Jun 022010
 

La generación del yogurt : Andrea y sandra, dos de mis preciosas nietas.

La generación del Pelargón: Mi hermana Tatín y la pequeña “de nombre largo y complicado”…

Ya lejos de las máquinas y con la llave echada a la oficina, Se sienta en el porche con un cigarro entre los labios y un “Salto”con hielo, en la mano. Hacia tiempo que el hielo formaba pare de la vida cotidiana gracias a las neveras de petróleo: “”quien se lo iba a decir a él que al final lograría tomarse, en esa Guinea, una cerveza fría y un salto con hielo””…- piensa, con la vista perdida en la luz del “Petromax”, en el que se refleja el líquido del vaso, en donde las burbujas ambarinas burbujean en una orgía de sifón y de coñac. A su lado el instructor Pacheco, se retrepa en el sillón colonial estirando piernas y brazos tan flacos como el resto de su cuerpo, a la vez que un bostezo sale de su boca provocando otro en “Ojos de Gato”. Es un hombre de piel morena y abundante pelo negro con un fuerte acento andaluz, al que le gusta la broma más que a un niño un caramelo.
– ¿Y al final como vais a llamar a la niña?
– Ederlinda…
– ¿Y eso de donde lo habéis sacado de algún libro de caballería?
– Pues no lo se muy bien, creo que la escopetilla lo oyó, cuando era niña, en un refugio durante un bombardeo… Una vez que te acostumbras te resulta hasta bonito – sonríe con el vaso entre los labios.
– ¿Y de verdad crees que el cura la bautizará con ese nombre? – comenta con expresión burlona, mordisqueando entre los dientes un pedazo de hielo.
– Eso ya se lo he dicho, aunque claro, tú no conoces bien el poder de persuasión con que Dios ha dotado a la escopetilla,- afirma observando la silueta de un hombre y dos perros que avanzan hacia ellos bajo el cielo dormido.- Por ahí viene Anselmo…
Tierra caminaba con paso tranquilo junto al doctor, haciendo caso omiso de las travesuras de Viento, ocupado en desbaratar la formación de unos patos que cruzaban la explanada del campamento. Las perneras de los pantalones cortos del bueno de Anselmo, reposaban a lo largo de sus piernas, como las velas de una faluca, en calma chicha.
– Tomate un Salto…
– No. Mejor una cerveza –contesta, buscando al viejo Capitán, que últimamente había tomado la costumbre de lanzarse en picado sobre su cabeza, volando al ras de esta como lo haría un Zero japonés.
Era difícil que sus ojos divisaran al insufrible loro, que agazapado entre las ramas del Egombe-gombe, aguardaba un descuido del joven doctor para poner en práctica una de sus diversiones favoritas desde que Viento apunto estuvo de acabar con todas las plumas de su cola. Aposentado en su natural torre de vigía, observaba a los hombres, mientras de cuando en cuando se expurgaba las plumas con el pico. La Escopetilla salió de la casa con Tatín y la pequeña, de nombre largo y complicado, bajo el mosquitero protector de su coche de bebé. El aire quedó empapado del aroma a Maderas de Oriente que llevaba en la piel: La noche olía a talco y a colonia y a perfume de mujer…
-Deja que vea a esa pequeña – dice sonriendo Anselmo, a la vez que rebusca entre los bolsillos del pantalón: unas cuantas monedas, un caramelo y un par de canicas de cristal, es todo lo que lleva, pero sabe muy bien como centrar la atención de Tatín, logrando por un rato que olvide ese sentimiento de”menos querida”, que estaba viviendo a causa de la llegada de su hermana. – Para la niña más guapa de todo Niefang.- le dice bailando el caramelo y el par de canicas en la palma de la mano, cuya irisación a la luz del Petromáx, no era suficiente para anular el brillo de sus ojos; unos ojos castaños, de mirada suave, que llegaba hasta lo más profundo del alma. La chiquilla apartó un fino mechón de pelo del exiguo flequillo y extendió una mano abarquillada hacia los regalos que Anselmo le ofrecía; la otra la tenía ocupada en rescatar el lazo que rodeaba su vestido, al que tanta afición le había tomado Viento, y en medio de toda esa puesta en escena, llegó la hora de Capitán que se lanzó a por su presa, en ese momento de distracción.
