Macarena en blanco y negro

Macarena en blanco y negro

Macarena en El rincón de los cuerdos locos

Era una mañana fría de invierno, como tantas otras. Atravesaban la plaza de La Golondrina Azul, un alma con nombre de mujer y un perro de lanas grande del color de la canela. Él, ensimismado en su mundo de olores caninos y ella, con el pensamiento puesto en los problemas que llenaban su vida. Le dio una calada al cigarrillo exhalando con fuerza el humo, como queriendo dejar escapar todo el agobio que llenaba su corazón y presionaba su mente. Las risas y la escandalera de un corrillo de adolescentes, bocata en mano, hizo que en su cara se dibujara una mueca de preocupación, y es que bregar con un hijo adolescente y un padre despreocupado no era tarea fácil. Una ráfaga de viento helado revoloteó entre sus piernas embutidas en unos leotardos negros perdidos en un par de botas también negras. Se arrebozó en el chaquetón del mismo color. Le gustaba el negro; pisaba fuerte con él porque sabía que no pasaba desapercibida para nadie, sobre todo para los hombres… Le dio un par de caladas más al pitillo tirando con apremio de la correa del perro, que la miraba como diciendo “no tengas tanta prisa por encerrarme en casa que el día se te hace muy largo”. Volvió a tirar, esta vez con más firmeza cruzando la plaza.

El aroma que se escapaba de El Grano de Café, envolvía la mañana haciendo que pareciera menos helada; más soportable. Abrió el portal con prisa, sin saber muy bien por qué, porque nadie la esperaba en casa…
Sopesó si encender un pitillo antes de entrar en El Grano de Café, pero deshechó la idea, así que se ahuecó la melena entrando sin más.

Macarena en el rincón de los cuerdos locos

El local estaba hasta la bandera, pero buscó un rincón y esperó a que Arnoldo la viera, no necesitaba pedirle nada; es lo que tenía ser adicta a ese pequeño cosmos que en parte le hacía sentir viva…
Y Arnoldo le sirvió el café y le dio los buenos días con sus ojos de gacela, aunque los dos sabían que esos ojos no eran para ella, porque bebía los vientos por un muchacho joven de pelo teñido, culito prieto y un tribal en blanco y negro al final de la espalda.
Y se bebe el café Macarena sorbito a sorbo; sorbo a sorbito, mientras sueña despierta en que un día esa realquilada, de nombre tristeza que ocupa sus ojos, se ira para siempre en silencio, a otros ojos más tristes, más solos, más llenos de pena.
Macarena ¡Ay Macarena!, que te miran los hombres y tú solo quieres, que uno te alcance la luna; te traiga una estrella.
Macarena ¡Ay Macarena!, que entre el blanco y el negro que pintan tus días, se escapan tus sueños.
Sorbito a sorbo, sorbo a…
y un perro de lanas grande…
y un alma con nombre de mujer…
Macarena.

También te puede interesar:


Dónde puedes encontrar mis libros:

(Haz clic sobre Casa del Libro, Amazon o Uno Editorial, e irás directo a la tienda)


La sombra del Egombe-Egombe:
CASA DEL LIBRO
AMAZON
UNO EDITORIAL
La escribidora (los relatos dormidos):
CASA DEL LIBRO
AMAZON
UNO EDITORIAL

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.