Ene 232016
 

       18papalelo y los monguitos

       Una taza de café de la tierra que el boy ha dejado para él, le espera sobre la mesa del comedor. A su lado, junto a la quinina, un azucarero y una caja de galletas que no prueba. «Solo el café y la quinina», es lo que piensa y es lo que toma; su estómago no admite más cuando le toca atravesar los manglares…
Rompe un nuevo día con el sol despuntando en el horizonte. Un gallo canta, después otro y otro le responde, porque todos quieren ser los amos del gallinero. De fondo, la loca algarabía de las gaviotas no consigue apagar la resonancia que, desde un egombe—egombe, emite un tucán. Arranca la moto, no sin antes asegurarse de que la Star se encuentra en la funda y el pesado salacot en su cabeza. En el horizonte, un par de barcos que se acercan a la costa; fondeados otros tantos, esperando llenar las bodegas con la buena y resistente madera de okume o la caoba dura y la samanguila, con el duro corazón del árbol del ébano… del palo rojo, del palisandro y del aves… La Harley rueda rompiendo la mañana, con esa cantinela suave de motor. Piensa en todo lo que ha corrido a lomos de las Harley a lo largo de su vida. «Mi vieja y fiel compañera», murmura frenando en seco ante el tronco comido de termitas que cruza el sendero. Se acuerda de la madre tierra y de los padres de todas las termitas, mientras empuja la moto por donde puede, hasta volver al camino, ya sin tronco. Y el poblado de Idolo se queda atrás junto al río Comgüe; se pierde entre el polvo y la vegetación. Después de catorce kilómetros más, Akalayong aparece delimitando el camino de tierra. A su llegada, monguitos de vientres hinchados por las insalubres aguas del Congúe, se acercan con los pies descalzos. Los ojos oscuros, redondos y grandes le observan con los mocos colgando; las moscas pesadas e impertinentes también se acercan a recibirle, junto con los habitantes y el jefe del poblado. Unas cuantas gallinas de bosque y tres cabras tan viejas como la madre de Matusalén, cierran el séquito. El jefe sabe; todos saben que la moto se queda en el lugar más relevante del poblado hasta su regreso: la casa de la palabra. En la orilla, un cayuco y dos negros con remos y pértigas, para según se presente el trayecto. Se alejaron del poblado perdiéndose entre los manglares: él con un huevo de pato en una mano y el molesto cosquilleo en su espalda, ocasionado por un manojo de hierba luisa, con el que el negro que tenía tras él le atizaba continuamente para espantar a las tse tsé y otros insectos. Y así era siempre: se adentraban por entre los manglares, navegando sobre aguas oscuras y quietas, envueltos en un turbador silencio. Solo el continuo latiguillo de la hierba luisa, roto a veces por el grito de algún animal o el inconfundible sonido del hacha de algún nativo devastando la selva. Sobre sus cabezas, un cielo forjado por las altas copas de los árboles formaba, junto a una maraña de gruesas lianas, un techo cerrado a la luz, sumiendo al paisaje en las sombras. Un aire opresivo y pesado hacía irrespirable cada tramo de manglar. Gotas de sudor recorrían la piel de los hombres sin pararse a pensar si aquella que recorrían era blanca o negra; si estaba protegida del sol o solo vestía su desnudez. Y al fin pisaron la tierra en donde la tse—tsé era la reina. Un Jeep le esperaba para inspeccionar los bosques de la demarcación de loro*, y tras dejar el cayuco a salvo de las aguas oscuras y quietas, se alejaron de los manglares recorriendo esa parte de la selva ecuatorial, sin que el río los perdiera de vista. Él y ellos viajaban en la misma dirección, hacia el puesto militar en el sorprendente estuario de Muni, por donde remolcadores y lanchas, a lo largo de veinticinco kilómetros, surcaban las aguas de los ríos que allí confluían; aguas profundas y caudalosas, aguas que hacían del Muni un puerto natural. En la ladera del monte el terreno pintado de verde cinabrio se veía espolvoreado por los blancos edificios de los comerciantes, que atraídos por la fiebre de la madera, habían instalado en Cogo (loro), sus factorías. Arriba, en lo más alto, un reducido destacamento de la Guardia Colonial se erigía vigilante junto al hospital y la casa de las misioneras. Pasaron por la principal y única calle del pueblo, en la que el ajetreo era mucho, entre los comerciantes madereros que acudían con sus trozas esperando a que las lanchas las arrastraran hasta los buques fondeados en sus aguas. Comerciantes del Utamboni, del Combué, y de otros muchos afluentes confluían en ese pequeño mundo, cuya vida era el río y la madera. Y ya en lo alto, la figura de un hombre rechoncho y cabezón le daba la bienvenida agitando el salacot. Era el instructor Martínez, un personaje controvertido por sus terribles cambios de humor que hacían pensar que no estaba muy bien de la cabeza. Eso era lo que se decía, aunque con él nunca había tenido problemas.
Tras la comida y una charla amable con Martínez, siguió el itinerario marcado; quería acabar pronto y regresar cuanto antes a Río Benito, que ahora le parecía el paraíso si lo comparaba con esa población.
Como siempre que ponía el pie en el poblado de Akalayong, la expresión de su cara cambiaba por completo. Ahora pasaría un buen periodo de tiempo antes de regresar a los manglares, siempre y cuando no hubiera ningún contratiempo. Y como siempre, el pequeño poblado parecía vestirse de fiesta por el feliz regreso del Masa blanco y los dos hombres de su comunidad, que con él habían partido hacia la tierra de la mosca, que llamaba a los espíritus de la noche para que arrebataran el sueño a cualquiera que se interpusiera en el camino. Danzaron, rieron y le ofrecieron leche de cabra vieja en un coco vacío, tan usado y reseco como las ubres de la cabra a la que habían ordeñado.
— No. La leche para los monguitos –dice rehusando el coco ahora decorado por una moscarda, cuyas alas al sol se veían pintarrajeadas de verde botella y violeta. Y extendiendo la mano le indica el huevo de pato que una mujer a su lado lleva con reverencia en una escudilla de barro.
— ¿Tú quieres solo huevo? —le pregunta a la vez que chasquea los dedos a la mujer, que mantiene la escudilla con la misma delicadeza que una geisha mantendría la tetera del mismísimo emperador del Japón.
— Yo quiero solo el huevo –le contesta.
Se despidió del pequeño poblado, con la mano en alto, la sonrisa en los labios y una patada al pedal, que hizo rugir el motor de la Harley. Una nube de polvo es todo lo que quedó de su paso por Akalayong; bueno, eso y el estómago de algún pequeño un poco menos vacío, gracias a la leche de la vieja cabra.
Era noche cerrada cuando llegó al campamento. La luna brillaba en lo alto y en el mar titilaban las luces de los barcos, anclados lejos de la corona de arena. El susurro del viento hilado entre las palmas de los cocoteros y el runrún de las olas muriendo en la playa, le recordaron que ya estaba donde debía estar. En la pared, junto a la puerta cerrada del hogar, una lámpara de bosque alumbraba el camino de regreso con una llama del color de los caquis madurados al sol. Y en derredor, como si ella fuera el mismo sol, unos cuantos insectos, revoloteaban con la vana esperanza de perderse en su interior. Ya en el interior, atravesó a oscuras el comedor hasta llegar a la habitación en donde un rayo de luna se había colado, sin que nadie lo invitara, por un pequeño hueco de una lámina rota de la mallorquina. Acomodando la vista a la suave luz, se desvistió como pudo tanteando cada mueble de la habitación. Junto a la cama cubierta por el mosquitero, Tatín dormía ajena al mundo en su cuna de palo rosa, protegida por su pequeño mosquitero de tul…

