Jul 052011
 

Subió la Cuesta de las Fiebres con la camioneta a todo lo que el baqueteado motor le permitía bajo un cielo cada vez menos azul.Hacia un calor del demonio al que no se había acostumbrado a pesar del par de campañas que llevaba sobre sus hombros. Se quitó el pesado salacot en el que había dibujado, a fuerza de sudar el corcho,el perímetro perfecto de su cabeza y pasando una mano por la frente barrió las gotas de sudor que resbalaban igual que gotas de lluvia en el cristal de la camioneta. Al llegar a la altura del bar Rosaleda miró al cielo;un cielo, cada vez más oscuro, que a la luz de los relámpagos parecía la madriguera de un inmenso lagarto de colores”:un aikambeke”,como decían los morenos para referirse al insólito animal.Un tremendo trueno pareció rajar el cielo del que empezaban a caer gruesas gotas de lluvia. Pisó el acelerador a fondo a sabiendas de que tenia que llegar al campamento antes de que el fuerte viento, que anunciaba su tarjeta de visita con el cimbrado de las palmeras reales de una Plaza de España de bancos solitarios,arrastrara la camioneta con él dentro. Echó un rápido vistazo a la balaustrada ,vacía de almas, encarada hacia una bahía de aguas plomizas en las que un cañonero Dato y un Canovas del Castillo permanecían fondeados al abrigo de la bahía bajo el acantilado de Punta Fernanda. Al pasar junto al: “El Chiringuito”lo vió cerrado a cal y canto y sin saber porqué, le invadió una extraña sensación de soledad que no duró mucho apremiado como estaba por llegar al campamento. Por el espejo retrovisor vio a un moreno correr hacia la Misión Católica peleando contra el viento.Y a una “mama” de clote amarillo estampado de palmeras y loros de Guinea,que apresuraba el paso hasta donde su grueso cuerpo se lo permitía:Unos segundos antes de perderse en la curva la vio refugiarse también en la Misión, mientras la palangana de buñuelos fritos en aceite de palma, que la mujer llevaba sobre la cabeza, volaba por los aires perdiéndose en algún rincón de la Plaza de España. Una plancha metálica arrancada por la fuerza del viento de algún tejado de los muchos hogares de nipa,tal vez de “Campo Yaundé”, se cruzó con él a la altura del juzgado.
La lluvia se desparramaba como si un gigantesco filtro Sinaí se hubiese rajado en mil pedazos sobre todo lo que había sobre la tierra a la vez que un viento huracanado barría cada calle, cada rincón y esquina que se cruzaba en su camino arrancando mangos, poncianas e ilang-ilangs, que bordeaban el paseo de Punta Fernanda.
Eran las dos de la tarde cuando atravesó el Cuerpo de Guardia como alma que lleva el diablo, bajo un cielo de noche cerrada y un mar de truenos y agua.
Eran las dos de la tarde cuando atravesó el campamento en dirección a los garajes como alma que lleva el diablo.
Eran las dos de la tarde y a las puertas de Santa Isabel un tornado dejaba su tarjeta de visita.


  2 Responses to “La tarjeta de visita”

  1. Amiga Gudea, por un momento me he visto en mi querida Bata, a puntito de empezar un tornado de los que hacían historia. De esos, que se llevaban volando los techos de nipa, y yo sentada en las escaleras de mi casa comtenplando ese espectaculo increible, viendo a los "morenos" correr por la calle con una hoja de bananera para no mojarse tanto.

    Me ha encantado, un beso. Mariajo.

  2. Querida Mariajo,cuando escribo estas cosas lo hago con el profundo deseo de que os transporte, de alguna manera,hasta aquel tiempo pasado que no volverá, aunque tampoco importa demasiado puesto que creo no equivocarme si digo que:TOD@S lo llevamos en el corazón.
    Un abrazo fuerte bajo un egombegombe con olor a tierra mojada.
    Gudea

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