May 012010
 




……………..¡Galletas, galletitas, galletonas! ¡Galletas, galletitas, galletonas! Palabras mágicas que había olvidado y que ahora repiquetean en mi cerebro. A mi memoria viene un recuerdo de — aunque parezca increíble— cuando tenía uno, o, dos años, no más. Me veo entrando en brazos de mi madre en una casa. Una mujer que se parece a ella, me coge en brazos y mientras me besa, me habla con voz suave, en un intento de calmar mi angustia de niño, ante un lugar extraño. Pero no lo consigue, la miro y rompo a llorar desconsolado. Vuelvo a estar en los brazos de mi madre, ahora, con la cabeza apoyada en su hombro. Un mechón de pelo rubio como el oro, me hace cosquillas en la nariz, haciéndome estornudar. Entramos en una habitación donde hace calor y un agradable olor a pan invade toda la estancia.
En el centro, bajo una gran campana ennegrecida por el hollín, un alegre fuego chisporrotea, mientras que encima del trébede, una humeante olla deja escapar un agradable olorcillo, a la vez que la tapadera baila, impulsada por el burbujeo del guiso. A mí se me hace la boca agua y alargo los brazos hacia la olla. La mujer que se parece a mi madre, me sonríe y me da un trozo de pan de hogaza, recién horneado…
Estoy en otra habitación, esta no es tan alegre. No hay teas iluminándola, porque no hay tederos en las paredes para sujetarlas, solo un candil con una vela encendida, cuya mortecina luz proyecta nuestras sombras por el cuarto, bailando a nuestro alrededor como fantasmas, a medida que nosotros nos movemos. En el centro, hay una enorme cama de hierro y al lado de la cabecera, una mesilla y una silla de anea vacía, que mi madre ocupa conmigo en brazos, yo tengo miedo, mucho miedo y escondo la cara en su pecho buscando protección…
-Francisca ¿como esta el chico? ¿Aun tiene “picos negros” en la cara —pústulas-, y las manchas de la piel?- ¿Le has puesto vendas empapadas en agua fría y vinagre, como te dije para bajarle la fiebre? — La mujer asiente con la cabeza, mientras acerca la vela a la almohada y dice: – Florencia, los paños no le han bajado la fiebre; tampoco se han ido las manchas y “los picos” -. Mi madre se levanta de la silla y me deja encima de la cama, yo no quiero, quiero que vuelva a cogerme pero ella me acaricia la cabeza a la vez que se lleva el índice a los labios instándome a que guarde silencio. — Chiiiisss, estate calladito Ángel, que tu primo Tiburcio esta enfermo, chiiiisss — Mi madre se acerca a la almohada y yo gateo por la cama, hasta llegar a la altura de la cintura de mi primo, las palabras de mi madre, han borrado el miedo para dar paso a la curiosidad, no sabía quien era Tiburcio, pero quería ver “los picos negros…” Me acerco más, su camisa de dormir entreabierta, a la altura del pecho, muestra una piel perlada de sudor y salpicada por manchas negras. Miro su cara y veo “los picos,”de los que hablaba mi madre. Su respiración es entrecortada y su cuerpo despide calor… – Ángel, sal de ahí, que estas molestando a tu primo- dice mi madre, bajito, a la vez que me da una galleta de un plato, que había, encima de la mesilla de noche. Le pego un mordisco a la galleta y oigo que el enfermo, murmura algo inteligible para mí, a la vez que levanta un brazo moviéndolo como sí espantara moscas. Tiene los ojos entreabiertos y fijos en mi galleta. A pesar de mi corta edad, me doy cuenta de que quiere quitármela y me aparto de él, volviendo a los pies de la cama. El murmullo inteligible, va subiendo de tono hasta convertirse en un grito. En su delirio repite una y otra vez la misma cantinela: “galletas, galletitas, galletonas;” “galletas, galletitas, galletonas” galletas, galletitas, galletonas”… Oigo, como mi madre le dice a la mujer que se parece a ella, que traiga más trapos con agua fría y vinagre, mientras le hace la señal de la cruz, tres veces en la frente, a la vez que recita una oración a San judas “patrón de las causas perdidas.” Luego le besa y tomándome en brazos, se vuelve a sentar en la silla. No se oye nada, solo la entrecortada respiración del enfermo. Yo me quedo mirando la sombra en la pared, que proyecta mi madre, conmigo en brazos y le pregunto que cuando nos vamos. Ella me da otra galleta y me dice que mire a la pared donde se dibujan nuestras sombras. De pronto, comienzan a desfilar una serie de siluetas que reconozco enseguida: un perro, un gato, un conejo… Yo palmoteo alegremente, olvidando por el momento mi miedo, y mi madre sigue haciendo sombras chinescas, mientras mi primo Tiburcio, sigue delirando:- galletas, galletitas, galletonas; galletas, galletitas, galletonas…