Ene 192016
 

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       No podía controlar el dedo; de hecho nadie era capaz de conseguir la misma cadencia que la cuerda del gramófono le daba al pesado disco de pizarra. Así que la voz profunda de Gardel, unas veces agónica, y otras babélica y aflautada, como si hubiese sustituido el azúcar del café mañanero por un buen puñado de “anfetas”, se perdía en la noche entre el perfume del ylang—ylang, que a un lado de la explanada se mantenía expectante como el cráneo de elefante junto a la bandera, y la suave luz de una luna menguante, cuando las lluvias eran benévolas con esa luna. En definitiva, que la voz del dios del tango de arrabal dependía de un pobre apéndice que, a falta de cuerda, fuera capaz de darle al disco las justas revoluciones, como justa era la falta de cuerda del gramófono por haber pasado “unas noches en la luna” gastando más de lo que debían, cosa que no parecía afectarles en lo más mínimo, a juzgar por la cita que cada noche y como quien no quiere la cosa, se daban los compañeros y algún que otro amigo en el porche de la casa de los recién casados, a los que podía faltarles la cuerda del gramófono pero no el sentido de la hospitalidad, que habían asimilado en el seno de la familia Camaró. Y a veces, cuando el nido se quedaba en silencio, bailaban a la luz de la luna o bajo el porche, cuando la lluvia quería acompañarlos, con la pactada complicidad de Agustín, el joven boy que siempre estuvo a su lado en Evinayong. Bailaba descalza, con los pies sobre los de él, poniendo buen cuidado en no pisar el suelo, por eso de las niguas y demás, dando vueltas al son de una zambra, un bolero o un tango de Gardel, que sonaban menos revueltas por el dedo diestro de Agustín que, a fuerza de darle y darle, le había cogido el truco a eso de las revoluciones. Eran felices, muy felices; más de lo que habían imaginado en su pequeño mundo de enamorados, en el que había cabida para un pequeño perro de lanas, al que pusieron por nombre Titán; y el borde de Capitán, que puso en práctica lo de: “si no puedes contra el enemigo únete a él”, y si encima te da galletas de coco, mejor que mejor… Sí; eran felices a pesar de la pincelada de egoísmo con la que le sorprendió cuando en aquella habitación del Montilla dijo: “no quiero niños, porque tengo miedo a morirme”. Pensó en su madre y la vio rodeada de sus cuatro hijos paridos y el postizo al que cuidó como suyo; la vio amasando el pan, dando de comer a los cerdos y zurciendo la ropa al amor de la lumbre en la que bullía la comida que un rato antes había preparado. Él no pretendía que tuviera la misma vida que su madre, pero sí algo de instinto maternal…
Estoy embarazada… le dijo al tiempo que despuntaba el alba. La escuchó, sin apartar la vista de la ventana por donde la lluvia se colaba alegremente, empapando el piso. No sabía si pedirle perdón por haberse quedado sin condones o bailar con ella sobre sus zapatos por toda la habitación, tarareando un vals. Se volvió y allí estaba de pie, sobre la cama, con los brazos extendidos preparada para bailar sobre sus zapatos…

