendo bajo nuestros pies una tupida alfombra de hojas, que indicaba el sueño en que estaban sumidas las plantas, esperando la llegada de la primavera. Había dejado de llover y el Sol pugnaba por salir de entre las nubes, proyectándose, de vez en cuando, en las hojas caídas. Era entonces cuando el paisaje quedaba envuelto en una cálida luz, dándole al lugar un mágico toque; como de cuento de hadas. De pronto, creías percibir en el crujir de una rama o en el vuelo de un hoja, la silueta de alguno de los habitantes del jardín: gnomos corriendo a refugiarse debajo del viejo roble; duendes a lomos de caballitos del diablo o hadas que, al agitar la varita, lo ponían todo perdido de un polvo dorado… La construyó mi bisabuelo. Hasta ahora, cuatro generaciones de Pallós la han habitado y espero que siga así durante mucho tiempo —dijo con la mirada perdida en la casa, que en otro tiempo debió estar llena de vida, pero que a mí me trasmitía una tremenda sensación de tristeza y soledad…

       En el exterior no había un alma, y todo parecía estar en su sitio. Trepamos por un árbol hasta el balcón, con la intención de romper un cristal, pero ya se nos habían adelantado. Aquello era un caos: muebles destrozados y objetos personales por el suelo como si Atila hubiera pasado por allí.
En la biblioteca nos recibió un agonizante Chester, con los muelles asomando de entre los tajos propinados en su piel… Las oquedades de la librería, en otro momento vivas, parecían nichos vacíos en espera de ser ocupados por los restos de las vidas, que llenaban los libros esparcidos por el suelo de la estancia…
— Es de mi niña Bea —dijo, mientras se agachaba a recoger una pequeña muñeca de trapo, sucia y pelona, a la que habían mordisqueado la nariz, hasta dejarla sin ella. Se la quedó mirando un momento, guardándola luego en el interior de la guerrera. Conforme avanzábamos, oímos unas voces que llegaban del final del pasillo—. Viene de la cocina — comentó.
— ¡Hijos de puta! ¡¿Qué habéis hecho con mi familia?! El cañón de la pistola del capitán se hundía peligrosamente en la mejilla de uno de los individuos que allí se encontraban. A la vez que los desarmaba, yo apuntaba a los otros dos ordenándoles que levantaran las manos en alto. Nuestra irrupción en la cocina les había cogido por sorpresa y estaban muy asustados. Por nuestra parte, no podíamos dar crédito a lo que estábamos viendo: eran tres muchachos muy jóvenes, vestidos de falangistas, apenas tendrían veinte años. Uno de ellos me resultaba vagamente familiar… Tenía la cara llena de granos… ¡Claro, era el muchacho que el día del alzamiento se acercó para enseñarme la camisa azul bordada por su novia! El que siempre se iba ajustando el correaje, con aire de “gallo peleón”…
Tras jurar una y mil veces que no sabían nada de la familia del capitán, este, cada vez más encolerizado, les dijo:
— ¡¿No os habéis enterado de que estamos en estado de guerra?! ¡Y que el pillaje se castiga con la pena de muerte!

