Ago 202011
 

 

 

 

La Escopetilla con Okiri y Carola.

 

La rutina diaria que en la casa imperaba desapareció con la escopetilla danzando por ella. Sobre el aparador una flores; en el mueble bar de ébano y palo rosa que le fabricó, un reloj con el pie de la madera negra y el porta fotos con la instantánea que se hicieron en Santa Isabel en recuerdo de su boda por poderes. y en la pequeña mesa junto al sofá colonial el búcaro que había hecho con un pedazo de colmillo de elefante. La talla era bella, como todo lo que salía de sus manos. Algo que había heredado de su padre: el carabinero, el ebanista… el decorador de altares. Pero su obra más querida, la que había tallado pensando en ella; esa cabeza de mujer de cara angulosa y pómulos marcados con el cabello peinado a la moda, que una vez sacó de un tosco pedazo de ébano, reposaba en uno de los estantes de una pequeña librería, junto a “Servidumbre Humana” y “Llegaron las lluvias”. En cuanto a Capitán, el loro resabiado y altanero que un día se instaló en su casa sin saber como ni porqué, no acababa de aceptar la llegada de la escopetilla. Los celos le podían más que las galletas mojadas en leche con las que ella pretendía ganarse su confianza. Algunas veces, posado en el respaldo de la silla más alejada de “la intrusa”, con las plumas del cogote erizadas y los ojos redondos y brillantes fijos en ella, parecía decirle: “que a él no se le compraba tan fácilmente, no señor”. Otras, desde su puesto de vigía halla en lo alto, un pequeño columpio que “Ojos de Gato” le instaló tras dejarse convencer por Azpuro, planeaba las escaramuzas, como lanzarse en picado hasta la mesa, y agarrar con el pico en un santiamén un pedazo de fruta del plato de la escopetilla, saltándose a la torera las amenazas que él le profería…: – te voy a arrancar las plumas hasta dejarte pelado; cualquier día te enveneno; le voy a decir al cocinero que haga contigo sopa de loro; vete con cuidado que te quito el columpio y te devuelvo a casa de tu amo… Esta última era mano santa, aunque nadie sabia la causa pero era la única que le volvía a la cordura, y así, durante algunos días Capitán volaba hasta el balancín permaneciendo, como un trozo de madera de calabó con plumas, a la espera de que su enemiga saliera del comedor. Entonces se dignaba a bajar hasta una de las ventanas en donde un plato con galletas mojadas en leche le esperaba. Y así un día y otro, entre las excentricidades del loro y las novelas de amor de la escopetilla, la vida pasaba tranquila y sin sobresaltos; lo único que vino a romper esa feliz rutina, fue la partida de Barreal, su compañero y amigo, al que destinaron a Cogo junto a Llaurador, y el regreso de Barri a Evinayong. Si, eran felices en su pequeño mundo y no le pedían nada más a la vida, aunque esto no era del todo cierto porque “Ojos de gato” esperaba paciente a que ella dijera: – si quiero hijos. Y mientras esperaba llegó la lluvia; una lluvia intensa, abundante, torrencial, que anegaba la selva y los caminos y embotaba la cabeza de sueño si uno se quedaba un rato viéndola caer contra la tierra mojada, o columpiarse de las grandes hojas de las plataneras… Y en un día de lluvia, frisando la mañana, se aventuraron a recorrer el camino que les llevaría a Bata. Y en ese día de lluvia se subieron al viejo camión junto a Pablo y Alejandro dispuestos para la aventura…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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