Mari Carmen y sus sueños incumplidos

Mari Carmen y sus sueños incumplidos

Cuando el policía de la aduana le pidió el pasaporte, a Mari Carmen se le puso un nudo en la garganta y eso que había jurado antes de bajar del avión, que por nada del mundo dejaría que un mero trámite burocrático desbaratara todo ese acopio de valor, que durante el viaje había acumulado. Se pasó el tiempo diciéndose que nada ni nadie echaría por tierra  la resolución que tomó antes de salir de Cuba, que no era otra que trabajar en lo que saliera durante un año y luego regresar a su tierra, con su gente y no volver nunca más a separarse de su pequeño.
Lo dejó arropado entre sueños de niño y al cuidado de Caridad, una vecina con más años que Machín, a falta de otros brazos más jóvenes para acunarlo y por la necesidad que  tenía la buena mujer de llevarse un plato de potaje de frijoles, o unos tostones de plátano frito al estómago. La voz del policía la sacó de sus pensamientos haciendo que volviera a la realidad. El hombre sujetaba el visado con mano firme y mirada inquisitoria, al tiempo que disparaba la temida pregunta:  –¿Viene de negocios o de vacaciones?
Y ella haciéndo acopio de toda la serenidad de que fue capaz, contestó:
–De vacaciones.

Con la cabeza apoyada en el cristal y el pensamiento puesto en su pequeño, Mari Carmen deja correr las lágrimas que durante tantas horas pugnaban por salir. A penas tenía dinero.

Cruzó una de las puertas de salida del aeropuerto con la cabeza atropellada de preguntas y el corazón latiéndole a mil por hora, y se dirigió a la parada del autobús aferrada a una maleta con más medallas que El Comandante a lo largo de su dilatada vida, y una pequeña talega dormida entre el cálido hueco que formaba ese pecho de potrilla joven, turgente y empitonao, por el que más de un hombre habría caminado descalzo la distancia entre Guaniguanico y Santa Clara. Más de un hombre, sí señor… Con la cabeza apoyada en el cristal y el pensamiento puesto en su pequeño, dejó correr las lágrimas que durante tantas horas pugnaban por salir. A penas tenía dinero, lo justo para un par de semanas en la pensión que un compatriota le recomendó el pasado año, cuando fue a visitar a la familia… Pero lo peor era que se había embarcado en una aventura, seguramente sin final feliz.
El autobús se alejó entre la marea del tráfico de Madrid. Anochecía y las luces de La Gran Vía, parecían darle la bienvenida, hasta que torció la esquina y se adentró en una calleja a medio vestir de luz. Encontró enseguida el número del portal, que en ese momento se abrió para dejar paso a un hombre entrado en años y en carnes, que ni la miró. Subió las escaleras hasta el tercero y llamó al timbre. La recibió una mujer pintada como una puerta envuelta en humo y la letra de una canción que llegaba desde el fondo del pasillo.
Sufro la inmensa pena de tu exravío, siento el dolor profundo de tu partida y lloro sin que sepas que el llanto mío tiene lágrimas negras, tiene lágrimas negras como mi vida…
Y entró maldiciendo la hora en que abandono su Cuba querida, mientras unas lágrimas negras de rabia y dolor resbalaban por sus mejillas
María Carmen… ¿Qué has hecho con tu vida?

 


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