Cuentos de lechera

Los cuentos de lechera no pagaban facturas

 

Los cuentos de lechera no pagaban las facturas, ni llenaban el estómago, pero ya era tarde para volver atrás, más que nada porque a sus cincuenta años, nadie iba a contratarlo

Le pegó dos caladas al pitillo, como si fuera el último del cajón desastre de su vida. Con tres hijos y una mujer que le aguantaba carros y carretas, no sabía muy bien si por que aún conjugaba la palabra amor o por el miedo a enfrentarse sola a la vida,  hacía que permaneciera en ese hogar tan falto de todo. Se hundió mas en el sillón frente al viejo ordenador compañero de fatigas de penas y alegrías. Llevaba horas intentando escribir algo coherente y que dejara al lector sumido en una historia para no olvidar, pero solo conseguía emborronar el papel imaginario de la pantalla. Desde que tiró el trabajo por la borda, nada iba bien. Los cuentos de lechera no pagaban las facturas, ni llenaban el estómago, pero ya era tarde para volver atrás, más que nada porque a sus cincuenta años, nadie iba a contratarlo y menos de lo que había hecho siempre, por muy bueno que fuese… Echó la cabeza hacia atrás y expulsó un par de volutas de humo que se perdieron en el techo de la habitación a la que eufemísticamente llamaba “el estudio”, aunque solo fuese un pequeño cuarto con olor a tabaco y sopa de sobre, porque esa sopa empaquetada formaba parte de su vida, hasta el punto de que tenía la sensación de que cuando entraba en un sitio cerrado la gente aspiraba mas profundamente en un intento de adivinar a que olía, que colonia usaba…  Ernestina no tenía la culpa. Porque la cesta de la compra no daba para florituras…
Cruzó la calle y torció la esquina. Un perro de esos que odiaba, un pekinés con cara de mala uva, olisqueaba la esquina del estanco con su dueña enganchada a la correa, enfrascada en un parloteo al más puro estilo de “eslabón perdido”. En el local de la lotería no había nadie, solo el lotero perdiéndose en el paisaje de décimos esperando dueño y tacos de papeletas de quinielas, perfectamente alineadas…
Y sueña que soñaba con un deslunado con luna, iluminando el pequeño cuarto del ordenador.
Que se acababan los días de sopa boba.
Que Ernestina despertaba del letargo, del olvido del deseo.
Que dejaba el cigarrillo y le daba a la litrona de agua sin graduación.
Y soñaba que soñaba, que jugaba al corre corre que te pillo, con la cruda realidad.
Y le pegó dos caladas al pitillo  hundiéndose más  en el sillón, frente al viejo ordenador, para seguir soñando con cuentos de lechera…
Y la ilusión en los juegos de azar.

 


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