¿Qué hago subida en un globo?

Una siempre pensó que no había cosa más tonta que subirse en una cesta y elevarse como un globo de feria…

Este viaje estaba perdido en mi cajón de “los desastres” y ha sido rescatado del olvido por el archivero mayor de La isla de las Orquídeas: “Realizado el día de gracia del 23 de marzo, del año 2015 de nuestro Señor”.

Esta es su historia:

Una siempre pensó que no había cosa más tonta que subirse en una cesta y elevarse como un globo de feria… Oportunidades no me faltaron durante nuestros años en aquel aeropuerto de Gerona, pues salían cada sábado desde el río elevándose al cielo como pompas de jabón. Lo cierto es que era algo digno y bello de ver pero nada más. En cambio mi consorte disfrutaba como un “marranillo en una charca” con aquellas movidas sabáticas junto al dueño de uno de los globos, un siquiatra marchoso al que le importaba un comino chafarle al dueño del campo de turno los tomates, las sandias o las alcachofas, según pintase. Las oportunidades no me faltaron, eso era cierto, pero mi espíritu indómito, aventurero y adrenalínico hasta el coma prefirió otro tipo de altos vuelos como el de lanzarlo desde una altura de 4800 pies  enganchado a un monitor al que no tenía el gusto de conocer, y al que iba pegado como un sello a una carta: un tandem, un mono cutre, un casco  y MUCHAS  ganas de volar  le llevaron a ese coma adrenalítico del que aún hoy no ha despertado del todo.
Y una había siempre pensado en lo que debían ser esas hazañas a lo Julio Verne tan “pasadas de moda”, cuando mis hijos me embarcaron en un regalo de cumpleaños ideado para ese padre al que tanto quieren: ¡un viaje en globo! ¡No veas! Una pataleaba, protestaba y se deshacía en “peros” para no experimentar esa “aventura”, aunque de nada sirvió. Así que tras un tiempo de espera por causas ajenas a nuestra voluntad y a la de los organizadores, pasaron los días y una mañana –ayer sin ir más lejos (23 de marzo de 2015)–, me encontré esperando en una gasolinera a que vinieran a buscarnos para unas horas de “adrenalina pura”.

Yo no podía creer lo que estaba oyendo. Pensaba que estaba de broma, aunque había escuchado perfectamente como sonaba su móvil ¡Ja,ja,ja!
–Si es que siempre están igual –comentó “el master”.

Llegasteis en una furgoneta José Antonio, Pilar y”tú: perdóname si no recuerdo tu nombre pero soy un desastre para retenerlos en la memoria, y en este caso te tocó a ti y alguno más. El caso es que mientras te observaba a través de mis gafas de sol pensé en que debías tener la edad de mi hijo pequeño, ese que anda por Shanghai. Y así comenzó ese día entre presentaciones tímidas y repeticiones de nombres que,  como he dicho, el disco duro de mi cerebro no retuvo con nitidez. Eramos tres parejas cuyo único lazo de unión se encontraba en ese remolque enganchado a la furgoneta: el globo de aire caliente que nos haría soñar –aunque yo en esos momentos me preguntara que ¿qué iba a hacer yo subida en un cesto suspendido en el aire?–. Y así fue desde el instante en que lo vi desplegarse al sol de la mañana; de una mañana preciosa  en donde ni el viento ni la brisa mostraban su lado más canalla… Armasteis el globo con la tímida ayuda de alguno y el cliqueo de más de una cámara de fotos siguiendo toda la parafernalia que a mi me pareció harto complicada. Todo estaba dispuesto y llegó la hora de” subir al cesto”: –¡Ja! ¡Ahí te quiero ver  hermosa! –me dije yo solita cuando observé que NO había escaloncitos para subir–.  ¡Dios! tod@s suben sin problemas… –me repetía mentalmente. Pero al final la octava pasajera, logró colarse dentro del cesto de…¿mimbre? Recuerdo que me impresionó el calor de la llamarada al soltar el gas y como empezó a elevarse dejando a tras la figura de Pilar que debía seguirnos con el furgón hasta el punto de aterrizaje.
–Que mire usted que yo que quiere que le haga… no si ya se que intenta cazar patos, pero eso de que se asustan al paso del globo…
Yo no podía creer lo que estaba oyendo. Pensaba que estaba de broma, aunque había escuchado perfectamente como sonaba su móvil ¡Ja,ja,ja!
–Si es que siempre están igual –comentó “el master”.
–No se mueve el globo… Estamos parados… –dije yo flipando en colores por la sensación tan extraña que estaba experimentando ¡Ni un gramo de aire parecía que corría entre nosotros! Me sentía como un jabugo colgado en una alacena. –Pero merece la pena –pensé– estar aquí a 1800 m de altura contemplando este paisaje.
–Ahora nos movemos a 11 kilómetros por hora, –creo que comentó José Antonio “el master” del globo–.
Ahora parece que avanzamos. Es más divertido cuando el viento acompaña y podemos volar más bajo: la gente saluda desde tierra y se observa con detalle todo lo que nos encontramos a nuestro paso… pero el viento es el que manda. A mí me pareció que el momento que estábamos viviendo ya tenía los ingredientes deseados: diversión,emoción y encanto; mucho encanto.