       Durante un rato estuvo interrogándoles, en un vano intento de que le contaran qué había sido de los suyos. Repetían siempre la misma historia, reconociendo que ellos eran los causantes del destrozo, pero que cuando entraron en la casa no había nadie…
Subimos al coche, con los tres muchachos sentados detrás, y el capitán a mi lado apuntándoles con su pistola, mientras me decía que había que regresar a lrún para denunciar lo ocurrido en la Comandancia Militar. Nadie habló durante el viaje. Por el retrovisor, alcanzaba a ver al muchacho de los granos que, con la mirada baja, permanecía, al igual que los otros, en silencio… Quizá su pensamiento estuviera en la muchacha, que le bordó la camisa o tal vez en su familia, ¿quién sabe? Lo más probable era que el miedo a lo que se le avecinaba, tuviera bloqueada su mente…
— Ángel, no les quites el ojo de encima —dijo el capitán al llegar a la Comandancia. Cuando nos quedamos solos, uno de los chicos me entregó una libreta. Me dijo que desde que se alistó había escrito en ella día tras día, sus vivencias; que por favor, se la llevase a sus padres, que vivían en Sangüesa; los tres eran de allí— mientras los escuchaba, yo sentía una infinita pena por ellos y por mí. En mi interior, se libraba una dura batalla entre mi fidelidad a todo lo que juré obedecer y mis sentimientos, que me gritaban que los dejara marchar… Me quedé sin comprobar cuál habría sido mi resolución ante esa tesitura, porque apareció el capitán. Al parecer, al final de la avenida de Irún se encontraba un destacamento de soldados que serían los que se encargarían de fusilarlos. Intercedí por ellos varias veces, apelando a su compasión; pero me mandó callar. Entonces, la providencia vino en nuestra ayuda. Por la avenida, la gente corría. Venían de la parte francesa, por el puente internacional, hacia España. De nuevo empezó a llover, esta vez con fuerza, acompañada de ráfagas de viento. La gente se arrebujaba en sus prendas de abrigo, en un intento de guarecerse del agua que caía; las varillas de los paraguas se doblaban, ante la fuerza del viento, dejándolos inservibles: periódicos, maletas, bolsos, plásticos… todo era válido para protegerse. Por casualidad, observé a dos mujeres con dos niños de la mano, que cruzaban la calzada. El corazón me dio un vuelco: era María Teresa y la familia del capitán. Él no se percató de su presencia, tal vez por las gafas de sol que llevaba a pesar de la lluvia que caía. Paré el coche, cerca de donde estaban y le dije: “Ahí tiene a su familia”. Miró incrédulo hacia donde le indicaba y la tensión acumulada, durante el tiempo que duró la búsqueda, hizo aflorar las lágrimas a sus ojos. Se abrazaron y besaron, mientras los tres infelices y yo, contemplábamos la escena. Hablaban mirando hacia nosotros; suponía que él les estaba contando lo sucedido… Fue entonces cuando María Teresa me vio y echó a andar hacia el coche: vislumbré su sonrisa y el brillo de sus ojos y pensé, que aunque el mundo se parara y el cielo se hundiera en ese preciso instante, seguiría allí sentado esperando a que llegara hasta mí. Todo lo demás ya no importaba. Antes de que pudiéramos cruzar palabra, el capitán se acercó diciendo:
— Dad gracias a Dios, porque he encontrado a los míos y por la intercesión de mi mujer para que os deje en libertad; sé que debería seguir hasta el final, pues habéis incurrido en una falta muy grave, aún así os dejo marchar. Habéis manchado todo lo que representa el uniforme que lleváis, ¡iros antes de que me arrepienta! —salieron del coche y, sin volver la vista atrás, se alejaron de nosotros. Nunca más me los crucé en el camino…
— ¿Qué haces aquí? ¿No estabas en Estella? —no contestó a mis preguntas, solo me besó, me besó y me besó y yo pensé que no tenía prisa por saber las respuestas; solo quería abrazarla.
— ¿Alguien me puede explicar algo? —preguntó el capitán, mirándonos perplejo— ¿De qué conoces a mi cuñada?
Le contamos nuestro encuentro aquella mañana de julio y nuestros proyectos para cuando acabara la guerra… Allí, en mitad de la calle, lloviendo a mares y con el torrente de gente que corría tropezando con nosotros intentando regresar a sus casas, parecíamos cuatro lunáticos; cuatro lunáticos maravillosos, que durante unos momentos hablaban del amor, de proyectos e ilusiones, sin importarles el resto del mundo…
Regresamos a Estella con un final feliz. Los terribles días que vivimos desde que salimos del pueblo, me parecían lejanos; una pesadilla de la que había despertado. Pero, algo me decía en mi interior que volvería a vivir antes de acabar la contienda, otro capítulo amargo, que cambiaría mi vida…

