Nov 292010
 

Cuando el recién nacido vislumbró la luz del mundo, casi nadie creyó que fuera a sobrevivir a sus primeros días de vida. Los médicos lo daban por perdido. Sin embargo, y gracias a sus cuidados intensivos, la resuelta niñera se encargó de desmentir tales pronósticos.No obstante, René Descartes permaneció algo débil durante el resto de su vida. De niño le aconsejaron que no saliera de la cama hasta .. entrada la mañana, costumbre que. conservó hasta alcanzar la edad adulta. Y es posible que la obligación de abandonarla precipitara su muerte.
René Descartes nació en Touraine, al noroeste de Francia, en el seno de una acomodada familia de la baja nobleza. Durante un tiempo de su vida dispuso del suficiente dinero para poder dedicarse plenamente y libre de preocupaciones a sus estudios científicos. A los diez años ingresó en el colegio jesuita laFIéche, en Anjou, donde durante ocho años aprendió las matemáticas y la física de su época. Al igual que su contemporáneo Galileo Galilei, treinta y cinco años mayor, Descartes no tardó en rechazar la doctrina escolástica. De joven se mudó a París y allí adoptó el tipo de vida que correspondía a su alcurnia. Sin embargo, esta vida le cansó muy pronto y se mudó a un apartamento cuya localización no conocían ni sus amigos más íntimos. Permaneció dos años allí escondido, tiempo que dedicó al estudio intensivo de las matemáticas y la jurisprudencia.
Cuando en 1618 estalló la guerra de los Treinta Años, Descartes, que un año antes había ingresado en el ejército holandés,participó en las campañas militares de Bohemia y Alemania. El católico Descartes sirvió en ejércitos tanto protestantes como católicos. Debía de saber que en realidad en aquella guerra no se dirimía la fe verdadera, sino la hegemonía sobre Alemania,objetivo que enfrentaba a todas las grandes potencias europeas.Es posible que Descartes no llegara a participar en ninguna operación militar,pues se mantuvo como oficial alejado del frente, en la retaguardia, Cosa que le fue como anillo al dedo. Y es que que anhelaba por encima de todas las cosas observar el mundo y a la gente. En 1619, en los cuarteles de invierno cerca de Ulm, inmerso en el aire sofocante de una habitación caldeada, parece que tuvo una visión que enseguida identificó como la finalidad de su vida: la unidad de la ciencia a partir de ,unos nuevos supuestos y, por encima de todo, sin las condiciones previas a la doctrina cristiana,fijadas por la escolástica.
Durante los años siguientes Descartes realizó numerosos viajes, que alternó con largas estancias en París. Allí entabló una trecha amistad con el monje y filósofo Marin Mersenne. A partir de 1628, quien quisiera contactar con Descartes (que se había retirado para proseguir su trabajo científico) debía acudir a Mersenne. En 1655, en Holanda, al terminar de redactar su primera obra, Descartes conoció la condena que la Inquisición romana había impuesto a Galileo Galilei. Tal noticia le sobresaltó; en su obra, a punto ya para la imprenta, adoptaba la teoría de la rotación de la Tierra de Galileo. Ya no se atrevió a publicar sus ideas, incluso destruyó buena parte de ellas. Cuatro años más tarde, algunos de estos fragmentos aparecieron en el Discours de la méthode (Discurso del método) que publicó precavidamente de forma anónima. Este libro delgado es hoy una de las obras más conocidas de la filosofía, y con su frase «Pienso; luego existo» conmovió el mundo. En el texto original francés fue formulada «je pense, donc je soi», pero se hizo mucho más famosa la traducción latina de 1644: «Cogito ergo sum» .
¿Qué tenía de especial esta frase? A los hombres modernos les parece casi banal y, sin embargo, lo cierto es que contribuyó a cambiar la concepción que el hombre tenía del mundo y de la vida. Las palabras «Pienso, luego existo representan lo que Descartes convirtió en el método de su ciencia y el fundamento de todo conocimiento: la duda. Para Descartes, la duda no era algo que apareciera por un momento y después pudiera aclararse de forma rápida y sencilla (como hasta entonces había enseñado la escolástica) echando un vistazo a la Biblia o a la obra de Aristóteles. Las recientes observaciones y descubrimientos de Nicolás Copérnico y Galileo Galilei pusieron en tela de juicio unas opiniones que antes se habían tomado por inquebrantables e impugnaron ciertas creencias que en la Biblia se exponían como indiscutibles y respecto a las cuales hasta Aristóteles se había equivocado.
Descartes, que buscaba una regla que fuera válida para todas las ciencias, llegó a la conclusión de que en adelante debía dudarse de todas las cosas. Pero esa conclusión, .por sí sola, no era novedosa. Los escépticos de finales del siglo XVI ya habían advertido que la percepción no podía determinarse de forma unívoca: uno ve el mar de color azul, y mientras que otro lo per cibe de color gris, es posible que un tercero lo vea color turquesa. Los escépticos dedujeron de ello que las ciencias exactas , eran imposibles y, por consiguiente, se situaron junto a Aristóteles, que nunca se fió de los sentidos del hombre. justo en este punto, en el instante en que se da cuenta de que todo lo que ha visto o pensado podría ser falso, y que por lo tanto podría no saber nada, Descartes opta por dar un giro atrevido y revolucionario. Si es verdad que nada de lo que percibimos es seguro, sino que podría ser una ilusión, eso tiene que ser válido para el mundo entero, para todo lo que nos rodea. ¿No hubo nada,entonces, que resistiera la duda radical de Descartes, su escepticismo general? En realidad, sí. Descartes volvió a encontrar de pronto el suelo bajo sus pies. Incluso realizó un aterrizaje suave porque de repente se dio cuenta de que en toda inseguridad hay algo evidente: el que duda, piensa. Y dado que piensa, es innegable que, como mínimo, él existe: pienso, luego existo. Para Descartes, esa certeza tenía que ser el principio y el punto de partida de toda filosofía.
