Feb 082015
 
De "Ojos de Gato"...

De “Ojos de Gato”…

Subió la cuesta de las fiebres enfilando la avenida del General Mola pensando en que nunca había contado a nadie que su torpeza de chaval salvó a aquel hombre de una muerte segura, a las puertas del monasterio de Irache. Hacía rodar el coche lentamente por la avenida porque no quería perderse nada del paisaje, que a esas horas era una verdadera gozada, como si todo fuera nuevo para él. Le hechizó la bahía, con Punta Cristina sumida en un baño de oro, como la cúpula de la pagoda de un templo budista. Los rayos de sol la envolvían difuminando los detalles, mientras su perfil se recortaba a tramos según le diera la luz. Giró el coche a la izquierda y recorrió la última parte de la avenida bajo la sombra de los mangos, y el barrio de Campo Yaunde con su mundo de negros, mulatos, y cuarterones, hasta salir a la carretera de San Carlos. Cincuenta y dos kilómetros, que el Opel devoraba serpenteando el camino jalonado por una cortina de árboles verdes de filos dorados por el mismo sol de Punta Cristina. Atrás dejó, como de costumbre y sin acostumbrarse, a los buenos amigos, como Jiranzo que, junto a la promesa de ir alguna vez a visitarlos, le aseguró que en cuanto estuvieran instalados le enviaría al viejo Capitán pues desde que se fueron de vacaciones estaba más huraño y triste que nunca. No sabía si porque era más viejo o porque echaba de menos las galletas de coco del ama. Sin embargo, se quedaría con Hilda ya que era feliz entre las gallinas del gallinero incubando botones, pasadores y cartuchos de escopeta, aunque de cuando en cuando le diera por embuchar alguno. Escuchaba el parloteo de su mujer, y la riña de sus hijas por ocupar el mayor espacio posible en el asiento de atrás, pero no le dio demasiada importancia porque estaba cansado y lo único que quería era llegar al final del trayecto. Dejó atrás las aldeas de Banapá y Basupú, pasando también el puesto de guardia de Basakato. Durante el camino, el boscaje no dejaba ver otra cosa que no fuera carretera y algún que otro moreno en bicicleta, hasta que el mar apareció ante sus ojos al cruzar el puente sobre el río Tiburones, dando paso a una bellísima playa bañada por esas aguas de un azul tan intenso como el hábito de las oblatas de las Concepcionistas, y un paisaje con los trazos de una pequeña población, arropada entre mangos, palmeras, y ceibas, que tan bien conocía, se presentó en el momento en que la guagua se cruzaba con ellos camino de Santa Isabel.
Se asomó a la terraza de la casa que no era muy grande. Un chalecito con una escalinata algo estrecha, para lo que estaban acostumbrados, situado sobre un promontorio dominando la ciudad y su bahía de Boloko. A “la Escopetilla” todo esto no le importaba demasiado, siempre y cuando la tónica del servicio fuera la misma de siempre. Justo enfrente, el acuartelamiento de los guardias con un “Todo por la Patria” sobre la entrada, y el guardia de puertas con los ojos fijos en los bollos de pan, quizá acompañados de una lata de mantequilla que un moreno adolescente llevaba para vender al mercado en una palangana sobre la cabeza. Apoyado en el borde de la balaustrada sacó un Camel y lo encendió contemplando San Carlos a los pies de la bahía, de casas y comercios alineados a lo largo de la avenida de Maximiliano Jones. Distinguió al final de la cuesta, y en primer plano, la casa de los Müller de dos plantas. Una casa grande y sólida que parecía preservar a la gallina de los huevos de oro, convertida en plantaciones de cacao y café gestionadas por firmas portuguesas, alemanas y españolas como La Barcelonesa o La Colonia Africana… El muchacho de los bollos de pan pasó por debajo de la terraza tarareando una canción en fang, seguido de un perro sin dueño, sarnoso y con hambre en el momento en que la brisa agitaba el perfume del jazmín que trepaba por la balaustrada; un jazmín con unas cuantas estaciones sobre su tronco grueso en donde un insecto palo tenía su casa.
Bajo un cielo color “Mirinda” vio al sol sumergiéndose en el mar, allá en el horizonte, en el instante en que una bandada de vencejos volaban sobre su cabeza, para dejar paso a los murciélagos y a las sombras de la noche. «Mañana será otro día», pensó contemplando las luces de la pequeña ciudad, «Mañana será otro día…».
Las oficinas de la Administración se encontraban a la espalda, atravesando el antiguo hospital y la casa del doctor Munis. Era un bello edificio de dos plantas, con dos amplias escaleras situadas a ambos lados, al estilo de “Lo que el viento se llevó”, por las que se accedía a la parte superior ocupada por el Capitán Alonso con Araceli, su mujer, y su prole de ocho hijos, mientras que en la planta baja del edificio se encontraba la armería y las oficinas. Alonso era un hombre apuesto, campechano y tan buena persona que congeniaron desde el primer momento en que se presentó en su despacho en donde, tras las presentaciones de rigor, le tendió la mano diciendo:
— Fuentes, su fama de hombre responsable y capaz le precede, así que lo que haga bien hecho está.
— Gracias mi capitán —le respondió.
Y desde esa misma mañana comenzó su labor como Secretario de la Administración Territorial y como instructor de los guardias del campamento. Tenía mucho trabajo, como siempre, pero ya estaba más que acostumbrado; lo cierto era que no podía vivir sin trabajar. Estaba tan habituado, que para él era casi de necesidad. A esas alturas de su vida había llegado a la conclusión de que su mundo se encerraba en dos verdades: la familia y la “Guardia Colonial”, porque él seguía llamándola así aunque lo de “Colonial” hubiera pasado a la historia. Así que, como la demarcación era grande y de mucha actividad, no paraba ni un momento. El mayor problema lo causaban los miles de braceros nigerianos contratados en las fincas de café y cacao, y las consiguientes denuncias puestas por los finqueros y los nativos, que se le amontonaban en la mesa de la oficina. Diariamente tenía varios casos de fugas, robos y asesinatos, a veces tan complicados que era raro el día que no se desplazaba hasta el lugar de los hechos, por no dar abasto los guardias, y cuando por fin regresaba le tocaba pasar a máquina todos los atestados del día para remitirlos al Juez del Distrito porque el escribiente, algo torpe y muy vago, le servía de poco. Así que con tanto arresto, la cárcel del campamento se encontraba más frecuentada que Ritz de Madrid.

Diosdado y Pantaleón, se llamaban el cocinero y el boy, que esta vez les tocó en la ruleta de la suerte de los entresijos domésticos. El primero era un hombre de piel curtida y cabello ensortijado, en el que la nieve de los años había empezado a instalar su tienda. De talante sosegado, Diosdado no despedía olor a alcohol ni a sustancia alguna de las que nublan la razón, al contrario que Pantaleón, un hombretón con cara de tonto y sonrisa perruna al que el olor a ginebra y a fumata le acompañaba al esconderse el sol. Salvando estos pequeños contratiempos, y una vez acostumbrados a verlo desplazarse por la casa como en una nube y perdiendo el equilibrio según el grado etílico alojado en su cerebro, Pantaleón era noble y fiel como un Gran Danes…

— Señora, la niña blanca tirar leche por ventana…
— Pantaleón ¡Por Dios! No se llama “niña blanca”. Se llama Gelinda…
— Sí señora… la niña blanca Gelinda…
— Mira, déjalo. Llámala como quieras porque no puedo contigo ¿Qué ha hecho esta vez?
— Tiró la leche por ventana, señora —repitió.
Y “la Escopetilla” entra en el comedor, no sin antes mirar hacia lo alto del aparador en donde Capitán estaba en su hora del aseo personal expurgando, a golpe de pico, todo lo que no fuesen plumas. Suspira con resignación por ese bicho al que no consigue acostumbrarse y ve a su hija que, con la mirada perdida más allá de la ventana, juguetea con un vaso en donde unas cuantas gotas de café con leche condensada se escurren por el cristal, como un niño con patines en mitad de una pista de hielo.

— ¿Es verdad lo que me ha dicho Pantaleón? –le preguntó quitándole el vaso de las manos. Miró el reloj y luego a la niña, porque se hacía tarde para ir a ese colegio con el que no estaba de acuerdo. La maestra era una morena ya madura que le había tomado demasiada confianza por eso de dar clases, aunque ella dudaba que fuera capaz… Le vino a la memoria la charla que le dio aquel médico forense que llegó a Niefang buscando información sobre la capacidad craneal de los morenos: “Los doctores Beato y Villarino, publicaron <La Capacidad Mental del Negro>, desarrollando con claridad y contundencia la inferioridad en inteligencia y memoria del negro de la Colonia con respecto al hombre blanco”, había dicho sentado en el porche de casa con un café hecho con el grano, de la plantación de Casajuana. El padre Fuentes siempre le decía que todos sin excepción éramos hijos de Dios, y por supuesto que ella eso no lo discutía, pero en lo que no se ponían de acuerdo era con eso de la inteligencia… Y luego estaba Iranzo… se acordó de cómo se reía cada vez que salía el tema: “¡Ja,ja,ja! Cómo quieres que te diga que entre el cerebro de un nativo y un europeo no hay diferencia alguna. ¡Qué cosas tienes! Y luego dices que no eres racista”. Y con esta última frase se acababa la conversación porque le sentaba fatal que la llamara racista. Dios sabía que no era cierto. Nunca les deseó mal alguno y estaba segura de que les sería más fácil entrar en el cielo que a muchos blancos entre los que se contaba, pero…
— Señora… la niña blanca Gelinda llegar tarde a la escuela…
Sobresaltada miró el reloj. Con tanto razonamiento desordenado se había olvidado de la escuela. Volvió a mirar el reloj y, tirando de la mano a su hija, le estampó un beso en la mejilla, con un “ya hablaremos luego”, cosa que no le importó a la niña pues sabía que para cuando regresara ya se habría esfumado el motivo de su enfado. Con la resignación pintada en la cara, porque no podía con ninguno de los dos, se asomó a la ventana viendo cómo cruzaban al otro lado de la calle…
Bajó las escaleras de la terraza de dos en dos sin hacer caso de las protestas del boy que bastante tenía con no perder el equilibrio, acompañada de Capitán volando a ras de su cabeza. Lo espantó de mala forma porque estaba molesta con él por haberse chivado a su madre. Ella no tenía la culpa de que solo le gustaran los cafés con leche que le llevaba a la cama su padre. Esos eran diferentes; esos sabían a gloria. Así que cada mañana buscaba el momento oportuno para verterlo por la ventana, justo encima de un papayo joven al que le sentaba divinamente el desayuno mañanero, pues en poco tiempo había crecido tanto que ya casi rozaba el alféizar…
— Tú espera… —le dice alargándole el gorro color garbanzo que tanto odiaba—. Señora ha dicho que tú poner.
— ¡Si me alcanzas me lo pongo! –grita echando a correr cuesta abajo, columpiando la cartera.
— ¡Espera niña blanca! –su voz sonó desesperada. Sabía que no podría alcanzarla a no ser que se parara en algún momento. A él nunca le gustó correr, ni hacer las cosas con prisas. Cuando entró en la Guardia Colonial, se pasaba la vida arrestado por no cumplir con los procedimientos como quería el Masa Instructor, hasta que un día le dijeron: “Tú, de boy” y desde entonces era feliz trabajando en la casa del instructor de turno, aunque a veces no pudiera soportar a la señora…