Vi a lo lejos el furgón conducido por Pilar a punto de perderse bajo un puente de carretera. Y una granja con un buen número de ovejas que caminaban en un estúpido círculo una y otra vez, algo típico de las ovejas puesto que mucho seso no tienen… Pasaron ante mis ojos infinidad de terrenos cultivados en perfectas cuadrículas, y viveros de palmeras, que para eso estábamos por los dominios de Elche. Una muchacha adiestraba un caballo en otra granja. Unas salinas, un Mar Menor a lo lejos, un mar Mediterráneo justo en frente y la sombra que iba proyectando el globo sobre los campos. Pasamos por encima de un enorme camping con sus caravanas perfectamente alineadas en sus calles y la piscina ,ahora durmiendo el momento del invierno. Cruzamos sobre una urbanización de chalets con piscina y de uno de ellos salió un hombre cámara en ristre, para inmortalizarnos, agitando la mano como un poseso; bueno y como una posesa que era yo devolviéndole el saludo.
–Vamos a descender hasta ese terreno… –dijo el chico” sin nombre”, el que me recordaba a mi hijo el sanghainés, señalando un campo que al parecer y a pesar de su verdor, era un campo sin sembrar…
Mientras todo el mundo estaba enfrascado en la operación, yo observaba el furgón acercándose por el camino entre los sembrados.
–Sujetaros ahora que esto se va a mover un poco –nos recomendó el “master Jose Antonio”.
Con un par de movimientos algo bruscos –todo hay que decirlo, aunque como el piso no era de cemento y el cesto no tenía patines, era algo perfectamente normal–, tomamos tierra.
Mientras se desmontaba el globo aquel camino campero se convirtió en la Sexta Avenida de Nueva york, con los coches que aparecieron por “birlibirloque”, queriendo pasar justo por donde estaba el globo. Y se les dejó pasar con toda la amabilidad de la que son capaces esas tres personas tan acostumbradas a lidiar este tipo de situaciones, aunque para ello hubiera que andar tirando del furgón con el remolque marcha a tras y “para alante”, según conviniera a la maniobra de “dejar pasar”. Y sí, a todo esto hay que añadirle un par de señores mayores, de campo, montados en bicicleta, preguntándome a voz en grito que si eramos de “la tele” y “que si luego había comida”… pues un poco “Almodovar”, quedaba la escena. ¡Por favor ! que me había olvidado de nuestro amigo salido de la nada:¿?¿?¿?¿?¿

–No recuerdo tú nombre, discúlpame–, le dije observando a Ángel Luz, así se llamaba el niño pequeño ocupado en parapetar la timidez propia de los niños, en el interior de la capucha de su jersey de lana.
–Si estás detrás de la cámara te pierdes los momentos… –me dijiste “hombre sin nombre”.

Fue todo un placer compartir esa coca de verduras y esa copa de champán que en mitad del campo nuestros guías tuvieron el detalle de ofrecernos.

Y yo pensé que tenía parte de razón; sólo parte porque para mi es más importante”guardar esos momentos”. Y hablamos del “caralibro” el Facebook, y de mi página web: “La isla de las orquídeas”, aunque tu luego la bautizaras con: “La isla de las cebollas” ¡Ja,ja,ja! Si se me llega a ocurrir antes quizá me habría quedado con ese dominio ¡Qué ideas! En fin, amigo “sin nombre”, ya solo me queda decirte que fue, cuanto menos, interesante charlar contigo y divertido la ocurrencia que tuviste al hacernos la foto del grupo con eso de”mirar al pajarito”¡Ja,ja,ja!
Todo un placer conoceros, amigos aventureros. Fue todo un placer compartir esa coca de verduras y esa copa de champán que en mitad del campo nuestros guías tuvieron el detalle de ofrecernos.
Todo un placer: Sandra y su pareja –lo siento, olvidé el nombre–, el muchacho murciano que el día anterior cumplió años y al que su chica, una muchachita encantadora, le regaló esa aventura en globo; Pilar la chica del furgón, el “master” Jose Antonio y el chaval que tanto me recordaba a mi hijo pequeño. Todo un placer haber compartido esa mañana junto a vosotros.
Un abrazo en la distancia y que la vida os trate bien.

Y estas son las fotos de la aventura:

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