………— Bésame. ¿Me quieres? ¿Cuánto me quieres? —sin darme tiempo a contestar, me tapaba la boca con sus besos; esos besos calientes y húmedos, como solo ella sabía dar… Hicimos el amor una y otra vez, queriendo recuperar el tiempo perdido; como si fuera la última vez; como si al llegar la mañana, nuestra historia desaparecería de la faz de la tierra. Era una sensación que me ahogaba…— ¿En qué piensas? —dijo saltando de la cama. La luz de la luna que entraba por la ventana bañaba su cuerpo, dándole un toque de porcelana a su piel. Encendió dos cigarrillos y me puso uno en los labios, mientras me apartaba el pelo de la frente. Siguió hablando sin darme tiempo a responder…— Cuando acabe la guerra, quiero dejar mi trabajo en el hospital; casarme contigo y tener muchos, muchos niños, en una casa con jardín, en donde el amarillo de los rosales trepadores se mezclará con el azul de las Jacarandas… y el aroma del incienso y el jazmín lo impregnará todo… —mientras hablaba, le besé los ojos y a mis labios vino el sabor salado de las lágrimas; comprendí que estaba llorando… Porque como yo, tenía el presentimiento de que ese sueño no se haría realidad… Y así fue. Volvimos a vernos dos veces más. El tiempo que pasamos juntos, fueron momentos sin sueños, sin planes para el futuro, solo nosotros en esa cama de muelles oxidados; en una pensión cualquiera de un pequeño pueblo perdido de Dios…
Los “Ratas rusos” subían a gran altura, para luego caer en picado, como una bandada de águilas reales al visualizar su presa. Eran implacables; muy buenos en este tipo de ataques. Con los motores parados, caían en silencio sobre el objetivo, en un vuelo bajo, jugando con el elemento sorpresa y lo machacaban…
Una noche, al final de la primavera, el hospital de campaña en donde ella se encontraba, fue el blanco elegido por estos aviones. Las águilas reales se dieron como siempre un buen festín, pero esta vez el menú era algo especial: en un abrir y cerrar de ojos, me arrancaron el corazón y se lo comieron… así, sin más… Así, sin más, salió de mi vida María Teresa, dejándome solo con su recuerdo y el alma llena de ella…
La guerra continuó y las batallas se sucedieron una tras otra: El frente de Toledo, Teruel… la batalla del Ebro… Y así llegó el final de tres horribles años, en los que todos, absolutamente todos, tuvimos algo que perder… Tampoco nos fue mejor al finalizar la guerra, porque entonces llegó la etapa de odios y revanchismos; de purgaciones con paredones incluidos, en los que a mí me tocaba muy de cerca. Más de una vez fui el conductor del autobús que llevaba ese cargamento de pobres infelices a la muerte, sin poder hacer nada por evitarlo…. Pasó el tiempo y unos años después, el azar me informó de unas plazas de instructores de la Guardia Colonial en Guinea Española. Pedí destino, con la esperanza de que se cumpliera lo que tantas veces había oído: que el tiempo y la distancia cicatrizaban todas las heridas. Me preocupaba pensar si no sería yo la excepción que confirmara la regla…

Nov 232015
 

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       — Ángel, coge un coche que nos vamos a Fuenterrabía. He perdido el contacto con mi mujer y estoy preocupado… ¡Vámonos! —dijo el capitán Palló.
Salimos del cuartel y nos subimos al primer coche oficial que vimos sin conductor, sin pararnos a pensar en las consecuencias que eso podría tener, en medio de un día gris y lluvioso. Inmersos en nuestros pensamientos, emprendimos el viaje. El silencio hubiera sido total, de no ser por el acompasado vaivén del limpiaparabrisas al barrer las gotas que se estrellaban contra el cristal. Y así viajamos varios kilómetros. En ese tiempo, no sé lo que pasaría por su mente, pero a la mía vino el abrazo que me dio, el día en que regresó al cuartel tras el arresto del capitán Corchera. Un abrazo fuerte, lleno de calor; un abrazo de padre, porque eso era lo que había sido para mí, desde el primer momento en que llegué a Estella… El tronar de la artillería me situó de nuevo en la oscura realidad; conforme nos acercábamos al puente de Endarzala, sobre el río Bidasoa, pudimos ver la columna de Beorlegui, que se encontraba detenida porque la artillería de la guardia de asalto, junto con los carabineros desde el monte San Marcial, había volado el puente. Los soldados de la columna trabajaban sin descanso para intentar poner en funcionamiento dicho puente, mientras las balas silbaban sobre nuestras cabezas y los cañonazos acortaban distancia. La carretera trascurría a lo largo del río, teniendo a nuestra derecha Francia y, a nuestra izquierda, el monte San Marcial desde donde el ejército republicano defendía con arrojo su emplazamiento, que era el fuerte San Marcos, muy cerca de lrún. El oficial que mandaba la columna, capitán Barroso, nos preguntó que a dónde nos dirigíamos y mi capitán le explicó todo lo referente a su familia…
— Su familia tendrá que esperar, no sé cuándo podremos salir de esta encerrona; no sé si se han dado cuenta de que somos blanco fácil para el enemigo… — de pronto se calló, miró al cielo buscando algo. Y entonces los oímos ¡Eran aviones! ¡Aviones bimotores franceses!— ¡Todos fuera de los vehículos! ¡Dispersaos! ¡No os quedéis en la carretera!—Gritaba el capitán, yendo de un lado a otro.

