Ago 302011
 

Comenzamos una nueva experiencia¡Ni Marco Polo lo haría mejor! Ya en el metro entre la gente que escucha música... dormita...

Y entre la gente…

caminamos hasta llegar a nuestro bjetivo…

 

Ya en el templo de "los mendigos"...

 

 

Por callejones estrechos, no exentos de encanto…

 

En el patio interior, la gente se prepara para las ofrendas…

 

Un dragón, símbolo de la buena suerte, custodia el lugar desde uno de los tejadillos…

 

 

No pueden faltar las ofrendas de flores a la entrada del templo...Nosotros hacemos lo mismo¿no es cierto?

 

Yo diría que es la misma...

 

Nos miran curiosos. El monje ni se ha enterado. Observar como desgrana sus oraciones a golpe de auriculares...

 

la gente espera su momento,algunas hasta echan un sueñecito...

 

Que no falten las ofrendas, los dioses tambien comen... Y los monjes también, observar el paquete de lo que parece un pan de molde, o unos bollos de chocolate...

 

Con toda la fe que su alma pueda abarcar,ella prende la bara de incienso para que sea escuchada su plegaria... ¡como todos los pobres mortales!

 

Hay cola como en cualquier templo del mundo mundial...

 


Y ya todos en procesión, camino de sus advocaciones... Hasta unos" guiris" rezagados se acercan a la puerta...

 

La salida del templo de los mendigos. confiando en salir más ligera de equipaje...

 

 

Ya en la calle de las serpientes y atravesando esta cocina, la consigna era:¡¡¡NO fotos!!

 

 …Calles, más calles, tras el retoño que caminaba de prisa, como el que va a apagar un fuego.
– ¿Quieres caminar más despacio?
– Lo siento todo el mundo me dice lo mismo; Doyo me dice que voy muy de prisa…Yo no me doy cuenta.
– Pues más despacio que ya no estamos para tanto trote. Y nos mira y sonríe, y se que está feliz de tenernos allí. Y Manolo tropieza por enésima vez sin parar de darle al botón de la máquina, hasta el punto en que confunde el Taipei ciento uno con el Empire State:
-¡Que bien se ve desde aquí el Empire! ¡Que foto más guapa!
Nos miramos “el retoño” y yo, y rompemos en carcajadas.
– ¡Que no estamos en USA pater!
Y los tres nos partimos de risa ante la salida de Manolo. Debió ser por el comentario que hacia solo un minuto sobre que parecía un guiri americano con pasta. ¡Fue divertidísimo el momento!
Y el Taipei ciento uno, nos dejó sin palabras: magnifico el edificio y todo lo que le rodeaba; en su interior más de lo mismo. Una graciosa ascensorista vestida de Betty Boo, y con un diminuto gorrito en la cabeza, nos hablaba en mandarín cuando se paró en la planta ochenta y ocho, indicándonos con gestos robotizados la salida: algo absurdo puesto que no había otra. Con sus ciento una tiendas, y esas vistas que quitan la respiración, al Taipei ciento uno le ocurre lo mismo que al museo de Dalí: No deja a nadie indiferente.
Metro y más metro; un metro limpio en donde sus viajeros van de un lado a otro ordenadamente. Un metro con ocupantes: dormidos unos, leyendo otros, en “cuclillas” alguna que otra fémina, y observándonos con curiosidad mal disimulada el resto. Y ese práctico y rápido medio de desplazamiento nos lleva hasta “el templo de los mendigos”, el único rincón de Taiwán; del Taiwán que visitamos en donde encontramos policía, y en donde el retoño nos dijo: – no va a pasar nada, pero tened cuidado con la cartera y los pasaportes. El nombre con el que pequeño Ángel nos dio a conocer el templo, no era real, pero no se habrían equivocado ni un ápice, si así lo hubieran bautizado, por la mendicidad que allí se practicaba y gente extraña con la que nos cruzábamos. Como bien dijo no pasó nada y llegamos sin problemas, como siempre, a “la calle de las serpientes”, nombre que supongo no será el suyo en mandarín pero que así es como la llaman, y al principio de la calle un cartel en inglés, que decía: para turistas. Tengo que decir que era de noche porque  “para vivirla hay que ir a esas horas, que es cuando cobra vida” , y así lo hicimos recorriéndola con curiosidad y algo de adrenalina disparada, pero fue más bien decepcionante para los tres, y digo los tres porque el retoño la descubrió al mismo tiempo que nosotros. Prácticamente vacía la calle y mal iluminada, es una calle agónica que vive de lo poco que le queda del esplendor de un pasado, en donde los hombres de una edad que querían reforzar su virilidad, y las mujeres maduras que deseaban mantener la piel lozana, elegían una serpiente de los muchos comercios que allí hay, y manteniendo siempre al animal con el soplo de la vida, lo despellejaban para luego cortarle la cabeza, dando de beber la sangre al comprador, asegurando así esa virilidad o esa lozanía tan deseada. Dejamos atrás, restaurantes, que como reclamo tenían a la entrada serpientes disecadas con un cartel que decía en inglés: prohibido sacar fotos y en el interior alguna mesa ocupada por gente de mirada huraña, o aburrida , que reclinada en la silla parecía dormitar como las propias serpientes. Sórdidos y sucios sex shop, en donde enormes penes de plástico, a modo de linternas, iluminaban el local con luces de colores salidas del interior. Un carrito de helados con la cara del pato Donal, pintada en el frontal, descansaba, sin dueño, al lado de una tienda de artesanía.., Y así paso a paso, o mejor dicho, paso a paso nosotros y zancada a zancada Ángel, cruzamos la calle sin a penas gastar esa adrenalina contenida,aunque tengo que decir que : dentro de la decepción, también tuvo su encanto.


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