Feb 082010
 




Si yo puedo, tú también ¡lucha Sara! ¡se fuerte!

Era de noche cuando llegaron. Un viento frío azotaba las calles colándose en la cabina del camión. Instintivamente, Sara remetió la manta entre los cuerpos de sus hijos que, ajenos al frío y al incomodo traqueteo , hacía rato que dormían el sueño de los justos. Atravesaron varias calles hasta llegar a una, estrecha y mal iluminada: “Calle de la tristeza”- leyó pensativa-. La única luz, provenía de un viejo farol enganchado a la pared, que iluminaba a un rosal trepador, plantado en un barril de madera, cerca de la puerta de entrada de un viejo caserón. El rosal, subía por la pared entrelazando sus peladas ramas, hasta llegar a un balcón, en donde zigzagueaba por entre los barrotes de forja. A Sara, la visión del rosal le reconfortaba el alma, pues a pesar de haber pasado por sus hojas el otoño, seguía erguido, preparado para soportar el crudo invierno que llamaba a la puerta. Con sus ganas de vivir, era como si le estuviera diciendo: – si yo puedo, tú también ¡Lucha Sara, sé fuerte! …
La dueña de la casa, se llamaba doña Angustias. Era doña angustias, una mujer de mediana edad; entrada en carnes y con un trasero tan grandioso, que al caminar, sus nalgas se movían como dos flanes “el Mandarín”. Sus pesadas piernas surcadas de varices, aparecían enfundadas en un par de medias, rematadas por unos calcetines de lana negros que cubrían unos pies tan pequeños, que a Sara le recordaban a los vendados de las geishas… La mujer, caminaba a pasitos cortos, bamboleándose como si fuera un pesado león de mar…
Una vez trasmitido “el santo y seña”, la improvisada procesión, formada por doña Angustias, Sara, los niños y Victoriano, recorrieron el largo pasillo, cargados con los bultos que habían traído en el camión: dos cestos de mimbre con alimentos, dos barreños llenos de cachivaches de cocina, un par de maletas, un baúl, y tres colchones de borra que arrastró pesadamente el bueno de Victoriano, hasta que la dueña, parándose en seco, se plantó ante una puerta que abrió al tiempo que decía: – “este es el cuarto con derecho a cosina y a retrete, que ha alquilao su mario”. – Y continuó diciendo. – “Esta, e una casa mu respetable y aunque no e el caso, porque utede sois una familia”…- Dijo, con expresión interrogante, al tiempo que miraba a Victoriano. –”Habei de sabé, que no se admiten visitas femeninas en los cuartos de los hombres, ni tampoco en el de las mujere. Y ahora les dejo que tengo a la Antonia en la cosina, limpiando lenteja y si no la echo un ojo, seguro que me sisa un puñao pa dársela algún desarraigao desos que vienen pidiendo… ¡Ay Dió mío, cuanto tenemo que aguantá las personas Jonradas!” Y diciendo esto, desapareció por el pasillo, llevándose con ella los dos inmensos flanes que tenía por nalgas…
La habitación no era muy grande; con un rápido repaso a la estancia, Sara hizo el inventario: una cama de dos cuerpos, un camastro de cuerpo y medio, un armario, dos sillas de anea, un sillón que cojeaba, una mesa camilla con un brasero apagado, y un fregadero en la pared, además de un perchero clavado detrás de la puerta… Con desaliento, se dejó caer en el sillón, que mostró su disgusto a ser ocupado, inclinándose hacía un lado. Estaba cansada, deprimida; solo habían pasado unos días desde que Salvador se marchó, pero a ella le parecía un siglo… Tenía ganas de llorar, pero como siempre, no quería hacerlo delante de los niños, sabía que si daba rienda suelta a sus emociones, no podría parar y eso no podía permitírselo…
– Mamá… ¡Tengo sueño! – Lloriqueaba el pequeño, apoyando la cabeza en el regazo de su madre.
– ¡Y yo también! –Exclamó, la niña…
– Venga, venga, dejar un momento tranquila a vuestra madre. – Dijo Victoriano con vehemencia -. A ver Sara, me gustaría servirle de ayuda, dígame que puedo hacer. Sara que jugaba, con los rizos de su hijo, levantó la cabeza y sus ojos se cruzaron con los del hombre, y en ese momento supo que podía confiar en él.
– Estoy muy preocupada, Victoriano, no sé nada de mi marido, ni tan siquiera le ha dejado un recado a la casera para mí… Eso no es normal… Igual le ha pasado algo…
Está bien, voy a ir al cuartel. No se lo que tardaré, pues ya sabe que ahora anda la cosa un poco revuelta, pero no se preocupe, volveré con noticias…


  4 Responses to “de un capítulo de "mi ladrillo"”

  1. No me imagino yo a Sara en unas circunstancias así. ¡Qué intriga!
    Seguiremos el relato.

  2. Señora Varech, la "bella Sara", no es la protagonista, en este capítulo, precisamente. Esa Sara fuerte que va con sus dos hijos a cuestas, es mi abuela, que también se llamaba Sara. la "bella Sara" es la niña…
    Un abrazo.

  3. Ya me parecía a mí……:o(

  4. Pues si señora Varech, la "bella Sara" es la niña del parrafo… ¡no me diga que la ve tan valiente! ¡ja, ja, ja!
    un besote.
    p. D.Por cierto, cuando vea a mi secretaría Carmen Pilar, digale, que estoy más que satisfecha con el trabajo realizado en este blog. Aumento de sueldo no se si le daré, pero un arroz caldoso…¡oiga que me salen muy bien esos arroces, salvando las distancias, claro ¡ja, ja, ja!

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