Mar 282011
 


De dos en dos y de tres en tres, con algún porrazo que otro, salvó la distancia de la terraza de blanca balaustrada torneada, a la verja que daba a la calle. Frente a la casa, el campamento de la Guardia Colonial lucia encima del gran arco de entrada el :”Todo por la Patria”,cuyas estrellas, a ambos lados de la leyenda centelleaban al sol del atardecer. La niña cruzó,y al pasar junto al Cuerpo de Guardia un par de hombres que hablaban animadamente en “pamue”,esa lengua a la que tanto apego tenia y de la que su madre decía que era una perdida de tiempo , la saludaron con una sonrisa de dientes amplios y blancos , que a la nena le recordó las teclas del piano en donde su hermana Tatín, dejaba volar las manos de dedos largos y finos como los brotes verdes del bambú.Uno de los guardias, que pelaba una caña de azúcar, le dijo sin desdibujar la sonrisa:”guaquebé” y ella muy segura de si misma le contestó que:”makandá”. a lo que los dos hombres estallaron en una estruendosa risotada preguntándole a la pequeña que.si venia de casa como decía que”voy a casa”:

– “Makandá”, niña blanca, quiere decir”voy a casa” Le dijo el mayor de los guardias intentando dar a sus palabras un cierto aire de solemnidad, y evitando mirar a su compañero para no romper a reír.
– Toma – el guardia más joven, le ofreció un pedazo de caña de azucar junto a una sonrisa.y la nena,aunque dolida en su orgullo, cogió lo que le ofrecia soltando de sopetón el:”yeua,yema, coban fang”que había aprendido de tanto oirlo a Pantaleón el “boy”que servía en el hogar, y girando sobre sus talones, se alejó chupando con glotonería el pedazo de caña de azúcar con el que, el particular maestro la había premiado por el jaque mate conque había salvado su dignidad de niña. Y es que ese trabalenguas que no quería decir otra cosa que”si tú hablas fang”, en la lengua de una niña de siete años era algo parecido a “el cielo está enladrillado quien lo desenladrillará, el desenladrillador que lo desenladrille….”
Y chupaba y chupaba el pedazo de caña, batiendo con la lengua la saliva azucarada para luego tragarla, con la voracidad de las hormigas rojas engullendo un desafortunado escarabajo negro de pesada armadura que al caer, de su infinita escalada, queda panza arriba.Y chupaba y chupaba la niña bajando la cuesta con su vestido de algodón a cuadros verdes y blancos que el lavandero había planchado con aquella pesada plancha de hierro a carbón. Y la pequeña no lo sabia; no sabia de las gruesas gotas de sudor que día a día perlaban la frente del hombre,ni de los dedos de yemas quemadas de tanto comprobar el calor del hierro al carbón. Y bajaba la cuesta de asfalto irregular,batalla ganada por el paso del tiempo y el trasiego de guaguas, de jeeps, y de autos que en “España”,solo se soñaban. Pasito a pasito, salto y tropezón que dejaba su firma en los bordes de las blancas sandalias de “suela de tocino” que el “boy” mantenía tan limpias como losas del altar de la iglesia de San Carlos, la pequeña llegó hasta el hogar del buen doctor, en donde las voces de chicos y grandes cantaban”feliz…cumpleaños feliz”. Y saltito a saltito y entre abrazos y besos con sabor a chocolate,a” medianoche de salchichón”, y sorbete de”Mirinda”, la nena olvidó la lección que en el Cuerpo de Guardia le dieron de “Fang”, y el sabor de la caña de azúcar fundida en su boca.
-Guaquebé- dijo el doctor
makandá- contestó la nena, ufana.
Y de dos, en dos, y de tres en tres…


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