Ene 172015
 

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Cada día se hacía más difícil vivir en la ciudad. El fuego de la artillería, el rugir de los motores de los aviones a su paso por el cielo de Teruel, y las sirenas alertando a la población de un nuevo bombardeo, se había convertido en algo cotidiano para sus habitantes. La ciudad parecía un fantasma, mostrando el sudario de casas derruidas. Solo el frío viento, con sus ráfagas cortantes como cuchillas, y su agorero ulular como compañero, se atrevía a pasear por callejones, calles y plazas… De vez en cuando se veía a alguien que caminaba por la calle con el cuerpo perdido en el abrigo y la falta de puchero caliente reflejado en la cara.
Con el paso acelerado, Sara, con los niños de la mano, atravesaba la plaza “Del Torico” en dirección a la calle de la Tristeza. Así la había bautizado la noche en que llegaron, donde no sabía el ambiente que se iba a encontrar, pues había notado que últimamente la dueña le miraba mal… y no era por dinero, porque desde el primer día no había dejado de pagar el alquiler ni un solo mes, así que intuía que era algo más serio…
«Tiene que ver con Salvador, seguro…».
Las sirenas empezaron a sonar advirtiendo de la visita de los aviones cargados con sus regalos de cortesía: unas hermosas bombas que dejarían caer desde el cielo, confiando en que nadie se quedara sin catarlas… Agarrando con fuerza las muñecas de sus hijos, echó a correr limitada por las cortas piernas de los niños. Ahora los aviones estaban por encima de sus cabezas, y aún les quedaba por recorrer la mitad del camino hasta llegar a los soportales del otro lado. Se encontraban junto al monumento que daba nombre a la plaza: una columna que soportaba, en su capitel, a un pequeño toro. Luego todo pasó muy rápido: el llanto de los niños… el latido de su corazón desbocado por el miedo en los oídos… el atronador ruido de las bombas al estallar… La metralla silbaba sin parar y no fue capaz de seguir adelante. Con un brusco empujón los hizo caer al suelo, echándose encima a modo de escudo; era lo único que podía hacer por ellos…Los cañones tronaban y los edificios aparecían envueltos en llamas. Escuchó un proyectil que venía enfilado hacia ella así que cerró los ojos y preparó su alma para el encuentro final apretando su cuerpo contra sus hijos hasta casi asfixiarlos, en un desesperado intento de protección, aunque sabía si eso sería suficiente cuando la metralla impactara en el blanco. Un segundo, dos, tres…Sara levantó la cabeza, el proyectil milagrosamente solo había rozado la columna, y pegó un tirón de los chiquillos, corriendo los últimos metros que le quedaban para alcanzar los soportales. Una vez allí, se pararon para tomar aliento. Los niños, entre llantos, le suplicaban que parara de correr y ella los abrazaba diciéndoles que era imposible si no querían morir… Entonces Sarita, tomando de la mano a su hermano, dijo:
—Vamos mamá, tenemos que llegar hasta un refugio… —y Sara, asomándose al balcón de sus ojos de niña, llegó a tiempo para ver cómo su alma de nena se escondía en lo más profundo de su ser, empujada por una prematura madurez de mujer.
Con la esperanza de no escuchar más que el silencio, apenas respiraban… el peligro había pasado hasta la próxima incursión.
Con manos temblorosas y ese nudo en la garganta que desde hacía tiempo no le abandonaba, limpió como pudo la sangre de las magulladas rodillas de su hijo con el borde del pañuelo mojado en saliva.
La plaza comenzó a revivir lentamente. La gente que había estado resguardada en los refugios, salía a la calle para volver a sus casas. Alguien le preguntó si estaban bien y si podía hacer algo por ellos… Ella negó con la cabeza y le dedicó una triste sonrisa. Ese alguien dijo:
— Aunque triste, es una sonrisa… — y tras acariciar la mejilla de la niña, le dijo adiós.
«Victoriano me dijo lo mismo… Tendría que haberme quedado en casa de Isabel y no haberme aventurado con los nenes por la calle… o mejor aún, si hubiera tenido en quién confiar en esa maldita casa de realquilada, los niños no habrían pasado por esto… pero necesitaba ese jarabe para la tos de Chito… ¡el jarabe!». Rebuscó en el fondo del bolsillo del abrigo, temiendo que se hubiera roto, pero allí estaba la botella. «El bolsillo es de paño grueso y ha debido de amortiguar el golpe…»

Por más que golpeaba la puerta, nadie acudía a su llamada…
— ¡Déjenme entrar, por favor!… — gritaba desesperada.
— ¡Que se marche, que e uté familia de picoletos*, y yo no quiero líos, que los “rojo” etán mu cerca! ¡Fuera! – gritaba la señora Angustias, desde una ventana.
— ¡Por favor, no tengo adónde ir…! Déjeme al menos hasta mañana; hágalo por los niños…
La ventana se cerró y Sara, con el alma en vilo, esperó la reacción de la mujer, que no tardó mucho en abrir la puerta…
— Lo hago por los niños y porque nunca ha sido morosa en er pago del alquilé, pero mañana por la mañana los quiero fuera, que ya le he dicho que no quiero complicasiones – dijo, con el ceño fruncido.
— Gracias… Vamos niños, entrad.

Picoletos*: forma coloquial de llamar a los hombres de La Guardia Civil

En el brasero solo quedaban rescoldos, que se apresuró a remover para reavivar las brasas. Luego, dejando a Sarita al cuidado del niño y tras advertirles lo peligroso que era tocar el brasero, salió con una enorme olla de agua fría en dirección a la cocina. Tenía que calentar el agua si querían lavarse un poco. Más tarde, cuando sus hijos estuvieran metidos en la cama, podría empezar a pensar en el siguiente paso.
Acompañada de sus pensamientos y la gran olla, Sara llegó a la cocina y descargó en un fogón el recipiente. Atareada como estaba en encender el fuego, no se percató de que no estaba sola. En el ángulo más oscuro de la cocina, amparado por las sombras, alguien seguía sus movimientos:
— Deja que te ayude… — Sara dio un respingo, la voz le había dado un susto de muerte. Del ángulo oscuro salió un hombre de unos treinta y pocos años. Era alto, moreno y de facciones agradables. Le quitó las astillas que llevaba en la mano y continuó con el ritual para calentar la olla.
— Esta noche empaquetarás lo que te sea más necesario y mañana a primera hora vendrá Victoriano a recogeros. Os llevará a la estación y os meterá en un tren militar que os conducirá hasta un lugar seguro.
— ¿Quién eres? — dijo con desconfianza —, ¿y por qué me quieres ayudar? — ahora el hombre, que había sacado un cigarrillo de uno de los bolsillos de su pantalón de pana, la miraba fijamente a los ojos –. Nos hemos visto alguna vez por los pasillos, pero nunca cruzamos una palabra… ¿y de pronto te preocupas por nosotros?
Está bien, me llamo Martín y soy guardia civil y, al igual que tu marido, pertenezco a la orden de La Calavera. Voy de paisano y estoy en esta casa por mandato de mis superiores. Mi relación con Victoriano y con Salvador es de amistad y de trabajo. Los rojos están a las puertas de Teruel y no podemos perder más tiempo.
— ¿Por qué tengo que creerte?
— Porque no tienes más remedio y por esto – dijo, al tiempo que se levantaba la ropa de cintura para arriba. En mitad del pecho tenía tatuado el emblema de la Guardia de la Calavera.
— ¿Nos volveremos a ver?
— Solo Dios lo sabe – contestó, mientras le estrechaba la mano –. Si salimos de esta, tendrás que invitarme a un arroz al horno, que me ha dicho Salvador que te sale para chuparse los dedos. Adiós Sara, cuídate…
— Suerte amigo… y que la Virgen del Pilar te acompañe.

Había dormido poco, un par de horas tal vez. Tras acostar a los niños y organizar lo más imprescindible para el viaje (entre lo imprescindible estaba la sopera, el viejo reloj de pared y la foto de su boda), fue a visitar a Doña Remedios, a la que pidió que custodiara los pocos enseres que le quedaban y le hiciera el favor de consumir los víveres que no podía llevar consigo. Favor que la mujer agradeció enormemente a juzgar por el brillo de sus ojillos.
Sin mirar atrás, Sara y sus hijos dejaron el cuarto con derecho a cocina y a retrete, alejándose en el camión de Victoriano de la calle de la Tristeza sin experimentar en su interior ni un ápice de ese sentimiento por dicha calle.
El camión, conducido por Victoriano, llegó a la estación en donde un tren militar estaba a punto de partir.
— Vuestro destino es Calatayud. Allí estaréis bien. No digo seguros porque hoy en día no se está seguro en ninguna parte… — dijo Victoriano, a la vez que abrazaba a los niños –. Portaos bien, obedeced a vuestra madre…
— Gracias, buen amigo. Nunca me cansaré de agradecerte todo lo que has hecho por nosotros. Cuídate… y espero que nos veamos pronto — al abrazarse, sintió la fuerza de sus brazos envolviéndola y fue tal la sensación de seguridad, que deseó quedarse así hasta el final de la guerra. Besándole en las mejillas, musitó —: hasta la vista, ángel de la guarda…
A golpe de silbato, el tren partió vomitando hollín mientras se alejaba del andén. Los vagones iban cargados de soldados que, entre bromas y chanzas, intentaban pasar el tiempo como mejor podían. Sara y los niños, acomodados en los duros asientos de madera, observaban en silencio la vida que bullía a su alrededor. Un joven acompañado de una baraja española jugaba al solitario, mientras silbaba una musiquilla… al momento otro comenzó a tararear la misma sonatina y en un momento todo el vagón comenzó a cantar: “Españolita no te enamores, ten fe y confía en estos buenos españoles. Los italianos, se marcharán y de recuerdo algún bebé te dejarán…”. En ese momento los aplausos y silbidos fueron atronadores, para luego seguir con la canción: “Guadalajara no es Abisinia, allí los rojos tiran con bombas de piña, los italianos, se marcharán y de recuerdo algún bebé te dejarán” …
Los niños miraban divertidos toda la escena, mientras escuchaban con atención la letra de la canción. De pronto, Chito preguntó a voz en grito:
— ¡Mamá, mamá! ¿Qué quiere decir que les dejarán un bebé? ¿Es que se lo han pedido a los Reyes Magos como regalo? – un muchacho, viendo el apuro que estaba pasando Sara ante lo incómodo de la pregunta, le dijo:
— ¡Eso es, chaval! Has entendido perfectamente la letra de la canción. Como sus amigos italianos se marchan de España, le escriben la carta a los reyes pidiéndole un “muñeco pepón” para su amiguita. Y ahora toma, ¿quieres un poco? — el muchacho, para distraer la atención del niño, le ofrecía un pedazo de chocolate en barra que sacó de su macuto. Chito, mirándolo con ojos golosos, alargó la mano a la vez que tarareaba la cancioncilla:
— “Y de recuerdo algún bebé te dejarán”…

