Feb 212016
 

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       ACLARACIÓN:

Maruja Casas no es otra que Sarita “la Escopetilla” y CARLOS VELEZ  es Ángel “Ojos de Gato”. Al principio de empèzar a cartearse, “Ojos de Gato” decidió que los dos tendrían un seudónimo por si alguien leía las cartas. Muchas iban en clave, después,cuando se hicieron”novios formales”, ya usaron sus verdaderos nombres: Ángel y Sarita.
¡Cosas de aquellos tiempos!

 

 

Srta. Maruja Casas, Bata

Apreciada y simpática Maruja:
Ayer sábado recibí por mediación del correo de Niefang tu carta escrita el dieciséis. Ha tardado desde luego más de la cuenta, pero esta vez queda justificado el retraso porque no vino el día veinte la guagua, al parecer por falta de gasolina. Por el contenido de la tuya sé los muchísimos rompimientos de cabeza que te proporcionan las innumerables novelas que tienes que meterte en la mollera, durante tus horas de aburrimiento. Tienes tiempo de sobra para, como te digo, llenarte la mollera con toda la colección de “Rosa y Pueyo”, para luego meterte en el papel de cada una de las heroínas de dichas “novelas rosas”.
Mira a ver si encuentras en alguna factoria carretes de fotos, pues como sabes, Barreal tiene una máquina y quiero sacar algunas fotos del campamento y de otros sitios bonitos de esta demarcación. Esta mañana nos hemos hecho tres: Barreal, Paquita y yo con un moreno a mi lado, pues bien sabes que me falta la señora y por tal motivo, debo tener un moreno de sustituto. Ahora, cuando bajen a primeros de mes, se pasarán por la factoría para que les digas a dónde tienen que llevar el carrete a revelar.
Me preguntas que si me aburro. Qué quieres que te diga… aunque vivo, solo he visto aumentada “la familia” con un lorito precioso que me han traído y un cara azul que, junto al titi que tengo, el boy y el cocinero, ya somos una familia respetable. Por otra parte ahora, todas las tardes me voy de caza, aún cuando lo cierto es que no “cazo” más que rasguños y más rasguños.
Nuevamente me haces alusión a los papeles de mi habitación. ¿Qué es lo que te has figurado que tengo? Pues nada de particular, solo las cosas indispensables para mi uso. No sé quién te habrá contado la tontería de que tengo cartas de otras chicas de la Península: no hay nada de verdad en eso.
No sé cuándo bajaré por ahí, pues se da el caso de que no tenemos ni una gota de gasolina, de forma que hasta tanto no nos llegue no sé cuándo nos veremos. La guagua tampoco subirá el treinta en tanto no llegue la bencina, así que no sé cómo te voy a mandar esta carta… Probablemente lo haré con Rodríguez, que bajará con cualquier coche que vaya para haberes. No te importe que lo haga por mediación de él pues como sabes, es el que suele andar con la correspondencia, y no le dará mayor importancia por enviártela junto con una novela.
¿Qué tal por la nueva casa? Ya sé que es estupenda. Yo la había visto casi terminada. Ahora una vez amueblada y decorada a tu gusto, seguro que es una preciosidad.
Si es que no he bajado para antes de que puedas contestarme, ya me dirás cómo sigue Arrieta con el paludismo. Si continúa en el hospital o bien ya salió; lo mismo te digo con lo que respecta a Chito. En cuanto a ti, espero que lo de la filaria en el brazo sea una broma…
Yo por esta sigo bien; quizá un poco más salvaje cada día, pero desde luego contento de estar por aquí. Por lo único que siento no estar en Bata es porque no puedo hacerte rabiar. Ya me dirás cuántas cosas has roto.
Y ya voy acabando, pues como quiera que en esta no sucede nada de particular, tampoco puedo extenderme en mis noticias a no ser que te cuente que “el capi” se fue al bosque, creo que a medir montes; no sabemos cuándo volverá, así que estamos solos.
Sabes lo mucho que te aprecio.
Carlos Vélez.

P.D. : Te mando “La vida es sueño” para que la leas y medites un rato.

 

 

Feb 212016
 

Ojos de Gato 001

Hoy, 12 — 4 — 1946
Querida Sarita.
Sé que no me vas a creer si te digo he perdido toda la ilusión que con relación al permiso llevaba. Cuanto más me alejo de ti, más te echo en falta y todo me es completamente indiferente. Tanto en Tenerife como en Las Palmas he procurado pasarlo lo mejor posible, mas mi pensamiento volaba hacia ti y pensaba lo muy diferente que juntos, los dos, lo habríamos pasado en este viaje. Por mi parte espero que todo llegue y se arregle a medida de nuestros deseos y que dentro de tres o cuatro meses más podamos reunirnos.
En Cadiz me encontré con el capitán Calonge, al cual lo vi muy contento. Me preguntó por todos vosotros y me dijo que cuándo nos casábamos, recomendándome mucho no te hiciese una mala jugada, de ello bien sabes que no hay cuidado. Dice que ya tiene ganas de volver, pues se encuentra sin cuartos. Desde luego te participo que la vida está muchísimo peor de lo que allí nos imaginamos.
Esta tarde salgo para Bilbao. Nada más. Te escribiré desde allí.
Te quiere mucho,
Ángel

 

Feb 152016
 

     boda tatin uno

           El tiempo pasó y acabaron renunciando a las vacaciones, esta vez porque no podían partir el primer curso de carrera de Tatín. Escribieron a Sara para decirle el motivo, y esta les respondió con un paquete que contenía una sobrasada de la última matanza y unos cuantos renglones algo temblones por la edad en los que decía: “Lo primero es lo primero, y si no me queda otro remedio que vivir un poco más para poder abrazar a mis nietas, pues esperaré”. Así que la vida siguió para ellos en el paraíso, aunque para “Ojos de Gato” esa vida ya no fuera tan perfecta. Sin saber cómo, su Tatín voló del hogar de la mano de un joven teniente tan loco de celos por ella, que una noche con luna saltó a la pista de baile en mitad del bolero Moliendo Café, que el negro Tadeo interpretaba a su manera. La arrancó de los brazos de Tim, un alemán alto y con estilo, que había abandonado la toga en Libreville para pasar unos días en casa de un importante miembro de la comunidad al que le unía una gran amistad, con un “se acabó el baile”, que dejó al abogado sin palabras y a ella alucinada. Manuel Astillero se llamaba el teniente. Un sevillano de mirada profunda y algo engreído que la deslumbró con sus maneras de oficial de academia y sus atenciones. Tan enamorado estaba que no escuchó el razonamiento de “Ojos de Gato”: “Espera a que acabe la carrera. Aún no ha cumplido los diecisiete”. Pero no quiso. En realidad ninguno de los dos quiso, aun así, un día le preguntó a su nena Tatín si realmente quería dejar esa vida felizmente despreocupada y abandonar la silla con palestra a la que tantos esfuerzos le había costado llegar, y de nuevo le dijo que sí. Ni siquiera la vio abandonar el hogar. Salió de casa de los Alonso vestida por Araceli. No la llevó al altar; fue Chito el que recorrió el pasillo de la iglesia para entregársela al hombre por el que había decidido abandonar sus sueños. Se negó a ser el padrino el día de su boda por temor a recorrer el pasillo de La Virgen de Monserrat sin poder controlar las lágrimas que de un tiempo a esa parte, asomaban a sus ojos como gallos de pelea cada vez que la miraba. Era tal la pena que tenía de perder a su Tatín que se quedó junto a San José; entrando a la derecha, con el tomavistas en la mano y la vista perdida en el velo de tul que ocultaba su cara de niña.
De la torre del campanario un grupo de palomas alzaron el vuelo, cinco segundos antes de que las campanas repicaran a boda. Y en la puerta, los sables de los oficiales formaban pasillo al paso de Tatín y su teniente, que tras partir la tarta subieron a un avión rumbo a España…

           Y el tiempo pasó….

Feb 012016
 

     05Ojos de Gato a la derecha de la foto 006

       En el recuerdo…

       …Corría el mes de agosto del treinta y seis y la guerra azotaba con toda su virulencia hasta el último rincón. Día tras día, en moto o en automóvil; bajo los rayos del sol o el claro de la luna; acompañado por el polvo del camino, el dolor y la muerte, cumplía con la misión que le asignaban. Los veía pasar, llegaban a Estella de todos los frentes; eran muchos los heridos y muchos también los muertos para ser enterrados en la tierra que les vio nacer. Pensó en María Teresa, allí en el hospital, entre “sus pobrecitos” (así llamaba a los infelices que llegaban heridos: medio muertos o muertos, le daba igual, para ella todos eran “sus pobrecitos”). Le parecía estar oyéndola con ese tono maternal que le salía de adentro, tan distinto al que empleaba para hablar de los dos… Yo tenía un camarada…entre todos el mejor… interrumpe sus pensamientos porque en esa diáspora que avanza ante sus ojos se escucha la oración de guerra que los hace uno… Siempre juntos caminábamos, siempre juntos avanzábamos, al redoble del tambor. Al redoble del tambor… Entre lamentos y silencios se alzan las voces… Gloria, gloria, gloria, victoria. Con el cuerpo, con el alma, con la novia de la mano, por la patria nuestros cantos que vuelen y el viento los lleve por allí. En España, en España, qué hermoso amanecer… En España, qué hermoso amanecer, amanecer… no se para aunque ha creído reconocer en uno de los camiones a un compañero, y le da más gas a la moto siguiendo su camino sorteando el convoy y los pertrechos de guerra aparcados al lado de la carretera y es entonces cuando une su voz a la del resto… Cerca suena una descarga, va por ti o va por mí, y a mis pies cayó herido, el amigo más querido y en su faz la muerte vi… y en su faz la muerte vi… Él me pedía la mano, mientras yo el fusil cargué, yo le quise dar la mía, mientras tanto él me decía “por España moriré, por España moriré”… Gloria, gloria, gloria victoria, en España, en España, ya vuelve a amanecer. Las voces del convoy han quedado atrás y con ellas la suya. El tañido de campanas y la silueta de Estella que se recorta en el cielo entre luces y sombras lo hacen frenar. Junto al pueblo, su viejo y fiel caballero el río Agra con sus riberas vacías de la gente alegre y despreocupada, que hasta no hacía tanto tiempo paseaba por ellas. Familias, amigos y enamorados, se cobijan en verano bajo sus árboles que ahora, a falta de gente a la que amparar del sol y pájaros a los que albergar, le costaba contemplar sin algo de melancolía. Y allí a horcajadas sobre la moto, rebusca en el bolsillo del pantalón la caja de cerillas y el paquete de tabaco. Enciende un cigarrillo y lo mantiene entre los labios, a la par que extrae de la guerrera un sobre con el membrete del cuartel general de Franco. Sin miramientos, rasga el sobre y lee rápido lo escrito: le habían destinado al frente de Toledo y estaba firmado por el general Franco Salgado. Guardó la carta en un bolsillo de la camisa y apuró el cigarrillo, contemplando el ocaso de un sol rojizo, en el que se dibuja la silueta de una bandada de pájaros que vuela hacía alguna parte sin inmutarse, ante el tronar de los cañones. A él tampoco le afecta después de tres días, con sus noches sin dormir, de un lado a otro cumpliendo órdenes. «Un par de caladas más y en marcha otra vez». Por fin habían dado contestación a su petición. A la primera patada ruge el motor y sigue su camino dando gracias al sol por dejar paso a la noche que llega acompañada de “la buena brisa”…

