Dic 162009
 



En esta foto esa niña era un poco más mayor, tendría siete u ocho años. Hoy en día aún siguen juntas,ocupando un sitio muy especial en su hogar…

A su padre no le gustaba como crecía la niña…

Vestido de Piqué y Zapatos de Charol II

… Una tarde, la niña de las chispitas en los ojos atravesó el campamento en busca de su padre, sabía que lo encontraría en la oficina del edificio grande, ese al que llamaban “la carcel”, al final del recinto amurallado. La verdad es que a sus cinco años, apenas recién cumplidos, no tenía muy claro lo que era una carcel, pero presentía que no era un buen lugar para vivir… Caminaba con la cabecita erguida y un cierto aire de altanería en la mirada, porque sabía que los niños negros que vivían en los barracones, la estaban observando mientras atravesaba el enorme patio.
Con su vestido rojo de mangas farol, bordado en nido de abeja y el precioso lazo blanco recogiendo su pelo en una cola de caballo, la niña blanca caminaba a saltitos, para que su muñeca Dorita, abriera y cerrara los ojos a cada paso que daba… La suave brisa que se había levantado trajo hasta ella, el hedor de la acequia que bordeaba la fachada principal de los barracones y la niña arrugó la nariz, a la vez que su carita se contraía en una mueca de disgusto. Un par de gansos, de los muchos que pululaban por el terreno, la hicieron tropezar y tras varios movimientos dignos del mejor equilibrista consiguió no aterrizar en el suelo; de pronto vio con horror como la muñeca volaba por los aires, y como unas manos negras de niño, atrapaban en el aire a Dorita, salvandola de caer en un montón de excrementos de ganso… El niño, se quedó mirando la preciosa muñeca que tenía entre las manos; a sus pies, el camión de madera que con tanto ingenio y paciencia había construido, aparecía destrozado. Lo había soltado así, sin más, en un impulso de proteger a esa muñeca de carne rosada y cabellos dorados, que tantas veces había visto en las manos de la niña blanca; esa niña blanca, que incluso con los ojos cerrados la reconoceria por su olor…: – si de verdad existían los ángeles, debían de oler como ella… Imaginaba como sería su cuarto. Seguro que no tendría que dormir en una pequeña habitación, con un estrecho ventanuco, por donde el apestoso olor de la acequia se colaba, para acompañarlo en sus sueños, junto a sus seis hermanos…: – Como no me devuelvas la muñeca, se lo diré a mi papá – exclamó Gelinda, alargando los brazos. Fue entonces, cuando las palabras de la niña, encendieron una luz en su cerebro. El niño que no tendría más de ocho, o nueve años, irguió la cabeza y la miró a los ojos… de frente… mostrando, como le enseño su padre, el alma limpia y el orgullo de su raza: – ¡YO TAMBIÉN TENGO PAPÁ! – le espetó el chiquillo. Sus manos se rozaron cuando él le entregó la muñeca. La pequeña no despegó los labios, pero las chispitas de sus ojos, brillaron como nunca, cuando, el niño le dedicó indulgente, una amplia sonrisa de “sandía”, adornada con unos blanquisimos dientes…
– Hay cosas que el dinero no puede comprar. – Pensó Ángel, contemplando la escena desde una de las ventanas de la oficina. Y agregó: – ¡Gracias a Dios!
Salió del edificio al encuentro de su hija, pensando en que ya era hora de enseñar a la pequeña, algo más que una vida entre algodones…
– ¡Hola Gelinda! ¿Que haces aquí? Un beso cariño…
Y los dos caminaron cogidos de la mano, atravesando el patio del campamento. La tarde estaba cayendo y el cielo se había teñido de naranja. Unos guardias, avanzaban en formación, en dirección al centro del patio, en donde ondeaba la bandera. Al toque de corneta, uno de ellos comenzó el arriado despacio… Todos saludaron a la enseña: el grupo de guardias, el instructor y su hija de cinco años. Al fondo, desde los barracones, los niños contemplaban la escena…

José, “el boy”, servía el desayuno en el comedor. El aroma a café y bollos recién horneados, invadía la estancia…
La niña de las chispitas en los ojos, apoyaba su cabecita en una mano, mientras que con la otra, jugaba con la cucharilla de su vaso de leche, en el inmaculado mantel. Todavía tenía carita de sueño; se daba cuenta de que la habían levantado de la cama antes de lo normal, porque las lamparas de petróleo iluminaban el comedor, y era la primera vez que las había visto encendidas a la hora del desayuno; al menos a la hora en que ella desayunaba…
– ¡Date prisa, Gelinda, que nos tenemos que ir! – Le decía su padre, al tiempo que cogía el salacot y el paquete de “Luky”, del aparador de estilo colonial, que presidía la habitación.
– No estoy muy segura de que sea lo correcto, para la niña… – comentó, Sara, abrazando a su hija.
– Debe conocer el mundo real, y empezará por una de las facetas más crudas de la vida… Lo que vi ayer en el patio del campamento, no me ha gustado nada. Le falta humildad…- Y rozando una de sus mejillas, con la yema de los dedos, le dijo: tú decides, lo que quieres para la niña…
Tienes razón… Pórtate bien, cariño; dale un abrazo a mamá…- Y la niña subió al asiento delantero del Jeep. Detrás, el “motoboy” ,ayudante, le decía a “Masa” , que todo estaba a punto para emprender la marcha…
Estaban en la estación seca. La carretera, era sencillamente un camino de tierra lleno de baches, que Ángel, a pesar de su pericia, a penas podía sortear… la pequeña, se aferraba, como podía, a los lados del incómodo asiento de cuero; de vez en cuando su garganta protestaba con un golpe de tos, al recibir la visita de un polvo denso y asfixiante, que invadía el interior del vehículo. Los sonidos de los habitantes de la selva, profunda y misteriosa, les acompañaban en su viaje…
– Dos curvas más, y ya hemos llegado, Gelinda – Dijo Ángel, mirando a su hija – ¡Ahí está, Mikomeseng!
…La misión se encontraba a las afueras del pueblo. A la sombra de una gigantesca ceiba, un Ángel de piedra con un niño, en los brazos, les daba la bienvenida; a sus pies, esculpida en una roca podía leerse: LEPROSERÍA DE MIKOMESENG…


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