       Corrimos a protegernos entre los árboles, mientras que la artillería del enemigo seguía tronando. El capitán Palló fue el primero en darse cuenta de que los aviones solo nos observaban, era una escuadrilla de reconocimiento que vigilaban la línea fronteriza francesa— ¡Si los gabachos hubieran querido acabar con nosotros, hace rato que lo habrían hecho! —Dijo a gritos, intentando hacerse oír por encima del estruendo.

       Tres días estuvimos en ese infierno agazapados entre los árboles y avanzando poco a poco por la ladera del monte, en el intento de hacernos con ese reducto. Los hombres caían como moscas en ambos bandos. El aire estaba impregnado de olor a pólvora, a sangre y al hedor de intestinos reventados por la metralla. Los lamentos de los heridos horadaban mis tímpanos hasta clavarse en mi cerebro, pero lo peor de todo eran sus ojos. Esos ojos, cuya mirada de angustia reflejaban un infinito miedo a la muerte, te pedían ayuda y tú, apartando la vista, les mentías diciéndoles que todo iba a ir bien, mientras en tu interior maldecías tu impotencia ante el sufrimiento de toda esa gente… Recuerdo un muchacho que me pedía un pitillo; extendía su brazo en un intento de coger el cigarrillo, le faltaba la mano hasta la muñeca, pero él no se había dado cuenta; ni si quiera parecía sentir dolor— Acércate más, que no lo alcanzo —Decía, mientras los jirones de carne que le colgaban del brazo bailaban con cada movimiento que hacía—. Espera, que te lo pongo en la boca —contesté, mientras encendía uno nuevo con la colilla ensalivada que llevaba entre los labios—. Oye amigo… —y pasaba el muñón por mi guerrera, tiñéndola de rojo—…soy pintor; bueno, en realidad pinto paredes, pero me gusta la pintura… —La fina y pesada lluvia que caía sobre nosotros, había apagado el pitillo. Quiso seguir hablando, pero un golpe de tos le hizo vomitar sangre, así que se lo quité—. Déjame tu dirección, porque… —Le costaba respirar y fruncía los labios intentando atrapar pequeñas bocanadas de aire, igual que un pez fuera del agua, pegando los últimos coletazos en un vano intento de zafarse del anzuelo que le había tendido la muerte— …cuando todo esto acabe, te pintaré… Me duele la pierna derecha… Tengo frío… ¡Ayúdame!… —pensé que todo había acabado, pero siguió hablando—. ¡Ah!… Levantadme —Miré hacia donde debería estar su pierna y no la encontré, la metralla la había arrancado casi de cuajo. En mitad del muslo, infinidad de trozos de esquirlas óseas aparecían incrustadas en los sanguinolentos trozos de carne… Ante aquella visión, un sudor frío invadió todo mi cuerpo, No pude evitar las arcadas y vomité, vomité y vomité toda la bilis que mi vesícula pudo generar. Me encontraba tan mareado que pensé que me iba a desmayar junto aquel pobre infeliz, pero no fue así; intentando ignorar a mí estomago, volví a mirar… La tierra en donde debería haber descansado la extremidad, aparecía empapada de sangre, dándole un aspecto como de tierra mojada, tierra recién regada; regada con la sangre de ese muchacho que tenía entre mis brazos, de él y de muchos como él. Mientras lo volvía a depositar en el barro pensaba: «Tu sangre será tu sudario, amigo mío. Espero que tengas claro por qué o por quién has muerto. Y que, estés donde estés, puedas seguir pintando, aunque solo sean paredes… amén», dije a modo de oración… Los gritos de los soldados llamando a los sanitarios acabaron con mi monólogo. Me arrastré sobre el fango buscando protección topando con algo blando y viscoso, e instintivamente giré sobre mi espalda, apartándolo de mi camino; no tenía ningún interés por saber de qué se trataba, mi único pensamiento era encontrar algún lugar donde parapetarme. El resplandor producido por la artillería