Ene 232016
 

       18papalelo y los monguitos

       Una taza de café de la tierra que el boy ha dejado para él, le espera sobre la mesa del comedor. A su lado, junto a la quinina, un azucarero y una caja de galletas que no prueba. «Solo el café y la quinina», es lo que piensa y es lo que toma; su estómago no admite más cuando le toca atravesar los manglares…
Rompe un nuevo día con el sol despuntando en el horizonte. Un gallo canta, después otro y otro le responde, porque todos quieren ser los amos del gallinero. De fondo, la loca algarabía de las gaviotas no consigue apagar la resonancia que, desde un egombe—egombe, emite un tucán. Arranca la moto, no sin antes asegurarse de que la Star se encuentra en la funda y el pesado salacot en su cabeza. En el horizonte, un par de barcos que se acercan a la costa; fondeados otros tantos, esperando llenar las bodegas con la buena y resistente madera de okume o la caoba dura y la samanguila, con el duro corazón del árbol del ébano… del palo rojo, del palisandro y del aves… La Harley rueda rompiendo la mañana, con esa cantinela suave de motor. Piensa en todo lo que ha corrido a lomos de las Harley a lo largo de su vida. «Mi vieja y fiel compañera», murmura frenando en seco ante el tronco comido de termitas que cruza el sendero. Se acuerda de la madre tierra y de los padres de todas las termitas, mientras empuja la moto por donde puede, hasta volver al camino, ya sin tronco. Y el poblado de Idolo se queda atrás junto al río Comgüe; se pierde entre el polvo y la vegetación. Después de catorce kilómetros más, Akalayong aparece delimitando el camino de tierra. A su llegada, monguitos de vientres hinchados por las insalubres aguas del Congúe, se acercan con los pies descalzos. Los ojos oscuros, redondos y grandes le observan con los mocos colgando; las moscas pesadas e impertinentes también se acercan a recibirle, junto con los habitantes y el jefe del poblado. Unas cuantas gallinas de bosque y tres cabras tan viejas como la madre de Matusalén, cierran el séquito. El jefe sabe; todos saben que la moto se queda en el lugar más relevante del poblado hasta su regreso: la casa de la palabra. En la orilla, un cayuco y dos negros con remos y pértigas, para según se presente el trayecto. Se alejaron del poblado perdiéndose entre los manglares: él con un huevo de pato en una mano y el molesto cosquilleo en su espalda, ocasionado por un manojo de hierba luisa, con el que el negro que tenía tras él le atizaba continuamente para espantar a las tse tsé y otros insectos. Y así era siempre: se adentraban por entre los manglares, navegando sobre aguas oscuras y quietas, envueltos en un turbador silencio. Solo el continuo latiguillo de la hierba luisa, roto a veces por el grito de algún animal o el inconfundible sonido del hacha de algún nativo devastando la selva. Sobre sus cabezas, un cielo forjado por las altas copas de los árboles formaba, junto a una maraña de gruesas lianas, un techo cerrado a la luz, sumiendo al paisaje en las sombras. Un aire opresivo y pesado hacía irrespirable cada tramo de manglar. Gotas de sudor recorrían la piel de los hombres sin pararse a pensar si aquella que recorrían era blanca o negra; si estaba protegida del sol o solo vestía su desnudez. Y al fin pisaron la tierra en donde la tse—tsé era la reina. Un Jeep le esperaba para inspeccionar los bosques de la demarcación de loro*, y tras dejar el cayuco a salvo de las aguas oscuras y quietas, se alejaron de los manglares recorriendo esa parte de la selva ecuatorial, sin que el río los perdiera de vista. Él y ellos viajaban en la misma dirección, hacia el puesto militar en el sorprendente estuario de Muni, por donde remolcadores y lanchas, a lo largo de veinticinco kilómetros, surcaban las aguas de los ríos que allí confluían; aguas profundas y caudalosas, aguas que hacían del Muni un puerto natural. En la ladera del monte el terreno pintado de verde cinabrio se veía espolvoreado por los blancos edificios de los comerciantes, que atraídos por la fiebre de la madera, habían instalado en Cogo (loro), sus factorías. Arriba, en lo más alto, un reducido destacamento de la Guardia Colonial se erigía vigilante junto al hospital y la casa de las misioneras. Pasaron por la principal y única calle del pueblo, en la que el ajetreo era mucho, entre los comerciantes madereros que acudían con sus trozas esperando a que las lanchas las arrastraran hasta los buques fondeados en sus aguas. Comerciantes del Utamboni, del Combué, y de otros muchos afluentes confluían en ese pequeño mundo, cuya vida era el río y la madera. Y ya en lo alto, la figura de un hombre rechoncho y cabezón le daba la bienvenida agitando el salacot. Era el instructor Martínez, un personaje controvertido por sus terribles cambios de humor que hacían pensar que no estaba muy bien de la cabeza. Eso era lo que se decía, aunque con él nunca había tenido problemas.
Tras la comida y una charla amable con Martínez, siguió el itinerario marcado; quería acabar pronto y regresar cuanto antes a Río Benito, que ahora le parecía el paraíso si lo comparaba con esa población.
Como siempre que ponía el pie en el poblado de Akalayong, la expresión de su cara cambiaba por completo. Ahora pasaría un buen periodo de tiempo antes de regresar a los manglares, siempre y cuando no hubiera ningún contratiempo. Y como siempre, el pequeño poblado parecía vestirse de fiesta por el feliz regreso del Masa blanco y los dos hombres de su comunidad, que con él habían partido hacia la tierra de la mosca, que llamaba a los espíritus de la noche para que arrebataran el sueño a cualquiera que se interpusiera en el camino. Danzaron, rieron y le ofrecieron leche de cabra vieja en un coco vacío, tan usado y reseco como las ubres de la cabra a la que habían ordeñado.
— No. La leche para los monguitos –dice rehusando el coco ahora decorado por una moscarda, cuyas alas al sol se veían pintarrajeadas de verde botella y violeta. Y extendiendo la mano le indica el huevo de pato que una mujer a su lado lleva con reverencia en una escudilla de barro.
— ¿Tú quieres solo huevo? —le pregunta a la vez que chasquea los dedos a la mujer, que mantiene la escudilla con la misma delicadeza que una geisha mantendría la tetera del mismísimo emperador del Japón.
— Yo quiero solo el huevo –le contesta.
Se despidió del pequeño poblado, con la mano en alto, la sonrisa en los labios y una patada al pedal, que hizo rugir el motor de la Harley. Una nube de polvo es todo lo que quedó de su paso por Akalayong; bueno, eso y el estómago de algún pequeño un poco menos vacío, gracias a la leche de la vieja cabra.
Era noche cerrada cuando llegó al campamento. La luna brillaba en lo alto y en el mar titilaban las luces de los barcos, anclados lejos de la corona de arena. El susurro del viento hilado entre las palmas de los cocoteros y el runrún de las olas muriendo en la playa, le recordaron que ya estaba donde debía estar. En la pared, junto a la puerta cerrada del hogar, una lámpara de bosque alumbraba el camino de regreso con una llama del color de los caquis madurados al sol. Y en derredor, como si ella fuera el mismo sol, unos cuantos insectos, revoloteaban con la vana esperanza de perderse en su interior. Ya en el interior, atravesó a oscuras el comedor hasta llegar a la habitación en donde un rayo de luna se había colado, sin que nadie lo invitara, por un pequeño hueco de una lámina rota de la mallorquina. Acomodando la vista a la suave luz, se desvistió como pudo tanteando cada mueble de la habitación. Junto a la cama cubierta por el mosquitero, Tatín dormía ajena al mundo en su cuna de palo rosa, protegida por su pequeño mosquitero de tul…

Ene 192016
 

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       No podía controlar el dedo; de hecho nadie era capaz de conseguir la misma cadencia que la cuerda del gramófono le daba al pesado disco de pizarra. Así que la voz profunda de Gardel, unas veces agónica, y otras babélica y aflautada, como si hubiese sustituido el azúcar del café mañanero por un buen puñado de “anfetas”, se perdía en la noche entre el perfume del ylang—ylang, que a un lado de la explanada se mantenía expectante como el cráneo de elefante junto a la bandera, y la suave luz de una luna menguante, cuando las lluvias eran benévolas con esa luna. En definitiva, que la voz del dios del tango de arrabal dependía de un pobre apéndice que, a falta de cuerda, fuera capaz de darle al disco las justas revoluciones, como justa era la falta de cuerda del gramófono por haber pasado “unas noches en la luna” gastando más de lo que debían, cosa que no parecía afectarles en lo más mínimo, a juzgar por la cita que cada noche y como quien no quiere la cosa, se daban los compañeros y algún que otro amigo en el porche de la casa de los recién casados, a los que podía faltarles la cuerda del gramófono pero no el sentido de la hospitalidad, que habían asimilado en el seno de la familia Camaró. Y a veces, cuando el nido se quedaba en silencio, bailaban a la luz de la luna o bajo el porche, cuando la lluvia quería acompañarlos, con la pactada complicidad de Agustín, el joven boy que siempre estuvo a su lado en Evinayong. Bailaba descalza, con los pies sobre los de él, poniendo buen cuidado en no pisar el suelo, por eso de las niguas y demás, dando vueltas al son de una zambra, un bolero o un tango de Gardel, que sonaban menos revueltas por el dedo diestro de Agustín que, a fuerza de darle y darle, le había cogido el truco a eso de las revoluciones. Eran felices, muy felices; más de lo que habían imaginado en su pequeño mundo de enamorados, en el que había cabida para un pequeño perro de lanas, al que pusieron por nombre Titán; y el borde de Capitán, que puso en práctica lo de: “si no puedes contra el enemigo únete a él”, y si encima te da galletas de coco, mejor que mejor… Sí; eran felices a pesar de la pincelada de egoísmo con la que le sorprendió cuando en aquella habitación del Montilla dijo: “no quiero niños, porque tengo miedo a morirme”. Pensó en su madre y la vio rodeada de sus cuatro hijos paridos y el postizo al que cuidó como suyo; la vio amasando el pan, dando de comer a los cerdos y zurciendo la ropa al amor de la lumbre en la que bullía la comida que un rato antes había preparado. Él no pretendía que tuviera la misma vida que su madre, pero sí algo de instinto maternal…
Estoy embarazada… le dijo al tiempo que despuntaba el alba. La escuchó, sin apartar la vista de la ventana por donde la lluvia se colaba alegremente, empapando el piso. No sabía si pedirle perdón por haberse quedado sin condones o bailar con ella sobre sus zapatos por toda la habitación, tarareando un vals. Se volvió y allí estaba de pie, sobre la cama, con los brazos extendidos preparada para bailar sobre sus zapatos…

Ene 182016
 

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En el recuerdo…

       ………Por muy enojada que pudiera parecer… “¡Sois de la piel del diablo! ¡Faustino!, ¡Ángel!…”, Florencia irradiaba paz.
Se limpió con el ancho delantal las manos llenas de harina. Un indisciplinado mechón de pelo, lacio y rubio, le caía sobre la frente y en sus ojos azules, asomaba una chispa de fastidio. Suspiró y pasó la mano embadurnada por la frente hasta apartar el molesto mechón.
— Venid aquí… —los chiquillos que miraban a la madre con cara de no haber roto un plato, se acercaban a ella, pasito a pasito—. ¡No me hagáis perder la paciencia! –y se sentó en un extremo de uno de los bancos que rodeaba la enorme mesa de la cocina–. Vamos a ver, ¿quién quiere ser el primero? —dijo con un movimiento de zapatilla en mano. Su pie descalzo mostraba una media negra con mil batallas de remiendos. Ángel, el pequeño de los dos hermanos, se tumbó en el regazo de su madre con el trasero en pompa y la resignación pintada en la cara: «Si no empiezo yo, no acabaremos nunca», parecía decir el chiquillo con su decisión: a sus seis años mostraba una madurez impropia de su edad. Florencia le bajó el pantalón y empezó la cuenta atrás…
— ¡Una!, ¡dos! y ¡tres! –tres sonoros zapatillazos señalaron la tierna carne del pequeño que no soltó ni una lágrima, ni si quiera un “¡ayyyy!”, solo la fina línea que dibujaban sus labios indicaban que lo que tenía herido era su orgullo—. ¡Ahora tú! –dijo la madre tirando del pequeño Faustino. Las lágrimas resbalaban por la cara sucia del niño que, con mirada de súplica, hacía esfuerzos por no llegar hasta su madre. Esta, sujetándole con firmeza le sacudió, al igual que al hermano tres buenos zapatillazos—. ¡Y ahora id a traer algo de leña! —dijo con toda la cara de enfado que pudo ponerle a los chiquillos. La realidad es que quería a su familia… Se acercó a una de las ventanas y apartó el visillo de encaje, que con tanto amor había bordado tiempo antes de la boda. Era un día hermoso. El sol lo anegaba todo: los preciosos rosales, trepando por la pared, los tomates, las lechugas, las borrajas… los árboles frutales, la hierba y hasta los bancos de madera que corrían pegados al muro tenían una luz inusual… Suspiró, desde lo más profundo de su ser, dejando escapar parte del cansancio acumulado—. Allí van los dos bichejos —dijo mirando cómo los pequeños correteaban al otro lado de la verja del huerto detrás de un viejo ganso, al que le hacían la vida imposible. Sabía que el animal, al que habían hecho alguna que otra trastada, tenía una comprensible fijación por los niños, a los que mantenía a raya a base de pico en ristre. Su cara reflejaba una sonrisa benévola cuando dejó caer el visillo. Se acercó a la tina y se lavó las manos volviendo a la masa, a la que dio forma de hogaza: una, dos, tres… así hasta seis piezas, que luego introdujo en la enorme boca del horno. Después se arrimó al fuego del hogar y echó un vistazo a la gran olla de leche que estaba a punto de hervir: leche espesa, caliente y dulce; leche de vaca rubia del valle del Roncal…