Y hasta el final de la guerra, fue todo un peregrinar. Un par de veces en tren, otras en carro, las más en el coche de San Fernando, ya se sabe que un ratito a pie y otras andando…: Calatayud, Villarquemado, Villafranca del Campo, Paniza… En todos paraban un tiempo, según los avatares de la guerra. Siempre con miedo en el corazón… aunque a veces, ese miedo quedaba ahogado por la espera del anuncio del fin de la guerra. Mientras tanto, en el ir y venir de sus vidas, llegaban hasta ella las terribles noticias de la contienda: Belchite, Teruel, Brunete, Jarama, Ebro… Batallas, todas ellas mostrando la cara más terrible de la pelea. El crudo invierno del 37, con la toma de la ciudad de Teruel… El general Rojo, moviendo ficha: “jaque al rey”… 40.000 hombres, carros, blindados… rompen el cerco de los nacionales.
Franco, respondiendo; dejando a un lado los planes de ataque para Madrid… Entrando al trapo del General Rojo, para acabar en una lucha encarnizada en medio de un clima siberiano. Se combate casa por casa; con bombas de mano y fuego de ametralladoras. Se combate con las bayonetas en ristre, buscando carne en donde clavarlas… aunque no se sepa bien quién es quién. Al llegar la noche, de uno y otro lado, los emboscados se mezclan con la población civil…horror… horror…horror…

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La Sombra del Egombe Egombe / Amazón.es

Sep 262014
 

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No habló en todo el camino hasta la iglesia y “Ojos de Gato” interpretó su silencio como que tenía sueño, pues eran las siete de la mañana. Ella le agradeció que no le hablara pues no estaba el horno para bollos con el problema que se le avecinaba. Al bajar del coche se dio cuenta de que había olvidado el velo y la horquilla para sujetarlo, encima de la cama…
– No te preocupes cariño que voy a buscarlo; ahora vuelvo –le dijo dejándola sola.
Se sentó en un escalón a esperar, pensando en cómo le iba a soltar a Don Luis que había usado un lápiz amarillo, aunque el color no creía que le importara mucho, para ponerle una inyección en la colilla a su amigo; aunque lo de “colilla” lo aprendió más tarde porque entonces solo sabía la palabra “culo”. Solo y ciertamente solo por saber si Dios los había hecho iguales… Se lo imaginó levantándose de su asiento para verla mejor, recriminándole a grito pelado lo que había hecho.
– ¡Gelinda! -su padre la llamaba desde el coche tendiéndole el velo por la ventanilla.
– ¿Y la horquilla?
– Aquí tienes -dijo sacándola de uno de los bolsillos de la camisa.
Entró en Nuestra Señora de Montserrat cuando ya no quedaba un niño en la calle, con una mano en la cabeza sujetándose el velo porque se había cargado la horquilla con los nervios. Era la última de la cola para confesar, así que se quedó en un banco no muy lejos de Juanín que, al verla, dejó su sitio sentándose junto a ella.
– Si me dices tus pecados, te digo yo los míos –le susurra explotando un enorme globo de chicle armando un buen ruido.
– ¡El que esté mascando chicle que salga ahora mismo y lo tire! -gritó el misionero sacando la cabeza del confesinario.
– No lo voy a tirar -le dijo al oído a su amiga, haciendo una bola con él.
– ¡No seas guarro! ¿Te vas a comer eso luego? –cuchicheó viendo como lo pegaba debajo del banco.
– No querrás que lo tire…
-Bueno, ¿qué? ¿Vais a estar de cháchara toda la mañana…?
– No, Don Luis, ya voy –contestó el chiquillo.
– Juanín… -le llamó bajito recordando lo que le dijo el día que se conocieron: “Me llamo Luis pero todo el mundo me llama Juanín”.
– ¿Qué?
– Si te llamas Luis, como Don Luis, ¿por qué te llaman Juanín? –le soltó sin más.
– Pues no lo se. Nunca se me ha ocurrido preguntarlo… -contestó con desconcierto.
– Pues no lo entiendo… qué cosa más tonta -se dijo.
No se dio ni cuenta de que era su turno hasta que escuchó que la llamaban por su nombre. Era la voz del misionero que empezaba a impacientarse, así que se levantó del banco y se arrodilló junto a él, con la mano en la cabeza y unas enormes ganas de echar a correr…
– ¿Qué haces con la mano en la cabeza? –pregunta extrañado.
– Don Luis, es que se me ha roto la horquilla y “mese escurre” el velo…
– No se dice “mese escurre”; se dice se me escurre… Bueno, dejemos eso para el colegio y vamos a empezar como Dios manda.
– Ave María Purísima Don Luis…
-No. Ave María Purísima solo –le corrige-. Empieza de nuevo.
– Ave María Purísima… -repite cada vez más nerviosa.
– Sin pecado concebida. A ver hija mía cuéntame…
– He desobedecido a mis padres y he hecho rabiar a mi hermana… -confesó con unas tremendas ganas de chivatearle que había visto a Tatín y a Pepe darse un beso, aunque se frenó porque algo le decía que iba a empeorar la cosa–; he dicho mentiras…
– Bueno ¿alguna cosa más? –le pregunta al ver que vacilaba.
– Es que Don Luis… -se cortó al hablar porque sabía que no se iba a tragar el rollo de que lo que iba a contarle le pasó a una amiga suya, así que se lo soltó a quemarropa–. Es que le he tocado el culo; bueno la colilla, a un niño, pero eso fue hace mucho tiempo y, es que estábamos jugando a médicos… -y le soltó toda la cháchara casi sin respirar.
– Respira, anda, respira que no quiero que te dé un patatús –le dijo recogiendo el velo del suelo-. Normalmente los niños cuando juegan a médicos y enfermeras ponen las inyecciones en brazos y piernas, pero es la primera vez que oigo que una inyección se pone en un sitio tan doloroso… ¿Y por qué precisamente en esa parte de la anatomía humana? – le dice sin alzar la voz.
– Es que quería ver si Dios nos había hecho iguales…
– Pues ya ves que no. Y ahora que lo has descubierto no sigas investigando por tu cuenta; si alguna vez dudas de algo se lo preguntas a tus padres ¿entendido? –le dice mirándola con benevolencia.
– ¡Mejor a mi padre! –contesta con el velo en la mano y los ojos puestos en los del misionero.
– Ego te absolvo in nomine Patris et Filii, et Spiritu santi amén -recita haciendo sobre su cabeza la señal de la cruz-. Y ahora vete y no vuelvas a investigar por tu cuenta.
– ¡Sí, Don Luis! Digo, ¡no, Don Luis!
Y salió de la iglesia tan feliz como un potrillo trotando por el mar de yerba del valle de Moka.

…………………..

Las campanas de Nuestra Señora de Montserrat repicaban al vuelo en un una mañana preciosa de sol. Al pie del altar el misionero repartía la Sagrada Forma a las jóvenes almas de Dios….
– Corpus Christi… -dijo con la Hostia en alto mirando a Gelinda con los ojos parados en las coletas de la niña porque hasta entonces, nunca había dado la primera comunión a una niña peinada con coletas.
Y ella se llevó la mano a la cabeza creyendo que había perdido el velo…

 

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Sep 032014
 

 

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Espero que este relato de una parte de mi vida, os enganche al sillón.Si no es así,pues usarlo de sujeta puertas.Je,je,je.

Abrazotes ¡Muak!

 

Gudea de Lagash

 

 

Jul 302014
 

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La maniobra perfecta del atraque del barco, teniendo en cuenta el corto espigón sobresaliendo más de lo normal y que obligaba a atracar de popa desde el puente de mando. El estrépito de las cadenas del ancla al fondear; las faenas de los marineros para sujetar las cuerdas a los bolardos; la dicha en los rostros de los pasajeros, por el final feliz del trayecto; la banda de música de la Guardia Colonial que amenizaba la llegada de cada buque correo como si fuera la primera… Y la figura de “la Escopetilla” iluminando el día. ¡Ya estaba en casa! Casi podía pisar la tierra de Oz, solo que a su lado no viajaba Dorothy con sus zapatillas rojas, sino que le esperaba al final de los dominios de la bruja mala del norte, la del corazón perverso. Él era el hombre de hojalata, el espantapájaros y el león juntos, y Dorothy le llevaría de la mano a través de esa tierra para encontrar un corazón menos doliente, un cerebro sin memoria y el valor necesario para olvidar el pasado. Por fin había llegado a la tierra de Oz. ¡La tierra prometida!

            Le recibió con un tímido abrazo y un beso en los labios, casi infantil, pero él la cogió en volandas y la abrazó con fuerza, sin importarle la gente ni las picantes bromas de sus compañeros.

– ¡Qué guapa estás con ese vestido estampado de flores azules! ¡Ya no nos separaremos más, señora de Fuentes! –y en los labios de ella se dibujó una sonrisa y a sus ojos de china se asomó el amor, tanto tiempo guardado para él.

– ¿Qué es lo primero que vamos a hacer?

– Irnos al Montilla, ¿no? – la mira con picardía-,  porque habrás reservado habitación, como te dije…

– Sí, digo ¡no!  Iremos a la Misión, para que el padre nos case.

– Pero ¿qué dices “Escopetilla”?, si ya estamos casados… -le aferra la mano como si se la fueran a robar.

– ¡A mí me lo tiene que decir el padre!

– Anda, sube al Jeep. ¡Luego lo devuelvo!  -y colocando las maletas en la parte de atrás, dijo adiós a sus compañeros, que con jocosidad les deseaban un buen colchón para pasar la noche, libres de chinches y otros visitantes.

Subieron “la cuesta de las fiebres”, dejando el puerto atrás. Tantas ganas tenía de darle un abrazo, que no se había despedido de nadie, aunque sabía que la isla era tan pequeña que antes de acabar la semana se cruzaría con más de uno.

– Tenemos siete días para nosotros solitos, antes de que el barco nos lleve a Bata, ¡bendita carga y descarga, que nos da ese tiempo sin las miradas y bromas de la gente que conocemos…! -le pellizca el cachete mientras cambia la marcha a primera.

– No sé si lo soportaré, me moriré de vergüenza… -la cabeza mirando al frente; las mejillas del color de las amapolas…

Al final de la cuesta, vislumbró el Palacio Episcopal, era un edificio sobrio pero bello. La Misión Católica, se encontraba a unos pocos metros justo al cruzar la plaza de España…

La luz entraba generosa por los grandes ventanales de la sala, iluminando una magnífica talla de San Antonio María Claret y las baldosas del piso, que de tanto fregarlas parecían pulidas. Una bien surtida librería, junto con tres sillones y una soberbia mesa de despacho de caoba africana, completaba el mobiliario del salón. A la espalda del claretiano, un crucifijo tallado en ébano y marfil presidía la pared junto a una foto del Generalísimo y otra, de dimensiones más reducidas, de José Antonio Primo de Rivera.

– Pero hija…

El misionero claretiano la miraba benevolente por encima de las gafas de carey, con los documentos del Obispado en la mano.

– Pero hija mía… -volvió a decir– si ya estáis casados. Tenéis documentos para parar un tren… anda, anda… iros con mi bendición y no olvidéis lo que dijo Dios: “creced y multiplicaos” –y con gesto paternal les tendió la mano para que besaran el anillo. La mirada del claretiano se cruzó con la de “Ojos de Gato” en un silencio de complicidad.

– Gracias padre por su paciencia…

– De nada hijo, y eso de “crecer y multiplicaos”, con mesura, hijo, con mesura, que no está el horno para bollos; que hay mucha hambre en España –dijo mirando al techo.

Dejaron los pasajes de la Biblia aparcados en la Misión para ocuparse de algo más trivial, así que, tomando de la mano a la que sería la madre de todos sus corderos, salieron a la calle. Entre las palmeras reales de la plaza se dejaba ver el reloj de la catedral, en el que faltaban diez minutos para las dos: <<La hora del aperitivo>>.

-Vamos, es la hora de tomarnos algo en el Chiringuito – dijo acelerando el paso ante una  “Escopetilla”, que había aflojado la marcha por los maullidos lastimeros salidos de un macizo de hortensias.

