Abr 292014
 

            La pamela

Ochenta kilómetros por aquellas carreteras tortuosas guiándole al hogar. Saboreaba esas dos letras repitiéndolas bajito para no despertar a “la Escopetilla” que, hecha un ovillo, dormía a su lado con la cabeza apoyada en el cristal y en posición fetal, por lo que la amplia falda de vivos colores que llevaba, solo dejaba entre ver los dedos de los pies. Atrás en la caja: Alejandro, empecinado en que “había sobornado a la madre para que le diera a la hija” y Pablo, dormían ajenos al mundo. Frente a él, Monte Bata apareció retando, como siempre, al viejo Chevrolet que continuaba la marcha con su desmayado ronroneo. Y como siempre, la selva se cerraba en torno a ellos, permitiendo entrever, de cuando en cuando y a la luz ambarina de los faros, los ojos de alguna bestia de la jungla. Pasaron por Niefang, dejando a un lado la carretera de Mikomeseng, tirando por la de Evinayong.  El primer jefe Bosch de la Barrera lo envió al mismo destino porque él se lo pidió y le estaba agradecido por ello; de todos modos, si su trabajo no le hubiera satisfecho lo habría enviado a otro destacamento, eso era obvio. Trabajaría a las órdenes del capitán Calonge, al que habían trasladado de Bata a Evinayong, así que estaba encantado. Y “entre col y col, lechuga”, “la Escopetilla”  estaba encantada también, aunque por diferentes motivos,   uno de ellos era la confirmación oficial a las “primas” de que Ángel ya estaba casado y muy casado, pensó sonriendo, y el otro porque ahora sus dotes de mando no tendrían cortapisas al pasar de ser “la hija del Masa, a la señora del Masa”… La miró un segundo con un ojo puesto en la sinuosa carretera, divisando el puente que les llevaría al otro lado. Cruzaron el caudaloso Río Benito alejándose de sus rápidos, recorriendo los casi trescientos metros de longitud del puente de Rancaño hasta llegar a tierra firme. Monte Chocolate y Alén también se quedaron atrás. Contempló el valle iluminado por la luz de la luna, y supo que habían llegado al hogar.  En su falda, el pueblo descansaba del trajín del día y, en la calle comercial, la única calle, solo vio a un perro enroscado sobre su cuerpo durmiendo plácidamente junto a un pilar de madera que soportaba parte del sotechado de una factoría; pero eso era todo, a pesar de que el camión quebraba el silencio con su marcha. Sobre la altiplanicie, la empalizada del campamento se recortaba en el cielo estrellado como un bastión del medievo…: habían llegado al hogar.

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  2 Responses to “De un capítulo de la Sombra del egombe egombe…”

  1. La verdad es que circular por aquellas carreteras engravilladas,no asfaltadas,era toda una aventura

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