 

Ene 152016
 

plus ultra
……… El barco se alejaba del muelle bajo un cielo de fuegos artificiales y la tradicional copa de champán, en las manos de los pasajeros que celebraban la mitad del camino recorrido. Era una noche perfecta, con el suave mecer de las olas; con su olor a mar, con su gente en cubierta riendo, charlando de cosas triviales; con el telegrama de “la Escopetilla” en la mano… Con una sonrisa le dijo adiós a la isla de Tenerife y, con los ojos puestos en el papel, le dijo hola a la que ya era su mujer. Desde su rincón levantó la copa con un solo deseo: que en el camino de la vida que Dios le tuviera marcado estuviera junto a él “la Escopetilla”. Después apuró el champán en dos tragos y lanzó el cristal al mar.

          Hacía varios días que habían dejado atrás las Canarias, cuando una mañana despertó con una sensación extraña; el cansino runruneo de los motores se había esfumado y en su lugar el sonido intermitente de una sirena invadía el aire. Buscó en la litera de abajo a Eusebio, pero esta estaba vacía. Bajó de la suya despacio, poniendo cuidado en no perder el equilibrio a causa del fuerte vaivén del barco, y atisbó por el ojo de buey el inestable horizonte enturbiado por la lluvia que pegaba con fuerza en el cristal. Se vistió trastabillando de un lado a otro, poniendo buen cuidado en no caerse conforme metía una pierna y luego la otra en las perneras del pantalón; con la sahariana a medio abrochar subió a la cubierta de estribor, en donde una mañana gris y lluviosa le dio los buenos días, junto a una fuerte marejada que bamboleaba el barco como si fuera un coco vacío. Frente a él, un destructor de bandera inglesa permanecía a poca distancia, impidiendo el avance, mientras un par de lanchas con marineros y un oficial armados se dirigían al barco. A babor, en donde el capitán y la tripulación permanecían a la expectativa, se repetía la misma escena. Todos los allí presentes sabían que en cuanto subieran por las escalas de cuerda, exigirían al capitán el navicert y una vez revisado el barco de cabo a rabo, con suerte los dejarían continuar en paz. «No caerá esa breva; seguro que nos desvían a alguno de los puertos donde tienen una base de control», musita “Ojos de Gato”, localizando a Eusebio entre la gente, que seguía, como todos, la maniobra de los británicos. Uno de los oficiales ordenó a dos marineros tomar posiciones a estribor y a babor del buque; otros tantos ocuparon también la sala de máquinas. Al resto de la tripulación los hicieron pasar junto con el pasaje al salón.
— Documentación… —el oficial que se dirige a “Ojos de Gato”, de piel rosada y con cara de póquer, clava los ojos de un gris acerado en la esmaltada estrella añil con iniciales doradas, de la Guardia Colonial, que lleva en la sahariana.
— La tengo en el camarote…
— ¿Alguien más tiene la documentación en el camarote? —dice en un pasable español con marcado acento galés.
Todos los allí reunidos abandonaron el salón…
Entró en el momento en que el oficial, de piel rosada y cara de póquer, se encontraba en mitad de un minucioso interrogatorio al escritor Agustín de Foxá (conde de Foxá), que había luchado durante la Guerra Mundial por Alemania en la División Azul y eso, tras la victoria de los aliados, no le beneficiaba en nada… Tras unos minutos de preguntas a las que el escritor respondía con voz segura y mirada firme, fue cuando la vio entrar escoltada por dos marineros. Se detuvo un momento en la puerta recorriendo la sala con la mirada, y a “Ojos de Gato” le pareció que ya sabía el final de su encuentro con el hombre de piel rosada. Avanzó con altivez y, al pasar junto a él, el aire se perfumo de lilas; lilas como las que llevaba estampadas, el pañuelo de gasa blanca que ceñía su melena cobriza en una lazada.
— Guten morgen fräulein… —no acabó la pregunta en espera de que dijera su nombre—. Bitte pass… —insistió. Pero ella le entregó el pasaporte expresándose en un perfecto inglés. Dijo llamarse Odina Larsen y ser de nacionalidad sueca.
— Sabe muy bien que está mintiendo fräulein… —afirmó haciendo hincapié en “fräulein”. Y, acercando el documento que tenía entre las manos a una de las ventanas buscando algo más de luz, añadió—: …Margrete Mueller, nacida en Munich el veintiuno de abril de 1911. Durante las últimas semanas del asedio a Belín, trabajó como traductora para Adolf Hitler, en el búnker de la Cancillería del III Reich y que, por expreso deseo del Fürher, abandonó el búnker unos días antes, llevando con usted documentos de suma importancia… —dicho esto clavó sus ojos acerados en los de la mujer, que permanecía imperturbable frente a las acusaciones—. Vendrá con nosotros —dijo haciendo una seña a dos marineros y abandonando la sala.
Escoltados por los destructores, cambiaron de rumbo…
— ¿Por qué damos la vuelta? –preguntan unos y otros.
— Nos llevan a Freetown… —responde un camarero.
— ¿A Sierra Leona? –dice el funcionario de correos, ensartando en el tenedor una rodaja de salchichón.
—Allí llevan a nuestros barcos para registrarlos…—dice pasando un pequeño cepillo sobre las migas de pan caídas sobre el mantel.
El barco fondeó en una dársena del puerto. Los retuvieron durante tres días impidiendo bajar a nadie a tierra y en este tiempo, precintaron la telegrafía por Morse; registraron bodegas y camarotes y al final los dejaron seguir su rumbo con un pasajero menos: ¿Odina Larsen? ¿Margreter Mueller? Nunca llegó a saberlo.
En el puente de mando, allí en el cuaderno de bitácora, de seguro que alguien habría apuntado todo lo sucedido en esos inacabables tres días…

Ene 142016
 

Bata 1934

          La caravana humana se hacía interminable. Guiados por los sanitarios los pobres infelices llegaban al campamento: llagados, llenos de pústulas, mutilados y con la carne desgarrada. Los que no podían caminar, eran transportados como trofeos de caza, atados de pies y manos a una gruesa caña de bambú.
— Leprosos… te acostumbrarás —Barreal pegó la espalda a la pared y hundió las manos en los bolsillos buscando el Cámel. Por un hueco del paquete asomaba un cigarro solitario que extrajo casi con devoción; lo partió por la mitad y le largó un trozo a “Ojos de Gato”.
— Gracias —dijo con la vista puesta en el desagradable desfile, guiado por sanitarios indígenas, que avanzaba despacio en dirección al “Tribunal de la Raza”. Recordó la curiosidad que despertó en él la solitaria estructura a su llegada al campamento y cómo luego la había visto imbuirse de vida, con el gentío que llenaba el lugar cuando los jefes de cada tribu, en su derecho de juzgar a su pueblo, requerían ayuda al capitán para solucionar sus litigios. Litigios motivados, por lo general, por la fuga de sus mujeres, malos tratos o pactos no cumplidos sobre dotes. Hombres, mujeres y niños copaban la zona con la esperanza de vender sus productos a la multitud que, durante los tres días de juicio, se agolpaba en torno al edificio esperando justicia. Tres días con sus noches de alcohol y la música machacante de los baleles. Tres días en el que el melongo restallaba sin descanso, bailado por un indígena que sabía hacer bien su trabajo: uno… dos…. tres…. cuatro… cinco… hasta cien veces, en la espalda del desdichado o la desdichada de turno que, unida por una gruesa argolla, abrazaba involuntariamente al solitario poste del Tribunal de la Raza, mientras que como música de fondo y para amenizar el circo, los lamentos del castigado se perdían en el baturrillo de voces inconexas que peinaban el aire…
— Ya te acostumbrarás, será una rutina más –le repitió. Pero las palabras de su compañero no le hacían sentirse mejor, porque sabía que no sería así; no podría acostumbrarse a ver pasar ante sus ojos a esos cuerpos medio desnudos con la carne desgarrada, mutilados y llenos de llagas. Muchos de ellos atados de pies y manos, colgados de gruesas cañas de bambú, como trofeos de caza trasportados por otros enfermos. No; realmente no podría acostumbrarse… Se había acostumbrado, eso sí, a disfrutar de los paseos los días de luna llena; a admirar el paisaje bañado de luz; a un cielo sembrado de estrellas. A eso sí se había acostumbrado. Pero a ver a esa gente hacinada en un extremo del recinto, día tras día, a la espera de reanudar el camino… y tener que pasar cerca de ellos hasta que alguien decidiera levantar el aciago campamento y a leer en sus ojos la súplica envolviendo la esperanza, como un papel a un caramelo. A eso sabía que NO SE ACOSTUMBRARÍA.
— Te acostumbrarás… te lo digo yo –Barreal parecía leerle el pensamiento–. Todo eso que sientes en tu interior pasará. El día que consigas cruzar tu mirada con la de estos pobres desdichados, dejando a un lado esa mezcla de horror y repulsión que ahora te invade, ese día estarás vacunado.
— ¿Cuál es su destino final? –“Ojos de Gato” siguió con la mirada a una mujer aparentemente sana que transportaba a la espalda, envuelto en una tela, a un niño de corta edad.
— Algunos están limpios, pero son incapaces de abandonar a los seres que quieren, como esa madre que estás    viendo.
–dijo señalando a la mujer con el pequeño—. ¿Su destino final? Aún les queda por recorrer cien kilómetros hasta llegar a Mikomeseng, el pueblo lazareto en donde los misioneros harán lo que buenamente puedan por ellos… Entremos en la oficina, amigo —dijo palmeándole el brazo—, que estoy oyendo la cháchara en pamue* que se traen esos dos y eso significa dos cosas: que no están haciendo nada y que lo que se tienen que decir no les interesa que lo entendamos. “Ojos de gato” le siguió al interior.