Después de volver de nuevo a suelo firme, Descartes miró a su alrededor y encontró el mundo cambiado. En el centro ya no estaban las apariencias y los objetos, sino la propia conciencia.
Descartes estaba convencido de que sólo podía tener pretensión de verdad aquello que se conociera de la misma forma en que se conoce este yo pensante. Por eso concluyó que en el mundo de los objetos y de la percepción sólo podemos confiar en aquello que puede medirse de modo inequívoco. Como los colores, el sabor y el olor no son mensurables, los postergó. En cambio, el mundo del cuerpo es fiable, pues la dilatación y el ·movimiento pueden medirse.
Parecía que comenzaba a tomar cuerpo la visión de una ciencia unida que en cierta ocasión en una caldeada habitación le Ulm, se había aparecido a Descartes. El filósofo estaba convencido de que todo podía explicarse a partir de las matemáticas y la física. Ahora, sin embargo, se presentaba un nuevo problema de pensamiento: la ciencia parecía unida, pero el intelecto y la materia se habían separado. El concepto de mundo de Aristóteles, hasta entonces universalmente válido, y que partía de la unidad de alma y materia, parecía pasado de moda. Ahora había un mundo intelectual y otro material, y cada uno existía por sí mismo. Para Descartes, el intelecto era libre en su mundo y lo examinaba todo independientemente de toda corporeidad. El mundo del intelecto era raciocinio puro. El mundo del cuerpo, en cambio, no tenía ningún tipo de contacto con el del intelecto, estaba sometido a las leyes de la naturaleza y actuaba según procesos meramente mecánicos. El mundo del cuerpo era para Descartes pura mecánica.
Esta concepción del mundo escindido en un mundo puramente intelectual y otro puramente corporal vino a denominarnarse dualismo, y se ha tildado a Descartes de dualista. Como hablaba de la ratio, de la razón y de la palabra en el mundo del pensamiento, también se le ha calificado de racionalista.
Descartes llevó su dualismo hasta tal punto, que ambos mundos sólo se unían en el hombre, según el principio por el cual el hombre es un cuerpo (una máquina) dentro del cual existe un alma (el intelecto). Los animales, en cambio, eran para Descartes mera materia y funcionaban, por lo tanto, mecánicamente.
El efecto de los pensamientos de Descartes fue inmenso y él mismo fue considerado uno de los precursores decisivos de la filosofía moderna. Casi dos siglos después, Hegel identificó en él el principio del pensamiento moderno. También gozó de una apreciación similar por parte de Nietzsche, Heidegger y Bertrand Russell. la metodología de Descartes, consistente en partir de un pequeño punto concreto y seguro para llegar a lo complejo, se abrió paso en la ciencia y se convirtió en la metodología habitual.
La Iglesia, en cambio, vio en Descartes a un heterodoxo blasfemador contra Dios. Si se separa intelecto y materia, ¿cuál es la relación que se establece entre esa nueva razón independizada de la fe? Es probable que Descartes temiera esta pregunta, pues él, católico creyente, no era sólo un hombre prudente, sino que además sabía muy bien cuál había sido el destino de Giordano Bruno y de Galileo Galilei. Por eso intentó introducir en el Discurso, inmediatamente después del «Pienso, luego existo», una demostración de la existencia de Dios. Sin embargo, y en comparación con la brillantez de sus razonamientos precedentes, este último resulta harto deficiente. Descartes manifestó que no sólo sabía con certeza que él pensaba, luego existía, si· no que también se hallaba dentro de él la idea de un ser perfecto. Como esta idea no podía surgir de él mismo, se la tenía que haber dado el mismo ser perfecto. Esto nos recuerda claramente a Anselmo de Canterbury: «El hecho de que pueda imaginarme a un ser perfecto significa que tal ser existe», pues,tal como añadió Descartes, el ser perfecto es precisamente perfecto porque existe. Sino existiera, ya no sería perfecto. Depende de cada cual y sobre todo de su fe decidir si esto es de una racionalidad genial o pura argucia.
A pesar de esa prueba de la existencia de Dios, trece años después de la muerte de Descartes su obra fue censurada en Roma. Fueron sobre todo los jesuitas quienes insistieron en ello. Hasta el siglo XVIII, pronunciar el nombre de Descartes era algo sumamente peligroso en Francia.
Descartes, que pasó casi veinte años escondido en Francia, se fue a Estocolmo en 1649. ¿Por qué razón? Pierre Chanut, uno le sus amigos, había sido nombrado en 1645 embajador francés en Estocolmo. Éste convirtió a la reina Cristina de Suecia en una partidaria de la «teoría cartesiana» denominada así en honor,a Descartes. Cristina y el filósofo entablaron una intensa relación epistolar. Finalmente, la reina lo llamó a su corte. Descartes vaciló. Como católico que era la fe reformada de Suecia le resultaba inconveniente, pero en cuanto la reina insistió en su invitación, Descartes aceptó. Se ganó la confianza de la soberana de forma inmediata. Sin embargo, a menudo la reina deseaba filos0far con él a las cinco de la mañana. Aún hoy es un misterio la cuestión de si falleció por culpa de su debilidad y por tener que madrugar en el frío invierno de Estocolmo o de resultas del arsénico que los celosos sirvientes de la corte supuestamente le ponían en la comida.

Helge Hesse. La Vuelta a la Historia en Cincuenta frases. Ediciones Destino. C.L.


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