May 302011
 


-¡Vamos Gelinda no tengas miedo! – dijo “Ojos de Gato” a la niña persignándose con la mano mojada.
– No “teno miezdo”-parloteó a la vez que negaba con la cabeza.
– ¿ya “has hecho mi”?
La mano en la frente y después en un hombro para indicar a su hija lo que debía hacer .Y Gelinda se agacha perdiendo el equilibrio. Se cae de bruces pero no llora. Se ha llenado de arena la cara y la boca y sus dientes de leche mastican los granos de arena para luego escupirlos. Se levanta de nuevo ante la mirada atenta de su padre con toda la dignidad de la que es capaz una niña de dos años, para seguir las indicaciones de “Ojos de Gato” que se agacha una vez más con la nena de una mano, hundiendo la otra en el agua para luego seguir paso a paso la señal de la cruz con su hija.
-Ahora si “has hecho mi”- dice riendo. No sabe por qué la chiquilla ha decidido asociar la señal de la cruz con el “hacer mi”, y piensa que quizá tenga que ver con la misa; con ese “vamos a misa” que ya forma parte de las palabras amigas.
– ¡Agárrate al cuello de papá! ¡No tengas miedo!
– No” teno miezdo papá”-le dice la niña aunque no era del todo cierto.
Su pequeño corazón latía con fuerza ante un bautismo de mar más allá de sus tobillos. Nadie se lo había explicado porque debieron pensar que era demasiado pequeña para comprender el significado de “hacer, o no hacer pie “en el agua. Nadie se lo había explicado pero ella lo intuía por el empeño de su padre en que no se soltara de su cuello, cosa que no pensaba hacer. Le parecía que cabalgaba a lomos de un delfín, si hubiera sabido lo que era un delfín. Aferrada a “Ojos de gato” que nadaba despacio, Gelinda tragaba y escupía pequeños buches de agua salada, y a ella le parecía que se bebía el mar con todos sus habitantes y que la barriga se le llenaba de sirenitas y caballitos de mar, que si sabía lo que eran porque los veia todas las noches en sus sueños.
Volvieron a la orilla en el momento en que el sol se dibujaba en el horizonte. El mar había devuelto a un padre orgulloso del bautismo de agua de su hija, y a una niña tiritando de frio y con la piel arrugada como la de un garbanzo a remojo. En su cara chiquita los finos labios amoratados le regalaron una sonrisa.
-¡Ya eres mayor! – Se lo dijo al oído mientras la envolvía en una toalla- ¡Esta es mi niña! Y la beso en la frente y ella se acurrucó al calor de esa toalla entre los brazos de su padre. Se sintió el ser más feliz del mundo, si ella hubiera sabido lo que era el mundo. Cerró los ojos y se quedó dormida con su “ya hecho mi” entre las hazañas más notables de su corta vida. Algo le decía que ese bautismo de agua se quedaría hasta el fin de sus días en el fondo de su alma y en algún rincón de su “neurona amiga”.
Con el final del verano llegó un nuevo destino y la promesa escrita en una carta enviada, por el ayudante del Primer Jefe de la Guardia Colonial, pidiendo su regreso a Guinea. Vendieron el hogar, dijeron adiós a la niñera Vicenta, de la que Gelinda se llevaba como recuerdo una pequeña cicatriz en el labio superior tras descuidarla en el suelo empedrado de una calle, por tontear con el soldado de sus “entretelas”. Y dejaron a Sara en Forna la aldea que la vio nacer y en donde quería morir, no sin pena pero comprendiendo la necesidad de encontrarse con ella misma y con sus recuerdos, y partieron en El Dómine a las Canarias en donde La isla de La Gomera los acogía con su mejor sonrisa.

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