Ene 192016
 

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       No podía controlar el dedo; de hecho nadie era capaz de conseguir la misma cadencia que la cuerda del gramófono le daba al pesado disco de pizarra. Así que la voz profunda de Gardel, unas veces agónica, y otras babélica y aflautada, como si hubiese sustituido el azúcar del café mañanero por un buen puñado de “anfetas”, se perdía en la noche entre el perfume del ylang—ylang, que a un lado de la explanada se mantenía expectante como el cráneo de elefante junto a la bandera, y la suave luz de una luna menguante, cuando las lluvias eran benévolas con esa luna. En definitiva, que la voz del dios del tango de arrabal dependía de un pobre apéndice que, a falta de cuerda, fuera capaz de darle al disco las justas revoluciones, como justa era la falta de cuerda del gramófono por haber pasado “unas noches en la luna” gastando más de lo que debían, cosa que no parecía afectarles en lo más mínimo, a juzgar por la cita que cada noche y como quien no quiere la cosa, se daban los compañeros y algún que otro amigo en el porche de la casa de los recién casados, a los que podía faltarles la cuerda del gramófono pero no el sentido de la hospitalidad, que habían asimilado en el seno de la familia Camaró. Y a veces, cuando el nido se quedaba en silencio, bailaban a la luz de la luna o bajo el porche, cuando la lluvia quería acompañarlos, con la pactada complicidad de Agustín, el joven boy que siempre estuvo a su lado en Evinayong. Bailaba descalza, con los pies sobre los de él, poniendo buen cuidado en no pisar el suelo, por eso de las niguas y demás, dando vueltas al son de una zambra, un bolero o un tango de Gardel, que sonaban menos revueltas por el dedo diestro de Agustín que, a fuerza de darle y darle, le había cogido el truco a eso de las revoluciones. Eran felices, muy felices; más de lo que habían imaginado en su pequeño mundo de enamorados, en el que había cabida para un pequeño perro de lanas, al que pusieron por nombre Titán; y el borde de Capitán, que puso en práctica lo de: “si no puedes contra el enemigo únete a él”, y si encima te da galletas de coco, mejor que mejor… Sí; eran felices a pesar de la pincelada de egoísmo con la que le sorprendió cuando en aquella habitación del Montilla dijo: “no quiero niños, porque tengo miedo a morirme”. Pensó en su madre y la vio rodeada de sus cuatro hijos paridos y el postizo al que cuidó como suyo; la vio amasando el pan, dando de comer a los cerdos y zurciendo la ropa al amor de la lumbre en la que bullía la comida que un rato antes había preparado. Él no pretendía que tuviera la misma vida que su madre, pero sí algo de instinto maternal…
Estoy embarazada… le dijo al tiempo que despuntaba el alba. La escuchó, sin apartar la vista de la ventana por donde la lluvia se colaba alegremente, empapando el piso. No sabía si pedirle perdón por haberse quedado sin condones o bailar con ella sobre sus zapatos por toda la habitación, tarareando un vals. Se volvió y allí estaba de pie, sobre la cama, con los brazos extendidos preparada para bailar sobre sus zapatos…


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