Cruzó la calle en busca de una “Cruz Blanca, bien fría”. <<O por lo menos fría, no iba a ser tan puntilloso>>, pensó sonriendo en el momento que traspasaban la puerta del Chiringuito. Lo había frecuentado alguna vez con Zarzosa y otros compañeros en su primer viaje a Guinea. Se acordaba de sus atardeceres, sentado en la terraza contemplando cómo se perdía el sol más allá de la bahía, y ahora quería verlos de nuevo junto a la mujer de su vida.

– ¿Qué vas a tomar cariñín? -le roza la punta de la nariz con el índice.

– Un refresco y unas aceitunas… -contesta, agarrándole el dedo al vuelo.

Él bromea con eso de que está muy flaca y que no va a tener donde agarrarse, mientras se mira el anillo que lleva en el anular. Ella extiende la mano junto a la suya y le dice que no volverán a mirarse así, los dos juntos, las alianzas hasta las bodas de plata y luego hasta las de oro, para ver cómo el paso del tiempo ha dejado su huella en ellas; apreciarán el desgaste del oro y el deslucido brillo que entonces tendrán, y será algo bueno, pues querrá decir que aún siguen juntos. Y mientras bebe, la mira por encima del vaso de cerveza y sabe, “casi” con certeza, porque el “casi” se lo deja a Dios, que volverán a extender las manos una junto a otra, en esa cuanto menos singular cita…

 

 

 

May 222014
 

 

manolo astillero

Sin permiso del autor de este correo que me llegó hace unas horas,me he permitido dejarlo en “La Isla” para tod@s los que vivisteis esos años maravillosos, en esa tierra tan querida ,y para los que no la vivieron, pero la han llegado a amar  a través de las páginas de La Sombra del egombe egombe.
Gracias MANUEL TORIBIO por lo que has dejado aquí.
Un beso

MUCHAS GRACIAS QUERIDA NIÑA BLANCA GELINDA

 

 

 Querida amiga Linda: Muchas gracias por haber creado esa obra tan bonita de  ” La sombra del Egombe-egombe “. Hace un par de dias que  terminé de leerlo y te digo que si habré disfrutado con él, que en la edad que tengo  74 años, es la primera vez en mi vida que leo un libro con tantas páginas. Es un verdadero ladrillo jajaaaaaaaaaaaa. Me he emocionado mucho, con los episodios de nuestra guerra civil y los niños de la posguerra, pues yo he sido uno de ellos. Me he reído un jartón con las travesuras  e investigaciones de ” La niña blanca Gelinda ” y el bueno y borrachín de Pantaleón y ha sido un auténtico placer el pasearme por toda la isla y el continente, acompañado de OJOS DE GATO, LA ESCOPETILLA, TATIN Y LA NIÑA BLANCA GELINDA. 

     Como colofón te diré que sin proponértelo me has inmortalizado en tu libro y me siento muy honrado, máxime haciéndolo  junto a mi  Teniente D. Manuel Astillero, ya que en esa foto que has incluido al final y que yo guardo con mucho cariño, de la arriada de nuestra Bandera el 11 de Octubre del 68, estamos mi suegro y yo  delante de la vivienda de nuestro Cónsul, que es lo que indica esa placa que se observa en la pared. Como la foto está muy oscura solo se me ve un poco la camisa blanca y la corbata negra y mi suegro con cubana clara remangada por encima del codo, delante mía.  En la foto original se me ve perfectamente con mi acharolado y el uniforme.

       Bueno Linda, como te digo al principio muchas gracias por esta joya que nos has regalado, pues como dice Tatín todos los que hemos estado en aquel paraíso y lo amamos tenemos, un trocito en tu Egombe.Egombe. Ahora como tú dices ” Cuando no tenga otra cosa mejor que hacer “, cogeré mi ladrillo para deleitarme durante unos minutos, con la lectura de cualquiera de sus pasajes. 

         Que Dios te bendiga y bendiga a todos los tuyos, te de mucha salud y te siga iluminando para que sigas  creando obras tan bonitas como esta. 

          Un besote muy fuerte para ti y un abrazo para el muchachote de” Las gafas de espejo “, con todo mi cariño. El abuelo M. Toribio”.

     

Oct 242013
 

 

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5 – 10 – 1945

Querida Sarita:
Como ves te escribo aprovechando que baja el camión a esa, tal y como lo habíamos acordado. Con el mismo te mando unos aguacates que desde luego son peores de lo que me creía.
El viaje para esta lo hicimos muy bien. Paramos un rato en Niefang donde comimos en casa de Rodríguez. Todavía no nos habían serrado el ébano en Abascal, con lo cual lo del bar se retrasará un poco. Veremos a ver si ahora en este viaje nos lo suben.
No se te olvide mandarme la tela que compré y, sobre todo, se la das a Alejandro bien envuelta en papeles o lo que sea, ya que este la meterá debajo del asiento y cabe la llene de grasa o aceites, pues ya sabes lo marranísimos que son. Así mismo, dile a tu padre recoja o mande recoger, en el juzgado, el cheque que hablamos, o mejor dicho el que ha de suplantar al que Barri perdió.
Yo por esta bien. Sigo trabajando en todas las cosas que por aquí tenemos a medio hilván y también hago alguna cosa en tu mueble, si bien poco me queda hasta no tener el ébano que te digo anteriormente.
Contéstame con Alejandro y dime si ya se te quitó la fiebre.
C4m4 – r2c4rd1r1s – t2 – d3g2 – q52 – l1 – c2n1 – q52 – 1 – B1rr3 – 3 – 1 – m3 – n4s – h1b31 – d1d4 – 1rr32t1 – 2r1 – d2 – l1 – d2 – l1s – gr1nd2s – r2c2pc34n2s. – B1rr3 – m2 – s1c4 – l1 c4nv2rs1c34n – 1l . s5b3r – 3 – m2 –d3j4 – q52 – 2l – s5b34 – 1v2rg4nz1d4. t1nt4 – 2s – 1s3 – q52 – p32ns1 – q52 – n4 – v4Lv2r1 – 1 – c4m2r- mjs-2n- s5 – c1s1 – p52s – n4 – q532r2 – s2 – g1st2 – 2N-5N-PIR-D2-h52V4s-FR3T4s p1r1 – 4bs2q531rl4. –d2sd2 – L52G4- T32N2 r1z4n – t4d1 – v2z- Q52- $2g5n – 2l – l2 – h1 – 4bs2q531d4 – m5ch1s – v2c2s – 2n – s5 – c1s1, – 3 – s32mpr2 – s2 – 2sm2r4 – p1r1 – q52 – s1l32r1 – c4nt2nt4-.2N-R2S5m3d1s – c52nt1s -Q52—F52-5N1-R3d3c5L2z.
Ya me dirás si has vuelto a salir con Elena y su tormento y qué es lo que han dicho de mí con respecto a lo de la otra noche. No dudo de que me haya juzgado como a un fresco, en lo que quizá no se equivoquen. Nada más te diré por ahora, de forma que no te olvides de los encargos que te hago, sobre todo lo de la tela para que yo me haga un uniforme ñanga ñanga* en esta capital de Evinayong.
Recuerdos en tu casa y tú ya sabes que te quiero, y que “hago muy buena cabesa”* por cumplir con tus deseos. Como verás, por complacerte te escribo a mano.
Ángel

Ñanga ñanga*, en el dialecto fang: elegante, bonito

“Que hago muy buena cabesa”: expresión del negro guineano para dar a entender que es una persona seria y sensata.

Ago 282013
 

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Hace unos dias que hemos roto el cordón umbilical que durante tanto tiempo nos unió.Ocho años de mi vida junto ti contra viento y marea.Te dediqué mucha horas,y acambio tú soportaste mis malos humores y la pereza que a veces me embargaba. Te amé y te odié en la soledad de las madrugadas,en las tardes aburridas y en las mañanas dormidas.Juntos hemos visto pegar la lluvia en el cristal,caer la nieve por esos caminos de Dios,y brotar la primavera.Hemos cruzado las aguas del oceano,y volado al otro lado del mundo siempre juntos…Hoy me siento extraña;como si me faltara una parte de “mi yo”…y aunque es cierto que ya tengo otro intentando ocupar tu lugar,mi neurona se resiste a compartir otras vivencias que no sen las tuyas,y mi corazón se rebela ante la inseguridad de otra union que no sea contigo. En fin,querido manuscrito !que lo nuestro se acabó! No tardarás mucho en salir a ver el mundo,y a que el mundo te vea a ti. Te deseo de corazón que a partir de ahora vayas haciendo amigos allá donde vayas. No rechaces a ninguno. abrete a ellos y muestrales tus sentimientos sin tapujos;tal como eres.Que sepan lo que te contaron, y lo que viviste.
¡Buena suerte querido Libro!

Gudea de Lagash

Mar 102013
 

 

padre fuentes

-Niña blanca Gelinda…-llamó Pantaleón sentándose en un escalón más abajo, por no caber los dos en el mismo. Desde donde estaban se veía toda la bahía punteada de cargueros y remolcadoras- Niña blanca Gelinda…- llamó de nuevo.
Pero ella no se giró. No quería que la viera llorar, así que cerró los ojos con fuerza y secándose las lágrimas con el dorso de la mano, se volvió hacia él dejando escapar un suspiro.

-¿Qué quieres? –le preguntó mirándole a los ojos. Unos ojos extrañamente despiertos. Y su olor…. ¿Donde había dejado esa mezcla de olor a “mueble bar y puromoro”?
Le vió meterse la mano en uno de los bolsillo, peleándose con el pequeño espacio entre la balaustrada, y el recodo de la escalera.

Tú esperar…– le dice levantándose sin dejar de rebuscar en el bolsillo- Toma. Tú guardar siempre niña blanca Gelinda, para protección. Mami Watá siempre contigo. –En la palma de la mano un pequeño colgante de la diosa de los ríos y los mares, con forma de sirena y melena alborotada, ensartada en  una fina cinta de piel de mono, esperaba la reacción de la niña.

-¿Es para mí? – le preguntó asombrada.

– para ti…Si señora no querer que tu llevar Mamí. Tú llevar siempre en bolsillo…Protección para ti…bueno para ti…

-Gracias…-dijo cogiendo el amuleto. No podía mirarle a la cara sin llorar así que no le miró, pero se colgó de su cuello dejando escapar un “nunca te olvidaré”, que hicieron que el hombre se tambaleara como si hubiera bebido – Pantaleón… ¿Por qué no hueles raro hoy?

– Hoy no- Dijo empezando a bajar los escalones.

-Pantaleón…

-¿Qué?

-Toma. Para ti…-le dice alargándole el horrible gorro de tela, color garbanzo.

-Gracias niña blanca Gelinda – y guardándolo en el bolsillo, acabó de bajar los escalones cruzando la carretera para perderse bajo el arco de entrada del campamento. Ni una sola vez se volvió a mirarla, en cambio ella no le quitó los ojos hasta que lo perdió de vista.

 

……………………………………………

-Papá…

-Dime Gelinda.

-¿Por qué siempre que hago amigos luego acabo perdiéndolos? Siempre los tengo que dejar…

-Ese es el inconveniente del trabajo de tu padre. Alguno tenía que tener, pero no te preocupes que algún día os encontrareis de nuevo.

-Siempre me dices lo mismo…además no creo que a este amigo me lo encuentre en otro sitio.