iluminó la zona y pude ver, no muy lejos de donde estaba, uno de tantos socavones producidos por los obuses al impactar contra el suelo. Me dejé caer por él, yendo a dar con mis huesos en un improvisado colchón de cuerpos sin vida de los que intentaba librarme sin conseguirlo, porque en aquel agujero, la lluvia había formado un charco de lodo, del que se hacía difícil salir… «Parece que estoy en una atracción de feria» y a continuación me encontré soltando una sonora carcajada, «me estoy volviendo loco, si no salgo pronto de aquí no me hago responsable de mi cordura…No reconocía mi voz, me sonaba extraña, como si perteneciera a otra persona; tal vez a algún despojo humano, como el que tenía bajo mi cuerpo. Volví a ponerme en pie intentando no perder por enésima vez el equilibrio. A cada paso que daba sentía que se me erizaba el vello… La risa histérica dejó paso a las lágrimas; lágrimas que brotaban a borbotones, sin poder evitarlo… A pesar de las gruesas botas, notaba la carne y los huesos de esos pobres seres bajo mis pies… Cuando por fin logré salir, eché a corre sin mirar atrás. No hacía nada por protegerme, sabía que en esos momentos era carne de cañón para el enemigo, pero no me importaba, solo quería huir de aquel infierno. En mi carrera por el campo de batalla, escuchaba las voces de hombres que pedían ayuda: unos para ser salvados y otros para que acabaras rápido con su sufrimiento… “Compañero, haz algo por mí: pégame el tiro de gracia y terminemos de una vez… Yo lo haría por ti…”, ¡Camillero! ¡Aquí, sanitario!. Me había unido a las voces que reclamaban con desesperación una tabla de salvación para esos pobres seres… No podía hacer otra cosa. Eso y pedirle a Dios que acabara rápido con el sufrimiento de cada uno de ellos.
Al cabo de tres días de horror, el monte San Marcial fue tomado por nuestras fuerzas y así nos pusimos en marcha de nuevo hacia lrún. Abatidos, sucios y cansados, hasta que unos compañeros que iban delante comenzaron a cantar una marcha alemana… “Yo tenía un camarada, entre todos el mejor”… En poco tiempo, nuestras gargantas fueron solo una… “Siempre juntos caminábamos, siempre juntos avanzábamos”… Lo hacíamos con fuerza; confiando en que nuestras voces llegaran al cielo a modo de oración. Estaba convencido de que en los corazones de casi todos había un rincón para los caídos de ambos bandos, porque muchos de nosotros teníamos en el lado contrario familia y amigos, combatiendo por sus principios. Al redoble del tambor, al redoble del tambor… gloria, gloria, gloria, victoria”… ¿Por sus principios… por los nuestros? ¿Por nuestra sangre… por la de ellos? Seguramente al Cielo no le importaba de qué lado era la sangre derramada, ni de quién era la razón y de quién la sinrazón. Seguramente, el Cielo pasaba de todo eso y solo le preocupaban los inocentes, que se habían visto envueltos en esa locura. Al menos yo, si fuera Cielo, es por lo que me preocuparía…
Muy cerca de Irún se hallaba Fuenterrabía. Allí se encontraba la casa de la familia del capitán Palló y allí esperaba encontrar a los suyos. Por fin llegamos al pueblo, un pueblo de casas cerradas y calles vacías que atravesamos hasta la playa, en donde encontramos a un viejo pescador, remendando una red. Nos contó cómo la gente había huido a Francia. Nos dijo que conocía a la familia, pero que no sabía nada de ellos.
— Todos se han marchado, solo quedo yo… —murmuró con voz cansada y dándonos un fuerte apretón de manos, volvió a lo que estaba haciendo. Nos pusimos en marcha esta vez hacia la salida del pueblo, en donde se encontraba la casa de la familia del capitán. A unos cincuenta metros de distancia, me mandó desviar el coche fuera del camino, yendo a parar detrás de unos arbustos…

