Sep 162010
 

…y otras río a bajo arrastrando las balsas de trozas de okume hasta su desembocadura…

Llevaba de regreso a su casa al doctor Gallo tras la rutinaria visita a la enfermería de la cárcel cuando vieron el aterrizaje de la avioneta. Un, dos, tres, cuatro, y la “Fieseler” rodó unos metros sobre la hierba del campo. Luego las hélices del motor dejaron de girar y un hombre joven saltó a tierra, y les saludo, mientras el sol hacia brillar la bandera pintada en la chapa; consigna de “neutralidad”,en esa guerra mundial tan lamentable. Era un comandante de ingenieros que había visto alguna que otra vez en el chiringuito y en el Guria con un salto en la mano o comiendo unos grafis del Ekuko.De rostro agradable, alto, delgado y espaldas anchas, lo que más destacaba en el era el perfil de su cara, que parecía sacado de una obra de los clásicos griegos. El doctor Gallo al que el paso del tiempo no le había mermado un ápice las ganas de aventura: “”necesito vivir cada día como si fuera el último””, le había oído decir más de una vez, acaparó su atención con una pregunta tras otra, y él les dejó hablar alejándose de la conversación, entre otras cosas porque no le interesaba lo más mínimo el funcionamiento de ese trasto y menos subirse en él y atropellar en el aire a los pájaros. Husmeó bajo el fuselaje y no le gustó lo que vio porque en cada recoveco los insectos habían formado nidos de barro, que le daba un aire de descuido al aparato.
-¡Nos vamos! Todo el mundo a bordo – la inesperada invitación del piloto que resultó llamarse Luis Ángel le sobresaltó; no tenía más remedio que acceder, máxime cuando el doctor ya estaba sentado tan nervioso como un chiquillo en una tarde de feria. Con la resignación de una oveja conducida al matadero reflejada en los ojos, subió ocupando el asiento trasero mientras pensaba que tres plazas para una avioneta eran demasiadas.
Belisario, un negro joven que cumplía condena por asestarle una docena de machetazos al violador de su hermana pequeña tenía el cometido, junto con otros presos de la cárcel, de que la selva no se tragara la pista. Pero también era el encargado de girar la manivela del motor de arranque y de quitarle los calzos a las ruedas. Y en eso estaba, porque en cuanto el piloto puso el contacto y abrió gases, Belisario le dio a la manivela con fuerza y el motor dejó escapar un ronroneo corto y ahogado lo que hizo que diera fin al proceso, con un suspiro largo y profundo a la vez que soltaba el pedazo de metal para limpiarse con la palma de la mano las gotas de sudor que resbalaban por su rostro, color chocolate sin leche, como la escarcha de una botella de cerveza fría. Por unos momentos y con los ojos entornados, escrutó a ese sol abrasador de la mañana que pendía sobre su cabeza y luego volvió a la manivela tras soltar dos buenos escupitajos en las palmas de esas manos grandes y fuertes en donde, marcadas con fuerza, las líneas de la vida y de la muerte resaltaban sobre una piel color avellana. Al final con un par de intentos más las aspas giraron alegremente.
-¡ Quita los calzos!- gritó el piloto.
Y Belisario, con un par de rápidos movimientos dejó libre las ruedas de “la cigüeña”, al tiempo que Luis Ángel, metía gases. El aparato rodó por el desboscado dando tumbos, por la desigual del terreno mientras aceleraba hasta levantar la cola, casi al momento alcanzó la velocidad que le permitió tirar de la palanca hacia él, fue entonces cuando la Fieseler levanto el vuelo casi rozando la copa de los árboles. “Ojos de Gato” pensó que habría deseado mil veces encontrarse en ese momento en el interior de su tanqueta en mitad de la Batalla del Ebro, antes que en el interior de ese aparato suspendido en el aire con esos dos locos que le acompañaban, por muy prima hermana que fuera de esa otra que liberó a Musolini de la prisión en los Abruzos
– ¡Estás seguro de que todo va bien!- Grita para dejarse oir por encima del petardeo discontinuo del motor.
– ¡Esto es cojonudo! – contesta Gallo.
– ¡Pregúntale si este trasto tiene algún problema! ¡Es que me parece, que el ruido que se trae el motor no puede ser normal…!
– ¡No te preocupes, que sabe lo que se hace!
Durante un buen rato, que a él le pareció una eternidad, Sobrevolaron Niefang,y siguieron el cauce del Río Benito, salpicado de lanchas balleneras, unas remontando hacia alguno de los apiladeros, y otras río a bajo arrastrando las balsas de trozas de okume hasta su desembocadura. El trasiego era tan grande que las aguas naturaleza tranquila, se veían ahora agitadas, y eso no era bueno para los pequeños cayucos que desde siempre habían navegado por ellas. La selva se veía de cuando en cuando moteada de pequeños poblados en donde suaves estelas de humo liberadas del fuego del hogar llegaban hasta ellos a través de los huecos que las hojas de nipa dejaban en el tejado. De pronto la avioneta pareció caer en picado y “Ojos de Gato “ creyó que el fin de sus días había llegado. Cerró los ojos y ya se encomendaba a todos los santos cuando notó como el aparato remontaba el vuelo, entre el jolgorio de Luis Ángel y el aventurero doctor.
– ¡No diréis que no ha estado bien vuestro bautizo del aire! – la voz del piloto se elevo a duras penas por encima del ruido del motor.
“Ojos de Gato” no contestó. todos sus sentidos estaban puestos en las copas de los árboles que estaban tan cerca que casi se podían tocar alargando el brazo. Un deseo irreprimible de acabar con la obligada aventura le invadió. Estaba claro que el no había nacido para volar; su mundo estaba ahí abajo, pisando la tierra firme, o navegando sobre las aguas de la madre tierra, pero el cielo…el cielo era para los pájaros.
Atrás habían dejado la demarcación de Evinayong, sobrevolando Niefang en dirección al desboscado en donde creyó que dejaría sus sesos aplastados para regocijo de los carroñeros. Tras una velocidad excesiva de planeo la avioneta tomó tierra con tal brusquedad que “Ojos de Gato” creyó que definitivamente no viviría para contarlo.
Belisario colocaba los calzos, mientras el ronroneo del motor se apagaba, para luego sujetarla con cuerdas a la madre tierra por si las inclemencias del tiempo dejaban su tarjeta de visita. Y así armada contra el inesperado viento, esperaba la mañana del siguiente día para emprender un vuelo sin retorno…

  2 Responses to “De un capitulo cualquiera de "mi ladrillo"”

  1. Si la Fieseler a la que te refieres era una Horch, el piloto debía de tener un par de cojones bien puestos.Parece mentira que en aquellos tiempos hicieran volar esos aparatos sin mantenimiento apenas y sin medios de navegación como hoy en día, en el otro lado del mundo.Me descubro el sombrero Gudeita.

    Besote desde las alas de Isis.

  2. Pues si, señor Jonsu Elportasandalias,el piloto le echó "un par de pelotas", pero al dia siguiente desgraciadamente las perdió porque se estrelló, junto con dos personas más. Murieron los tres.
    Un abrazo.

    Gudeita

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