– Ya verás como en otro destino os volveréis a ver –contesta pellizcándole la cara, sin imaginar que a quien ya estaba echando de menos era al desastre  de Pantaleón.

-Si tú lo dices papá…Mira, me lo ha dado Pantaleón –el pequeño amuleto bailaba entre los dedos de su mano.

-Un bonito colgante de Mami Watá.

-¿Crees que mamá dejará que me lo ponga?

– No lo creo. Mejor guárdalo cariño. Vamos a entrar en casa, que mañana tenemos que madrugar porque nos esperan tiempos de cambios…

Esta vez no hubo huevo de pato, eso era algo de tierra a dentro, pero si una emoción apenas contenida al escuchar de labios de Pantaleón “Masa, tú mejor Masa. Tú volver”, a lo que solo acertó a responder con un rutinario “hasta pronto” porque sabía que como siempre, era difícil, que sus vidas se cruzaran de nuevo…

Tiempo de amar…tiempo de sentir…tiempo de soñar… tiempo para el adiós.

 

 

Nov 192012
 

cuatro muñecas

 

 

…………..Miraba por la ventana harta de estar encerrada. Era tiempo de lluvia; una lluvia  pesada e intensa que lo calaba todo sin cuidado, haciendo que ese domingo fuese aburrido y odioso. Las gotas se estrellaban en el suelo, redondas y gruesas como monedas de chocolate. Por las ramas del egombe-egombe enraizado en el centro del jardín como un inmenso paraguas, el agua resbalaba ahogándose en la tierra. Bajo la jacaranda una alfombra de flores azules cubría la hierba, y el seto de hortensias que colindaba con las ruinas del viejo hospital dormitaba con el runrún de la lluvia al caer. Caía tanta agua que pronto la “fértil tierra roja”, como decía su padre, se convirtió en un potopoto pegajoso que ponía perdidos los pies descalzos de los negros ,y los calzados de los blancos. Una escolopendra recorría el marco de la ventana sin prisas, en dirección a una araña de patas largas que permanecía quieta en su tela en un punto de la  mosquitera:
-Ven, que pareces tonta ¿Es que no ves que te va a comer? – dijo cogiéndola con dos dedos lo más suavemente que pudo. La  escolopendra se revolvió asustada, pero  no la soltó hasta que encontró un rincón lejos de la araña y luego salió al pasillo pasando la mano por toda la pared, mientras cantaba a media voz el caracol…col…col… hasta llegar a la leonera, como llamaba su madre al cuarto donde tenía los juguetes.Miró por la puerta entreabieta,con el mismo sigilo que un piel roja entre unos arbustos acechando a su presa. Con la voz Nicola Di Bari perdiendose por la casa su hermana rodeada de azulejos a medio pintar,le daba los últimos retoques al vaporoso tutú rojo de una bailarina de ballet, de brazos abiertos, y piernas en posición de flamenco rosa. Un ligero olor a ajo crudo flotaba en el aire; sobre la mesa, entre pinceles y tubos de óleo, había un plato con tres dientes a medio usar. No tenía ni idea de por qué  antes de empezar a pintar, frotaba el azulejo con ajo…La verdad es que le importaba un pimiento…
Se acercó a la ventana de lejas de madera  apuntalada por el listón, que la abría al cielo, y sacó el brazo por el lado en donde la tela de mosquitera se había roto a fuerza de horadarla con el dedo, recreándose en el agua que resbala como el azúcar glas sobre un brazo de gitano, sin importarle la reprimenda que le echaría su padre si la viera:<¡Te he dicho una y mil veces que no agujerees las mosquiteras porque los insectos nos van a freir!> Le parecía estar oyendo. Ya nunca le preguntaba si de mayor sería una “depavrada”, tal vez porque le gustaba más lo de “rebelde sin causa”,como la llamaba ultimamente, aunque en el fondo aún quería ser reina o peluquera. Con la nariz pegada a la mosquitera  vio pasar, cuesta abajo y sorteando los regueros, a un moreno que intentaba resguardarse de la lluvia con un cartón. Una mininga estaba parada bajo el arco de entrada al campamento, con un monguito a la espalda, y otro en el vientre, aunque ella eso no lo sabía porque estaba de pocas semanas. El pequeño dormía plácidamente sin enterarse de la que estaba cayendo. Frente a la ventana y de nuevo cuesta abajo, pasó una bicicleta con dos morenos jóvenes, intentando escaquearse del agua con una hoja grande de malanga a falta de nada mejor, a la vez que ella bostezaba adormecida por el rumor de la lluvia…
Tatín levantó la vista de lo que estaba haciendo y observó a su hermana, que apoyada en el quicio  miraba absorta hacia la calle:< Lo cierto era que, a pesar de ser una mocosa entrometida, la quería; No lo podía remediar…> pensó con media sonrisa en los labios.La pequeña se giró y ella volvió a la bailarina del azulejo. Limpiaba un pincel cuando la vio rebuscar en la estantería de puntillas, y sin decir ni pio sacó el álbum de cromos de su amigo de Bimbiles yendo a sentarse en el suelo junto a la ventana, mientras al otro lado de la mosquitera la lluvia caía a chorros gruesos como rodajas de yuca, estrellándose en el suelo, formando un ruido ensordecedor,  en el instante en que el reloj de pared del comedor, que una vez hizo su padre, daban las cinco.
Y así pasaron la tarde; una tarde larga y tediosa: ella echando en falta a su amor adolescente, y la mocosa de su hermana a su compañero de juegos.

 

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la Sombra del Egombe egombe Amazon.es

Feb 102012
 

 

 

 

………….. Junto al eco de la guerra alcanzó a oír tres campanadas del reloj de alguna iglesia que no quería enmudecer:””todavía faltan unas horas para el amanecer…””. Le echó el pedal a la moto y allí parado frente a las puertas del garaje estuvo un momento observando su deterioro; parecían hablarle bajo las capas de pintura, que maquillaban torpemente los desperfectos que el paso del tiempo había dejado en ellas. : “”no te va a gustar el trayecto…ni el destino… ni el fin; no pongas en marcha el autocar…””. – creyó oírles decir, pero las abrió de par en par, levantando los grandes cerrojos horinosos y protestones, montándose después en él. Con la primera vuelta de llave el motor respondió con un runrún agradable para sus orejas: – “no espero menos de ti…te tengo “niquelao” – farfulló entre dientes. Seguidamente le dio a las luces, que iluminó pobremente el pavimento con un haz ambarino, y metiendo la primera avanzó unos metros sacándolo de la cochera. Luego, tras poner la palanca en punto muerto, bajó y guardó la moto. Tras cerrar las puertas y ajustar los cerrojos, todo volvió a su posición habitual. Antes de subir al autocar levantó la cabeza hacia el firmamento; allí estaba con su luna y sus estrellas, iluminado una vez sí y otra también por el fuego de la metralla. Y enredando en el aire, la buena brisa envuelta en el olor de la pólvora, acariciando cuanto se encontraba a su paso. Pensó en las almas del pueblo descansando en sus lechos, los que aún podían, arropados por los sueños unos, y envueltos en sus temores otros, mientras él seguía despierto acompañado, eso sí, del sonsonete de unos perros ladrando en la distancia, seguramente orquestados por los aullidos de otro, viejo, resabiado, y callejero. Todo parecía estar en orden dentro de ese mundo de desorden, todo menos él, que esa noche tenía la sensación de encontrarse fuera del tablero del juego de la vida. Le dio unas palmaditas al volante pensando en las ironías que esa vida tenía: con ese mismo autocar en los primeros días del alzamiento, salvó, sin proponérselo y desde el anonimato, al general Mola, al que en la mañana del día anterior había visto en la plaza Mayor, junto a Millán Astray, arengando a la población prometiendo la victoria por Dios y por España. Escuchándole reflexionó en la fragilidad del ser humano y en la fuerza del destino; en lo lejos que estaba el hombre de saber que entre esa gente se encontraba la persona que le libró de la muerte a las puertas del monasterio de Irache…  Ladeó la cabeza, como queriendo desviar esos pensamientos, e hizo el sempiterno gesto de apartar ese impertinente mechón de pelo rubio, que le caía por la frente. De mala gana volvió a la realidad por desagradable que fuera. Le habían ordenado un cometido y tenía que cumplirlo… Porque una cosa era luchar en igualdad de condiciones y otra bien distinta fusilar a sangre fría, cosa que se venía haciendo desde que la jurisdicción militar había empezado a funcionar. Era una de las barbaridades de la guerra, y saber que en el bando contrario ocurría lo mismo no suavizaba el tema. Solo había un motivo que le infundía algo de valor, y era la sistemática quema de conventos, iglesias y toda persona que llevara un hábito: “todo lo que oliera a clero”… Pensó que hasta ese día había tenido suerte porque con su ir y venir de mensajero se había librado de tan desagradable tarea, así que allí estaba dirigiéndose al punto en donde tenía que recoger a los condenados para llevarlos al paredón.
El papel de un Moisés oscuro guiando “a su pueblo” a la muerte, “no le iba al pelo”; lo llevaba mal, y pedía a Dios que no le volviera a tocar semejante misión: dame fuego cruzado; lucha cuerpo a cuerpo, pero no me hagas conducir las ovejas al matadero…
Le sobresaltó, el tañido de las cuatro campanadas que el reloj de la torre de la iglesia emitió; cuatro campanadas lúgubres y lastimeras que provocaba el golpeteo del badajo contra el bronce, señalando la hora en que seis hombres acompañados de un fraile, bajaban las escalinatas de la iglesia custodiados por dos falangistas y otros tantos requetés. Cuando llegaron al autocar subió primero un falangista y esperó de pie a que entrara la comitiva precedida por el fraile, un monje joven quizá de la misma edad de “Ojos de Gato”, al que miró visiblemente compungido. El hombre fue a sentarse en el asiento de al lado llevando en sus manos un misal, y un rosario que desgranaba en silencio con la vista aparcada en sus sandalias. Tras él, subieron los infelices que por estar maniatados tuvieron que ayudarles sus verdugos.
– ¿Me das un cigarro?
Sintió su aliento en el cogote, quemándole como si algo caliente le estuviera rozando la carne y lo achacó a su propio miedo exteriorizado a través de los poros de la piel. – Espera – le dijo metiendo la mano en el bolsillo de la camisa.- Ahora lo enciendo –
De sus labios resecos, producto de la presión, despegó el pitillo acercándolo a los labios del hombre que le dio una calada profunda, haciendo centellear la brasa al amparo de la pobre iluminación del interior: “” en vez de nicotina, para estos caso deberían ser de opio”” – pensaba “Ojos de Gato”, contemplando el semblante del hombre.
– ¡Ya está bien que no tenemos toda la noche! – se impacientó un falangista situado al fondo del autocar.
– Arranca y acabemos de una vez… – musitó el condenado, que sujetaba el pitillo entre las aprisionadas manos.
Y así salieron del pueblo en dirección a Pamplona, en donde, “el Monte del Perdón”, era el final de trayecto.
Uno de los reos lleva un rato silbando “¡Ay Carmela!”, y alguien le manda callar. “Ojos de Gato” cree reconocer la voz del falangista impaciente.
– El último viaje de mi vida… ¿Me oyes “facha”?
– Te escucho…- Ni siquiera un leve ademán de volver la cabeza; no quería follón con el hombre impaciente.
– Yo era marino; radiotelegrafista de un barco mercante…Quince años de mi vida en la mar, y en todo ese tiempo he vivido y he visto cosas que mucha gente no verá, ni experimentará en su vida, así que me doy por satisfecho…¿Me oyes facha?
A pesar del “facha” con que le apodó, no había en su voz ni una pizca de odio ni desprecio, solo percibió amargura. Sin dejar de mirar a la carretera asintió con la cabeza..……
La carretera….la imaginación le llevó a la época de su vida como camionero junto Escobar, amigo y compañero en el ejército, al que todos querían por su bondad y camaradería. Fue con él, con quien aprendió a conducir en el Renaul que su padre, un desahogado transportista, le había regalado. Cuando se licenciaron a penas tenían dieciocho años, y unas vidas con distintos derroteros, porque su amigo iba a seguir el negocio familiar y él, a sabiendas de que le ascendían a sargento por haber sido el tercero de la lista, tenía en mente cursar la instancia para carabinero, porque solo aspiraba a vivir en un pueblo de Navarra sin sobresaltos, con una mujer y unos hijos, algo así como la vida de su padre…y una vez le dio curso al papeleo, y ya licenciado como sargento de la reserva, aceptó lo que Ricardo su amigo le ofrecía. Con él y su camión recorrieron las tortuosas carreteras transportando vino de La Mancha, La Rioja, Aragón y Navarra hasta Burgos; algunos días, cargaban pescado desde Lequeitio y Bermeo para Madrid pero eso eran, los menos. No les importaba las frecuentes averías en la carretera, bajo el frío del invierno.  La consigna”carretera y manta”, la llevaban por bandera, y ni el viento helado, ni la nieve medraban ese ímpetu joven, ilusionado, sin pensamiento de los duros tiempos que les tocaría vivir en el frente de Teruel. En las noches de invierno o estío, se turnaban para ocupar la litera que el camión llevaba adosada en la cabina. Pasaban por pueblos y ciudades, atravesaban valles y puertos de montañas, y en todas partes dejaban amigos y chicas bonitas a las que recordar por un beso, una caricia o simplemente por una sonrisa encantadora: “”la sangre bullía por nuestras venas como caballo desbocado, y no teníamos más deseo que dejarla correr…””
En un segundo, pasó de sus recuerdos felices a la cruda realidad, y aunque estaba acostumbrado le seguía sorprendiendo esa facilidad con que su cerebro le llevaba a revivir tiempos mejores, pero era obvio que sin proponérselo, en los momentos tensos se escudaba en los buenos recuerdos para aliviar la tensión, que de un tiempo a esa parte le invadía mas de los que hubiera querido soportar.
– El hombre seguía hablando, y él enganchó de nuevo el hilo cuando relataba el naufragio que sufrió en las Azores…
– Tres largos días estuve en la mar, agarrado a una tablón hasta que me recogió un petrolero… Hubiera preferido morir entonces…Imaginé otro final para mi vida; algo menos vil…
Llegaron al Perdón y estacionó el vehículo.  El contorno de los pinos se recortaba en el cielo que empezaba a clarear y la luna remolona se dejaba ver entre los árboles acompañada del lucero del alba. La noche se rasgaba para dejar paso a la mañana, y los condenados se internaban en la espesura porque no tenían cabida en esa mañana…Todo fue muy rápido. Se escucharon las descargas de los fusiles y luego se hizo el silencio: “ojos de Gato” se preguntaba que a quien le habría tocado la “compasiva” bala de fogueo…