Ene 182016
 

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En el recuerdo…

       ………Por muy enojada que pudiera parecer… “¡Sois de la piel del diablo! ¡Faustino!, ¡Ángel!…”, Florencia irradiaba paz.
Se limpió con el ancho delantal las manos llenas de harina. Un indisciplinado mechón de pelo, lacio y rubio, le caía sobre la frente y en sus ojos azules, asomaba una chispa de fastidio. Suspiró y pasó la mano embadurnada por la frente hasta apartar el molesto mechón.
— Venid aquí… —los chiquillos que miraban a la madre con cara de no haber roto un plato, se acercaban a ella, pasito a pasito—. ¡No me hagáis perder la paciencia! –y se sentó en un extremo de uno de los bancos que rodeaba la enorme mesa de la cocina–. Vamos a ver, ¿quién quiere ser el primero? —dijo con un movimiento de zapatilla en mano. Su pie descalzo mostraba una media negra con mil batallas de remiendos. Ángel, el pequeño de los dos hermanos, se tumbó en el regazo de su madre con el trasero en pompa y la resignación pintada en la cara: «Si no empiezo yo, no acabaremos nunca», parecía decir el chiquillo con su decisión: a sus seis años mostraba una madurez impropia de su edad. Florencia le bajó el pantalón y empezó la cuenta atrás…
— ¡Una!, ¡dos! y ¡tres! –tres sonoros zapatillazos señalaron la tierna carne del pequeño que no soltó ni una lágrima, ni si quiera un “¡ayyyy!”, solo la fina línea que dibujaban sus labios indicaban que lo que tenía herido era su orgullo—. ¡Ahora tú! –dijo la madre tirando del pequeño Faustino. Las lágrimas resbalaban por la cara sucia del niño que, con mirada de súplica, hacía esfuerzos por no llegar hasta su madre. Esta, sujetándole con firmeza le sacudió, al igual que al hermano tres buenos zapatillazos—. ¡Y ahora id a traer algo de leña! —dijo con toda la cara de enfado que pudo ponerle a los chiquillos. La realidad es que quería a su familia… Se acercó a una de las ventanas y apartó el visillo de encaje, que con tanto amor había bordado tiempo antes de la boda. Era un día hermoso. El sol lo anegaba todo: los preciosos rosales, trepando por la pared, los tomates, las lechugas, las borrajas… los árboles frutales, la hierba y hasta los bancos de madera que corrían pegados al muro tenían una luz inusual… Suspiró, desde lo más profundo de su ser, dejando escapar parte del cansancio acumulado—. Allí van los dos bichejos —dijo mirando cómo los pequeños correteaban al otro lado de la verja del huerto detrás de un viejo ganso, al que le hacían la vida imposible. Sabía que el animal, al que habían hecho alguna que otra trastada, tenía una comprensible fijación por los niños, a los que mantenía a raya a base de pico en ristre. Su cara reflejaba una sonrisa benévola cuando dejó caer el visillo. Se acercó a la tina y se lavó las manos volviendo a la masa, a la que dio forma de hogaza: una, dos, tres… así hasta seis piezas, que luego introdujo en la enorme boca del horno. Después se arrimó al fuego del hogar y echó un vistazo a la gran olla de leche que estaba a punto de hervir: leche espesa, caliente y dulce; leche de vaca rubia del valle del Roncal…

 

Ene 152016
 

plus ultra
……… El barco se alejaba del muelle bajo un cielo de fuegos artificiales y la tradicional copa de champán, en las manos de los pasajeros que celebraban la mitad del camino recorrido. Era una noche perfecta, con el suave mecer de las olas; con su olor a mar, con su gente en cubierta riendo, charlando de cosas triviales; con el telegrama de “la Escopetilla” en la mano… Con una sonrisa le dijo adiós a la isla de Tenerife y, con los ojos puestos en el papel, le dijo hola a la que ya era su mujer. Desde su rincón levantó la copa con un solo deseo: que en el camino de la vida que Dios le tuviera marcado estuviera junto a él “la Escopetilla”. Después apuró el champán en dos tragos y lanzó el cristal al mar.