Ene 112016
 

 

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         Los cuatro metros de cadena que aprisionaba el cuello de Carola marcaban su pequeño territorio, excepto cuando su ama se compadecía y la soltaba para que experimentara lo más parecido a lo que debía ser la libertad. Aunque como el animal no había conocido más mundo que el que rodeaba la valla del campamento, ni más madre que Sara, ni más teta que la de la tetina de goma con la que la criaron, la pequeña hembra de chimpancé era feliz destrozando la ropa del tendedero de la sufrida María Luisa, la mujer de Valentín Ortega, a la que le encantaba comer croquetas y pintar gatos en las paredes del hogar, o rompiendo los huevos de las gallinas ponedoras de cualquier corral que se atravesara en su camino. Tal vez por criarse entre humanos o por ese instinto maternal propio de las hembras, se agenció en una de sus correrías a un cachorro de gato, del que no se separaba jamás, ni para dormir, ni para comer; ni siquiera cuando, liberada de la cadena, iba en pos de nuevas fechorías: como la de colarse, como un ladrón furtivo, por la ventana de alguna de las viviendas del campamento haciendo añicos todo aquello que se interponía en su camino y testando a su placer el alimento que esperaba en la cocina o en la mesa de cualquier hogar, para ser degustado por sus habitantes. El pequeño, lejos de parecer asustado y nervioso, se le veía feliz y tranquilo; solía llevarlo bajo el brazo, como quien lleva el periódico, e incluso lo arropaba bajo una de las axilas cuando tenía que comer, y había veces que lo llevaba de un lado a otro entre los dientes, como cualquier felino llevaría a su cría. Era tal la dependencia psicológica que tenía por el animalito, que cuando este tenía que alimentarse, lo sujetaba por la parte de atrás del cuello hasta que acababa, para volverlo después bajo su brazo. Y así, felices y carentes de monotonía pasaban los días para Carola; en cambio, para Sara, era un puro sinvivir, entre queja y queja; disculpa y disculpa.
— ¡Estoy más que harta! —se lamentaba, mirando por la ventana el paseo inquieto de Carola que soltaba su chillido más lastimero intentando tocar la fibra sensible de la dueña de la casa. La mirada tierna era factor importante para alcanzar el objetivo, pero esta vez el bicho presentía que no le valdría de nada la puesta en escena.
— Cuando regrese el barco, la facturaré para algún zoo de la Península; no sería la primera vez que les envío bichos.
Salvador se rascaba la cabeza con aire pensativo con la vista puesta en el animal, que iba y venía con el vestido rojo de grandes flores de hibisco blancas y amarillas, que un día le robó a la buena de María Luisa y que ahora lucía con estilo; le había tomado cariño a Carola, pero comprendía que la chimpancé no podía tener en jaque a todo el campamento con sus desatinos; había que deshacerse de ella en cuanto regresara el barco… Carola pegó un salto desde el pequeño muro de piedra en donde se encontraba y se agarró a la cubierta que, colgando de una soga en el patio trasero, hacía las veces de columpio. Balanceándose, llegó hasta la ventana con el gato bajo un brazo y, apoyándose en el alféizar, soltó la goma y pasó el brazo libre por el cuello de Sara, a la que como siempre cogió desprevenida. Sin darle tiempo a reaccionar le acercó el morro a la cara estampándole un beso a su manera, dejando una impronta de babas en la mejilla, para después mirarla fijamente a los ojos con ese halo de inteligencia casi humana que a ella le ponía tan nerviosa…
— ¡Que me dejes en paz Carola! Ves lo que te digo… —comenta, mientras lucha por zafarse de la descarada que, ante el intento de quitársela de encima, aún se apretuja más contra su cuerpo, emitiendo aquellos chillidos agudos de desesperación, que tan incómoda ponían a la pobre Sara. Salvador golpea sin mucha energía a Carola con el bastón de melongo y esta se separa de un salto de su dueña volviendo a la cubierta del patio, en donde empezó a columpiarse frenéticamente con el despeluchado gato, compañero de todas sus fatigas, en una mano ajeno este a cuanto pasaba a su alrededor.
— No te preocupes cariño, lo solucionaré; solo hay que esperar al próximo barco… —le dijo besándola en la frente—. Al próximo barco…

Ene 032016
 

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Hoy, 30 – junio – 1945

Inolvidable y querida Sarita:

Ayer por la tarde te había escrito una carta, cuando llegó al campamento Barreal y me entregó la tuya con la foto. Que me llevé una alegría, huelga decirlo. Cuando miro la foto, me parece un poco menos lejana la distancia que hay entre los dos. Cuando te miro y te veo tan inmóvil, me hace gracia pensar en lo difícil que habrá sido para ti el estar tan quietecita mientras te la sacaban. Viéndote, nadie podría pensar lo nerviosilla que eres.
No sabes cómo he sentido la pérdida de mi álbum en el que tenía tantas fotos tuyas… y las cartas; tus cartas… Lo siento tanto “Escopetilla”…
El capitán ya bajó a Niefang ayer por la mañana con Juan Rodríguez. Su familia se ha quedado en esta y Amalia también. Creo que bajarán pronto. Barreal bajará mañana a Bata con el caucho y, como estamos todos ocupados, Alejandro lleva uno de los camiones. Esta carta junto con la otra te la entregará él. Yo por mi parte tengo que quedarme a fin de terminar un sin número de cosas que me ha encargado. Aparte del traslado de todo el material del garaje, me “recomendó” terminar los detalles que quedaran sueltos. Hacer las almenas y techarlas con chapas de zinc. Luego desmontar el motor de la luz y todas las instalaciones, además de otras muchas cosas que quiere haga con toda rapidez para seguidamente trasladarme a Niefang. Quiere que me encuentre allí mañana por la noche, así que puedes hacerte una idea de cómo ando, máxime teniendo a mis compañeros desperdigados, pero te prometo que en cuanto se despeje un poco el trabajo iré a verte;por cierto que, el gobernador viene el día veinticinco y para esa fecha hay que tenerlo todo preparado.
De Evinayong te puedo decir que como consecuencia de la llegada del gobernador las señoras “no se entienden”: la de Rodríguez se ha metido en la cama, la del teniente dice que tiene la barriga muy gorda y la del capitán tiene pocas ganas de “saber”. Con ello te quiero decir que el jaleo de las comidas de los días que esté todo el séquito por allí no sé cómo lo van a solucionar. Comprendo que Amalia haya cortado por lo sano en vista de lo que se le venía encima; pues ya sabes que al final, con estas cosas, quienes se ven libres de estos líos son “las damas de la alta sociedad”. En fin, tengo que confesarte que a mí, cuando he visto la situación, me ha venido a la cabeza una riña entre comadres.
Según me contó Salgado, la verbena de la otra noche en Bata estuvo muy animada. Ese día estuve pensando en lo bien que lo hubiéramos pasado los dos juntos; habríamos bailado y nos habríamos divertido mucho. No obstante, como no estuviste allí, poco me importó la fiesta.
Dices que en todo momento te acuerdas de mí y que tienes muchísimas ganas de volver a verme. A mí me sucede lo mismo. Estoy muy ilusionado con el día del bautizo de la nena de Trapero, pues así estaríamos los dos juntos en la fiesta y, como es natural, también daríamos un paseo por la playa, en donde estaríamos los dos solos y así podría decirte lo mucho que te quiero mientras te doy un millón de besos…
¡Oye! ¿Ya te vas enterando de cómo se guisan las patatas y como se zurcen los calcetines? Digo esto porque como recordarás te hice esta advertencia cuando estuve la última vez contigo. Quiero que cuando seas mi mujercita vea en ti las habilidades propias de la mujer casada <Inciso de la que escribe: esa batalla la tenía perdida de antemano>, pues debes de pensar que no siempre vamos a vivir en Guinea y que, por lo tanto, cuando estemos en España no podrás contar con boys y cocineros.
Creo que esta vez, cuando baje, lo haré sin tanta prisa como en la anterior y como ya no trabajas tendremos mucho tiempo para estar juntos. Con ello podremos hablar de todo y formar nuestros proyectos para el porvenir. Estoy convencido de que hemos de ser muy felices. Como me gustaría que ahora estuvieses a mi lado, pues así las horas serían menos horas…. Menos lentas…. Aún así me consuelo pensando en que llegará el día en que no nos separemos jamás.
Con esto doy fin a la presente y ahora miraré si sube alguien que te la pueda entregar.
Adiós cariñín, que lo pases muy bien. Recibe un millón de besos de mi parte. Que sepas que te quiero muchísimo y que no te olvido, es lo único que me queda por decirte, por ahora…
Ángel – “Ojos de Gato”-

 

Dic 272015
 

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Con la blusa blanca y la falda azul, “la Escopetilla” parecía una colegiala. Había estado discutiendo toda la mañana con Sara por la forma de vestir: “que si a Ángel le gustaba que fuera así… que si recógete el pelo en una cola… que si patatín, que si patatán”… «Bueno, cuando el camión desaparezca por el Cuerpo de Guardia, me quito esta ñoñería», piensa con resignación, mientras acaricia la coronilla de un pequeño tití escuálido y despeluchado, que la miraba con ternura desde unos enormes y redondos ojos color caramelo; cuyo mecánico movimiento recordaba el abrir y cerrar de ojos de una muñeca. El mono se lo había regalado Ángel. A la madre la mataron unos cazadores para comer la apreciada carne del animal y ahora le tocaba cuidarlo a ella:
— Como no hay tiendas donde comprarte un regalo, te traigo el tití… —y ella pensó que maldita la gracia que la hacía cuidar de ese pequeñajo, que lo único que sabía hacer era despiojarse y mirarla con ojos de borrego tierno… El pobre mono, que aún no tenía nombre, de un salto se acomodó en su regazo, como si supiera lo que estaba pensando y quisiera congraciarse con su ama. Lo miró con resignación y luego alzó la vista hacia el Cuerpo de Guardia, por donde en ese momento entraba el Chevrolet en dirección a los garajes. Al pasar cerca del “árbol que da sombra”, escuchó el sonido de la bocina por tres veces, era la contraseña para hacerle saber que la veía. “Ojos de Gato” había sacado el brazo por la ventanilla y pudo alcanzar a ver los dedos de su mano agitándose en el aire. Ella le devolvió el saludo con una sonrisa y el tití bajo el brazo.
— Niña, ven a desayunar, que ya está todo en la mesa
— Ya voy mamá, espera que ate al mono a la hierba luisa… estate quieto enano, que ya me tienes muy harta…
La besó en la mejilla; era un beso casto, porque no estaban solos. La encontró preciosa; como siempre, aunque hoy estaba más bonita que nunca, con esa falda azul y la blusa blanca… Y luego estaba el pelo, ese sedoso pelo castaño recogido en una cola… realmente preciosa.
— Mira lo que te traigo —le dijo, entregándole un cesto de bambú, en el que una pequeña cría de chimpancé hembra se agitaba inquieta buscando seguramente la leche de la madre—. Mataron a la madre –dijo cogiendo al animal. “la Escopetilla “sonrió, no podía menos, pues lo que él no sabía era que los bichos no eran santo de su devoción.
— Busquemos un nombre para ella —le dijo quitándosela de las manos–. Ya sé, la llamaremos Carola, es un bonito nombre.
— Como tú digas, “Escopetilla”, pero dame un beso… ella se lo dio en la punta de la nariz.
Los días pasaban deprisa, con sus viajes de ida y venida; con el “ya estoy aquí, amor” a golpe de claxon del viejo camión cuando cruzaba la explanada en dirección a los garajes; pasaban deprisa, disfrutando con los amigos durante un rato en el bar del Hotel Guria; paseando por la arena de las bellísimas playas, jalonadas de palmeras, cocoteros y magníficos egombe—egombes, con los salacots en sus cabezas y los pies descalzos. Sin importarles las niguas, ni los cangrejos rojos de poderosas pinzas, que al atardecer salían de sus madrigueras por los agujeros que horadaban la playa, encaminándose a la orilla con esa forma extraña de caminar que tiene los cangrejos: para atrás, para un lado, para el otro, moviendo las patas por la arena, con la soltura de los dedos de un pianista sobre el teclado y bailando los ojos como diminutos periscopios oteando la superficie. El tiempo pasaba deprisa viendo el ir y venir de los pescadores en sus pequeños cayucos, que manejaban con destreza aún con la marejada. El tiempo ya no contaba cuando tomaban el rumbo hacia el río Ekuko y caminaban bajo la frondosidad de los árboles que bordeaban el camino en donde palomas verdes y blancas se asentaban en las ramas o emprendían el vuelo tras el nido, el sustento y el arrullo del celo. Y cuando el sol empezaba a ocultarse comenzaba la cuenta atrás, queriendo ganar al tiempo: había que llegar al campamento antes del anochecer…