Ago 202011
 

Y un barco como este le devolvería a España tras año y mediode campaña en donde naceria su rimera hija Sara -“Tatín” -para los que tanto la han querido

 

Este no es un cielo cerrado de nubes. Es un cielo abierto a uno de los bellisimos amaneceres de esa tierra.

Foto cedida por “Bitito”

Bajo un cielo cerrado de nubes de una de las primeras mañanas de abril, los besos y abrazos se confundían con la arena blanca y fina de la playa, que a esa hora del día recordaba a un cajón de arena para gatos, con el ir y venir de los pies descalzos de los negros, y los calzados de los europeos. A la ropa blanca de algodón coronada por una buena cantidad de salacots, se le sumaba el color caqui de los uniformes, y el negro lustrado de los torsos desnudos de los estibadores. Los pescadores, de frente arrugada por el aire marino, y brazos nervudos, a fuerza de arrastrar hasta la orilla sus cayucos con el fruto de ese mar agradecido por ver aflojado en algo el peso de sus entrañas, completaban la paleta de colores con el efecto perlado del sudor resbalando por la tierra tostada de sus pieles. En el fondo de los cayucos, los atunes, colorados, besugos y barracudas, abrían y cerraban las agallas de un rojo oscuro, brillante y vivo en un intento agónico y desesperado, por succionar el mínimo del oxigeno que necesitaban para vivir. Y a pocos metros de esa estampa, en el interior de la sencilla casa de madera y nipa en donde la agencia Fortuny había instalado la oficina, en una incomoda silla de madera, descansaba la escopetilla preñada desde hacia cinco meses.
– ¡Vamos, ahora nos toca a nosotros!
Ojos de Gato la tomó de la mano y ella, que había engordado más de lo razonablemente razonable para estar de cinco meses, se levantó con la ligereza de un hipopótamo hembra tras chapuzarse en el rió, y caminando como un pingüino con el huevo entre las patas, y la otra mano sujetando el salacot algo grande para su cabeza, sortearon la maraña de gente hasta llegar a la orilla en donde cuatro vigorosos negros esperaban junto a la silla con andas para transportar, seguramente, a la pasajera más bonita que ese día embarcaba camino de España hasta la gabarra que la llevaría al Dómine. Besos y abrazos de todos enredando, eso si, el último abrazo entre los bolsillos del alma; allí estaría hasta cuando regresaran al cabo de seis meses con el miembro más pequeño de la familia. ¿Un niño? ¿Una niña? Eso se lo dejaban a Dios, junto con el abrazo de vuelta.

Ago 202011
 

 

El brindis de “Ojos de Gato” nunca faltó en la cena familiar de la Noche Buena…

 

 

 

Fuera de la taberna el barullo era tremendo. En su interior, olía a vino peleón y a pacharán, a chistorra y pan de hogaza recién horneado, todo ello envuelto por un penetrante aroma a setas. Inspire profundamente, y la boca se me hizo agua, mientras mi estómago soltaba un gruñido recordándome que en todo el día, solo le había metido un triste bocadillo. El local estaba “hasta la bandera” pero no nos importaba, decididos como estábamos a conseguir nuestro objetivo: un rincón en algún lugar de la taberna. Fernando, encabezó la expedición y nosotros le seguimos, por el estrecho espacio que dejaban las mesas atestadas de parroquianos; sorteando con pericia la tripa del tabernero y sus fuentes de chistorras, llegamos a una mesa, situada al lado de la cocina, de la que cuatro falangistas levantaban el vuelo. Reconocí a uno de ellos, era el muchacho de los granos en la cara y su aire de “gallo peleón,”que, como la vez anterior, iba ajustándose el correaje mientras hablaba a voz en grito, para hacerse oír en medio de aquella algarabía.

– ¡Tabernero! — Dijo Fernando, agarrándole del brazo, y poniendo en peligro todo lo que llevaba en las bandejas- ¡Tabernero, venga unos chatos! ¡Y tráenos de todo!

– De momento van unos chatos… ¡Marichu, trae unos chatos a esta mesa, gritó mirando hacia la barra. Al poco rato, apareció una muchacha, con la cara llena de pecas, y una mirada profunda y aterciopelada, que a mí me recordaba a la de un cervatillo asustado. Sin decir palabra nos dejó el vino en la mesa y sonriendo con timidez, se marchó. Pensé que ni los modales ni su carácter encajaban en el ambiente, era como “una margarita, en un campo de coles”.

¡Vamos a brindar, por nosotros! ¡Porque cuando acabe todo, volvamos a reunirnos en este mismo lugar! — Mientras Fernando hacía una exaltación de la amistad, chocamos los vasos y brindamos porque se cumplieran los deseos del bueno de mi amigo. Al rato llegó el tabernero con un par de fuentes repletas «de todo,”como había pedido Fernando. Y comimos, bebimos y disfrutamos de aquellos momentos, conscientes de que quizá no volvieran a repetirse. Alguien empezó a cantar: “los estudiaaantes naaaavarros, chimpón, jodete patrón, saca pan y vino chorizo y jamón y un porrón”.. .Y al momento, todos le seguimos. “Cuaaandó van, a Iaaa, posadaaa ,Io primeeerooo, queee preguntan, chimpón, jodete patrón, saca pan y vino, chorizo y jamón, y un porrón, dooondeee duerme la criaaadaaa, y si no tieeenen criaaada”… No sabía si era por las circunstancias, pero esa jota estudiantil que tan buenos ratos nos había hecho pasar a todos esa noche, tenía un significado especial: con ella nos despedíamos de los «días de vino y rosas”, hasta Dios, sabía cuando. aChimpón jodete, patrón, saca pan y vino chorizo y jamón y un porrón, dooondeee, coño duermeee el amaaa…

– ¡Amigos! ¡Todos en pie! – Voceó alguien en el local- Todo a una, hagamos el brindis del “Curdin Club”. – Y todo el local alzó sus copas recitando el brindis.

Hermanos – dijo el que lo inició – Pensad y considerad quien os viene a visitar. El que por tierra y por mar, venció con valor humano.

¿Creéis que este que tengo en la mano es el verdadero y real cuerpo de la uva?

– ¡Si, lo creemos!- dijimos todos

¿Creéis que vino a este con tanto primor y ardor, que a un hombre sin saber hablar lo hizo predicador?

¡Si lo creemos!- con el semblante encendido, y el corazón rebosando camaradería, seguimos la ceremonia.

¿Creéis vosotros que un sastre, un zapatero y un oficial de barbero, son tres personas distintas, cada cual más embustero?

– ¡Si lo creemos!

– Pues ya que tanto creéis, decid con migo:

Señor Don Tinto, yo no soy digno de que entre en mi cuerpo tan solo vino.

Por vuestra divina palabra, que sea puro y no tenga agua ¡Ven aquí sangre de viejo! Que sabes que no me espanto aunque vengan cien pellejos.

Para ganar la gloria: con vino y con memoria

Para ganar el cielo: en casa del tabernero.” Peromnia seculan seculorum” amén. Que todos beban y yo tambien.

