Feb 132015
 

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El calor era insufrible en el ambiente a pesar de que el Land Rover era descubierto. Traqueteando por el camino que llevaba al pequeño poblado de San Antonio de Ureka cerca de la playa, botaba con los baches haciéndolos saltar a pesar de ir como sardinas en lata al tener que cargar con dos de los niños como “cinturones de castidad parlantes” por eso de que en el pecado está la penitencia. Pero no les importó pues les parecía increíble que las hubieran dejado ir cara a la noche con los chicos, para vivir el nacimiento de la tortuga marina; una eclosión de vida que poca gente había experimentado hasta entonces. El único adulto que les acompañaba era Servando el conductor, pero él no contaba.
Entre tanto fuego cruzado de frases sin respuestas, porque a todo el mundo se le ocu-rrió hablar a la vez, Guille dijo que el apretuje que llevaban le recordaba a la escena del camarote de “Una Noche en la Ópera” de los hermanos Marx, y tenía razón, porque doce en un Land Rover era para verlo y vivirlo. Armandito y Jaime discutían sobre la pesca aunque el primero llevara siempre las de perder porque el otro, además de ser el mayor, y practicar con la pesca submarina, hablaba con un cierto deje de superioridad que hacía callar al chiquillo, y es que no podía evitarlo porque era algo fantasma. En medio de tanta palabrería, la voz de Gelinda protestando porque estaba harta de ir sen-tada encima de su hermana era como clamar en el desierto. Solo Tatín la oyó, respon-diéndole con un “no haber venido enana” que le sentó como dos pellizcos de monja:
— No haber venido enana –le soltó como un mazazo.
Pero ella no entró al trapo porque estaba demasiado acalorada como para gastar sali-va en discutir. Todos llevaban una lámpara de bosque* además de las linternas, y la de su hermana se la estaba clavando en una de las pantorrillas. Tenía sed y un ruido en el estómago que le decía “te comerías un cebú entero si lo tuvieras delante”. Pensó en pedirle uno de los bocadillos que llevaba en la cesta pero desistió pues sabía que hasta que llegaran a la playa no le daría nada. El polvo del camino se le metía en los ojos y las hormigas rojas campaban por encima de su gorro color garbanzo torturándole el cuello y las orejas. Notaba cómo el sudor empapaba sus pantalones cortos, y cómo corría entre las piernas de las dos. «Un asco», se dijo, viendo cómo un mongo, no mucho mayor que ella, apartaba a la cuneta cegada por el bicoro a un pequeño rebaño de cinco cabras de ubres sin ordeñar. El chiquillo se la quedó mirando, pero solo fue un momento; el tiempo que tardaron en perderlo entre la polvareda. Se volvió hacia Juanín que, sentado en el suelo, mascaba un chicle entretenido en arrancarse la costra de una herida en la rodilla, como si en ello le fuera la vida, y pensó en la inoportunidad de las anginas de Fabiola que la habían dejado sin ver a las tortugas.
Eran las cinco cuando en la última curva San Antonio apareció ante sus ojos. Solo era un pequeño poblado de casas de nipa con su gente a la puerta, y unos cuantos animales de corral enredando entre los enseres, cerca del caudaloso río, pero tiempo atrás formó parte de un grupo de poblados que salpicaban Ureka, en cuyas playas los esclavos huidos de San Tomé y Angola encontraban refugio; aunque eso era algo que ni sabían, ni les interesaba.
Servando aparcó el Land Rover a la sombra de un grupo de palmeras de aceite sin intención de acercarse a la playa: “Espero aquí”, dijo apoltronándose en el asiento con un cigarrillo entre los gruesos labios, sin importarle el maravilloso espectáculo de vida que no tardaría en darse unos metros más allá. Bajaron por la ladera de sendero, forjado en el tiempo por los pies de los lugareños que llevaba a la playa, serpenteando entre las plantas del contrití y las flores de colores de la balsamina en donde un pájaro mosca revoloteaba de flor en flor acostumbrado como estaba al trasiego del camino, con las linternas en la mano porque al dar las seis, el sol se perdería en el horizonte. Los pequeños iban delante volando por el atajo a pesar de las chanclas de goma que apenas les sujetaba el pie.
— ¡Mira Gelinda! –dijo Juanín señalando a un punto de la arena.
— ¿Son las tortugas?
— ¡Vamos corre!
Y se alejaron de los demás sin escuchar a nadie seguidos de Armandito, mientras un enorme sol redondo y rojo como un tomate desaparecía en el mar. En la playa, las crías recién nacidas rompían los huevos despojándose de la arena que las cubría para em-prender su particular batalla por la supervivencia, amparándose en las escasas sombras de la noche, por ser una noche de luna. Caminaban con torpeza en dirección al agua, en una carrera loca hacia la difícil salvación entre los cangrejos y alguna gaviota rezagada para irse a dormir.
— ¡Mira! –Juanín corrió hacia la orilla en donde las tortuguillas nadaban con toda la fuerza de que eran capaces.
