Jul 282015
 

……… Segundo día de navegación y estaba viendo que esa noche tampoco podría dormir, porque en aquel espacio tan reducido del camarote, con aquel olor a pintura, se le hacía muy cuesta arriba quedarse en él. Pero más difícil todavía era convivir con el compañero que le había tocado en suerte. Se llamaba Eusebio García y le había contratado como capataz una de las explotaciones madereras que operaban a lo largo del río Benito. El buen hombre era un tormento cuando se quedaba frito, pues o bien roncaba o salían de sus labios un chorro de palabras ininteligibles que hacía imposible conciliar el sueño. Hasta sus oídos llegó el son del batintín, que llamaba a la cena, propagándose por toda la cubierta. Con tiempo bueno y mar en calma, el pasaje tendía a reunirse en los lugares comunes, y uno de ellos era el comedor. Se dio cuenta de que tenía hambre, así que se añadió a la cruzada por el condumio. Atravesó el local hasta llegar a la mesa que compartía con Eusebio, el maderero, el cual charlaba animadamente con dos hombres: uno, un funcionario de correos cuyo destino era Santa Isabel y otro de sanidad, que regresaba a la isla tras disfrutar sus vacaciones en la Península. Acomodándose en la silla dio las buenas noches a la vez que abría la servilleta. Hablaban de la II Guerra Mundial. El de sanidad relataba a los dos novatos el accidente del hidroavión Sunderland Británico, que se estrelló en la Isla a causa de un tornado, en junio del cuarenta y cuatro y en el que murieron los diez tripulantes que en el iban…:
– El avión sobrevolaba el aeródromo de Santa María en unas condiciones muy difíciles. … –comentaba consciente del interés que había despertado en los dos hombres. Un camarero se acercó a la mesa y sirvió una humeante sopa Juliana a la que el funcionario de correos, tras sujetarse la servilleta al cuello de la camisa y sin dejar de mirar al narrador, hundió la cuchara en su plato mareando el caldo-… Sobre un cielo cubierto de nubes bajas, viento racheado acompañado de fuertes lluvias y sin apenas visibilidad, el Sunderland se dirigía al encuentro de un terrible tornado… Llegó un momento en el que la visibilidad fue nula y la altura del avión no sobrepasaba los doscientos metros sobre la ciudad de Santa Isabel; fue entonces cuando la artillería antiaérea, desde el cañonero Canalejas y las ametralladoras de la Guardia Colonial situadas en Punta Fernanda, lanzaron unas ráfagas de aviso con el fin de que desviara su trayectoria. Y así lo hizo, desapareciendo por el este de Punta Fernanda para hundirse en el tornado… –hizo una pausa y encendió un cigarrillo, que tras darle un par de caladas lo dejó en el cenicero para luego sorber dos cucharadas de la hirviente sopa, que le hizo proferir un quejido-. ¡Hay que joderse cómo quema esto! Bueno, donde estábamos… -dijo chasqueando la achicharrada lengua.
– El Sunderland acaba de escoñarse por culpa del tornado… -comentó “Ojos de Gato” a sabiendas de que le había jorobado su narración porque, aunque era un pasaje de la historia reciente de la Guinea conocida por los que llevaban unos cuantos años en esa tierra, a los antiguos les gustaba sorprender a los recién llegados con este tipo de relatos.
Le miró como diciendo…: cállate y no seas metemuertos…
– Efectivamente, se estrellaron en mitad del bosque, cerca de la finca alemana Moritz a donde la fuerza del tornado lo lanzó contra una gigantesca ceiba. Entre los restos del aparato, nueve tripulantes carbonizados y el décimo, que aún seguía con vida a pesar del gravísimo estado en el que se encontraba, fue trasladado al hospital de la capital en donde murió de madrugada tras declarar que el hidroavión había salido de Lagos (Nigeria), con diez tripulantes entre los que se encontraba él, hacia un destino y con una misión que no podía desvelar… El hombre dijo que no hubo ningún problema hasta que tropezaron con el tornado… Que no se separaron de su ruta por voluntad propia, y que siempre creyeron que seguían sobrevolando el mar … -el camarero retiró los platos vacíos, todos, menos el del contador que se lo llevó sin apenas probarlo. Ahora había montado su escenario particular con el salero por ceiba y el pimentero por avión; una caja de cerillas y el paquete de tabaco hacían las veces de ambulancia y hospital-… El pobre muchacho declaró que era la primera vez que volaba esa ruta, pues sus misiones las había realizado siempre por Europa.
– ¿Los repatriaron o los enterraron en Santa Isabel? -preguntó el maderero contemplando la ración de pollo al horno que le habían servido–. Espere… ¿me puede poner un par de patatitas más?… –le dice al camarero.
– Cómo no, señor. ¿Así está bien? –y le dedica una estudiada sonrisa buscando su aprobación.
– Así está bien, gracias…
El hilo de la historia se había quedado atado a las neuronas que impulsan la imaginación, para dejar paso a algo más trivial como era la contemplación de los platos que el camarero iba “decorando”: que si un trozo de pollo aquí; que si unas patatas al lado; que ahora te coloco algo de panaché de verduras en este otro hueco y ahora te lo riego todo con la salsita que baña la bandeja… El camarero se vuelve a la mesa de al lado y empieza el mismo protocolo, mientras ellos contemplan el contenido de sus platos, pensando unos, que les podía haber puesto algo que no fuera el espinazo y otros, encantados con los muslos y pechugas que les había tocado en suerte. El narrador hinca el tenedor en el contra muslo y con el pesado cuchillo de alpaca comienza a despellejar el pollo. “Ojos de Gato”, dando un rápido repaso a los platos de sus compañeros de mesa, piensa en la injusta decisión de los hados del Olimpo que guiaron la mano del camarero hasta el huesudo espinazo, cuando le llegó su turno. Tras la catilinaria mental contra los dioses olímpicos y sus estratagemas, opta por pinchar una patata y un par de judías del panaché.
– Acabe la historia… -dice el funcionario de correos frotando el tenedor con la servilleta que llevaba al cuello.
– No hay mucho más que contar; fueron enterrados en el cementerio de la ciudad en “olor de multitudes”.
– ¿Se pudo recuperar algo del avión?
– Sí. Cartillas militares de identidad, diarios de navegación, tablas de situaciones geográficas de diferentes puntos del litoral… armamento, efectos personales… y un sinfín de cosas más, como comprenderán algunas en mejor estado que otras.
– Si no recuerdo mal, creo que el Sunderland es un antisubmarino especialmente dedicado a misiones de exploración y vigilancia… –dice “Ojos de Gato”, dándole un sorbo al vaso de vino–. Y ya sabes lo que se rumoreaba sobre lo sucedido…: que cuando ocurrió el desastre iba tras un submarino alemán localizado en algún punto de la costa de la isla…
– De acuerdo, pero eso es algo que de momento no sabemos con certeza, al menos los españolitos de a pie… -comenta riendo. Habían llegado a los postres y el camarero servía en platillos: hojaldres rellenos de crema, cubiertos de finas láminas de almendra que hacían la boca agua al más desganado de los desganados.
– ¿Qué tal un coñac y una partida de dominó? –propone Eusebio el maderero, jugueteando con el pastelillo.
Salieron del comedor casi los últimos. En el bar, las mesas estaban ocupadas y el par de cajas de dominó que guardaba el barman también, así que se sentaron a un extremo de la barra.

https://vimeo.com/122934557

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