          Hacía varios días que habían dejado atrás las Canarias, cuando una mañana despertó con una sensación extraña; el cansino runruneo de los motores se había esfumado y en su lugar el sonido intermitente de una sirena invadía el aire. Buscó en la litera de abajo a Eusebio, pero esta estaba vacía. Bajó de la suya despacio, poniendo cuidado en no perder el equilibrio a causa del fuerte vaivén del barco, y atisbó por el ojo de buey el inestable horizonte enturbiado por la lluvia que pegaba con fuerza en el cristal. Se vistió trastabillando de un lado a otro, poniendo buen cuidado en no caerse conforme metía una pierna y luego la otra en las perneras del pantalón; con la sahariana a medio abrochar subió a la cubierta de estribor, en donde una mañana gris y lluviosa le dio los buenos días, junto a una fuerte marejada que bamboleaba el barco como si fuera un coco vacío. Frente a él, un destructor de bandera inglesa permanecía a poca distancia, impidiendo el avance, mientras un par de lanchas con marineros y un oficial armados se dirigían al barco. A babor, en donde el capitán y la tripulación permanecían a la expectativa, se repetía la misma escena. Todos los allí presentes sabían que en cuanto subieran por las escalas de cuerda, exigirían al capitán el navicert y una vez revisado el barco de cabo a rabo, con suerte los dejarían continuar en paz. «No caerá esa breva; seguro que nos desvían a alguno de los puertos donde tienen una base de control», musita “Ojos de Gato”, localizando a Eusebio entre la gente, que seguía, como todos, la maniobra de los británicos. Uno de los oficiales ordenó a dos marineros tomar posiciones a estribor y a babor del buque; otros tantos ocuparon también la sala de máquinas. Al resto de la tripulación los hicieron pasar junto con el pasaje al salón.
— Documentación… —el oficial que se dirige a “Ojos de Gato”, de piel rosada y con cara de póquer, clava los ojos de un gris acerado en la esmaltada estrella añil con iniciales doradas, de la Guardia Colonial, que lleva en la sahariana.
— La tengo en el camarote…
— ¿Alguien más tiene la documentación en el camarote? —dice en un pasable español con marcado acento galés.
Todos los allí reunidos abandonaron el salón…
Entró en el momento en que el oficial, de piel rosada y cara de póquer, se encontraba en mitad de un minucioso interrogatorio al escritor Agustín de Foxá (conde de Foxá), que había luchado durante la Guerra Mundial por Alemania en la División Azul y eso, tras la victoria de los aliados, no le beneficiaba en nada… Tras unos minutos de preguntas a las que el escritor respondía con voz segura y mirada firme, fue cuando la vio entrar escoltada por dos marineros. Se detuvo un momento en la puerta recorriendo la sala con la mirada, y a “Ojos de Gato” le pareció que ya sabía el final de su encuentro con el hombre de piel rosada. Avanzó con altivez y, al pasar junto a él, el aire se perfumo de lilas; lilas como las que llevaba estampadas, el pañuelo de gasa blanca que ceñía su melena cobriza en una lazada.
— Guten morgen fräulein… —no acabó la pregunta en espera de que dijera su nombre—. Bitte pass… —insistió. Pero ella le entregó el pasaporte expresándose en un perfecto inglés. Dijo llamarse Odina Larsen y ser de nacionalidad sueca.
— Sabe muy bien que está mintiendo fräulein… —afirmó haciendo hincapié en “fräulein”. Y, acercando el documento que tenía entre las manos a una de las ventanas buscando algo más de luz, añadió—: …Margrete Mueller, nacida en Munich el veintiuno de abril de 1911. Durante las últimas semanas del asedio a Belín, trabajó como traductora para Adolf Hitler, en el búnker de la Cancillería del III Reich y que, por expreso deseo del Fürher, abandonó el búnker unos días antes, llevando con usted documentos de suma importancia… —dicho esto clavó sus ojos acerados en los de la mujer, que permanecía imperturbable frente a las acusaciones—. Vendrá con nosotros —dijo haciendo una seña a dos marineros y abandonando la sala.
Escoltados por los destructores, cambiaron de rumbo…
— ¿Por qué damos la vuelta? –preguntan unos y otros.
— Nos llevan a Freetown… —responde un camarero.
— ¿A Sierra Leona? –dice el funcionario de correos, ensartando en el tenedor una rodaja de salchichón.
—Allí llevan a nuestros barcos para registrarlos…—dice pasando un pequeño cepillo sobre las migas de pan caídas sobre el mantel.
El barco fondeó en una dársena del puerto. Los retuvieron durante tres días impidiendo bajar a nadie a tierra y en este tiempo, precintaron la telegrafía por Morse; registraron bodegas y camarotes y al final los dejaron seguir su rumbo con un pasajero menos: ¿Odina Larsen? ¿Margreter Mueller? Nunca llegó a saberlo.
En el puente de mando, allí en el cuaderno de bitácora, de seguro que alguien habría apuntado todo lo sucedido en esos inacabables tres días…