– ¡La madre que te parió! – soltó, al sentir las garras del loro rozar su pelo.
Los ladridos de los dos perros ante la presencia de Capitán despertaron a la niña de nombre largo y complicado, que manifestó su disgusto de la mejor y única manera que sabía hacer: llorar. La escopetilla levantó el mosquitero y sacó al bebé a la brisa del anochecer.
– Trae aquí a esta personita que yo la vea…A ver, a ver ¡pero si tiene más nombre que cuerpo!- dijo riendo. Y era verdad, porque la chiquilla era pequeña, pero esa falta de bebé “hermosamente rollizo”, lo suplía con una carita graciosa en la que unos ojos inquietos observaban el mundo con el mismo interés que un ratoncillo de capo lo haría ante una plantación de grano. Anselmo rozó el pelo rizado y rubio de la pequeña de nombre largo y complicado, con los dedos de la mano, y al hacerlo percibió la suavidad de los polvos de talco para bebés. Cuatro monerías bastaron para acabar con el llanto de la niña, que sin dejar de mirarle a los ojos le dedicó una gran sonrisa adornada en una de las comisuras, por un pequeño cuajaron de leche; y esa sonrisa con olor a leche agria de “Pelargón”* le cautivó hasta el punto de afirmar que esa sonrisa picara que Dios había dibujado en esa cara menuda seria su mejor arma para caminar por la selva de la vida, que era bastante más peligrosa y dañina que la que tenía a su alrededor. Devolvió la niña a los brazos de su madre y esta la dejó en el coche, no sin antes colocarle entre los labios un chupete más grande que la pequeña. Con esos ojos inquietos de ratoncillo de campo, y desde su caja protectora, contemplaba a su madre en espera de un beso que no llegaba, así que lloró de nuevo confiando en que esa madre que le había tocado en suerte, comprendiera la necesidad de un beso.
– Ando algo preocupado, porque me están faltando cartucho de la escopeta de caza…- dice Anselmo, acariciando ahora a Tierra que descansaba en el suelo a su lado, observando no sin mucho interés las cabriolas de Viento.
Capitán dejó escapar un graznido desde la jaula en donde Ojos de Gato”, lo había encerrado; hacia mucho tiempo que no le daba un escarmiento, pero últimamente ya estaba pasando de castaño a oscuro, con esas salidas que tenía…no se fiaba de ese viejo cascarrabias, y presentía que se había encelado del bebé. Se levantó y acercándose le alargó un trozo de plátano, a lo que el loro le respondió girando la cabeza con soberbia:- “es que no ves que estoy herido en mi orgullo ¡mira que eres capullo!””- parecía decirle con su actitud.
– Eres un bicho malo. Me tienes tan harto que cualquier día cumpliré mi amenaza y acabarás en la olla, viejo testarudo.
Pero él sabía que nunca llevaría a cabo su amenaza porque después de tantos años era uno más de la familia. Insufrible, pero uno más.
– ¿Como que echas en falta los cartuchos de la escopeta?
– Cada vez que salgo de caza, se me moja más de uno, y cuando regreso los dejos en la ventana secándose al sol, y en cuanto me descuido desaparecen…
– ¡Anselmo no me jodas! Como van a desaparecer…- salta Pacheco, dejando la botella vacía, de cerveza en el suelo junto a su sillón – a no ser que te los esté robando alguien para cazar, pero bueno eso no sería tan difícil de descubrir, puesto que los cazadores negros que usan armas tienen los cartuchos controlados…
– No se…- contesta con aire de preocupación.
– Ya daremos con él – le dice “Ojos de Gato”, restándole importancia.
Un “buenas noches” y un “hasta mañana” marcaban el final de las tertulias y el principio de la cena y el sueño reparador, hasta el amanecer; mañana será otro día con su atardecer, su charla y su noche. Pero eso será mañana.

Pelargón*: En 1944 en U.S.A. sacaron una leche en polvo como refuerzo a la leche materna, o en sustitución de esta. Y en 1949 la Nestle, la trae a España. Las generaciones nacidas en la postguerra, son conocidas como:”generaciones del Pelargón”

 Leave a Reply

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>