– Aquí están los paños.- dice la mujer, entrando en el cuarto, con una palangana con tanto vinagre, que al acercarse me hace arrugar la nariz. Mi madre coge uno, lo estruja, y lo coloca en la frente del enfermo. — El paño, pierde el frío enseguida —comenta. –
Salimos de la habitación, y yo me siento feliz, palmoteo y la galleta se me cae, pero no me importa, rodeo el cuello de mi madre con los dos brazos y la beso, la beso, llenándole la cara de babas y migas de galleta y ella me sonríe, y yo, soy feliz.
Llegamos a las estancia de las teas encendidas y allí, hablan del enfermo; de que la nieve ha cortado todos los caminos y eso impide ir a buscar al medico; de que sería mejor ir a por Josefa, la curandera que vive cerca de la ermita de la Virgen de ldoya…
– Eusebio,- dice la mujer que se parece a mi madre, dirigiéndose a un hombre moreno y de barba oscura, que permanecía sentado al amor de la lumbre. Eusebio levanta la cabeza. Su cara refleja preocupación. ¿Quién va a ir a por la curandera?
– Iré, yo. Florencia, tu sobrino mayor, Teodosio, te acompañará de vuelta a casa. No puedes ir sola, ya ha anochecido — el hombre de la barba oscura se levanta y cruza la habitación, hasta una puerta que había enfrente del cuarto “del niño de los picos”
– ¡Teodooosio’!Deja lo que estas haciendo y ven enseguida!
– ¿Que quieres padre? —Apareció, un muchacho, con el pelo lleno de serrín y oliendo a madera y barniz. – Engancha a Anselmo al carro, que vas a llevar a tu tía y al niño de vuelta al pueblo. Yo iré a por la curandera. — Espera Florencia, que te traigo una toquilla, para que arropes al niño.
-Ya le he envuelto en su manta, no te preocupes mujer.
– No, espera, si es un momento, así irá más calentito —Y diciendo esto cogió una toquilla de lana negra, de una mecedora, que había cerca de la lumbre y me arropó con ella. Y me besaron, y se abrazaron, y mi madre le hizo prometer, que en cuanto pudiera le diera noticias del estado de mi primo…- ¡Adiós, adiós!, ¡abriga al niño, no vaya a coger frío! ¡Y tú, cuídate! Y así, emprendimos el camino de regreso, en un carro, tirado por un viejo caballo, tan famélico, que a través del pellejo, se podían contar cada una de las costillas de su esqueleto. Tenía el animal “el acierto”de pillar todos los baches, que encontrábamos por el camino, a pesar de los esfuerzos que el bueno de Teodosio, hacía por evitarlos.
– Lo siento tía Florencia, pero Anselmo es viejo y testarudo. Cuando se pone terco, no hay forma de hacerle ir por donde uno quiere y… – Mi madre le interrumpe, diciéndole, que no se apure, que todo está bien, que lo que importa es llegar a casa… Y yo me duermo, a pesar del traqueteo del carro, a pesar de la testarudez de Anselmo. Me duermo y sueño con galletas, con niños llenos de “picos negros,”que me persiguen por un cuarto en cuyas paredes bailan sombras chinescas, repitiendo una y otra vez, la misma sonatina: “galletas, galletitas, galletonas; galletas, galletitas, galletonas”… Y yo, me subo en el carro de Teodosio, y Anselmo, corre sin coger un bache, y me lleva por un camino de galletas, con árboles de galleta. Galletas de chocolate, de vainilla, de coco…
Pasaron los años y llegó la edad para comprender que “las fiebres alta” y “los picos negros” de mi primo Tiburcio, que por cierto, “pudo contarlo”, no eran otra cosa, que los clarísimos síntomas del tifus, al que estuvimos todos expuestos al contagio -por la ignorancia de los míos – sobre todo yo, un niño pequeño que estuvo toda una tarde de invierno, jugando con la muerte, y, a la que le robó, unas galletas… Está claro que, una vez mas “Dios protegió la ingenua inocencia de mi madre”……….

………………………….¡Ángel! ¿Estas bien?, “Ojos de Gato” levantó la mirada del plato de galletas… Y vio un par de ojos pequeños y vivarachos que le observaban, a través de unas gafas de concha gruesa. Era Valentín Ortega, otro compañero cuyo destino en ese momento no recordaba. De rostro amable, su sonrisa se veía coronada por un finísimo bigote a lo «Card Gable.”

  2 Responses to “De un capitulo cualquiera de "mi ladrillo"…”

  1. Me encanta esta página

  2. Gudea le contesta: espero que siga sentandose a la puerta de mi zaguán, "cuando no tenga nada mejor que hacer". Siempre encontrará algo para leer, con peor, o mejor acierto.
    Con el deseo de que cuando entre y salga de este blog, no lo haga indiferente.

    Un abrazo fuerte.

 Leave a Reply

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>