Ago 202011
 

Ni acciones, ni casas, ni Bonos del Tesoro, ni dinero contante y sonante…¡esta es la inversión!

Una “miajita”, del precioso jardín que hay en Las Puertas del Campo ¿no se dice que al campo no se le puede poner puertas? ¡Pues aquí si!

 

 

 

 

Aquí en “la plaza de la babucha”-como yo la llamo-,comienza una larga calle peatonal llena de vida.Esa calle, que a esta hora temprana se ve vacía, encierra entre las hojas de los naranjos enanos, en la madera de los bancos, que esperan al viandante, en la calzada, en las papeleras, en los cristales de cada escaparate;en el aire…un retazo de frase, de confidencia… de la esencia de sus gentes…Esta calle, no es una calle cualquiera, es el corazón de Ceuta:El Paseo del Revellín

 

Y aquí justo en esta calle peatonal…

-¡Me alegro de verte!

-¡Tomate un café!

-¡Niño estate quieto!

-¡Los guardias civiles! ¡La gallina! ¡La puñalá! ¡No quieres un numerito?

-¡Uuuuffff! que caro está el pescao! Corre… ¡Corre,que pierdo el autobú!

-me marcho, que he salido a desayunar, y ya llevo una hora fuera de la oficina…

– Pues si… como lo oyes, y la ha dejado para irse con …

– Ese es un sinvergüenza…

– ¡que niño más bonito! se parese al padre… Que al padre…¡a mi,se parese mi niño!

-Y la Virgen de África,

-Y la procesión del Medinaceli…

-¡A mi la legión!

– ¡Porque soy Caballa!

– ¡Salam Maleikum! ¿Ya ha empezado el Ramadán?

-¡Feliz Ramadán!

– ¡Feliz Año Nuevo hindú!

– Que paséis un feliz día en la celebración hebrea…

– ¿Hoy celebráis el Año Nuevo chino? Felicidades.

– ¡Porque soy caballa!

 

¡¡¡¡¡Viiiiiitaminassss!!!!!!!! eso es lo que vocea el vendedor de frutos secos por las calles de Ceutas…¡Viiiiiiitaminassss!

 Una tarde de domingo, “este ser humano” que le escribe, deambulaba por las calles de Ceuta sin prisas, con el periódico en la mano y en compañía de la relajación que da un día de asueto. Un paso aquí… otro allá… Caminaba regalándome la vista con sus plazas y jardines salpicada de flores, y niños que jugaban “disfrutando como niños”: la Plaza de los Reyes, con sus regios señores, inmersos en la noche de los tiempos… la Plaza Azcarate… El jardín de “las Puertas del campo” con sus vetustos árboles, desparramando sus frondosas ramas sobre los bancos ocupados por personas, que como yo, disfrutaban de esa tarde de domingo… La fuente de “La Babucha”, nombre con el que he bautizado la fuente que hay al lado del edificio Trujillo, porque me recuerda a media babucha sacada de “Las Mil y una Noches”… El paseo de La Marina Española, con sus padres empujando los cochecitos de sus pequeños de cara sonrosada, convenientemente etiquetados con chupetes y lazos rosas o azules, según el sexo de la criatura; gente sana practicando footing o paseando a su mascota; gente mayor que separaban a charlar formando un alegre corrillo, al que había que sortear para seguir el camino… Todo parecía estar en orden: la sociedad se comportaba como tal, relacionándose en mayor o menor grado, según soplaran los vientos, es decir según las ganas de saludar al vecino que veías venir de frente, o de notar que una persona anónima pasaba cerca de ti… Y entonces fue cuando lo vi, sentado en un arríate que bordeaba una de las columnas que soportaba la pérgola. Sin otra cosa que hacer, y como soy una persona observadora, no pude evitar escanearle: lo primero que me llamó la atención fue su piel de un negro azulado, perlada de diminutas gotas de sudor que brillaban como el azabache al contacto con el sol. Me fijé en su pelo ensortijado, al que hacía días que no le pasaba un peine; observé su ropa arrugada y sucia y me `percaté de su extrema delgadez. Allí estaba sentado, con la cabeza gacha y la vista fija en el suelo; las manos juntas, los dedos entrelazados…”parece que está rezando”,- dije para mí-. Y como si me hubiera leído el pensamiento, el muchacho levantó la cabeza, me miró y abriendo las manos dejó ver un rosario de cuentas fosforescentes, de esos que reparten los misioneros por esas tierras de Dios. Me acerqué más a él, movido por la curiosidad. El joven me sonrió dejando ver una hilera de blanquísimos dientes, a la vez que me miraba con sus grandes ojos negros. Yo le devolví la mirada pero no la sonrisa, porque al asomarme al balcón de sus ojos vi su alma ahogada por la pena que da la distancia… ahogada por la angustia que da el darse cuenta de que lo poco que tenía su familia sirvió como salvoconducto, para atravesar las diferentes fronteras que le llevaría a “la tierra prometida”… Ahogada por la tristeza de no comprender ni la lengua ni las costumbres de las personas que habitan este pedazo de tierra, para él: “el país de a ninguna parte”, al que ha venido a parar y en el que se encuentra atascado hasta que el Dios del rosario fosforescente escuche sus plegarias… Y sobretodo ahogada por dos de los peores sentimientos que puede tener una persona: la soledad y la indiferencia…
– ¿de donde eres? Le digo con gestos exagerados para hacerme entender.
– Zambia – Contesta sin apartar sus ojos de los míos.
Ahora no me asomo al balcón para ver su alma. Ahora solo veo la película amarilla que cubre el blanco de sus ojos y leo en ellos la enfermedad que le acompaña: el paludismo, la filaria…
– Gracias- me dice cuando le pongo entre las manos y el rosario un billete.
– No me des las gracias, esto es como un fondo de pensiones. Estoy intentando asegurarme un escaloncito en el Cielo para toda la eternidad. Gracias a ti. El muchacho me mira sin comprender, y sin dejar de sonreír comienza a cantar primero en voz baja y luego en un tono más alto.
– Fa mi de de a mi no de de mi dé, a mi no de de mi dé, mi fa mi fa mi de de mi dé… Tabá, tabá, oooooo, tabá tabá… Cosí, cosí, oooooo, cosí cosí… Amusé, amusé, amusé, amusé… Alibabá, alí, oosué. Conforme me alejaba del lugar la voz del joven se perdía entre la algarabía de la gente y las voces de los vendedores ambulantes que ofrecían “vitaminas” a los viandantes: – ¡Viiiiiiitaminás, viiiiiiitaminás!- voceaban los vendedores.
– pepesupe galíe, pepesupé galie,- aún podía escuchar la voz de mi “plan de pensiones”… – Alibabá, alí oosué… alibabá, alí, oosué…

– Esto no hay quien lo arregle- me dice un compañero que estaba leyendo el periódico, al llegara la oficina el lunes por la mañana.
– ……
– El problema de la inmigración. Te los encuentras por todas partes, y lo que más me joroba es lo pesados que se ponen pidiendo…
– ¡Ah, eso! Míralo como un plan de pensiones con una rentabilidad a largo plazo…
– …….
– ¡Si hombre! A cada inmigrante que te pida dinero le das algo, y al final cuando te marches al otro barrio tendrás reservado un escaloncito en el cielo “per secula seculorum, amen”

Gudea de Lagash


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