Ago 222011
 

 

Con el ensueño de Punta Fernanda al fondo:mi padre “Ojos de Gato”junto a su compañero Valentín Ortega

 

 

Con un año me enseñó a rezar…

Con cinco me enseñó a leer…

 

Me enseño a buscar, y saber encontrar,la esencia de la vida en la familia


El testigo ya cambió de corazón; ahora les toca a mis hijos…

 

Hoy me ha venido a la memoria, que mi padre me enseñó a santiguarme a la temprana edad de un año. Recuerdo las olas del mar desdibujándose entre la arena de una playa de la Almadraba y los dedos de mis pies pequeños y regordetes. Veo su cara sonriente muy cerca de la mía preguntándome si ya había hecho “mí”, y yo afirmando con un movimiento de cabeza, a la par que me agarro a su cuello y dejo que me sumerja en las profundidades del mar y escucho a mi corazón latir a ritmo de reguetón. Aún conservo el olor a mar en mi nariz, todavía siento su brazo protector alrededor de mi cuerpo de niña; su risa y su sonrisa. Sus ojos de gato enmarcados en una cara de expresión amable. Aún resuena su voz en mis oídos: -¿ya has hecho mí?

Mi padre me enseñó a leer cuando cumplí los cinco años en Valladolid de los Bimbiles, un pueblecito en mitad de la selva de Guinea Española y no porque no hubiera escuela, no señor, que si que la había. Recuerdo que enseñaba una maestra negra paciente y bonachona, a la que le gustaba beber a morro de una botella de cristal verde, cuyo contenido no era otra cosa que leche, lo que no puedo contaros es si era de vaca, de cabra, de oveja o de hipopótamo hembra, pero era muy blanca y a mi me parecía que tenía que saber muy bien, no como la empalagosa leche condensada de la que ya estaba tan saturada ¿Por donde iba? a si… decía que mi padre me enseñó a leer y para ello me mandó a comprar a la factoría ,”el Catón I” y yo me sentí muy mayor, porque nunca nadie en mi corta vida me había mandado a comprar nada. Así que entré en el local saturado de sartenes, ollas, ropa, “lámparas de bosque”, caramelos… Recuerdo que tras los cristales del mostrador, cadenas y medallas con baño de oro mostraban a un Sagrado Corazón y a una Purísima, que a mis ojos de niña se me antojaban de lo mas macabro, con ese corazón fuera del pecho y esa media luna clavándose en la planta de los pies de la madre de Dios, y yo pensaba, desde mi lógica de niña , que ¿por qué no tenía zapatos? Todo esto bullía en mi cabeza, y muchas cosas más, cada vez que traspasaba el umbral, hasta entonces de la mano de mis padres. Me viene a la memoria la mezcla de aromas que te envolvían como un papel de celofán: olores a tabaco, a licores, a pescado salado… Unos mas agradables que otros, pero en definitiva, olores que iban marcando el pulso de la factoría…. Y así con todo ese galimatías en mi infantil cerebro y una mariposa revoloteando dentro del estómago, fue como entré a comprar el primer Catón, que mi padre con paciencia me enseñó a leer , sentados unas veces bajo un egombe egombe <árbol autóctono de esos lares>, y otras bajo una palmera o cualquier cosa que diera sombra: a= abeja…. e= elefante…. i= iglesia…. o= ojo…. u= uva… Y luego vino el catón II, el cual también fui yo a comprar, pero esta vez cruzando el umbral de la factoría como lo haría la reina de Saba, si en ese momento yo hubiese sabido quien fue la reina de Saba.
Me viene a la memoria, la lección de humildad que mi padre me dio. Me llevó con seis años a una leprosería, allí en el África negra al pabellón infantil, para que viera que no era importante el color de la piel, si no el sufrimiento del ser humano, y como en muchos de los casos, aún se podía esbozar una sonrisa ante un caramelo , como la que nos dedicó Martín, un niño color azabache al que le faltaba el labio superior, o así lo recuerdo yo.

Mi padre me enseñó a rezar….
Mi padre me enseñó a leer…
Mi padre me enseñó el significado de “familia”…
Mi padre me enseñó a ser “un ser humano”.

Hasta hoy no he perdido la memoria, y por ello…

 

Enseñé a rezar a mis hijos…

Enseñé a leer a mis hijos…

Enseñé a mis hijos a valorar la familía…

Enseñé a mis hijos a “ser humanos”.

 

Conclusión: el testigo de mi padre se lo he pasado a mis hijos, y espero que algún día ellos lo entreguen tambíen a los suyos, y así sucesivamente hasta donde este loco, absurdo y descontrolado mundo nos deje llegar. Yo ya he cumplido, y los “talentos” que un día se me pedirán, podré entregarlos multiplicados gracias a las enseñanzas de mi padre; gracias a mis hijos.

Me viene a la memória… ¡que la vida es bella!

 

 


  One Response to “Mi padre me enseñó…”

  1. Luis Daniel dijo…

    Sabio y humano tu padre, sabia y humana tu querida Gudea y como bien dices esperando cuando les llegue su momento a que sean generosos, sabios y humanos tus vástagos con los suyos.
    Es lo ideal que en las familias se vayan transmitiendo los valores humanos de generación en generación, y que esa semilla de educación germine en los nuevos retoños, uno puede decir que tuvo y tiene suerte en recibir los regalos de mis antepasados, en cuidarlos y depositarlos tal como me los dieron a los nuevos herederos, pero te llena de tristeza ver como esos valores hoy en día se pierden en estas sociedades ficticias donde el respeto brilla por su ausencia.
    Repito querida Gudea, sabio y humano tu padre, sabia y humana tu, y sabios y humanos tus semillas, y si ¡La vida es bella!, aunque se empeñen en destrozarla
    12 de septiembre de 2009 15:37

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