Ago 122010
 




Nos quedamos solos; solos tu y yo a la luz de la luna, bajo las ramas de ese tulipanero del Gabón que ve pasar la vida tuya y mía, día a día, mes ames; año tras año…Arriba en la copa y entre las ramas, los pájaros ovillados en sus nidos aguardan el nuevo amanecer en esa tierra, la de ellos y la nuestra; la que un día nos vio nacer. Nosotros sentados en el viejo banco de madera de okume, que una vez hiciste con mi nombre grabado en el respaldo, nos bebemos a pequeños sorbos los recuerdos del ayer, y los del día de hoy. Y apuramos con afán los aún no vividos, de un mañana todavía por llegar. Nos quedamos solos como cada noche, pisando esa alfombra naranja y roja que han formado las flores al desprenderse del tulipanero. Y nos quedamos solos tu y yo, acunados por suave arrullo de las olas al lamer las rocas de la playa, y el aroma a sal de mar que la brisa ha traído con ella. Quizá en un relato similar alguien escribiría que “salvo el arrullo del mar, el silencio lo invadía todo”, pero yo no puedo hacerlo porque el ladrido de un perro y el sonido grave de unos tantanes se sumaban a la fiesta de muda alegría y risas contenidas”. Y siento que me miras, y me muero por mirarte, pero puede más el orgullo que el deseo, y mis ojos se vuelven hacia una de las muchas flores que visten la tierra bajo el tulipanero, y en ella la luna ha olvidado un rayo de su luz ¡que bonito! toca decir. Que bello, quizá si. Depende de si te gusta el punto poético en la prosa, o por el contrario te tedia hasta el empalago. Aquí al único que le preocupa el haz de luna es al paciente escarabajo que arrastra su botín entre las flores, confiando en pasar inadvertido entre los que “matarían por él”. Me suelto de tu mano y me acerco hasta el insecto, y remuevo con la punta de mi pie bañado ahora por ese haz de luna, las flores acampanadas del árbol del Gabón: “” es mi forma de ayudarte a cruzar las líneas enemigas””- le digo con una voz tan grave, que solo la oigo en mi interior.
– Hoy te veo triste-me dices con la vista fija en la acharolada puntera de mi zapato azul índigo, al que la luz de esa primera actriz de reparto que es la luna, le da un brillo inusitado-, y no se por qué…- acabas diciendo.
El son de los tambores llena el silencio de esas palabras sin continuidad. No puedo contestarte; no se que decirte, porque desde hace tiempo, no me preguntes cuanto, se agotó la cantera de la confianza. Solo se que el techo se desplomó aquella vez en que te pregunté porqué no venias a comer, porqué la cena se enfriaba en el mantel…porqué en las sabanas de la cama solo quedaban dibujadas los trazos de mi cuerpo y el olor de mi piel. Porqué al llegar la mañana traías en tu ropa aquel perfume de mujer.
He vuelto al viejo banco, y paso las yemas de mis dedos por las letras gastadas de mi nombre, y en mis ojos despuntan unas lágrimas a las que castigo con el ánimo de la indiferencia. Te quito de los labios el pitillo a medio fumar, y el sabor de la saliva de tu boca se funde entre los míos. Y me miras y me muero por mirarte. Y al hacerlo he perdido la batalla.
Vuelvo la vista hacia esas flores que el haz de luna a tocado con su luz, y me pregunto si el paciente escarabajo habrá llegado por fin a su trinchera. Yo no; yo he salido de la mía y he perdido la batalla sentada en ese viejo banco bajo el tulipanero del Gabón, por; de alguna manera probar tu sabor.
Y me miras y me muero por mirarte…
Y el sabor de la saliva de tu boca…

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