Dic 132015
 

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       En el recuerdo…

— ¡Baja ahora mismo del castaño! ¡Eres de la piel del diablo! Ya está bien de libros…
— ¡Madre, madre! ¡Mira qué fruta, parece rica! Aquí dice piña y aquí, papaya… ¿Aguacate? uuummm… tienen que estar ricas.
— Ya veo… Anda, coge el cubo de la comida de los cerdos y vete a echarles de comer… ¿Y quién dices que te ha dejado ese libro? –me dices, madre, mirando de reojo los dibujos de una de las páginas…
— El señor cura, madre… es un libro de ciencias naturales…
— ¿?
— Habla de árboles, de flores y plantas…
— Y de huertas… ¿también habla de huertas?
— Me parece que no… pero…
— Anda espabila, que después de los cerdos me tienes que ayudar a recoger los tomates, que se los están comiendo los pájaros…
— Ya voy, madre… — y abrazo tu cuerpo delgado y pequeño. Y te miro a los ojos; esos ojos verdes, tan claros, como los tiernos brotes de primavera de tu pequeño jardín… Un mechón rubio asoma descarado por debajo del pañuelo que te recoge el pelo y mis dedos intentan con torpeza volverlo a su lugar…
— Anda, anda, no seas zalamero que no te vas a librar de la faena — y me coges de la muñeca, con mano firme y siento la aspereza de la palma, reseca y agrietada, que habla de niños… de caricias… de noches en vela… de mortajas… de pan hecho en casa… de coladas en el río… de huertas… y de días, de meses, de años… De toda una vida cuidando el hogar…

Dic 012015
 

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Pasaron el puente de Rancaño y atravesaron los montes de Chocolate y Alén. De cuando en cuando, salpicando el paisaje rebelde y salvaje enredado en lianas, se suavizaba con pequeños poblados de bambú y nipa, circundados por minúsculas fincas de café y cacao, que ayudaban a sobrevivir a la gente del lugar; habitantes que miraban con ojos curiosos el paso del camión. Y de pronto, la visión de un amplio valle hizo frenar a “Ojos de Gato”, había llegado a su destino. Desde donde estaban localizó el campamento, situado sobre una altiplanicie dominando el valle y en la falda de la ladera, la zona comercial de las factorías que llegaba hasta él. Ángel arrancó el motor y continuó la marcha. Pasó de largo un cartel en el que decía:” Evinayong”y atravesó el pueblo en dirección al campamento. Al acercarse, observó que la fachada principal en donde se encontraba el cuerpo de guardia, la habían construido a modo de fortaleza, con muralla y torreones, dando la sensación de estar ante la entrada de un viejo castillo; pero nada más lejos de la realidad: habían conseguido ese efecto forrando con bambú grandes tablazones de madera. « Hay que joderse como da el pego, ¿a quién se le habrá ocurrido esto…?». Y alzó la mirada hasta llegar a los ocho metros de altura que media la engañosa muralla: si hubiera tenido firma, habría leído, “Barri”. Paseó la vista por el entorno y divisó en los laterales del campamento las viviendas del capitán e instructores, realizadas todas con el mismo material que “la muralla”. En el centro de la explanada, la bandera marcaba territorio español y a sus pies, blanqueada por el sol, una enorme calavera de elefante apuntaba al cielo sus poderosos colmillos de marfil… A unos doscientos cincuenta metros, en un nivel inferior, pudo distinguir lo que parecía el acuartelamiento de la fuerza indígena, la cárcel, los garajes y otras dependencias más reducidas que supuso eran las oficinas. Al otro lado, una gran techumbre de nipa descansaba sobre grandes pilares de madera; la construcción carecía de paredes y él no tenía ni idea de cuál era su utilidad. Fuera, a un lado de la singular construcción, un grueso poste aparecía clavado en el suelo… Pisó el embrague, metió la primera y arrancó el motor en dirección a las oficinas. No quedaba mucho para ponerse el sol. Se cruzó con la Guardia de Honor que subía la cuesta para arriar la bandera y, al pasar a su lado, una nube de polvo los envolvió alejándolos de su vista, mientras que una bandada de patos se cruzaba delante del camión, graznando y bamboleando la cabeza de delante a atrás y el trasero de aquí para allá. “Ojos de Gato” frenó como pudo para evitar “el homicidio involuntario” y lo consiguió, aunque pensó que por la mirada que le había echado el pato, que parecía llevar la voz cantante, su acto de buena voluntad no había sido bien interpretado.
Alejandro, lleva el camión a las cocheras a ver dónde lo puedes dejar —dijo poniendo un pie en tierra.
Un hombre pequeño, de piel quemada por el sol, salió a su paso tendiéndole la ma-. En su cara, la boca abierta dejaba entrever con orgullo un buen par de colmillos de oro, signo inequívoco de la desahogada economía que disfrutaba.
— Hola… ¿Ángel Fuentes? Soy el instructor Manuel Barreal, y te doy la bienvenida en nombre del capitán Ronzálvez y de los otros compañeros, Juan Rodríguez y Jorge Azpuro —dijo pegándole un fuerte apretón– y por supuesto, en el mío propio. Contigo formamos toda la plantilla blanca del campamento de Evinayong. Bienvenido. Sígueme, que el capitán te espera…

 

Nov 292015
 

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        … Apuntando al cielo, la proa de un barco emergía del agua como un pedazo de hielo en un vaso de güisqui con sifón…
— Es el Fernando Póo, su hermano gemelo era el Ciudad de Sevilla. Al comienzo de la Guerra Civil transportaba soldados republicanos a Bata, pero nunca pudo llegar a su destino, fue cañoneado por el Ciudad de Mahón.
A su lado, un hombre de la tripulación con los ojos entornados señalaba en la dirección del buque medio sepultado en el océano. “Ojos de Gato” le observó: tenía la piel de la cara curtida por el sol y surcada por mil arrugas en las que se podía leer los avatares de una dura vida en el mar. Sus manos hablaban de tempestades, bonanzas y calma chicha… de baldeos de cubierta… de sogas engrasadas y cigarros apurados hasta el límite. La larga uña del meñique, contaba los rasgueos de guitarra en las noches estrelladas, mientras que los tendones de su garganta, tensados como cuerdas de violín, llevaban escrito las veces que, con voz quebrada, habían dejado escapar el lamento de un cante jondo…
— ¿Hace un cigarro? —dijo tendiéndole un paquete de “Ideales”.
— Gracias, hace un cigarro.
Fumaron en silencio, escupiendo de cuando en cuando alguna hebra de tabaco pegada a la lengua. Unos negros, remando en unas barcas parecidas a las piraguas de los indios, se habían acercado hasta el barco. Uno de ellos, con voz grave, entonaba una canción que el resto de los remeros, al unísono, repetía “in crescendo”.
— Vienen a vender su artesanía y los frutos que da esta tierra… Nunca he entendido cómo no se les vuelca el cayuco, con toda esa carga…
— ¿?
— Un cayuco no es otra cosa que el tronco de un árbol al que llaman calabó*. Lo vacían, hasta dejar hueco suficiente para ellos y algo de mercancía. Es una madera muy blanda, con lo cual flota muy bien, pero tiene como desventaja que se pudre con rapidez… —dijo el marinero, lanzando la colilla al agua. Un ruido de cadenas acompañó las últimas palabras del hombre–. Hemos fondeado. El barco no puede avanzar más por falta de calado; ahora vendrá una gabarra para llevarlos a tierra… Bueno a tierra… —comentó, con sonrisa burlona.
— No comprendo… ¿Qué quiere decir?
— Ya lo verá –y tras hacer un gesto con la mano en señal de saludo, se alejó silbando “La bien pagá”.
En poco tiempo, media docena de embarcaciones habían llegado hasta ellos. Sus ocupantes, que se habían puesto en pie, ofrecían fruta fresca que llevaban en cestos. Un chavalín sujetaba con una cuerda a un diminuto mono, que Ángel reconoció enseguida. Era un congénere de Horacio, el asustado tití vestido de azul, que viajaba en el barco. El mono, ajeno al trasiego que había a su alrededor, se afanaba en despiojarse. Con las dos manos escarbaba cada centímetro de la piel, revolviendo el pelo que la cubría hasta encontrar al incómodo inquilino y en un santiamén se lo llevaba a la boca. Con un chasquido de dientes <chaaacccssss>, pasaba a mejor vida… Y así, una y otra vez, hasta que el muchacho lo agarró por el rabo, dejándolo cabeza abajo, posición que salvó la vida de los “diminutos ocupas” que aún quedaban en el pellejo del animal.
Madera de palisandro, palo rosa, ébano, marfil, collares, pulseras, telas, extraños artilugios que alguien señaló como instrumentos musicales; hermosas y enormes tortugas de carey, panza arriba, luchando por volver a su posición habitual moviendo inútilmente las aletas; pequeños animales parecidos a los lagartos a los que, un hombre identificó como camaleones; simpáticos loros de plumaje gris y rojo que, posados en el hombro de sus dueños, observaban con atención todo lo que ocurría a su alrededor y aves enjauladas en cestas de caña. La punta del enorme pico de un tucán asomaba a través del agujero de una cesta; el plumífero picoteaba la caña, una y otra vez: “Ahora pico aquí… luego allá… ahora saco una pata… no, así no, que no quepo, la vuelvo a meter… lo intento con la otra…”. ¡Y se acabó! No hubo tiempo para más; a golpe de remo, los cayucos se alejaron para dar paso a la barcaza que debía llevarlos a tierra….
— ¡Cuidado! ¡Sujétese fuerte! Pero no cierre los ojos, por el amor de Dios, que va a ser peor – gritaba un hombre de la tripulación a una mujer que permanecía inmóvil en mitad de la escalera de gato. Paralizada a medio camino, sus manos como garras de pájaro se asían con fuerza a uno de los peldaños; el marido que iba delante, agarrando uno de sus tobillos, intentaba que colocara el pie en el tramo siguiente, mientras que desde arriba, el tripulante hacía esfuerzos por soltarle las manos. La gente de la gabarra la animaban a seguir; en cubierta, el resto del pasaje, miraban con recelo la escena. Tras un laborioso trabajo de mentalización, digno del mejor psicólogo del mundo, la señora en cuestión llegó al último tramo de la escalera en donde la esperaban un buen puñado de manos que, en el afán de socorrerla, hicieron balancear peligrosamente la gabarra.
Poco a poco fue bajando el personal. Los niños en brazos de los marineros; los demás, en brazos del “Ángel de la guarda”.
No faltaban muchos metros para alcanzar tierra, cuando la barcaza se paró ante los ojos de los pasajeros. Una playa inmensa de dorada arena, bordeada de palmeras, cocoteros y egombe—egombes*, custodiaban como el mejor de los ejércitos a una pequeña ciudad formada, en su mayoría, por casas de madera de una sola planta.
— ¡Fin del trayecto! —dijo un tripulante, guiñando un ojo a un viejo colonial que sonreía, ante el desconcierto de la gente—. Por ahí llega el nuevo medio de transporte — y señaló un grupo de negros que, metidos en el agua hasta más arriba de la cintura, avanzaban hacia nosotros. Los hombres hundían sus brazos, rompiendo el mar a brazadas y así una y otra vez. «Arrastrando con ellos pequeños cachos de mar…», pensó Ángel. A medida que se acercaban, la expectación era grande y la cara divertida de algún que otro pasajero, aún mayor…
— ¡Arriba! –el viejo colonial fue el primero en utilizar tan original medio de transporte; con los zapatos en una mano y las perneras de los pantalones enrolladas hasta las rodillas, se montó a horcajadas sobre los hombros de uno de los imponentes negros, que emprendió el camino de regreso, del mismo modo como había llegado: brazada va… brazada viene… <Y ahora me paro un momento para que recuperes el equilibrio, me has soltado la propina y no debo dejarte caer…>.
— ¡Esto va para los nuevos! —decía a voz en grito el jinete—. ¡Les recomiendo que les den algo de dinero a sus porteadores si no quieren pegarse un buen chapuzón… suelen ser muy torpes con los que no han soltado la propina, ¡ja, ja, ja!
Uno a uno los viajeros fueron transportados de esa guisa hasta la orilla: los “antiguos”, tan frescos charlando de sus cosas como si nada; los “nuevos”, con el cuerpo agarrotado y una expresión bobina en el rostro… Poco a poco, los hombres a caballo y las mujeres y los niños en las sillas, fueron dejando la gabarra. Los negros iban y venían, de la orilla a la barcaza, de la barcaza a la orilla, hasta dejar en la arena a los pasajeros y sus pertenencias. «Un “trabajo de negros”…», pensó con ironía “Ojos de Gato” cuando todo acabó.
— Un “trabajo de chinos” —corearon Herrera y Llaurador…

        Dos hombres vestidos con el uniforme de la Guardia Colonial llegaron hasta ellos. Cuando vieron en las hombreras de la guerrera de uno de ellos las tres estrellas de seis puntas, se cuadraron ante él.