Ene 142016
 

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          La caravana humana se hacía interminable. Guiados por los sanitarios los pobres infelices llegaban al campamento: llagados, llenos de pústulas, mutilados y con la carne desgarrada. Los que no podían caminar, eran transportados como trofeos de caza, atados de pies y manos a una gruesa caña de bambú.
— Leprosos… te acostumbrarás —Barreal pegó la espalda a la pared y hundió las manos en los bolsillos buscando el Cámel. Por un hueco del paquete asomaba un cigarro solitario que extrajo casi con devoción; lo partió por la mitad y le largó un trozo a “Ojos de Gato”.
— Gracias —dijo con la vista puesta en el desagradable desfile, guiado por sanitarios indígenas, que avanzaba despacio en dirección al “Tribunal de la Raza”. Recordó la curiosidad que despertó en él la solitaria estructura a su llegada al campamento y cómo luego la había visto imbuirse de vida, con el gentío que llenaba el lugar cuando los jefes de cada tribu, en su derecho de juzgar a su pueblo, requerían ayuda al capitán para solucionar sus litigios. Litigios motivados, por lo general, por la fuga de sus mujeres, malos tratos o pactos no cumplidos sobre dotes. Hombres, mujeres y niños copaban la zona con la esperanza de vender sus productos a la multitud que, durante los tres días de juicio, se agolpaba en torno al edificio esperando justicia. Tres días con sus noches de alcohol y la música machacante de los baleles. Tres días en el que el melongo restallaba sin descanso, bailado por un indígena que sabía hacer bien su trabajo: uno… dos…. tres…. cuatro… cinco… hasta cien veces, en la espalda del desdichado o la desdichada de turno que, unida por una gruesa argolla, abrazaba involuntariamente al solitario poste del Tribunal de la Raza, mientras que como música de fondo y para amenizar el circo, los lamentos del castigado se perdían en el baturrillo de voces inconexas que peinaban el aire…
— Ya te acostumbrarás, será una rutina más –le repitió. Pero las palabras de su compañero no le hacían sentirse mejor, porque sabía que no sería así; no podría acostumbrarse a ver pasar ante sus ojos a esos cuerpos medio desnudos con la carne desgarrada, mutilados y llenos de llagas. Muchos de ellos atados de pies y manos, colgados de gruesas cañas de bambú, como trofeos de caza trasportados por otros enfermos. No; realmente no podría acostumbrarse… Se había acostumbrado, eso sí, a disfrutar de los paseos los días de luna llena; a admirar el paisaje bañado de luz; a un cielo sembrado de estrellas. A eso sí se había acostumbrado. Pero a ver a esa gente hacinada en un extremo del recinto, día tras día, a la espera de reanudar el camino… y tener que pasar cerca de ellos hasta que alguien decidiera levantar el aciago campamento y a leer en sus ojos la súplica envolviendo la esperanza, como un papel a un caramelo. A eso sabía que NO SE ACOSTUMBRARÍA.
— Te acostumbrarás… te lo digo yo –Barreal parecía leerle el pensamiento–. Todo eso que sientes en tu interior pasará. El día que consigas cruzar tu mirada con la de estos pobres desdichados, dejando a un lado esa mezcla de horror y repulsión que ahora te invade, ese día estarás vacunado.
— ¿Cuál es su destino final? –“Ojos de Gato” siguió con la mirada a una mujer aparentemente sana que transportaba a la espalda, envuelto en una tela, a un niño de corta edad.
— Algunos están limpios, pero son incapaces de abandonar a los seres que quieren, como esa madre que estás    viendo.
–dijo señalando a la mujer con el pequeño—. ¿Su destino final? Aún les queda por recorrer cien kilómetros hasta llegar a Mikomeseng, el pueblo lazareto en donde los misioneros harán lo que buenamente puedan por ellos… Entremos en la oficina, amigo —dijo palmeándole el brazo—, que estoy oyendo la cháchara en pamue* que se traen esos dos y eso significa dos cosas: que no están haciendo nada y que lo que se tienen que decir no les interesa que lo entendamos. “Ojos de gato” le siguió al interior.

Ene 112016
 

 

