May 102010
 


Enfiló la calle Del Rosario llevando casi a rastras, al pequeño. Hacía frío, y un viento helado se había levantando colándose sin miramiento, por debajo de los abrigos. Sara soltó un momento la mano de su hijo, para sujetarse la bufanda que pugnaba por zafarse de su cuello.
A su alrededor, todo el mundo parecía tener prisa; un hombre con un gran paquete en los brazos, tropezó con ellos: -perdone, es que no la había visto. – No tiene importancia ¡Feliz Navidad!- Gracias, igualmente- respondió él. Pasaron por delante de una tienda de ultramarinos, de la que salían unos chicos con la alegría pintada en el rostro: llevaban como podían, una enorme cesta navideña con la que habían sido agraciados en un sorteo. Mientras los veía alejarse, a Sara le vino a la cabeza la Semana Santa, al ver como “bailaban” los chavales los tres pisos de la cesta, como si de “un dulce paso” se tratara… Entre traspiés y traspiés, los vio torcer la esquina y la visión del “dulce paso del turrón y el polvorón”, desapareció de su vista.
Por fin habían llegado a casa. En el balcón, la silueta de Baltasar se recortaba a la luz de la farola pero no le preocupaba, los niños estaban demasiado cansados para darse cuenta de nada.
-¡Hooolaaa,hooolaaa! ¡Ya estamos aquiiii!- decía Sara mientras se quitaba el abrigo. El pringue de las manos de Chito, se había pasado a las suyas como por arte de magia; procurando no rozar demasiado las prendas, las colgó en el perchero de la entrada junto al tricornio y la capa de Salvador.
– ¡Niños!, tenéis que colocar las patatas y el agua antes de ir a la cama- dijo, mientras rozaba la cara de Sarita con sus labios -¡Lavaros las manos y a cenar! ¡Que hoy tenéis que acostaros pronto! – exclamó, al tiempo que dirigía a su marido una mirada furtiva llena de complicidad.
Mientras freía las patatas y recalentaba la sopa del mediodía, veía a Salvador servirse un vaso de vino con sifón. Y pensó como siempre, que era un hombre bueno y hogareño, con un cierto aire de tristeza en la mirada que a ella le encantaba. Pero su mayor encanto estaba en su sonrisa; una sonrisa picara y seductora, a la que sabía sacarle partido cuando era necesario: la utilizaba como chantaje cada vez que quería finalizar una discusión, o decirle algo que él sabía, no le iba a gustar… Así, que viendo la sonrisa dibujada en su cara, pensó: “” Desembucha, cuanto antes”.
Y como si de una conexión telepática se tratara, Salvador con la vista fija en el baile de las patatas a golpe de espumadera, le dio sin preámbulos las noticias a su mujer: “”es lo mejor; para qué andarme por las ramas””…
Se encontró diciendo lo del ascenso y vio como se le iluminaba la cara a Sara, para luego pasar en cuestión de segundos a reflejar toda la desilusión del mundo.
– Tú sabías que esto llegaría tarde o temprano, que era prácticamente imposible que siguiera destinado en Valencia y menos, que me quedara en el cuartel de Arrancapinos. Ven aquí… – y la tomó por la cintura, apoyando su cabeza en el hombro. Mientras le acariciaba el cabello, un rizo de su melena castaña le hizo cosquillas en la nariz. Lo apartó y besó su pelo, dejando que sus dedos se enredaran en él… – Seremos igual de felices ya lo verás. Además, míralo por el lado bueno, me han ascendido y eso significa: ¡Subida de sueldo!
Sara, se sorbió los mocos, lo miró a los ojos y le besó la punta de la nariz diciendo: – ¡Bueno, al mal tiempo, buena cara! ¡Qué se le va a hacer! Lo importante es estar juntos y sacar a nuestros hijos adelante-, y secándose las lágrimas con el delantal, volvió al fogón blandiendo la espumadera… Salvador estaba alucinado porque la cosa no había sido tan terrible, y en cuanto a la petición de destino a la Colonia de Guinea… Lo más probable era que no lo hubiera captado, tan preocupada como estaba con la perspectiva de dejar el hogar.
Después de cenar, aprovechando que los niños estaban ocupados en llenar los cubos de patatas, cebollas y agua, con el fin de alimentar a los agotados camellos de los Reyes, Salvador vio el momento de salir al balcón y empezar la función…
– ¡Ahora niños, hay que apagar la luz y todos a la cama! ¿Habéis dejado la botella de anís y el turrón para los reyes?- Y antes de que sus hijos pudieran preguntar por su padre, Sara se adelantó: – Papá ha tenido que ir a ver a Ramón, el vecino de la casa de al lado. Cuando regrese irá a daros un beso.- Miró hacia el balcón y vio por entre las cortinas a medio descorrer la silueta del amigo Baltasar moverse de un lado a otro. Lo cierto era que en la oscuridad y con la pobre luz que proyectaba la farola, podría salir bien…
– ¿Quién está hay? Chssst… Niños callar . Pero si no puede ser… Aun es muy temprano- Sara hablaba bajito a la vez que intentaba que Chito se despegara de su cuerpo. El chiquillo, había escondido la cabeza en su regazo y no quería mirar; mientras que la niña, habría unos ojos como platos y a penas podía reprimir un grito de alegría.
– ¡Es Baltasar! ¡Está, en el balcón! Chssst… que no nos vea, pues no entraría en casa para descansar… Y los camellos tampoco.- A Sara le entraron ganas de echarse a reír imaginando la escena: Salvador agachado; muerto de frío, soltando tacos a diestro y siniestro mientras tiraba de la cuerda de la escoba para dar vida al regio amigo.
Y en esa noche mágica, los niños se fueron deprisa a la cama con los corazones saturados de un batiburrillo de miedos e ilusiones, que hicieron que el duende de los sueños, se las viera y se las deseara, para sumergirlos como cada noche en ese mundo en donde todo es posible… Y soñaron. Tuvieron un sueño extraño: se encontraban flotando en la nada y de pronto, se vieron inmersos en un tornado que les hacía girar como si de una noria enloquecida se tratara y ante ellos desfilaban a una velocidad vertiginosa: caballitos de cartón, Mariquitas Perez y un montón de juguetes que con la misma facilidad que rozaban sus dedos, se alejaban de ellos… Tuvieron un sueño inquieto… arrastrados por el tornado pasaron, por pueblos y ciudades derruidas, sus calles desiertas tenían un aspecto siniestro. En las afueras de las ciudades y pueblos, vieron también interminables filas de seres humanos que colapsaban los caminos, en un intento de escapar ¿De escapar de qué, y a donde? se preguntaron los niños… El duende de los sueños apareció y los tomó de la mano diciéndoles: huyen de la locura de la humanidad, de la intolerancia, de la incomprensión. Huyen de los horrores de la guerra… Y ahora pequeños, despertareis y no recordareis nada de lo soñado esta noche… Ha llegado el alba y comienza un nuevo día; un día muy especial: el día de reyes, vivirlo intensamente porque no sabéis cuando podréis disfrutar de otro. Se avecinan malos tiempos… malos tiempos… Dijo el duende, mientras se fundía con la bruma de la mañana…
El día seis de Enero de mil novecientos treinta y seis, en el hogar de la familia Camaró reinaba la alegría. Sentados en la alfombra, junto a la mesa donde habían colocado el Belén, Sarita y Chito cargados de impaciencia, desgarraban literalmente el papel en que habían sido envueltos sus regalos. Sus ojos brillaron de ilusión cuando vieron a la Mariquita Perez y al caballo de cartón. Sara y Salvador, apoyados en el marco de la puerta del comedor contemplaban a sus hijos: ninguno de ellos sabía que era la última navidad que iban a pasar los cuatro juntos, en mucho tiempo…
Ninguno imaginaba que jamás volverían a su hogar. Que tras sobrevivir a una cruel guerra, emprenderían una nueva vida muy lejos de allí…