       — ¡A sus órdenes mi capitán! —dijeron los tres como una sola voz.
— Bienvenidos a Bata, saludó estrechándoles la mano. Soy el capitán Calonge…
— Bienvenidos, compañeros —dijo el hombre que le acompañaba, apretando con fuerza la mano de “Ojos de Gato”—.  Soy el instructor Arrieta…
Los cinco hombres subieron a un Land Rover, se alejaron del ajetreo de la playa y atravesaron la ciudad, hasta llegar al campamento situado sobre una meseta, una pequeña elevación de terreno en el centro de la ciudad. Al pasar por el cuerpo de guardia, un nativo vestido con un uniforme de color garbanzo, similar al de los Regulares de Marruecos, con un tarbus* rojo en la cabeza, pantalón corto y los pies descalzos, les saludó en “posición de firmes”. En el interior del recinto, una gran explanada albergaba las diferentes infraestructuras que componían el campamento: nada más entrar, a la izquierda, se encontraba la vivienda del Capitán Administrador, el único edificio de cemento de todo el campamento. El resto: las oficinas, los talleres, las viviendas de los instructores, los barracones de los guardias… e incluso, la cárcel pública, situada dentro del recinto, habían sido construidas en madera, bambú y nipa.

Arrieta paró el Land Rover ante las oficinas y el capitán se bajó, no sin antes desearles una feliz campaña en “la Guinea”. Qué lejos estaba “Ojos de Gato” de saber, que la campaña de año y medio se convertiría en toda una vida; que allí se casaría y que allí nacerían sus hijas y tres de sus nietos; que allí viviría los años más felices de su dilatada vida…

 

 

 

Nov 242015
 

       lelo300

         Allí, el capitán Palló esperaba encontrar a los suyos…

       Por fin llegamos al pueblo, un pueblo de casas cerradas y calles vacías que atravesamos hasta la playa, en donde encontramos a un viejo pescador, remendando una red. Nos contó cómo la gente había huido a Francia. Nos dijo que conocía a la familia, pero que no sabía nada de ellos.
— Todos se han marchado, solo quedo yo… —murmuró con voz cansada y, dándonos un fuerte apretón de manos, volvió a lo que estaba haciendo. Nos pusimos en marcha, esta vez hacia la salida del pueblo, en donde se encontraba la casa de la familia del capitán. A unos cincuenta metros de distancia, me mandó desviar el coche fuera del camino, yendo a parar detrás de unos arbustos.

       — Desde la casa, esta zona no es visible —comentó, mientras sacaba su pistola de la cartuchera, comprobando el cargador— La construyó mi bisabuelo. Hasta ahora, cuatro generaciones de Pallós la han habitado y espero que siga así durante mucho tiempo —dijo, con la mirada perdida en la casa, que en otro tiempo debió estar llena de vida, pero que a mí me trasmitía una tremenda sensación de tristeza y soledad… Los gruesos muros de piedra aparecían cubiertos de hiedra y ahí, donde esta no había llegado, la pátina del tiempo se había adueñado sirviéndose de un fino manto de musgo, dotando a la piedra de una tonalidad más oscura. El gran portón de madera recia que presidía la fachada principal aparecía cerrado a cal y canto, en contraste con las ventanas, que presentaban los cristales desnudos con las contraventanas abiertas de par en par, lo que hacía que  hacía que la casa diera la sensación de ser frágil y muy vulnerable, ante los saqueadores que tanto abundaban desde que empezó la guerra. Un vetusto roble de ramas desnudas nos dio la bienvenida a la entrada de un jardín en donde, clavado en el suelo, un indicador de madera tenía grabado a fuego: “Rodalía”. El capitán me explicó que era el nombre con el que su bisabuelo había bautizado la casa. Caminamos, teniendo bajo nuestros pies una tupida alfombra de hojas, que indicaba el sueño en que estaban sumidas las plantas, esperando la llegada de la primavera. Había dejado de llover y el Sol pugnaba por salir de entre las nubes, proyectándose, de vez en cuando, en las hojas caídas. Era entonces cuando el paisaje quedaba envuelto en una cálida luz, dándole al lugar un mágico toque; como de cuento de hadas. De pronto, creías percibir en el crujir de una rama o en el vuelo de un hoja, la silueta de alguno de los habitantes del jardín: gnomos corriendo a refugiarse debajo del viejo roble; duendes a lomos de caballitos del diablo o hadas que, al agitar la varita, lo ponían todo perdido de un polvo dorado… La construyó mi bisabuelo. Hasta ahora, cuatro generaciones de Pallós la han habitado y espero que siga así durante mucho tiempo —dijo con la mirada perdida en la casa, que en otro tiempo debió estar llena de vida, pero que a mí me trasmitía una tremenda sensación de tristeza y soledad…

       En el exterior no había un alma, y todo parecía estar en su sitio. Trepamos por un árbol hasta el balcón, con la intención de romper un cristal, pero ya se nos habían adelantado. Aquello era un caos: muebles destrozados y objetos personales por el suelo como si Atila hubiera pasado por allí.
En la biblioteca nos recibió un agonizante Chester, con los muelles asomando de entre los tajos propinados en su piel… Las oquedades de la librería, en otro momento vivas, parecían nichos vacíos en espera de ser ocupados por los restos de las vidas, que llenaban los libros esparcidos por el suelo de la estancia…
— Es de mi niña Bea —dijo, mientras se agachaba a recoger una pequeña muñeca de trapo, sucia y pelona, a la que habían mordisqueado la nariz, hasta dejarla sin ella. Se la quedó mirando un momento, guardándola luego en el interior de la guerrera. Conforme avanzábamos, oímos unas voces que llegaban del final del pasillo—. Viene de la cocina — comentó.
— ¡Hijos de puta! ¡¿Qué habéis hecho con mi familia?! El cañón de la pistola del capitán se hundía peligrosamente en la mejilla de uno de los individuos que allí se encontraban. A la vez que los desarmaba, yo apuntaba a los otros dos ordenándoles que levantaran las manos en alto. Nuestra irrupción en la cocina les había cogido por sorpresa y estaban muy asustados. Por nuestra parte, no podíamos dar crédito a lo que estábamos viendo: eran tres muchachos muy jóvenes, vestidos de falangistas, apenas tendrían veinte años. Uno de ellos me resultaba vagamente familiar… Tenía la cara llena de granos… ¡Claro, era el muchacho que el día del alzamiento se acercó para enseñarme la camisa azul bordada por su novia! El que siempre se iba ajustando el correaje, con aire de “gallo peleón”…
Tras jurar una y mil veces que no sabían nada de la familia del capitán, este, cada vez más encolerizado, les dijo:
— ¡¿No os habéis enterado de que estamos en estado de guerra?! ¡Y que el pillaje se castiga con la pena de muerte!

       Durante un rato estuvo interrogándoles, en un vano intento de que le contaran qué había sido de los suyos. Repetían siempre la misma historia, reconociendo que ellos eran los causantes del destrozo, pero que cuando entraron en la casa no había nadie…
Subimos al coche, con los tres muchachos sentados detrás, y el capitán a mi lado apuntándoles con su pistola, mientras me decía que había que regresar a lrún para denunciar lo ocurrido en la Comandancia Militar. Nadie habló durante el viaje. Por el retrovisor, alcanzaba a ver al muchacho de los granos que, con la mirada baja, permanecía, al igual que los otros, en silencio… Quizá su pensamiento estuviera en la muchacha, que le bordó la camisa o tal vez en su familia, ¿quién sabe? Lo más probable era que el miedo a lo que se le avecinaba, tuviera bloqueada su mente…
— Ángel, no les quites el ojo de encima —dijo el capitán al llegar a la Comandancia. Cuando nos quedamos solos, uno de los chicos me entregó una libreta. Me dijo que desde que se alistó había escrito en ella día tras día, sus vivencias; que por favor, se la llevase a sus padres, que vivían en Sangüesa; los tres eran de allí— mientras los escuchaba, yo sentía una infinita pena por ellos y por mí. En mi interior, se libraba una dura batalla entre mi fidelidad a todo lo que juré obedecer y mis sentimientos, que me gritaban que los dejara marchar… Me quedé sin comprobar cuál habría sido mi resolución ante esa tesitura, porque apareció el capitán. Al parecer, al final de la avenida de Irún se encontraba un destacamento de soldados que serían los que se encargarían de fusilarlos. Intercedí por ellos varias veces, apelando a su compasión; pero me mandó callar. Entonces, la providencia vino en nuestra ayuda. Por la avenida, la gente corría. Venían de la parte francesa, por el puente internacional, hacia España. De nuevo empezó a llover, esta vez con fuerza, acompañada de ráfagas de viento. La gente se arrebujaba en sus prendas de abrigo, en un intento de guarecerse del agua que caía; las varillas de los paraguas se doblaban, ante la fuerza del viento, dejándolos inservibles: periódicos, maletas, bolsos, plásticos… todo era válido para protegerse. Por casualidad, observé a dos mujeres con dos niños de la mano, que cruzaban la calzada. El corazón me dio un vuelco: era María Teresa y la familia del capitán. Él no se percató de su presencia, tal vez por las gafas de sol que llevaba a pesar de la lluvia que caía. Paré el coche, cerca de donde estaban y le dije: “Ahí tiene a su familia”. Miró incrédulo hacia donde le indicaba y la tensión acumulada, durante el tiempo que duró la búsqueda, hizo aflorar las lágrimas a sus ojos. Se abrazaron y besaron, mientras los tres infelices y yo, contemplábamos la escena. Hablaban mirando hacia nosotros; suponía que él les estaba contando lo sucedido… Fue entonces cuando María Teresa me vio y echó a andar hacia el coche: vislumbré su sonrisa y el brillo de sus ojos y pensé, que aunque el mundo se parara y el cielo se hundiera en ese preciso instante, seguiría allí sentado esperando a que llegara hasta mí. Todo lo demás ya no importaba. Antes de que pudiéramos cruzar palabra, el capitán se acercó diciendo:
— Dad gracias a Dios, porque he encontrado a los míos y por la intercesión de mi mujer para que os deje en libertad; sé que debería seguir hasta el final, pues habéis incurrido en una falta muy grave, aún así os dejo marchar. Habéis manchado todo lo que representa el uniforme que lleváis, ¡iros antes de que me arrepienta! —salieron del coche y, sin volver la vista atrás, se alejaron de nosotros. Nunca más me los crucé en el camino…
— ¿Qué haces aquí? ¿No estabas en Estella? —no contestó a mis preguntas, solo me besó, me besó y me besó y yo pensé que no tenía prisa por saber las respuestas; solo quería abrazarla.
— ¿Alguien me puede explicar algo? —preguntó el capitán, mirándonos perplejo— ¿De qué conoces a mi cuñada?
Le contamos nuestro encuentro aquella mañana de julio y nuestros proyectos para cuando acabara la guerra… Allí, en mitad de la calle, lloviendo a mares y con el torrente de gente que corría tropezando con nosotros intentando regresar a sus casas, parecíamos cuatro lunáticos; cuatro lunáticos maravillosos, que durante unos momentos hablaban del amor, de proyectos e ilusiones, sin importarles el resto del mundo…
Regresamos a Estella con un final feliz. Los terribles días que vivimos desde que salimos del pueblo, me parecían lejanos; una pesadilla de la que había despertado. Pero, algo me decía en mi interior que volvería a vivir antes de acabar la contienda, otro capítulo amargo, que cambiaría mi vida…