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         Los cuatro metros de cadena que aprisionaba el cuello de Carola marcaban su pequeño territorio, excepto cuando su ama se compadecía y la soltaba para que experimentara lo más parecido a lo que debía ser la libertad. Aunque como el animal no había conocido más mundo que el que rodeaba la valla del campamento, ni más madre que Sara, ni más teta que la de la tetina de goma con la que la criaron, la pequeña hembra de chimpancé era feliz destrozando la ropa del tendedero de la sufrida María Luisa, la mujer de Valentín Ortega, a la que le encantaba comer croquetas y pintar gatos en las paredes del hogar, o rompiendo los huevos de las gallinas ponedoras de cualquier corral que se atravesara en su camino. Tal vez por criarse entre humanos o por ese instinto maternal propio de las hembras, se agenció en una de sus correrías a un cachorro de gato, del que no se separaba jamás, ni para dormir, ni para comer; ni siquiera cuando, liberada de la cadena, iba en pos de nuevas fechorías: como la de colarse, como un ladrón furtivo, por la ventana de alguna de las viviendas del campamento haciendo añicos todo aquello que se interponía en su camino y testando a su placer el alimento que esperaba en la cocina o en la mesa de cualquier hogar, para ser degustado por sus habitantes. El pequeño, lejos de parecer asustado y nervioso, se le veía feliz y tranquilo; solía llevarlo bajo el brazo, como quien lleva el periódico, e incluso lo arropaba bajo una de las axilas cuando tenía que comer, y había veces que lo llevaba de un lado a otro entre los dientes, como cualquier felino llevaría a su cría. Era tal la dependencia psicológica que tenía por el animalito, que cuando este tenía que alimentarse, lo sujetaba por la parte de atrás del cuello hasta que acababa, para volverlo después bajo su brazo. Y así, felices y carentes de monotonía pasaban los días para Carola; en cambio, para Sara, era un puro sinvivir, entre queja y queja; disculpa y disculpa.
— ¡Estoy más que harta! —se lamentaba, mirando por la ventana el paseo inquieto de Carola que soltaba su chillido más lastimero intentando tocar la fibra sensible de la dueña de la casa. La mirada tierna era factor importante para alcanzar el objetivo, pero esta vez el bicho presentía que no le valdría de nada la puesta en escena.
— Cuando regrese el barco, la facturaré para algún zoo de la Península; no sería la primera vez que les envío bichos.
Salvador se rascaba la cabeza con aire pensativo con la vista puesta en el animal, que iba y venía con el vestido rojo de grandes flores de hibisco blancas y amarillas, que un día le robó a la buena de María Luisa y que ahora lucía con estilo; le había tomado cariño a Carola, pero comprendía que la chimpancé no podía tener en jaque a todo el campamento con sus desatinos; había que deshacerse de ella en cuanto regresara el barco… Carola pegó un salto desde el pequeño muro de piedra en donde se encontraba y se agarró a la cubierta que, colgando de una soga en el patio trasero, hacía las veces de columpio. Balanceándose, llegó hasta la ventana con el gato bajo un brazo y, apoyándose en el alféizar, soltó la goma y pasó el brazo libre por el cuello de Sara, a la que como siempre cogió desprevenida. Sin darle tiempo a reaccionar le acercó el morro a la cara estampándole un beso a su manera, dejando una impronta de babas en la mejilla, para después mirarla fijamente a los ojos con ese halo de inteligencia casi humana que a ella le ponía tan nerviosa…
— ¡Que me dejes en paz Carola! Ves lo que te digo… —comenta, mientras lucha por zafarse de la descarada que, ante el intento de quitársela de encima, aún se apretuja más contra su cuerpo, emitiendo aquellos chillidos agudos de desesperación, que tan incómoda ponían a la pobre Sara. Salvador golpea sin mucha energía a Carola con el bastón de melongo y esta se separa de un salto de su dueña volviendo a la cubierta del patio, en donde empezó a columpiarse frenéticamente con el despeluchado gato, compañero de todas sus fatigas, en una mano ajeno este a cuanto pasaba a su alrededor.
— No te preocupes cariño, lo solucionaré; solo hay que esperar al próximo barco… —le dijo besándola en la frente—. Al próximo barco…

Ene 112016
 

avionaenarecortable 1099

No pidas permiso,
entra en mi vida sin más.
No te cortes;
cruza el límite.
Deja el “està bien, o está mal” en la nevera,
envuelto en papel de ” Albal”,
por si te llega el momento del “mal de remordimiento”.
Entra en mi vida sin más.
Cuélate en mi cama,
usa mi jabòn,
la pasta de dientes;
mi albornoz.
Riega las macetas
!Café para dos!
Peli y palomitas.
Sabina y the Beatles.
Disco de vinilo,
Música de saxo…
Juegos de sofá.
Pizza y macarrones
y un perro de lanas rayando el parquet.
Y entra en mi vida sin más.
No me digas ¿puedo?
No pidas permiso.
! Entra por favor!
Y déja en la nevera,
“el mal de remordimiento”,
envuelto en papel…
Cuélate en mi cama…
Usa mi jabòn…
Disco de vinilo,
Sabina y The Beatles…
No pidas permiso…
Entra en mi vida…sin más…

Ene 112016
 

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Y no se ganò Zamora en una hora.
Y no perdiò su sillòn aunque fue a Leòn.
Y no tirò su pañuelo al rio,
ni se bebió un whisky on the rock.
! Tequila, sal y limòn!
Dejame que te bese en los labios.
Déjame que te mire a los ojos.
Déjame que me envuelva en tu aroma
y me pierda en el mar de tu piel.
Ven niña, vente conmigo.
Ven nena, ven a soñar.
Te alcanzaré las estrellas si tú me dices
! Las quiero!
Y volaré hasta la luna,
cualquier noche en que estè llena.
Llenita de ” lacasitos”.
La dejaré en tu cancela cuando el gato esté dormido en su rincòn
y la calle,
cansada y muerta de sueño,
decida irse a dormir.
Y no se ganò Zamora en una hora…
Ni un par de tragos de ron.
! Camarero, por favor!
Un whisky sin on the rock!
Un whisky con ” lacasitos”.
Necesito.
Esta noche necesito
!Ver el mundo de color!
Y volaré hasta la luna,
llenita de ” lacasitos”…
Te alcanzaré las estrellas…
Ven nena,
ven a soñar…
Y déjame que te bese en los labios…

