El silencio del Ramadán

silencio del ramadán

Solo el gajo de la luna, una infusión con pastillas y el Silencio del Ramadán

En la pantalla de mi ordenador el reloj marca las 23:30. Una polilla despistada danza al rededor de mi viejo flexo, compañero fiel de todo lo que hasta ahora he dejado en el teclado. Esta noche hace calor y mi ventana se abre por primera vez a esta horas, desde el verano pasado, “en el nombre de Dios, El Misericordioso, El compasivo”… Por ella se cuela la voz del imán salmodiando las alabanzas más bellas que se puedan dirigir a Dios, porque lo que es obvio, es obvio, la entonación, la voz, las oraciones que salen de ese hombre se elevan al cielo como globos de colores movidos por la brisa de la noche. Luego, el silencio roto por algún coche que pasa ajeno a lo que en ese parque de al lado se vive noche tras noche hasta completar el ciclo del mes sagrado, con el que supuestamente alcanzas la paz contigo mismo y hace que seas más tolerante, más comprensivo. Sé caritativo con el prójimo, o eso predican…
Más tolerante, más comprensivo…
De nuevo el ruido del motor de un coche se entremezcla con los ladridos de un par de perros a estas horas dueños de la calle, que pasean a unos amos revestidos de bostezos y piernas dormidas, como si  la salmodia del imán, ralentizada al compás de un metrónomo imaginario, ejerciera un poder hipnótico del que no pudieran salir. Silencio, glorificación, silencio, glorificación. Una y otra vez la salat se repite. Un silencio extraño, pesado e inquietante, consigue lo que no pueden las pastillas “atrapa sueños”. Mi cerebro se debate entre la vigilia y el sueño hasta que las risas de unos pequeños musulmanes rompen el sopor en el que mi mente se ha perdido sin querer. Mi vista alcanza a ver a un seguidor de Alá de chilaba blanca, metido en la tarea de acallar a la chiquillería, de cuerpos inquietos, incapaces de aguantar la hora sagrada, mientras sus madres, que ocupan un lugar vetado a los ojos de los hombres, siguen el ritual casi en silencio.
“En el nombre de Dios, El Misericordioso, El Compasivo”
El silencio del Ramadán lo envuelve todo y en el cielo el gajo de la luna aparece a medio cubrir por un retazo de nube…
Y en la pantalla de mi ordenador el reloj marca “la hora bruja”. No hay polilla, ni coches, ni perros con sus dueños. Solo el gajo de la luna, una infusión con pastillas y el Silencio de esta noche en Ramadán.


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