La niña Adela


«La niña Adela soñaba con adentrarse en el bosque de coníferas al que tenía prohibido acercarse por pertenecer al mundo de la fantasía»

Era una niña de cara regordeta, sonrosada y sana como una manzana, no como la de Blancanieves que estaba más pocha que el macetón de pimientos de padrón, que espera mejores tiempos arrinconado bajo el cocotero de mi pequeño patio. Un día decidió coger su maleta, una maleta pequeña como corresponde a una nena tan chica, y llenarla con las cosas que para ella eran importantes: unos lápices de colores, el cuento de la Bella Durmiente, dos o tres rosquillas de la lata de metal, que su madre guardaba en la alacena de la cocina, una aguja y un dedal, aunque no sabía coser, y cómo no, el pequeño cepillo con el que todas las noches su tía Gumersinda le cepillaba ese cabello rubio tan precioso con el que había venido al mundo.

Le daba a la niña Adela por dibujar princesas con tiara y príncipes con capa y corcel, cabalgando por un campo de amapolas hacia un bosque de coníferas, aunque ella no supiera que los rayajos que dejaba en el papel eran solo rayajos por muy de color verde que los pintara.

La niña Adela soñaba con adentrarse en el bosque que había no muy lejos de su casa, al que tenía prohibido acercarse por pertenecer al mundo de la fantasía. Su padre no dejaba de recordarle, cada vez que la veía con La Bella Durmiente en la mano que de cuentos no se comía y que el mundo estaba lleno de gente «con mucho cuento», que lo único que buscaban era como no dar ni golpe en la vida. Pero nada de lo que le dijera mermaba en la voluntad de vivir otro mundo más alla del único que conocía, así que en señal de su rebeldía, dejó las monsergas de su padre junto al oso de peluche, que si hubiese leído a Platón, lo habría identificado con el mito de la caverna, por no conocer más mundo que el vivido junto a él. Tras asegurarse de que su madre estaba tendiendo la ropa al sol de la mañana y su tía se encontraba en el gallinero robándole los huevos a las ponedoras, salió por la ventana de su habitación sin a penas esfuerzo, teniendo como testigos de su huída a Catalina una oca cascarrabias y escandalosa con los forasteros, aficionada a los sombreros de paja, a los que dejaba como un queso gruyer, y un perdiguero negro como el carbón al que su padre bautizó con el nombre de Calcetines, por tener las cuatro patas tan blancas como la leche que todas las mañanas dejaba Juan, el lechero, en el alfeizar de la ventana que daba a la cocina.
Sin mirar a atrás cruzó la pequeña puerta tan despintada como la verja de madera que rodeaba la casa y echó a correr seguida por Calcetines y Catalina, consiguiendo, que la escapada con la que tanto había soñado, se convirtiera en un guirigai que acabó con su aventura de «saber más», antes de empezar…

Y así se queda este relato que sé que a más de uno os habrá dejado como estabais, y a otros muchos os habrá sembrado la duda de si Gudea «la escribidora», ha perdido la neurona que dominaba su cordura. ¡ja,ja,ja!

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