Y déjame que me pierda en tu aroma…
Y déjame…
Déjame soñar que te tengo,
en un mar de ” lacasitos”,
En un cielo de algodòn de caramelo.
Y déjame soñar…

Ene 112016
 

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Bailando con la salsa de tomate.
A cucharadas,
las burbujas y el chop, chop…
Mi vida se desgrana en la cocina,
Por el pasillo y en el ordenador.
mi vida se evapora con los días,
Bailando con la rutina del día,
de penas
y sin glorias prometidas.
De sueños y
sin metas alcanzadas,
por culpa de”mañana u otro día”.
Por no tener valor.
Por falta de tesòn.
Las macetas de ” siempre”
y de ” jamás”,
no han llegado a brotar.
Tal vez fue tu desidia,
o fue la mía,
regadas con la esencia del olvido,
de lo que fuimos una vez tú y yo.
Soñando a ser una mota de polvo,
dorada por el sol,
me cuelo por un hueco de la puerta entreabierta,
del balcòn
Y me pierdo en tu pelo y
me columpio amor,
en tus labios dormidos.
Ya ves que poco necesito para sentirte,
Amor.
Una mota de polvo solamente,
dorada por el sol.
Y bailando con la salsa de tomate…
Por el pasillo
y en el ordenador…
Las macetas de ” siempre”
y de ” jamás”…
Y una mota de polvo,
dorada por el sol…

Ene 042016
 

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En la Glorieta de la Golondrina zul, los adolescentes con granos y las feromonas a ritmo de reguetón, se fumaban un pitillo entre mordisco de bocata y trago de “Coca light”. El otoño acababa de llegar sin prisas por desnudar a los árboles de sus hojas porque el calor del verano no estaba por la labor de marcharse… Entre esa marea de adolescentes, el somberito de paja de Doña Hermelinda se habría paso como un Moises caminando entre dos aguas. Era pequeña y regordeta como una ciruela pruna de clase extra. De cara redonda, nariz chiquita y labios acostumbrados al movimiento inquieto de su dueña, que pasaban el tiempo saboreando pudin de aire, o sopa de viento.
Doña Hermelinda no se encontraba bien. No erea un secreto que se le iban borrando las ideas y despertando las pájaras, que desde hacía algún tiempo anidarón al calor de las neuronas dormidas. Por eso desayunaba dos veces y la tercera se quedaba en puertas porque Arnoldo, el colombiano que hacía el café como nadie en El Grano de Café, la disuadia con la práctica que da el tener que lidiar a diario, con el borracho de turno:
– No. Más no. No hay más desayunos Doña Hermelinda ¡No ve usted que ya ha desayunado dos veses! ¡Ay mi madre! Ese asucar lo debe tener a puntito de explotar. Ande vayase pá su casa ¡Vamos,vamos!, marchese ya mujer que aún tiene que haser el arrós con conejo pá su marido…
Y Doña Hermelinda se le queda mirando con esos ojitos chicos y redondos, que el buen Dios le dió hacía ya la friolera de ochenta primaveras.
– Pues ahora que lo dices, aún tengo que ir a la canicería de Perico a por el conejo…
Y Doña Hermelinda se pierde en divagaciones mientras Arnoldo, se mueve a ritmo de cafetera y a golpe de carajillos.
Y Doña Hermelinda echa un vistazo al reloj parado en las diez y media desde el tiempo del olvido…
Y Doña Hermelinda sale de El Grano de Café al toque de las cuatro, en el reloj de la iglesia de la glorieta de La Golondrina Azul.
Y en la glorieta de la Golondrina Azul no quedan adolescentes, ni granos, ni feromonas. Tan solo Doña Hermelinda con su sombrero.
!Mañana será otro dia!

 

Ene 032016
 

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Hoy, 30 – junio – 1945

Inolvidable y querida Sarita:

