El filtro Sinaí

El filtro Sinaí

“Y me veo agarrada a tu cuello, como cuando era pequeña, entrando en el mar.
Veo las botellas formando una fila perfecta y escucho el cantarín sonido del chorro de agua, que el Sinaí deja escapar por su grifo dorado de metal”

Navegaba por la red buscando páginas que hablaran sobre fuentes de jardín, necesitaba una desde hacía tiempo, que fuese buena, bonita, barata y también tipo “la señorita Pepis”, por eso del espacio reducido que una tiene en el patio de su casa, cuando tropecé con la bella cerámica de Manises y allí estaba: “el filtro  Sinaí”, que me hizo olvidar  las fuentes, dando paso a los recuerdos de mis felices días de infancia y al despertar de la adolescencia.
Lo recuerdo esmaltado, de un amarillo canario, surcado de finisimas grietas, que a mi me encantaba, decorado con motivos de flores y frutas. Lo veo en un rincón del comedor, junto a la nevera, esperando la llegada del aguador, como decía “Ojos de Gato”(mi padre).
— ¡Que ya viene el aguadoooooorrrrrrr!  —canturreas abriendo una puerta del aparador de estilo colonial, tan típicos en nuestra Guinea—.  ¡Ayúdame!, ¿podrás con la botella?  —me dices con esa mirada burlona que también conozco.
— Sí, papá  —te contesto adoptando la expresión más seria que puedo encontrar entre el amplio repertorio de caras para la ocasión, porque ayudarte en la tarea de llenar las botellas vacías de ginebra Gordons con ese agua del Sinaí, es algo que me hace sentir importante, mayor, y no una mocosa esmirriada a la que nadie, salvo el “aguador”, tiene tiempo para ella.
— Pues bien… ya sabes cual es tu cometido  —esa frase me las sé de memoria, de tanto ir a por agua con las botellas vacías—,  debes poner los tapones a cada botella… ¿Tienes las manos limpias?  —Y yo asiento con la cabeza, al tiempo que extiendo las manos de dedos pequeños y uñas mordidas, a sabiendas de que acabaré en el cuarto de baño dándole a la pastilla de Lux—.  Vamos a ver…  —continuas con un deje de paciencia, que yo sé que nunca perderás, por ser la niña ignorada de la casa—,  si sabes que al final acabas yendo a lavarte las manos ¿por qué no lo haces y así nos saltamos todo este ritual?
Y te miro a los ojos y te digo…
— Porque así estás más tiempo conmigo…
— Siempre estoy contigo, aunque no me veas  —contestas cogiéndome en brazos.
Y me veo agarrada a tu cuello, como cuando era pequeña, entrando en el mar.
Veo las botellas formando una fila perfecta y escucho el cantarín sonido del chorro de agua que el Sinaí deja escapar por su grifo dorado de metal.
—  Siempre te sientas en esa silla; es tan bajita… —te digo sin comprender la necesidad que tienes de colocarte a la altura del grifo, porque a mi me llega a la cabeza.
—  Es que ya estoy mayor –me dices riendo–.  Anda, tapa las botellas que si no pueden caerle bichos.
Y yo, ante los “bichos”, me apresuro a poner los tapones de corcho a cada botella.
— ¡Que ya viene el aguadooooorrrrrrrrrrrrrrrr!
Y te vuelves hacia mi sonriendo, a la vez que te llevas la mano hasta ese flequillo rebelde que te cae sobre la frente. Y me miras  y me abrazas y me besas, mientras pones en mis manos pequeñas, dos tapones de corcho de “vino de España”.
Y hoy al ver el filtro Sinaí, esmaltado de amarillo canario, he vuelto a oír tu voz y a sentirme nena otra vez…
Siempre estás conmigo, “Ojos de Gato”.


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