Nov 202015
 

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Y hasta el final de la guerra, fue todo un peregrinar. Un par de veces en tren, otras en carro, las más en el coche de San Fernando, ya se sabe que un ratito a pie y otras andando…: Calatayud, Villarquemado, Villafranca del Campo, Paniza… En todos paraban un tiempo, según los avatares de la guerra. Siempre con miedo en el corazón… aunque a veces, ese miedo quedaba ahogado por la espera del anuncio del fin de la guerra. Mientras tanto, en el ir y venir de sus vidas, llegaban hasta ella las terribles noticias de la contienda: Belchite, Teruel, Brunete, Jarama, Ebro… Batallas, todas ellas mostrando la cara más terrible de la pelea. El crudo invierno del 37, con la toma de la ciudad de Teruel… El general Rojo, moviendo ficha: “jaque al rey”… 40.000 hombres, carros, blindados…, rompen el cerco de los nacionales.
Franco, respondiendo; dejando a un lado los planes de ataque para Madrid… Entrando al trapo del General Rojo, para acabar en una lucha encarnizada en medio de un clima siberiano. Se combate casa por casa; con bombas de mano y fuego de ametralladoras. Se combate con las bayonetas en ristre, buscando carne en donde clavarlas… aunque no se sepa bien quién es quién. Al llegar la noche, de uno y otro lado, los emboscados se mezclan con la población civil… horror… horror… horror…

Se acercaba la primavera y, con ella, el anuncio del final de la guerra… el final de la guerra… Sara suelta la prenda enjabonada y se alza en pie, dejando que se la lleve el río. El corazón galopa con fuerza en su pecho. No puede creer lo que oye: “¡La guerra ha terminado! ¡Ha terminado la guerra!…” Unos chiquillos corren por el pueblo anunciando la buena nueva. Pero Sara no acaba de creérselo; los escucha con recelo: «Son unos chiquillos. Hasta que no llegue un adulto y te lo confirme…».
— ¡Mamáaa, mamáaa! ¡Veeen, que la gente está en la calle gritando que la guerra ha terminado! — Sarita corría seguida de Chito, arañándose las piernas con las zarzas del camino –. Mamá, mamá, que vamos a ver pronto a papá… — dijo abrazándose a su madre.
— Mamá, mamá —decía Chito, metiendo la cabeza entre las dos hasta hacerse un hueco, como el huevo de un pingüino — – ¿Y podremos beber leche?
— Sí hijo, sí. Podremos beber leche…
…………
— ¿Qué llevas en la maleta que abulta tanto, amor?
— Algo de ropa, muy poca. Y un pedazo de nuestra vida…— dice abriendo la maleta.
— ¿… ?
Sara saca con mimo tres bultos a los que libera de la ropa protectora. Salvador mira con incredulidad los objetos esparcidos por encima de la cama: El reloj de cuco de la familia Camaró, la sopera para dos que le regaló cuando se casaron y el portarretratos con la fotografía del día de su boda: «Realmente es un pedazo de nuestra vida…». Sus ojos pasaron de esos pedazos de su vida a su mujer, de su mujer a sus hijos… Y pensó que era un hombre afortunado, el más afortunado de la tierra: «Te doy gracias señor por habernos dejado con vida… Por permitirnos estar juntos de nuevo. Gracias señor».
— ¿Estás bien?
— Sara, eres increíble… Todavía no entiendo cómo has podido ir de un lado a otro durante tres años, con dos niños y una maleta que abulta tanto… En medio de una guerra…
— ¡Chiiiiisssss! Mil guerras que hubiera. Mil veces cargaría con ella…

La calle del Rosario no parecía su calle. Casas derruidas, escombros y más escombros y de entre los escombros, alguna pared permanecía milagrosamente en pie, mostrando los impactos de bala en su inanimada piel… Pero allí estaba ella, orgullosa de haber aguantado erguida. A ella le pareció que le decía:
— Sara, las dos hemos hecho caso a los consejos del rosal de la calle de la Tristeza. ¿Lo recuerdas? ¡Lucha Sara, sé fuerte! ¡Si yo puedo, tú también! Las dos hemos podido Sara, las dos…