………— Bésame. ¿Me quieres? ¿Cuánto me quieres? —sin darme tiempo a contestar, me tapaba la boca con sus besos; esos besos calientes y húmedos, como solo ella sabía dar… Hicimos el amor una y otra vez, queriendo recuperar el tiempo perdido; como si fuera la última vez; como si al llegar la mañana, nuestra historia desaparecería de la faz de la tierra. Era una sensación que me ahogaba…— ¿En qué piensas? —dijo saltando de la cama. La luz de la luna que entraba por la ventana bañaba su cuerpo, dándole un toque de porcelana a su piel. Encendió dos cigarrillos y me puso uno en los labios, mientras me apartaba el pelo de la frente. Siguió hablando sin darme tiempo a responder…— Cuando acabe la guerra, quiero dejar mi trabajo en el hospital; casarme contigo y tener muchos, muchos niños, en una casa con jardín, en donde el amarillo de los rosales trepadores se mezclará con el azul de las Jacarandas… y el aroma del incienso y el jazmín lo impregnará todo… —mientras hablaba, le besé los ojos y a mis labios vino el sabor salado de las lágrimas; comprendí que estaba llorando… Porque como yo, tenía el presentimiento de que ese sueño no se haría realidad… Y así fue. Volvimos a vernos dos veces más. El tiempo que pasamos juntos, fueron momentos sin sueños, sin planes para el futuro, solo nosotros en esa cama de muelles oxidados; en una pensión cualquiera de un pequeño pueblo perdido de Dios…
Los “Ratas rusos” subían a gran altura, para luego caer en picado, como una bandada de águilas reales al visualizar su presa. Eran implacables; muy buenos en este tipo de ataques. Con los motores parados, caían en silencio sobre el objetivo, en un vuelo bajo, jugando con el elemento sorpresa y lo machacaban…
Una noche, al final de la primavera, el hospital de campaña en donde ella se encontraba, fue el blanco elegido por estos aviones. Las águilas reales se dieron como siempre un buen festín, pero esta vez el menú era algo especial: en un abrir y cerrar de ojos, me arrancaron el corazón y se lo comieron… así, sin más… Así, sin más, salió de mi vida María Teresa, dejándome solo con su recuerdo y el alma llena de ella…
La guerra continuó y las batallas se sucedieron una tras otra: El frente de Toledo, Teruel… la batalla del Ebro… Y así llegó el final de tres horribles años, en los que todos, absolutamente todos, tuvimos algo que perder… Tampoco nos fue mejor al finalizar la guerra, porque entonces llegó la etapa de odios y revanchismos; de purgaciones con paredones incluidos, en los que a mí me tocaba muy de cerca. Más de una vez fui el conductor del autobús que llevaba ese cargamento de pobres infelices a la muerte, sin poder hacer nada por evitarlo…. Pasó el tiempo y unos años después, el azar me informó de unas plazas de instructores de la Guardia Colonial en Guinea Española. Pedí destino, con la esperanza de que se cumpliera lo que tantas veces había oído: que el tiempo y la distancia cicatrizaban todas las heridas. Me preocupaba pensar si no sería yo la excepción que confirmara la regla…

Nov 232015
 

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       — Ángel, coge un coche que nos vamos a Fuenterrabía. He perdido el contacto con mi mujer y estoy preocupado… ¡Vámonos! —dijo el capitán Palló.
Salimos del cuartel y nos subimos al primer coche oficial que vimos sin conductor, sin pararnos a pensar en las consecuencias que eso podría tener, en medio de un día gris y lluvioso. Inmersos en nuestros pensamientos, emprendimos el viaje. El silencio hubiera sido total, de no ser por el acompasado vaivén del limpiaparabrisas al barrer las gotas que se estrellaban contra el cristal. Y así viajamos varios kilómetros. En ese tiempo, no sé lo que pasaría por su mente, pero a la mía vino el abrazo que me dio, el día en que regresó al cuartel tras el arresto del capitán Corchera. Un abrazo fuerte, lleno de calor; un abrazo de padre, porque eso era lo que había sido para mí, desde el primer momento en que llegué a Estella… El tronar de la artillería me situó de nuevo en la oscura realidad; conforme nos acercábamos al puente de Endarzala, sobre el río Bidasoa, pudimos ver la columna de Beorlegui, que se encontraba detenida porque la artillería de la guardia de asalto, junto con los carabineros desde el monte San Marcial, había volado el puente. Los soldados de la columna trabajaban sin descanso para intentar poner en funcionamiento dicho puente, mientras las balas silbaban sobre nuestras cabezas y los cañonazos acortaban distancia. La carretera trascurría a lo largo del río, teniendo a nuestra derecha Francia y, a nuestra izquierda, el monte San Marcial desde donde el ejército republicano defendía con arrojo su emplazamiento, que era el fuerte San Marcos, muy cerca de lrún. El oficial que mandaba la columna, capitán Barroso, nos preguntó que a dónde nos dirigíamos y mi capitán le explicó todo lo referente a su familia…
— Su familia tendrá que esperar, no sé cuándo podremos salir de esta encerrona; no sé si se han dado cuenta de que somos blanco fácil para el enemigo… — de pronto se calló, miró al cielo buscando algo. Y entonces los oímos ¡Eran aviones! ¡Aviones bimotores franceses!— ¡Todos fuera de los vehículos! ¡Dispersaos! ¡No os quedéis en la carretera!—Gritaba el capitán, yendo de un lado a otro.

       Corrimos a protegernos entre los árboles, mientras que la artillería del enemigo seguía tronando. El capitán Palló fue el primero en darse cuenta de que los aviones solo nos observaban, era una escuadrilla de reconocimiento que vigilaban la línea fronteriza francesa— ¡Si los gabachos hubieran querido acabar con nosotros, hace rato que lo habrían hecho! —Dijo a gritos, intentando hacerse oír por encima del estruendo.

       Tres días estuvimos en ese infierno agazapados entre los árboles y avanzando poco a poco por la ladera del monte, en el intento de hacernos con ese reducto. Los hombres caían como moscas en ambos bandos. El aire estaba impregnado de olor a pólvora, a sangre y al hedor de intestinos reventados por la metralla. Los lamentos de los heridos horadaban mis tímpanos hasta clavarse en mi cerebro, pero lo peor de todo eran sus ojos. Esos ojos, cuya mirada de angustia reflejaban un infinito miedo a la muerte, te pedían ayuda y tú, apartando la vista, les mentías diciéndoles que todo iba a ir bien, mientras en tu interior maldecías tu impotencia ante el sufrimiento de toda esa gente… Recuerdo un muchacho que me pedía un pitillo; extendía su brazo en un intento de coger el cigarrillo, le faltaba la mano hasta la muñeca, pero él no se había dado cuenta; ni si quiera parecía sentir dolor— Acércate más, que no lo alcanzo —Decía, mientras los jirones de carne que le colgaban del brazo bailaban con cada movimiento que hacía—. Espera, que te lo pongo en la boca —contesté, mientras encendía uno nuevo con la colilla ensalivada que llevaba entre los labios—. Oye amigo… —y pasaba el muñón por mi guerrera, tiñéndola de rojo—…soy pintor; bueno, en realidad pinto paredes, pero me gusta la pintura… —La fina y pesada lluvia que caía sobre nosotros, había apagado el pitillo. Quiso seguir hablando, pero un golpe de tos le hizo vomitar sangre, así que se lo quité—. Déjame tu dirección, porque… —Le costaba respirar y fruncía los labios intentando atrapar pequeñas bocanadas de aire, igual que un pez fuera del agua, pegando los últimos coletazos en un vano intento de zafarse del anzuelo que le había tendido la muerte— …cuando todo esto acabe, te pintaré… Me duele la pierna derecha… Tengo frío… ¡Ayúdame!… —pensé que todo había acabado, pero siguió hablando—. ¡Ah!… Levantadme —Miré hacia donde debería estar su pierna y no la encontré, la metralla la había arrancado casi de cuajo. En mitad del muslo, infinidad de trozos de esquirlas óseas aparecían incrustadas en los sanguinolentos trozos de carne… Ante aquella visión, un sudor frío invadió todo mi cuerpo, No pude evitar las arcadas y vomité, vomité y vomité toda la bilis que mi vesícula pudo generar. Me encontraba tan mareado que pensé que me iba a desmayar junto aquel pobre infeliz, pero no fue así; intentando ignorar a mí estomago, volví a mirar… La tierra en donde debería haber descansado la extremidad, aparecía empapada de sangre, dándole un aspecto como de tierra mojada, tierra recién regada; regada con la sangre de ese muchacho que tenía entre mis brazos, de él y de muchos como él. Mientras lo volvía a depositar en el barro pensaba: «Tu sangre será tu sudario, amigo mío. Espero que tengas claro por qué o por quién has muerto. Y que, estés donde estés, puedas seguir pintando, aunque solo sean paredes… amén», dije a modo de oración… Los gritos de los soldados llamando a los sanitarios acabaron con mi monólogo. Me arrastré sobre el fango buscando protección topando con algo blando y viscoso, e instintivamente giré sobre mi espalda, apartándolo de mi camino; no tenía ningún interés por saber de qué se trataba, mi único pensamiento era encontrar algún lugar donde parapetarme. El resplandor producido por la artillería iluminó la zona y pude ver, no muy lejos de donde estaba, uno de tantos socavones producidos por los obuses al impactar contra el suelo. Me dejé caer por él, yendo a dar con mis huesos en un improvisado colchón de cuerpos sin vida de los que intentaba librarme sin conseguirlo, porque en aquel agujero, la lluvia había formado un charco de lodo, del que se hacía difícil salir… «Parece que estoy en una atracción de feria» y a continuación me encontré soltando una sonora carcajada, «me estoy volviendo loco, si no salgo pronto de aquí no me hago responsable de mi cordura…No reconocía mi voz, me sonaba extraña, como si perteneciera a otra persona; tal vez a algún despojo humano, como el que tenía bajo mi cuerpo. Volví a ponerme en pie intentando no perder por enésima vez el equilibrio. A cada paso que daba sentía que se me erizaba el vello… La risa histérica dejó paso a las lágrimas; lágrimas que brotaban a borbotones, sin poder evitarlo… A pesar de las gruesas botas, notaba la carne y los huesos de esos pobres seres bajo mis pies… Cuando por fin logré salir, eché a corre sin mirar atrás. No hacía nada por protegerme, sabía que en esos momentos era carne de cañón para el enemigo, pero no me importaba, solo quería huir de aquel infierno. En mi carrera por el campo de batalla, escuchaba las voces de hombres que pedían ayuda: unos para ser salvados y otros para que acabaras rápido con su sufrimiento… “Compañero, haz algo por mí: pégame el tiro de gracia y terminemos de una vez… Yo lo haría por ti…”, ¡Camillero! ¡Aquí, sanitario!. Me había unido a las voces que reclamaban con desesperación una tabla de salvación para esos pobres seres… No podía hacer otra cosa. Eso y pedirle a Dios que acabara rápido con el sufrimiento de cada uno de ellos.
Al cabo de tres días de horror, el monte San Marcial fue tomado por nuestras fuerzas y así nos pusimos en marcha de nuevo hacia lrún. Abatidos, sucios y cansados, hasta que unos compañeros que iban delante comenzaron a cantar una marcha alemana… “Yo tenía un camarada, entre todos el mejor”… En poco tiempo, nuestras gargantas fueron solo una… “Siempre juntos caminábamos, siempre juntos avanzábamos”… Lo hacíamos con fuerza; confiando en que nuestras voces llegaran al cielo a modo de oración. Estaba convencido de que en los corazones de casi todos había un rincón para los caídos de ambos bandos, porque muchos de nosotros teníamos en el lado contrario familia y amigos, combatiendo por sus principios. Al redoble del tambor, al redoble del tambor… gloria, gloria, gloria, victoria”… ¿Por sus principios… por los nuestros? ¿Por nuestra sangre… por la de ellos? Seguramente al Cielo no le importaba de qué lado era la sangre derramada, ni de quién era la razón y de quién la sinrazón. Seguramente, el Cielo pasaba de todo eso y solo le preocupaban los inocentes, que se habían visto envueltos en esa locura. Al menos yo, si fuera Cielo, es por lo que me preocuparía…
Muy cerca de Irún se hallaba Fuenterrabía. Allí se encontraba la casa de la familia del capitán Palló y allí esperaba encontrar a los suyos. Por fin llegamos al pueblo, un pueblo de casas cerradas y calles vacías que atravesamos hasta la playa, en donde encontramos a un viejo pescador, remendando una red. Nos contó cómo la gente había huido a Francia. Nos dijo que conocía a la familia, pero que no sabía nada de ellos.
— Todos se han marchado, solo quedo yo… —murmuró con voz cansada y dándonos un fuerte apretón de manos, volvió a lo que estaba haciendo. Nos pusimos en marcha esta vez hacia la salida del pueblo, en donde se encontraba la casa de la familia del capitán. A unos cincuenta metros de distancia, me mandó desviar el coche fuera del camino, yendo a parar detrás de unos arbustos…