  7 Responses to “De un capitulo cualquiera de "mi ladrillo"…”

  1. …Gracias, por el capitulo de hoy…el de ayer…y el de mañana…

  2. A usted, por dejar parte de su tiempo en ellos.
    Un abrazo.
    Nina.

  3. Éste me ha gustado especialmente. ¡Qué bonito!

  4. Señora varech, acabo de dar paso a su comentario pero no ha salido nada…No es la primera vez que me ocurre con los dichosos comentarios. Así que si no le importa: ¡repetimos! Je, je, je…
    Un besote, feliz abuela: ¡muak!

    P. D. Ahora he de salir, luego lo veo.

  5. ¡ja, ja, jaaa! como dice el señor Ratón Perez: ¡hombrecillos verdes, hombrecillos verdes, es lo que tengo en mi ordenata ¡ja, ja, ja! Ya está usted ahi
    ¡hasta luego!

  6. De hombrecillos verdes nada: Que tiene usted unos dedos en las manos difíciles de sujetar.Jajajajajaja………

  7. Pues señora Varech que si hay hombrecillos verdes, rojos y amarillos, como dice la canción del señor Sabina, claro que en la letra de don Joaquín, no habla de hombrecillos verdes ¿cierto? ¡Ya estoy merendando en los "Cerros de Ubeda" ¿que estaba diciendo yo? a si, pues que acabo de llegar de la "rue", y me encuentro con otro comentario "jocoso" de usted, el cual lanzo al aire rauda y veloz, pero ¡oh! pues… ¡no estáaaaaaaaaa! Ya me contará; con un poco de suerte quizá aparezca para la noche de san Juán je, je, je…y como ahorita mismo me voy a hacer la cenita de mi consorte: leche con galletas y zumbando,je, je, je…pues aquí la dejo con el problemilla ¡oiga que me avise si aparece ¡ja, ja, ja!
    abrazote gordote de osote

 Leave a Reply

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>