Feb 262010
 




La semana que “Ojos de gato” pasó en la isla, no fueron suficientes para saborear el encanto de sus gentes y la belleza de sus paisajes. Se había enamorado de la pequeña ciudad de calles rectas y cuidadas, salpicadas de casas de un bello estilo colonial con galerías cubiertas y jardines entorno a cada una de ellas. Era consciente de que tendría que transcurrir un tiempo hasta llegar a la asimilación total de todo cuanto quedaba grabado en su retina, como las diferentes etnias que habitaban el barrio conocido como “Campo Yaundé”: Hausas, Calabares, Ibos, Pamues, corisqueños, annobonenses…Y otras muchas cuyos nombres escapaban a su memoria. Pero de lo que si se había percatado, era de que esas dos razas: una blanca y la otra negra, intentaban convivir en un pequeño territorio de África. La primera con el corazón lleno de esperanza de un mundo mejor que el que hasta ahora había tenido. La segunda, con la esperanza de que esos hombres blancos venidos de lejos no acabaran con las costumbres y tradiciones de sus ancestros.
Uno de los rincones que más le impactó, fue el mercado. Tan lleno de vida; con sus gentes vestidas de mil colores, y hablando mil galimatías que el sabía que nunca llegaría a entender… Deambulando entre el gentío, su compañero, zarzosa, le hablaba de las diferentes etnias que llenaban el lugar. Hombres y mujeres vendiendo, comprando, o valiéndose del trueque para conseguir lo que necesitaban. Por todas partes pululaban pequeños puestos con sus mercaderías expuestas al comprador: pulseras de pelo de elefante, con un diminuto elefante de marfil como colgante, pulseras de piel de cebú decoradas con cuentas de vivos colores, o bordadas con hilo; telas de colores a las que llamaban “popós”.y con las que cubrían su cuerpo las mujeres, a modo de clothes. Aquí y allá. Salpicando el mercado, como hermosas flores de primavera, unas mujeres grandes y gordas conocidas, según le dijeron, como “las mamás”- tal vez porque sus figuras evocaban a las amas de cría- lucían los clothes, y adornaban sus cabezas con grandes pedazos de tela, con la gracia y el estilo de la más noble dama veneciana. Permanecían sentadas en el suelo de tierra, al lado de unos toscos cuencos de madera rebosantes de humeantes y aromáticos cacahuetes tostados, que hacían la boca agua. “las mamás”, esperaban al comprador, en actitud perezosa, espantando las desagradables moscas que se posaban en su brillante y grasienta piel, a golpe de un curioso matamoscas confeccionado con pelos de elefante: ¡plas! , ¡plas!, ¡plas,plas! restallaba el latiguillo aplastando los insectos contra la carne…¡plas! ¡plas! restallaba, una y otra vez…
Una mujer que vendía fruta, succionaba caña de azúcar al tiempo que amamantaba a su retoño: un rollizo niño del color de la canela, que agarrado al pezón de su madre pataleaba alegremente al sol de la mañana.
…Mangos, piñas, plátanos… hummmm. El estomago de Ángel ruge sin miramientos… papayas, aguacates… Frutas, todas ellas, exceptuando los plátanos, que jamás había probado…
– ¡Ja, ja, ja! La misma cara puse yo cuando las vi, por primera vez. Son sabores diferentes, pero te van a encantar; ya lo verás.
-Pues ¡Empecemos ahora mismo con las lecciones! – Y señaló una fruta grande, verde y roja, y de aroma intenso.
– Eso son mangos. Su color por dentro es amarillo, y su carne es… como te diría yo… entre melosa y fibrosa…– Zarzosa, tomó uno y le dio una moneda a la mujer, que les dedicó una sonrisa, de dientes blanquísimos y caña de azúcar incluida.
Un líquido viscoso, resbalaba por su mano, mientras pelaba la fruta, con una pequeña navaja, recuerdo de su infancia. Hincó los dientes en la carne y al saborearla… llegó a la conclusión de que comerse un mango, era uno de los mayores placeres de la vida…..

En el recuerdo…

….. ¡Baja ahora mismo del castaño! ¡Eres de la piel del diablo! Ya está bien de libros…
¡Madre, madre! ¡Mira que fruta, parece rica! Aquí dice: piña y aquí papaya… ¿Aguacate? huuuummm tienen que estar ricas
– Ya veo… Anda coge el cubo de la comida de los cerdos y vete a echarles de comer… ¿Y quien dices que te ha dejado ese libro? – me dices, madre, mirando de reojo los dibujos de una de las páginas…
– El señor cura, madre… es un libro de ciencias naturales…
– ¿?
– Habla de árboles, de flores y plantas…
– Y de huertas… ¿también habla de huertas?
– Me parece que no… pero…
– Anda espabila, que después de los cerdos, me tienes que ayudar a recoger los tomates, que se los están comiendo los pájaros…
– Ya voy, madre… Y abrazo tu cuerpo delgado y pequeño, Y te miro a los ojos; esos ojos verdes, tan claros, como los tiernos brotes de primavera de tu pequeño jardín… Un mechón rubio, asoma descarado por debajo del pañuelo que te recoge el pelo, y mis dedos intentan con torpeza volverlo a su lugar… – Anda, anda, no seas zalamero, que no te vas a libras de la faena – y me coges de la muñeca, con mano firme, y siento la aspereza de la palma, reseca y agrietada, que habla de niños… de caricias… de noches en vela…de mortajas…de pan hecho en casa… de coladas en el río…de huertas… y de días, de meses, de años… De toda una vida cuidando el hogar…….

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