Desde que acabó la guerra, lo vivido en esa noche de verano le venia al pensamiento con mayor frecuencia de lo que hubiera querido; incluso a veces soñaba con ello. Se veía a si mismo con el vaso alzado, y destilando euforia como el resto de los parroquianos, a sabiendas de que cuando entraran en combate muchos de ellos no volverían a recitar el “Curdin Club”

Ago 202011
 

Este relato está sacado de las memorias de mi padre "Ojos de Gato" que fue durante treinta y dos años instructor de La Guardia Colonial de Guinea Española s


Finalizado mi permiso, en Valencia, embarqué nuevamente en El Dómine. Nos encontrábamos en plena Guerra Europea (II G. Mundial),y por tal motivo el barco llevaba tanto a babor como a estribor, una gran parte de la plancha pintada con los colores de nuestra bandera indicándo así, nuestra neutralidad. Habíamos dejado atrás las Islas Canarias, cuando una mañana al despertarme noté que el barco estaba parado. Subí a cubierta y a parte de la lluvia que arreciaba, y la fuerte marejada que se había levantado, vi que teníamos compañía: a poca distancia de nuestro buque, y a ambos lados del mismo, se habían apostado dos destructores de bandera inglesa, y acercándose a nuestro barco varias lanchas cargadas de marineros y oficiales que al llegar,subieron a bordo por una “escala de gato”. Una vez, los marineros armados, tomaron posiciones en varios puntos de la cubierta, nos reunieron a todos los pasajeros en “primera”, en donde examinaron nuestras documentaciones y fuimos interrogados, pasando después a inspeccionar nuestro equipaje en los camarotes. En el Dómine viajaba el escritor Agustín de Foxá junto con un amigo. Los dos habían estado en La División Azul, y fue a ellos a quien mas interrogaron… Sin explicación ninguna , nos hicieron dar la vuelta escoltándonos hasta Freetown , en donde permanecimos por espacio de tres días sin que se nos permitiera bajar a tierra. etec, etc, etc…………

 

Ago 202011
 


Un grupo de hausas tocando los instrumentos tipicos de su país

La semana que “Ojos de gato” pasó en la isla, no fueron suficientes para saborear el encanto de sus gentes y la belleza de sus paisajes. Se había enamorado de la pequeña ciudad de calles rectas y cuidadas, salpicadas de casas de un bello estilo colonial con galerías cubiertas y jardines entorno a cada una de ellas. Era consciente de que tendría que transcurrir un tiempo hasta llegar a la asimilación total de todo cuanto quedaba grabado en su retina, como las diferentes etnias que habitaban el barrio conocido como “Campo Yaundé”: Hausas, Calabares, Ibos, Pamues, corisqueños, annobonenses…Y otras muchas cuyos nombres escapaban a su memoria. Pero de lo que si se había percatado, era de que esas dos razas: una blanca y la otra negra, intentaban convivir en un pequeño territorio de África. La primera con el corazón lleno de esperanza de un mundo mejor que el que hasta ahora había tenido. La segunda, con la esperanza de que esos hombres blancos venidos de lejos no acabaran con las costumbres y tradiciones de sus ancestros.Uno de los rincones que más le impactó, fue el mercado. Tan lleno de vida; con sus gentes vestidas de mil colores, y hablando mil galimatías que el sabía que nunca llegaría a entender… Deambulando entre el gentío, su compañero, zarzosa, le hablaba de las diferentes etnias que llenaban el lugar. Hombres y mujeres vendiendo, comprando, o valiéndose del trueque para conseguir lo que necesitaban. Por todas partes pululaban pequeños puestos con sus mercaderías expuestas al comprador: pulseras de pelo de elefante, con un diminuto elefante de marfil como colgante, pulseras de piel de cebú decoradas con cuentas de vivos colores, o bordadas con hilo; telas de colores a las que llamaban “popós”.y con las que cubrían su cuerpo las mujeres, a modo de clothes. Aquí y allá, salpicando el mercado, como hermosas flores de primavera, unas mujeres grandes y gordas conocidas, según me dijeron, como “las mamás”, lucían los clothes, y adornaban sus cabezas con grandes pedazos de tela, con la gracia y el estilo de la más noble dama veneciana. Permanecían sentadas en el suelo de tierra, al lado de unos toscos cuencos de madera rebosantes de humeantes y aromáticos cacahuetes tostados, que hacían la boca agua. “las mamás”, esperaban al comprador, en actitud perezosa, espantando las desagradables moscas que se posaban en su brillante y grasienta piel, a golpe de un curioso matamoscas confeccionado con pelos de elefante: ¡plas! , ¡plas!, ¡plas,plas! restallaba el latiguillo aplastando los insectos contra la carne…¡plas! ¡plas! restallaba, una y otra vez…Una mujer que vendía fruta, succionaba caña de azúcar al tiempo que amamantaba a su retoño: un rollizo niño del color de la canela, que agarrado al pezón de su madre pataleaba alegremente al sol de la mañana.

-…Mangos, piñas, plátanos… Uhmmmm. El estomago de Ángel ruge sin miramientos… papayas, aguacates… Frutas, todas ellas, exceptuando los plátanos, que jamás había probado…

– ¡Ja, ja, ja! La misma cara puse yo cuando las vi, por primera vez. Son sabores diferentes, pero te van a encantar; ya lo verás.

-Pues ¡Empecemos ahora mismo con las lecciones! – Y señaló una fruta grande, verde y roja, y de aroma intenso.

– Eso son mangos. Su color por dentro es amarillo, y su carne es… como te diría yo… entre melosa y fibrosa…– Zarzosa, tomó uno y le dio una moneda a la mujer, que les dedicó una sonrisa, de dientes blanquísimos y caña de azúcar incluida.

Un líquido viscoso, resbalaba por su mano, mientras pelaba la fruta, con una pequeña navaja, recuerdo de su infancia. Hincó los dientes en la carne y al saborearla… llegó a la conclusión de que comerse un mango, era uno de los mayores placeres de la vida…..

Ago 202011
 

 

 

 

La Escopetilla con Okiri y Carola.

 

La rutina diaria que en la casa imperaba desapareció con la escopetilla danzando por ella. Sobre el aparador una flores; en el mueble bar de ébano y palo rosa que le fabricó, un reloj con el pie de la madera negra y el porta fotos con la instantánea que se hicieron en Santa Isabel en recuerdo de su boda por poderes. y en la pequeña mesa junto al sofá colonial el búcaro que había hecho con un pedazo de colmillo de elefante. La talla era bella, como todo lo que salía de sus manos. Algo que había heredado de su padre: el carabinero, el ebanista… el decorador de altares. Pero su obra más querida, la que había tallado pensando en ella; esa cabeza de mujer de cara angulosa y pómulos marcados con el cabello peinado a la moda, que una vez sacó de un tosco pedazo de ébano, reposaba en uno de los estantes de una pequeña librería, junto a “Servidumbre Humana” y “Llegaron las lluvias”. En cuanto a Capitán, el loro resabiado y altanero que un día se instaló en su casa sin saber como ni porqué, no acababa de aceptar la llegada de la escopetilla. Los celos le podían más que las galletas mojadas en leche con las que ella pretendía ganarse su confianza. Algunas veces, posado en el respaldo de la silla más alejada de “la intrusa”, con las plumas del cogote erizadas y los ojos redondos y brillantes fijos en ella, parecía decirle: “que a él no se le compraba tan fácilmente, no señor”. Otras, desde su puesto de vigía halla en lo alto, un pequeño columpio que “Ojos de Gato” le instaló tras dejarse convencer por Azpuro, planeaba las escaramuzas, como lanzarse en picado hasta la mesa, y agarrar con el pico en un santiamén un pedazo de fruta del plato de la escopetilla, saltándose a la torera las amenazas que él le profería…: – te voy a arrancar las plumas hasta dejarte pelado; cualquier día te enveneno; le voy a decir al cocinero que haga contigo sopa de loro; vete con cuidado que te quito el columpio y te devuelvo a casa de tu amo… Esta última era mano santa, aunque nadie sabia la causa pero era la única que le volvía a la cordura, y así, durante algunos días Capitán volaba hasta el balancín permaneciendo, como un trozo de madera de calabó con plumas, a la espera de que su enemiga saliera del comedor. Entonces se dignaba a bajar hasta una de las ventanas en donde un plato con galletas mojadas en leche le esperaba. Y así un día y otro, entre las excentricidades del loro y las novelas de amor de la escopetilla, la vida pasaba tranquila y sin sobresaltos; lo único que vino a romper esa feliz rutina, fue la partida de Barreal, su compañero y amigo, al que destinaron a Cogo junto a Llaurador, y el regreso de Barri a Evinayong. Si, eran felices en su pequeño mundo y no le pedían nada más a la vida, aunque esto no era del todo cierto porque “Ojos de gato” esperaba paciente a que ella dijera: – si quiero hijos. Y mientras esperaba llegó la lluvia; una lluvia intensa, abundante, torrencial, que anegaba la selva y los caminos y embotaba la cabeza de sueño si uno se quedaba un rato viéndola caer contra la tierra mojada, o columpiarse de las grandes hojas de las plataneras… Y en un día de lluvia, frisando la mañana, se aventuraron a recorrer el camino que les llevaría a Bata. Y en ese día de lluvia se subieron al viejo camión junto a Pablo y Alejandro dispuestos para la aventura…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ago 202011
 

 

Ycuando el viejo reloj de la familia Camaró...

…Uno, dos, tres. Los golpes en la puerta, devuelven a Sara al mundo real. Se levanta de la mecedora, soñolienta, intentando retener en la memoria, el extraño sueño que ha tenido, pero solo le quedan retazos. En el umbral, se encuentra Eloisa, con Esteban en brazos.Los ojos enrojecidos, la mirada, colmada de tristeza y asomando por el jersey, en uno de los brazos: un feo maratón. Sin hablar, Sara la hace pasar hasta la cocina y prepara una tila; mientras, Eloisa separa una silla de la mesa y se acomoda, dejando un espacio, para su vientre de siete meses de gestación. Durante un rato, ninguna de las dos dice nada, solo se escucha el tintineo de las cucharillas, removiendo en las tazas la tila y las palabras a media lengua, del pequeño. A Sara, la visión de ese golpe, le recuerda la marca que los ganaderos, graban a fuego en la piel de las reses, para indicar su pertenencia. Y piensa que así es como debe sentirse Eloisa: Como un animal, marcada a golpes por su dueño…

_ ¿Por qué, no lo dejas, y te vas al pueblo con los tuyos? Así no puedes seguir…- dice Sara, rompiendo el silencio.

– No puedo dejarlo… No es tan malo. Solo me pega cuando bebe. El resto del tiempo me deja tranquila… Además mi madre dice que tengo que aguantar; toda mi familia dice que tengo que aguantar, que sería un escándalo, y luego están los niños… Demasiadas bocas que alimentar… No puedo.

– ¿quieres, que mi marido hable con él? Podría decirle…

– no. Por favor, eso empeoraría las cosas. Por favor no le digas nada…

– Como quieras. – dijo Sara- Ahora, bébete la tila, te sentará bien.