Nov 172015
 

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     Cada día se hacía más difícil vivir en la ciudad. El fuego de la artillería, el rugir de los motores de los aviones a su paso por el cielo de Teruel y las sirenas alertando a la población de un nuevo bombardeo, se había convertido en algo cotidiano para sus habitantes. La ciudad parecía un fantasma, mostrando el sudario de casas derruidas. Solo el frío viento, con sus ráfagas cortantes como cuchillas y su agorero ulular como compañero, se atrevía a pasear por callejones, calles y plazas… De vez en cuando se veía a alguien que caminaba por la calle con el cuerpo perdido en el abrigo y la falta de puchero caliente reflejado en la cara.
Con el paso acelerado Sara, con los niños de la mano, atravesaba la plaza “Del Torico” en dirección a la calle de la Tristeza, así la había bautizado la noche en que llegaron, donde no sabía el ambiente que se iba a encontrar pues había notado que últimamente la dueña le miraba mal… y no era por dinero, porque desde el primer día no había dejado de pagar el alquiler ni un solo mes, así que intuía que era algo más serio…
Las sirenas empezaron a sonar, advirtiendo de la visita de los aviones cargados con sus regalos de cortesía: unas hermosas bombas que dejarían caer desde el cielo, confiando en que nadie se quedara sin catarlas… Agarrando con fuerza las muñecas de sus hijos, echó a correr limitada por las cortas piernas de los niños. Ahora los aviones estaban por encima de sus cabezas y aún les quedaba por recorrer la mitad del camino hasta llegar a los soportales del otro lado. Se encontraban junto al monumento que daba nombre a la plaza: una columna que soportaba, en su capitel, a un pequeño toro. Luego todo pasó muy rápido: el llanto de los niños… el latido de su corazón desbocado por el miedo en los oídos… el atronador ruido de las bombas al estallar… La metralla silbaba sin parar y no fue capaz de seguir adelante. Con un brusco empujón los hizo caer al suelo, echándose encima a modo de escudo; era lo único que podía hacer por ellos… Los cañones tronaban y los edificios aparecían envueltos en llamas. Escuchó un proyectil que venía enfilado hacia ella así que cerró los ojos y preparó su alma para el encuentro final apretando su cuerpo contra sus hijos hasta casi asfixiarlos, en un desesperado intento de protección, aunque no sabía si eso sería suficiente cuando la metralla impactara en el blanco. Un segundo, dos, tres… Sara levantó la cabeza, el proyectil milagrosamente solo había rozado la columna, y pegó un tirón de los chiquillos, corriendo los últimos metros que le quedaban para alcanzar los soportales. Una vez allí, se pararon para tomar aliento. Los niños, entre llantos, le suplicaban que parara de correr y ella los abrazaba diciéndoles que era imposible si no querían morir… Entonces Sarita, tomando de la mano a su hermano, dijo:
—Vamos mamá, tenemos que llegar hasta un refugio…
Y Sara, asomándose al balcón de sus ojos de niña, llegó a tiempo para ver cómo su alma de nena se escondía en lo más profundo de su ser, empujada por una prematura madurez de mujer.
Con la esperanza de no escuchar más que el silencio, apenas respiraban… El peligro había pasado hasta la próxima incursión.
Con manos temblorosas y ese nudo en la garganta que desde hacía tiempo no le abandonaba, limpió como pudo la sangre de las magulladas rodillas de su hijo con el borde del pañuelo mojado en saliva.
La plaza comenzó a revivir lentamente. La gente que había estado resguardada en los refugios, salía a la calle para volver a sus casas. Alguien le preguntó si estaban bien y si podía hacer algo por ellos… Ella negó con la cabeza y le dedicó una triste sonrisa. Ese alguien dijo:
— Aunque triste, es una sonrisa… — y tras acariciar la mejilla de la niña, le dijo adiós.