Nov 202015
 

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Y hasta el final de la guerra, fue todo un peregrinar. Un par de veces en tren, otras en carro, las más en el coche de San Fernando, ya se sabe que un ratito a pie y otras andando…: Calatayud, Villarquemado, Villafranca del Campo, Paniza… En todos paraban un tiempo, según los avatares de la guerra. Siempre con miedo en el corazón… aunque a veces, ese miedo quedaba ahogado por la espera del anuncio del fin de la guerra. Mientras tanto, en el ir y venir de sus vidas, llegaban hasta ella las terribles noticias de la contienda: Belchite, Teruel, Brunete, Jarama, Ebro… Batallas, todas ellas mostrando la cara más terrible de la pelea. El crudo invierno del 37, con la toma de la ciudad de Teruel… El general Rojo, moviendo ficha: “jaque al rey”… 40.000 hombres, carros, blindados…, rompen el cerco de los nacionales.
Franco, respondiendo; dejando a un lado los planes de ataque para Madrid… Entrando al trapo del General Rojo, para acabar en una lucha encarnizada en medio de un clima siberiano. Se combate casa por casa; con bombas de mano y fuego de ametralladoras. Se combate con las bayonetas en ristre, buscando carne en donde clavarlas… aunque no se sepa bien quién es quién. Al llegar la noche, de uno y otro lado, los emboscados se mezclan con la población civil… horror… horror… horror…

Se acercaba la primavera y, con ella, el anuncio del final de la guerra… el final de la guerra… Sara suelta la prenda enjabonada y se alza en pie, dejando que se la lleve el río. El corazón galopa con fuerza en su pecho. No puede creer lo que oye: “¡La guerra ha terminado! ¡Ha terminado la guerra!…” Unos chiquillos corren por el pueblo anunciando la buena nueva. Pero Sara no acaba de creérselo; los escucha con recelo: «Son unos chiquillos. Hasta que no llegue un adulto y te lo confirme…».
— ¡Mamáaa, mamáaa! ¡Veeen, que la gente está en la calle gritando que la guerra ha terminado! — Sarita corría seguida de Chito, arañándose las piernas con las zarzas del camino –. Mamá, mamá, que vamos a ver pronto a papá… — dijo abrazándose a su madre.
— Mamá, mamá —decía Chito, metiendo la cabeza entre las dos hasta hacerse un hueco, como el huevo de un pingüino — – ¿Y podremos beber leche?
— Sí hijo, sí. Podremos beber leche…
…………
— ¿Qué llevas en la maleta que abulta tanto, amor?
— Algo de ropa, muy poca. Y un pedazo de nuestra vida…— dice abriendo la maleta.
— ¿… ?
Sara saca con mimo tres bultos a los que libera de la ropa protectora. Salvador mira con incredulidad los objetos esparcidos por encima de la cama: El reloj de cuco de la familia Camaró, la sopera para dos que le regaló cuando se casaron y el portarretratos con la fotografía del día de su boda: «Realmente es un pedazo de nuestra vida…». Sus ojos pasaron de esos pedazos de su vida a su mujer, de su mujer a sus hijos… Y pensó que era un hombre afortunado, el más afortunado de la tierra: «Te doy gracias señor por habernos dejado con vida… Por permitirnos estar juntos de nuevo. Gracias señor».
— ¿Estás bien?
— Sara, eres increíble… Todavía no entiendo cómo has podido ir de un lado a otro durante tres años, con dos niños y una maleta que abulta tanto… En medio de una guerra…
— ¡Chiiiiisssss! Mil guerras que hubiera. Mil veces cargaría con ella…

La calle del Rosario no parecía su calle. Casas derruidas, escombros y más escombros y de entre los escombros, alguna pared permanecía milagrosamente en pie, mostrando los impactos de bala en su inanimada piel… Pero allí estaba ella, orgullosa de haber aguantado erguida. A ella le pareció que le decía:
— Sara, las dos hemos hecho caso a los consejos del rosal de la calle de la Tristeza. ¿Lo recuerdas? ¡Lucha Sara, sé fuerte! ¡Si yo puedo, tú también! Las dos hemos podido Sara, las dos…

Nov 172015
 

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     Cada día se hacía más difícil vivir en la ciudad. El fuego de la artillería, el rugir de los motores de los aviones a su paso por el cielo de Teruel y las sirenas alertando a la población de un nuevo bombardeo, se había convertido en algo cotidiano para sus habitantes. La ciudad parecía un fantasma, mostrando el sudario de casas derruidas. Solo el frío viento, con sus ráfagas cortantes como cuchillas y su agorero ulular como compañero, se atrevía a pasear por callejones, calles y plazas… De vez en cuando se veía a alguien que caminaba por la calle con el cuerpo perdido en el abrigo y la falta de puchero caliente reflejado en la cara.
Con el paso acelerado Sara, con los niños de la mano, atravesaba la plaza “Del Torico” en dirección a la calle de la Tristeza, así la había bautizado la noche en que llegaron, donde no sabía el ambiente que se iba a encontrar pues había notado que últimamente la dueña le miraba mal… y no era por dinero, porque desde el primer día no había dejado de pagar el alquiler ni un solo mes, así que intuía que era algo más serio…
Las sirenas empezaron a sonar, advirtiendo de la visita de los aviones cargados con sus regalos de cortesía: unas hermosas bombas que dejarían caer desde el cielo, confiando en que nadie se quedara sin catarlas… Agarrando con fuerza las muñecas de sus hijos, echó a correr limitada por las cortas piernas de los niños. Ahora los aviones estaban por encima de sus cabezas y aún les quedaba por recorrer la mitad del camino hasta llegar a los soportales del otro lado. Se encontraban junto al monumento que daba nombre a la plaza: una columna que soportaba, en su capitel, a un pequeño toro. Luego todo pasó muy rápido: el llanto de los niños… el latido de su corazón desbocado por el miedo en los oídos… el atronador ruido de las bombas al estallar… La metralla silbaba sin parar y no fue capaz de seguir adelante. Con un brusco empujón los hizo caer al suelo, echándose encima a modo de escudo; era lo único que podía hacer por ellos… Los cañones tronaban y los edificios aparecían envueltos en llamas. Escuchó un proyectil que venía enfilado hacia ella así que cerró los ojos y preparó su alma para el encuentro final apretando su cuerpo contra sus hijos hasta casi asfixiarlos, en un desesperado intento de protección, aunque no sabía si eso sería suficiente cuando la metralla impactara en el blanco. Un segundo, dos, tres… Sara levantó la cabeza, el proyectil milagrosamente solo había rozado la columna, y pegó un tirón de los chiquillos, corriendo los últimos metros que le quedaban para alcanzar los soportales. Una vez allí, se pararon para tomar aliento. Los niños, entre llantos, le suplicaban que parara de correr y ella los abrazaba diciéndoles que era imposible si no querían morir… Entonces Sarita, tomando de la mano a su hermano, dijo:
—Vamos mamá, tenemos que llegar hasta un refugio…
Y Sara, asomándose al balcón de sus ojos de niña, llegó a tiempo para ver cómo su alma de nena se escondía en lo más profundo de su ser, empujada por una prematura madurez de mujer.
Con la esperanza de no escuchar más que el silencio, apenas respiraban… El peligro había pasado hasta la próxima incursión.
Con manos temblorosas y ese nudo en la garganta que desde hacía tiempo no le abandonaba, limpió como pudo la sangre de las magulladas rodillas de su hijo con el borde del pañuelo mojado en saliva.
La plaza comenzó a revivir lentamente. La gente que había estado resguardada en los refugios, salía a la calle para volver a sus casas. Alguien le preguntó si estaban bien y si podía hacer algo por ellos… Ella negó con la cabeza y le dedicó una triste sonrisa. Ese alguien dijo:
— Aunque triste, es una sonrisa… — y tras acariciar la mejilla de la niña, le dijo adiós.

Nov 102015
 

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        Antes de marcharse Victoriano colocó los colchones: uno en cada cama y el tercero, en el suelo. Sara les puso unas sábanas que sacó de un baúl, cubriéndolas luego con un par de gruesas mantas e hizo que los niños se lavaran las manos y la cara en el fregadero. El agua estaba fría y los pequeños protestaron pero de nada les sirvió. Haciendo caso omiso a sus lloriqueos, llenó una palangana de agua en la que humedeció una toalla con la que les limpió los pies. A continuación, sacó de una de las maletas un par de mudas de ropa interior y dos pijamas que olían a manzanas. Al final, se durmieron entre sábanas limpias y la voz de su madre que rezaba por ellos: “Ángel de la guarda… Dulce compañía, no me desampares… Ni de noche, ni de día, no me dejes solo… Que me perdería”… Sara desgranaba las palabras lentamente…
Entre sollozos ahogados, las lágrimas le nublaron la vista resbalando por sus mejillas, hasta llegar a la comisura de los labios: sabían a sal, sabían amargo… Sus lágrimas sabían a angustia, tristeza, desaliento… a soledad y a abandono…
Quería volar, desaparecer del mundo, perderse en el infinito o en cualquier recóndito lugar de la tierra, donde nadie la pudiera encontrar. Sara miró a sus hijos. El pequeño dormía plácidamente, rendido por la fatiga y ajeno a todo; Sarita, en cambio, tenía un sueño inquieto. De vez en cuando, los músculos de las extremidades de la niña saltaban con brusquedad.
— Parece una marioneta, movida por los fantasmas de la noche… — pensó con tristeza, agachándose para arropar a su hija, que dormía en el colchón colocado en el suelo. Luego se dejo caer en el sillón de tres patas, haciendo caso omiso del incómodo balanceo. Y así se quedó sentada en la oscuridad, esperando que apareciera Salvador; rezándole a la Virgen del Pilar, para que lo protegiera bajo su manto.
En algún lugar de la casa, alguien movía el dial de una radio intentando captar con nitidez el boletín de información… Las palabras, las frases entrecortadas, atravesaban las paredes martilleando sus oídos. Se escuchaban noticias sobre cómo los nacionales avanzaban en su lucha por reprimir al ejército republicano… O cómo hoy, uno de octubre de mil novecientos treinta y seis, el general Francisco Franco Bahamonde había sido proclamado en Burgos Jefe del Gobierno del Estado español y Generalísimo de los Ejércitos de tierra, mar y aire… De pronto, los partes de guerra quedaron ahogados por la voz de “la Piqué”, que cantaba una canción cuya letra hablaba de la historia de una mujer, que iba buscando por las tabernas del puerto a su amor: un marinero, sin nombre y con el pecho tatuado con un nombre de mujer…
—“Él llegó en un barco, de nombre extranjero”… —con voz apagada, Sara iba tarareando la canción—. “Mira mi pecho tatuado, con este nombre de mujer”…
Las lágrimas volvieron a sus ojos; las mejillas le ardían de lo que había llorado. Se levantó y buscó un espejo en la bolsa que contenía las cosas de aseo. No quería despertar a los niños, así que optó por no encender la luz. Rebuscó a ciegas, en uno de los cestos, hasta dar con un mazo de velas y una caja de fósforos. La débil luz que desprendía la llama, le bastó para ver en su rostro la piel enrojecida, allí por donde habían resbalado las lágrimas.Se acercó a la ventana y miró hacia la calle, que aparecía sumida en la oscuridad.
«La habitación debe dar a la parte de atrás de la casa…»- pensó -.
El maullido de un gato en celo la sobresaltó. No sabía explicarlo, pero el lamento lastimero de los gatos llamando a las hembras le ponía nerviosa. Cada vez que lo escuchaba, se le erizaba el vello de los brazos…