Jun 172011
 



Les temo a las palabra porque no me sirven
porque ignoro de sus intenciones lo voraz, lo prematuro.
Porque me niego a suplicarles y soy, sin embargo, la esclava que les besa las sandalias.
Le temo a la llegada del poema porque viene rodeado de ausencia
porque sus bordes quebradizos amenazan con desaparecer entre mis manos
porque si lo miro a la cara se deshoja.
¿Qué hiciste, madre, para llenarme de palabras?
¿Por qué ya no es posible el silencio?
Le temo al cuerpo que no entiende lo que digo.
A su lenguaje atroz le tengo miedo.
A la amenaza persistente de una muerte que no me abandona:
pájaro revoloteando alrededor de las naranjas de la carne
hermosa golondrina que endulzará su lengua con mi néctar.
Mi cuerpo se parece al tuyo, madre.
Pero siempre seré hija para ti. La hija mayor. Primera en desgarrarte
y en dejarte
nido abandonado a medianoche
descanso en el enorme graderío que no termina, que no calla, que no escribo.
Le temo al final del poema, a la súbita desdicha en sus ojos,
a los vacíos que lo perforan como balas atravesadas en un tronco a punto de caer
a las imágenes mudas que aprietan su cuello
y pululan en mi entorno que no logra desprenderse de ellas.
Le temo, madre, a tu angustia
y a las palabras que me enseñaste
porque no son las que quiero.


marialuz Albuja


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