— ¿Ya se han salvado? Pregunta pisando con cuidado para no chafar a ninguna.
— Todavía no.
— Bueno, en realidad tampoco están a salvo en el agua, porque ahora se las co-merán los tiburones y las gaviotas… —respondió Armandito.
— ¡Eso es mentira! –exclamó a punto de llorar—. ¿Tú cómo sabes eso?
— Lo he visto en un libro de la naturaleza que tiene mi padre en el despacho. Si no me crees, cuando vengas a casa te lo enseño –le dijo con cierto aire de superioridad porque para eso era el mayor de los tres.
— Pero algunas se tienen que salvar sino, no habría tortugas… —razonó observando con desesperación todo ese frágil flujo de vida que la rodeaba a media pierna.
— Algunas, pero muy pocas —contestó atrapando una, colocándola en la palma de la manos.
Juanín le enfocó la linterna y la cría parpadeo varias veces moviendo las patas en un alocado intento de huir del incómodo foco de luz.
— ¡Apaga la linterna que la estás asustando! –le ordenó con un par de lágrimas a punto de atravesar las ventanas de sus ojos. Ya se sabía que no le gustaba que la vieran llorar, pero lo que acababa de descubrir la desarmó. Salió del agua alejándose de la orilla sin hacer caso a sus llamadas. Quería volver a casa pero sabía que eso era más difícil que ver a Diosdado hacer una sopa de tapioca en la cocina del hogar. Con la linterna encendida y amparada por la luz de la luna, continuó corriendo sin volverse ni una sola vez, aflojando el paso al notar cómo la cinta del bañador resbalaba por su espalda, y calculando muy bien donde ponía el pie para no ser mordida por los cangrejos que salían a montones de sus madrigueras bajo la arena de la playa, que a esas horas, parecía una loncha de gruyer con tanto agujero. Pero la gota que colmó su paciencia la tuvo una chancla rota hasta el punto de que si hubiera podido, se habría ido con Servando al Land Rover, aunque desechó la idea enseguida porque el propio Servando la enviaría de nuevo con el grupo: “Tú niña blanca no puedes estar aquí. Tu sitio está con ellos”, diría señalando con la cabeza hacia el sendero con la boca llena de guiso de malanga. No muy lejos, una lámpara de bosque bajo un egombe—egombe, marcaba el punto de reunión para grandes y chicos. Entre risas y gritos, los mayores se habían sumergido en el agua sin temor a ese mar oscuro que les rodeaba. Los vio moverse entre ahogadillas, abrazos, y caballitos, riendo y gritando como posesos, y deseó con todas sus fuerzas que una raya les diera un latigazo, al tiempo en que se encaramaba al tronco de un cocotero que casi rozaba la arena.
— ¿Por qué no me has esperado? —le pregunta Juanín enfocando la linterna a la bolsa de Marili, en donde el cocinero había puesto dos cantimploras y un par de boca-dillos envueltos en papel de estraza–. Lo que te ha dicho Armandito es verdad… —continúa mientras mide los bocadillos para ver cuál es el más grande–. El mío es de tortilla de chorizo —le explica, tras decidirse por uno.
— ¿Y cómo sabes que es de chorizo si aún no lo has abierto?
— Porque huele a eso —contesta olisqueando como un perrillo el envoltorio—. ¿Y por qué te has marchado sin esperarme? —insiste dándole un buen mordisco al bocadi-llo.
— Porque no me gusta lo que ha contado de las tortugas. Si lo llego a saber no hubiera venido… —responde pegando un salto, cayendo de culo en la arena. Tenía hambre así que hundió la mano en la cesta de su hermana.
— ¿De qué es el tuyo?
— De atún –le dice con la linterna bajo el brazo, volviendo a sentarse en el tronco, con la vista perdida en la silueta dibujada por la luna y el pequeño punto de luz que venía hacia ellos—. Por ahí viene Armandito… —comentó quitándole el papel al bocadillo.
— Oye… ¿y tú cómo sabías de qué era, si no le habías quitado el papel? –la mira extrañado.
— Porque huele a atún –contesta con rotundidad.
Y los dos comieron en silencio e impotentes, ante la contemplación de la lucha por la vida de las crías, mientras, entre la hojarasca de los egombe—egombes, un cangrejo ermitaño corría al encuentro de una pequeña miga de atún rebozada de arena, asistido por las sombras de la noche.
Regresaron cansados, pero ese día de finales de noviembre permanecería para siem-pre en sus corazones. Hubo achuchones, miradas comprometidas, manos entrelazadas corazones latiendo a ritmo de bossa—nova, junto al deseo a punta de bragueta y co-librís revoloteando en torno al corazón. El lunar de Marta, la obsesión de Antonio. Los labios de Tatín, la perdición de Pepe… Marili, Jaime, Mari Carmen, Guille, y los chiquillos… Todo bajo la tenue luz de las lámparas de bosque, los titilantes focos de las linternas, y la culpabilidad de la luna llena, por ser tan bella…
Lámpara de bosque*: lámpara de petróleo portátil.

  2 Responses to “De un capítulo cualquiera de La Sombra del Egombe Egombe…”

  1. Muchas gracias por este post, tengo muchas ganas de seguir leyendo el resto de contenidos

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