Ayer por la tarde te había escrito una carta, cuando llegó al campamento Barreal y me entregó la tuya con la foto. Que me llevé una alegría, huelga decirlo. Cuando miro la foto, me parece un poco menos lejana la distancia que hay entre los dos. Cuando te miro y te veo tan inmóvil, me hace gracia pensar en lo difícil que habrá sido para ti el estar tan quietecita mientras te la sacaban. Viéndote, nadie podría pensar lo nerviosilla que eres.
No sabes cómo he sentido la pérdida de mi álbum en el que tenía tantas fotos tuyas… y las cartas; tus cartas… Lo siento tanto “Escopetilla”…
El capitán ya bajó a Niefang ayer por la mañana con Juan Rodríguez. Su familia se ha quedado en esta y Amalia también. Creo que bajarán pronto. Barreal bajará mañana a Bata con el caucho y, como estamos todos ocupados, Alejandro lleva uno de los camiones. Esta carta junto con la otra te la entregará él. Yo por mi parte tengo que quedarme a fin de terminar un sin número de cosas que me ha encargado. Aparte del traslado de todo el material del garaje, me “recomendó” terminar los detalles que quedaran sueltos. Hacer las almenas y techarlas con chapas de zinc. Luego desmontar el motor de la luz y todas las instalaciones, además de otras muchas cosas que quiere haga con toda rapidez para seguidamente trasladarme a Niefang. Quiere que me encuentre allí mañana por la noche, así que puedes hacerte una idea de cómo ando, máxime teniendo a mis compañeros desperdigados, pero te prometo que en cuanto se despeje un poco el trabajo iré a verte;por cierto que, el gobernador viene el día veinticinco y para esa fecha hay que tenerlo todo preparado.
De Evinayong te puedo decir que como consecuencia de la llegada del gobernador las señoras “no se entienden”: la de Rodríguez se ha metido en la cama, la del teniente dice que tiene la barriga muy gorda y la del capitán tiene pocas ganas de “saber”. Con ello te quiero decir que el jaleo de las comidas de los días que esté todo el séquito por allí no sé cómo lo van a solucionar. Comprendo que Amalia haya cortado por lo sano en vista de lo que se le venía encima; pues ya sabes que al final, con estas cosas, quienes se ven libres de estos líos son “las damas de la alta sociedad”. En fin, tengo que confesarte que a mí, cuando he visto la situación, me ha venido a la cabeza una riña entre comadres.
Según me contó Salgado, la verbena de la otra noche en Bata estuvo muy animada. Ese día estuve pensando en lo bien que lo hubiéramos pasado los dos juntos; habríamos bailado y nos habríamos divertido mucho. No obstante, como no estuviste allí, poco me importó la fiesta.
Dices que en todo momento te acuerdas de mí y que tienes muchísimas ganas de volver a verme. A mí me sucede lo mismo. Estoy muy ilusionado con el día del bautizo de la nena de Trapero, pues así estaríamos los dos juntos en la fiesta y, como es natural, también daríamos un paseo por la playa, en donde estaríamos los dos solos y así podría decirte lo mucho que te quiero mientras te doy un millón de besos…
¡Oye! ¿Ya te vas enterando de cómo se guisan las patatas y como se zurcen los calcetines? Digo esto porque como recordarás te hice esta advertencia cuando estuve la última vez contigo. Quiero que cuando seas mi mujercita vea en ti las habilidades propias de la mujer casada <Inciso de la que escribe: esa batalla la tenía perdida de antemano>, pues debes de pensar que no siempre vamos a vivir en Guinea y que, por lo tanto, cuando estemos en España no podrás contar con boys y cocineros.
Creo que esta vez, cuando baje, lo haré sin tanta prisa como en la anterior y como ya no trabajas tendremos mucho tiempo para estar juntos. Con ello podremos hablar de todo y formar nuestros proyectos para el porvenir. Estoy convencido de que hemos de ser muy felices. Como me gustaría que ahora estuvieses a mi lado, pues así las horas serían menos horas…. Menos lentas…. Aún así me consuelo pensando en que llegará el día en que no nos separemos jamás.
Con esto doy fin a la presente y ahora miraré si sube alguien que te la pueda entregar.
Adiós cariñín, que lo pases muy bien. Recibe un millón de besos de mi parte. Que sepas que te quiero muchísimo y que no te olvido, es lo único que me queda por decirte, por ahora…
Ángel – “Ojos de Gato”-

 

Ene 032016
 

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Tu nombre me sabe a ron, aguapanela y limòn.
Tu nombre me huele a mar,
a yerba verde mojada.
Tu nombre me trae el recuerdo de una noche de verano.
Una moto,
una guitarra
Y la darbuka sonando.
Y el deseo roneando entre tu cuerpo y el mío.
Y tu nombre me sabe…
Una moto,
una guitarra.
Aguapanela y limòn.
Y yo te quise…
Y te olvidé…
¿Te olvide?

Ene 032016
 

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Burbujas de champán.
Pompas de jabòn.
Campanillas de cristal en tu sonrisa.
No me mires por favor,
porque me pierdo…
Ni te acerques,
ni me roces,
ni me hables,
porque no se dominar mis sentimientos.
!Te lo advierto!
Y es que no se dominar mis sentimientos…
Burbujas de champán…
Pompas de jabòn…
Noches de luna llena plena de amor.
Cuarto menguante de desamor.
Bajo la almohada guardo un conjuro,
pá que me quieras toda la vida.
Pá que me veas con los ojitos del corazòn
Y me desees como la abeja a la campanilla,
Como La Dama a su Vagabundo.
! Y te lo advierto!
Y es que no se…
Y es que no puedo…
! O es que no quiero!