Nov 102015
 

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        Antes de marcharse Victoriano colocó los colchones: uno en cada cama y el tercero, en el suelo. Sara les puso unas sábanas que sacó de un baúl, cubriéndolas luego con un par de gruesas mantas e hizo que los niños se lavaran las manos y la cara en el fregadero. El agua estaba fría y los pequeños protestaron pero de nada les sirvió. Haciendo caso omiso a sus lloriqueos, llenó una palangana de agua en la que humedeció una toalla con la que les limpió los pies. A continuación, sacó de una de las maletas un par de mudas de ropa interior y dos pijamas que olían a manzanas. Al final, se durmieron entre sábanas limpias y la voz de su madre que rezaba por ellos: “Ángel de la guarda… Dulce compañía, no me desampares… Ni de noche, ni de día, no me dejes solo… Que me perdería”… Sara desgranaba las palabras lentamente…
Entre sollozos ahogados, las lágrimas le nublaron la vista resbalando por sus mejillas, hasta llegar a la comisura de los labios: sabían a sal, sabían amargo… Sus lágrimas sabían a angustia, tristeza, desaliento… a soledad y a abandono…
Quería volar, desaparecer del mundo, perderse en el infinito o en cualquier recóndito lugar de la tierra, donde nadie la pudiera encontrar. Sara miró a sus hijos. El pequeño dormía plácidamente, rendido por la fatiga y ajeno a todo; Sarita, en cambio, tenía un sueño inquieto. De vez en cuando, los músculos de las extremidades de la niña saltaban con brusquedad.
— Parece una marioneta, movida por los fantasmas de la noche… — pensó con tristeza, agachándose para arropar a su hija, que dormía en el colchón colocado en el suelo. Luego se dejo caer en el sillón de tres patas, haciendo caso omiso del incómodo balanceo. Y así se quedó sentada en la oscuridad, esperando que apareciera Salvador; rezándole a la Virgen del Pilar, para que lo protegiera bajo su manto.
En algún lugar de la casa, alguien movía el dial de una radio intentando captar con nitidez el boletín de información… Las palabras, las frases entrecortadas, atravesaban las paredes martilleando sus oídos. Se escuchaban noticias sobre cómo los nacionales avanzaban en su lucha por reprimir al ejército republicano… O cómo hoy, uno de octubre de mil novecientos treinta y seis, el general Francisco Franco Bahamonde había sido proclamado en Burgos Jefe del Gobierno del Estado español y Generalísimo de los Ejércitos de tierra, mar y aire… De pronto, los partes de guerra quedaron ahogados por la voz de “la Piqué”, que cantaba una canción cuya letra hablaba de la historia de una mujer, que iba buscando por las tabernas del puerto a su amor: un marinero, sin nombre y con el pecho tatuado con un nombre de mujer…
—“Él llegó en un barco, de nombre extranjero”… —con voz apagada, Sara iba tarareando la canción—. “Mira mi pecho tatuado, con este nombre de mujer”…
Las lágrimas volvieron a sus ojos; las mejillas le ardían de lo que había llorado. Se levantó y buscó un espejo en la bolsa que contenía las cosas de aseo. No quería despertar a los niños, así que optó por no encender la luz. Rebuscó a ciegas, en uno de los cestos, hasta dar con un mazo de velas y una caja de fósforos. La débil luz que desprendía la llama, le bastó para ver en su rostro la piel enrojecida, allí por donde habían resbalado las lágrimas.Se acercó a la ventana y miró hacia la calle, que aparecía sumida en la oscuridad.
«La habitación debe dar a la parte de atrás de la casa…»- pensó -.
El maullido de un gato en celo la sobresaltó. No sabía explicarlo, pero el lamento lastimero de los gatos llamando a las hembras le ponía nerviosa. Cada vez que lo escuchaba, se le erizaba el vello de los brazos…

Nov 062015
 

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  …Pasaron los días, como siempre pasan desde que el mundo es mundo, pero a ella se le antojaban más lentos y monótonos. Sara, sentada en la mecedora junto a la ventana, aprovechaba la poca luz que aún quedaba del día para dar las últimas puntadas a un calcetín de su marido. Levantó la vista del zurcido y se frotó los ojos, cerrándolos unos segundos. Al abrirlos, su mirada se coló por la ventana perdiéndose en el infinito.
– Ya está bien por hoy, mañana más —dijo, sacando el calcetín del viejo huevo de madera, a la vez que se chupaba el dedo índice, de la mano izquierda—. Lo tengo acribillado de tanto coser. ¡Y tú al costurero! —le dijo al huevo. Luego, mecida por el suave balanceo de la mecedora y el acompasado tictac del viejo reloj, se quedó dormida…
Y soñó con su infancia, en la aldea que la vio nacer. Se veía descalza, entre los bancales de almendros y naranjos. Bajo sus pies, una alfombra de hierba verde salpicada de amapolas y florecillas silvestres anunciaba la llegada de la primavera. Todo el campo aparecía lleno de vida y color. Dos mariposas, posadas en una amapola, copulaban mecidas por un suave soplo de viento, mientras unos abejorros bailaban alrededor de unas flores de almendro… Sara, la niña, corría por las estrechas calles empedradas hasta llegar a la plaza de la iglesia de San Bernardo, para luego bajar los desgastados escalones que conducían a la fuente secular de la plaza, desapareciendo en el interior de la cueva. Allí, sentada en la piedra pulida por los años, acercaba los labios al chorro de agua que brotaba de las entrañas de la tierra y sumergía los polvorientos pies en el agua fresca. Y era entonces, en la quietud de aquel lugar, cuando daba rienda suelta a su imaginación…