…Un día de primavera. A media noche, cuando el viejo reloj del comedor de la familia Camaró, daba las doce campanadas, los problemas de Eloisa, tocaban a su fin: su marido, el guardia Pedrosa, había acabado con ellos, pegándole un tiro en la sien. Luego, el se pegó otro, introduciéndose el cañón de la pistola en la boca… todo fue muy rápido: un par de guardias forzando la puerta de los Pedrosa, gritos de alarma, idas y venidas de los hombres y mujeres que vivían en la casa cuartel… Y sangre, mucha sangre. Los sesos reventados, de Pedrosa, salpicaban la pared, y la cara de Eloisa, que permanecía a su lado con el rostro increíblemente relajado. Sara, al mirarla pensó, que si no fuera por el pequeño orificio que la bala había abierto en su sien izquierda, se hubiera dicho, que estaba dormida… Así, con el cuerpo de lado y el brazo izquierdo, medio flexionado, cerca de la cabeza, realmente parecía dormida. El pelo desordenado, y el rizo que siempre bailaba sobre su frente, ahora laxo, sin vida, caía sobre la sien perforada; la bata de un desgastado azul marino, no conseguía tapar el abultado vientre, cubierto por un camisón de franela, que en otro tiempo, debió de ser verde con flores rosas, pero que con el uso y los lavados, color y estampado, parecían haberse fundido en perfecta comunión…

Al fondo del pasillo, tres pares de ojos, miraban asustados sin comprender: Magdalena, la hija mayor de seis años, tenía en brazos al pequeño Esteban, mientras Sebastián de tres, buscaba protección detrás de su hermana…

Se llevaron a los niños, y alguien trajo a la partera, en un intento de salvar al nonato, pero nada pudo hacerse: siete meses de gestación, no fueron suficientes para plantarle cara a la vida, y tampoco, ayudó mucho, el tiempo que había pasado desde que el corazón de Eloisa dejó de latir…

May 302011
 


-¡Vamos Gelinda no tengas miedo! – dijo “Ojos de Gato” a la niña persignándose con la mano mojada.
– No “teno miezdo”-parloteó a la vez que negaba con la cabeza.
– ¿ya “has hecho mi”?
La mano en la frente y después en un hombro para indicar a su hija lo que debía hacer .Y Gelinda se agacha perdiendo el equilibrio. Se cae de bruces pero no llora. Se ha llenado de arena la cara y la boca y sus dientes de leche mastican los granos de arena para luego escupirlos. Se levanta de nuevo ante la mirada atenta de su padre con toda la dignidad de la que es capaz una niña de dos años, para seguir las indicaciones de “Ojos de Gato” que se agacha una vez más con la nena de una mano, hundiendo la otra en el agua para luego seguir paso a paso la señal de la cruz con su hija.
-Ahora si “has hecho mi”- dice riendo. No sabe por qué la chiquilla ha decidido asociar la señal de la cruz con el “hacer mi”, y piensa que quizá tenga que ver con la misa; con ese “vamos a misa” que ya forma parte de las palabras amigas.
– ¡Agárrate al cuello de papá! ¡No tengas miedo!
– No” teno miezdo papá”-le dice la niña aunque no era del todo cierto.
Su pequeño corazón latía con fuerza ante un bautismo de mar más allá de sus tobillos. Nadie se lo había explicado porque debieron pensar que era demasiado pequeña para comprender el significado de “hacer, o no hacer pie “en el agua. Nadie se lo había explicado pero ella lo intuía por el empeño de su padre en que no se soltara de su cuello, cosa que no pensaba hacer. Le parecía que cabalgaba a lomos de un delfín, si hubiera sabido lo que era un delfín. Aferrada a “Ojos de gato” que nadaba despacio, Gelinda tragaba y escupía pequeños buches de agua salada, y a ella le parecía que se bebía el mar con todos sus habitantes y que la barriga se le llenaba de sirenitas y caballitos de mar, que si sabía lo que eran porque los veia todas las noches en sus sueños.
Volvieron a la orilla en el momento en que el sol se dibujaba en el horizonte. El mar había devuelto a un padre orgulloso del bautismo de agua de su hija, y a una niña tiritando de frio y con la piel arrugada como la de un garbanzo a remojo. En su cara chiquita los finos labios amoratados le regalaron una sonrisa.
-¡Ya eres mayor! – Se lo dijo al oído mientras la envolvía en una toalla- ¡Esta es mi niña! Y la beso en la frente y ella se acurrucó al calor de esa toalla entre los brazos de su padre. Se sintió el ser más feliz del mundo, si ella hubiera sabido lo que era el mundo. Cerró los ojos y se quedó dormida con su “ya hecho mi” entre las hazañas más notables de su corta vida. Algo le decía que ese bautismo de agua se quedaría hasta el fin de sus días en el fondo de su alma y en algún rincón de su “neurona amiga”.
Con el final del verano llegó un nuevo destino y la promesa escrita en una carta enviada, por el ayudante del Primer Jefe de la Guardia Colonial, pidiendo su regreso a Guinea. Vendieron el hogar, dijeron adiós a la niñera Vicenta, de la que Gelinda se llevaba como recuerdo una pequeña cicatriz en el labio superior tras descuidarla en el suelo empedrado de una calle, por tontear con el soldado de sus “entretelas”. Y dejaron a Sara en Forna la aldea que la vio nacer y en donde quería morir, no sin pena pero comprendiendo la necesidad de encontrarse con ella misma y con sus recuerdos, y partieron en El Dómine a las Canarias en donde La isla de La Gomera los acogía con su mejor sonrisa.

Mar 142011
 

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La foto es diminuta, y se encuentra en muy malas condiciones, pero aún así puede verse a “la Escopetilla” con la sombrilla y sus “ojos de china”…

Ella echó a correr sin pararse si quiera a a recoger la sombrilla caída en la hierba, corta y rala, de la explanada del campamento. Él se quedó con las palabras a medio hilván y el cuerpo a horcajadas del otro amor de su vida. Esa Harley que lo embaucaba con el plácido ronroneo de su escape que a esa hora del atardecer centelleaba por obra y milagro de un rayo dorado del sol de las cinco.Afianzó el maldito pasador y levantó la vista a las copas de las palmeras que bordeaban la tapia del recinto. El barullo era colosal porque cientos de golondrinas de pecho amarillo regresaban a sus nidos de barro, anclados en lo más alto de cada tronco para descansar hasta el nuevo día. Echó un vistazo al Cuerpo de Guardia, en donde al verlo entrar los hombre tiraron el tablero del “mangala”, al ponerse en posición,esparciéndose las semillas por el suelo. Con un gesto de la mano a modo de “descansen”y un “recoger todas las piezas del suelo que alguien se puede partir la cabeza”, enfiló las oficinas con el pensamiento puesto en “la Escopetilla”. Se les había hecho un poco tarde por culpa del pasador. ella le había dicho”si nos retrasamos me van a matar”. Pero no podía regresar sin él. Al subir la marea lo habría perdido para siempre, y menudo jaleo. Ahora se sentía incómodo con la situación así que tendria que ir a casa de su compañero a dar una explicación por la tardanza. Claro que si no la hubiera abrazado tanto y tan fuerte… Si hubiera llevado el pelo recogido como a él le gustaba, tal vez no se habría enredado…o tal vez la aguja del pasador simplemente estaba mal sujeta…Tal vez…No llegó a entrar a la oficina. El pensamiento de que si no daba una explicación al viejo Camaró llevaba las de perder por partida doble, le hizo apresurar el paso. Conocía bien a “masa gasolina”, que haciendo honor al mote con el que los negros le habían bautizado,explotaba con facilidad aunque después no fuera nadie, pero hasta que se le pasaba el arrebato… Y es que se esfumaría la la confianza que su compañero había puesto en él dándole el consentimiento para casarse con su hija.Lo divisó sentado en el porche en uno de los incómodos sillones de estilo colonial con los que habían amueblado todas las viviendas de los campamentos de Guinea. Y no pudo menos de sonreír pensando en el cerebro del lumbreras que lo decidió….
No pudo contar lo sucedido. La mano de su padre le cruzo la cara sin darle tiempo a reaccionar.
– No te da vergüenza. Una hija mía por ahí a estas horas con un hombre por muy novio que sea.
Las palabras de su padre rebotaron por la habitación. La cara le ardía y tenia unas tremendas ganas de llorar, aunque no sabia si por el bofetón, o por el orgullo herido que era mucho. Se tragó el llanto que pugnaba por salir de su garganta y lucho para que ni una lágrima resbalara por las mejillas rojas como los pétalos de una amapola de verano.
– No hemos hecho nada malo…- contestó intentando que su voz sonara lo menos insegura posible- Perdió el pasador y no quería regresar sin el, eso es todo…
– Te quedarás en tu cuarto hasta que yo te lo diga. Y ella se esfumó por el pasillo hasta su habitación.
-Dime Sarita¿le has dicho la verdad a tu padre?- Sara hablaba con la mirada fija en los ojos de su hija. Si le mentía ella lo sabría enseguida porque la niña no sabía mentir. Lo hacia muy mal. Sabia muy bien cuando esos ojos achinados no decían la verdad porque se agrandaban milagrosamente.
– He dicho la verdad. No ha pasado nada malo.
Y ella la creyó mirando esos ojos rasgados con los que Dios la habia dotado.
“Ojos de Gato” le explicó, y Salvador, el viejo Camaró, confió en su compañero de mirada limpia, y abrazó sincero. El padre dijo a la hija”perdoname, pero te quiero de vuelta a casa antes del atardecer. El padre dijo”perdoname” pero no quiero que vuelvas a subirte a esa Harley o te llevarás otro bofetón y alguna sorpresa más.El padre explotó haciendo honor al mote de “masa gasolinas”, para luego ser una balsa de aceite.
“Perdoname”, pero ¡ni se te ocurra subirte a esa Harley!

Mar 012011
 

Y él la vio alejarse con el pequeño entre los brazos en la barcaza atestada de gente…
Volvió la cabeza al frente, como el resto de los hombres de la Compañía…

Y el la vio alejarse con el pequeño entre los brazos en la barcaza atestada de gente. Allí de pie con el resto de los guardias en formación y con la impotencia que da el cumplir ordenes,la vio volverse una vez más antes de zarpar.La retuvo en su retina hasta quedar confundida entre un barullo de masa humana. Su pelo del color de la arena dorada de esa playa por la que tantas veces pasearon al ponerse el sol, desapareció totalmente de su vista. Volvió la cabeza al frente, como el resto de los hombres de la Compañía, y volcó toda su atención en la bandera. En esa bandera que durante largos años… larga noche de los tiempos, ondeó en esa tierra en la que dejaba sangre de su sangre bajo el suelo del Campo Santo y a la sombra de unos crotos que “Ojos de Gato, su abuelo, plantó para ella, y con la intención de salvaguardar sus infantiles restos de alimañas, salteadores y brujerías. Un picazón en las mejillas, lo volvió al mundo de los vivos haciendo que se frotara la piel, maldiciendo a los mosquitos y a la madre que los parió, pero la humedad en la yema de los dedos le dijo que eran lágrimas la causa de ese escozor.El repique de los tambores y el sonido de las trompetas cortaron el aire limpio de la mañana. Luego volvió;volvieron la espalda a esa playa por la que pasaron aquellos que más querían, y a ese Ciudad de Pamplona que los llevaría a la tierra de sus mayores , porque decir”España” no podía. No podía ni él ni ninguno de los componentes de la Compañía Móvil que allí se quedaban .
Salieron de la playa y al cruzar la carretera un silencio mortal pareció haberse adueñado de todo. Ni el graznido de un pájaro, ni el chillido de un mono, ni el ladrido de un perro…nada, solo silencio y el murmullo de las olas rompiendo en la arena envolvía el campamento. Se miraron unos a otros y comprendieron sin necesidad de palabras el sentimiento de desaliento que albergaban en sus corazones, y la sensación de desamparo que flotaba en el aire como una losa…¿Que habían hecho mal? ¿Por qué? tenían que salir de aquella tierra que siempre fue suya sin más ¿Por qué? ¿Por qué?

Al amanecer llegó al Campo Santo y buscó la tumba de su pequeña.Le costó encontrarla porque el bicoro se había comido el cementerio, siempre lo hacía si no se le mantenía a golpe de machete, y con todo ese jaleo nadie limpiaba el lugar. Pero la encontró gracias a los crotos, ahora enormes, y frondosos, que una vez “Ojos de Gato” planto. No movió ni una rama,para que..no necesitaba hacerlo para decir “adiós pequeña”…adios.Despues se unió a la Compañía y atravesaron el espesor del bosque para embarcar lejos del campamento, de esa playa y de ese mar con el corazón ahogado de emociones y el alma hecha un guiñapo.
Aún hoy se preguntan el motivo de esa salida furtiva “como ratas abandonando el barco que naufraga”.
Aún hoy se preguntan el por qué no dejaron que cruzaran esa playa con la cabeza muy alta y la bandera ondeando al viento.

Aún hoy se preguntan…