Que trata de la segunda salida de nuestro buen caballero Don Quijote de la Mancha…

Don Quijote de La Mancha

 

Aquella noche, quemó y abrasó el ama todo los libros que había en el corral y en toda la casa. Muchos de los que ardieron merecían guardarse para siempre pero no lo permitió su suerte y la pereza del encargado de hacer el escrutinio. Así se cumplió en ellos el refrán de que muchas veces pagan justos por pecadores.

Uno de los remedios que el cura y el barbero pensaron entonces para el mal de su amigo fue que hicieran un muro para tapiar el cuarto donde guardaba los libros. De ese modo, cuando se levantase el caballero no se los encontraría -quizá, quitando la causa, desaparecería el efecto- y ellos dirían que un mago se los había llevado,con todo el cuarto donde estaban. Así se hizo con toda rapidez.
A los dos días se levantó don Quijote y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros. Como no encontraba el cuarto,donde los había dejado, andaba buscándolo por todas partes.Llegaba adonde solía tener la puerta y la buscaba a tientas, volvía y revolvía los ojos por todo, sin decir una palabra. Al cabo de un buen rato, preguntó a su ama hacia que parte estaba el aposento de sus libros. y el ama, que ya estaba bien advertida de lo que tenia que responder,le dijo:
–¿ Qué aposento ni que nada busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros en esta casa, porque todo se lo llevo el mismísimo diablo.
–No era un diablo –replicó la sobrina– sino un encantador que vino encima de una nube una noche, después del día en que vuestra merced se marchó de aquí y, bajándose de una serpiente en que venía montado, entró en el aposento. No se lo que hizo allí dentro -pero al cabo de poco rato salió volando por el tejado y dejo la casa llena de humo.Cuando decidimos mirar lo que había hecho, no vimos libro ni aposento alguno. Solo nos acordamos muy bien el ama y yo de que, en el momento de marcharse, que el mal viejo dijo en voz alta que, por una enemistad secreta que tenia con el dueño de aquellos libros y aquel cuarto, dejaba hecho el desafío, en aquella casa, que después se vería. Dijo también que se llamaba “el sabio Muñatón”.
–”Frestón” diría –dijo don Quijote.
–No sé -respondió el ama- si se llamaba “Frestón o “Fritón”: solo se que acababa en ton su nombre.
–Así es -dijo don Quijote-: ese es un sabio encantador, muy enemigo mio, que me tiene odio, porque sabe por sus artes y letras que, dentro de algún tiempo, he de llegar a pelear con un caballero al que él favorece y lo he de vencer, sin que él lo pueda impedir. Por eso procura hacerme todos los sinsabores que puede pero te aseguro que él no podrá evitar lo que por el cielo esta ordenado.
–¿Quien duda de eso? –dijo la sobrina–. Pero, ¿quién le mete a vuestra merced, señor tío, en esas pendencias? No estaría mejor quedarse pacífico en su casa y no irse por el mundo a buscar lo imposible, sin considerar que muchos van por lana y vuelven trasquilados?
–¡Oh sobrina mía-respondió don Quijote-, que equivocada estas! Antes de que a mi me trasquilen les habré pelado y quitado la barba, como a siervos míos, a cuantos hayan imaginado tocarme en la punta de un solo cabello. No quisieron las dos replicarle mas porque vieron que se le encendía la cólera. El caso es que él estuvo quince días en casa, muy sosegado, sin dar muestras de querer repetir sus primeros delirios. En esos días, tuvo charlas graciosísimas con sus dos compadres, el cura y el barbero. Decía él que la cosa de que mas necesidad tenia el mundo era de caballeros andantes y de que se resucitase, en él, la caballería andantesca. Algunas veces, el cura le contradecía y, otras veces, concedía, porque, si no guardaba este artificio, no iba a poder ponerle en razón.
En este tiempo, solicitó don Quijote a un labrador, vecino suyo, hombre de bien – si es que ese título se puede dar al que es pobre- pero de muy poco juicio. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el pobre labrador decidió irse con él y servirle de escudero.
Decíale, entre otras cosas, don Quijote que se dispusiese a ir con el de buena gana, porque alguna vez le podía suceder una aventura en la que ganase, en un instante, alguna ínsula y le dejase a él como gobernador de ella. Con estas promesas y otras semejantes, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, deja a su mujer y a sus hijos y se comprometió a servir a su vecino como escudero.
Dio luego don Quijote orden de buscar dineros y, vendiendo una cosa, empeñando otra y malbaratándolas todas, reunió una notable cantidad. Consiguió también un escudo, redondo,pequeño que pidió prestado a un amigo suyo, y arreglando lo mejor que pudo su casco medio roto aviso a su escudero Sancho del día y la hora en que pensaba ponerse en camino, para que lo preparase todo lo que más podía necesitar. Le encargó, sobre todo, que llevase unas alforjas.
El dijo que si las llevaría y que también pensaba llevar un asno muy bueno que tenía, porque el no estaba acostumbrado a andar mucho a pie.
En lo del asno dudó un poco don Quijote, intentando recordar si algún caballero andante había traído a algún escudero a lomos de un burro, pero no le vino ninguno a la memoria. ” En todo caso, aceptó que lo llevase con la intención de proporcionarle una caballería más honrada cuando hubiese ocasión para ello, quitándole el caballo al primer caballero descortés que encontrase.
Don Quijote, por su parte, tomo camisas y las demás cosas que pudo, conforme a los consejos que le había dado el ventero. Cumplido todo ello, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina salieron una noche del lugar sin que nadie los viese. Esa noche caminaron tanto que, al amanecer, estaban ya seguros de que no los podrían encontrar, aunque los buscasen.
Iba Sancho Panza sobre su jumento como un rey, con sus alforjas y su bota, con muchos deseos de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido. Acertó don Quijote a tomar la misma dirección y camino que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual él caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, al ser la hora de la mañana y herirles de lado los rayos de sol, no les molestaban. Dijo en esto Sancho Panza a su amo:
–Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que me ha prometido de la ínsula, porque yo la sabre gobernar, por grande que sea.
A lo cual le respondió don Quijote:
–Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy frecuente de los caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o reinos que ellos ganaban, y yo tengo decidido no faltar a esa agradecida costumbre sino, por el contrario, superar a los demás en ella. Porque ellos, algunas veces, y quizás la mayor parte de ellas, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos y, ya,después de estar hartos de servir, pasando malos días y peores noches, les daban algún titulo de conde o, como mucho, de marqués de algún valle o provincia de poco mas o menos; sin embargo, si tú vives y yo vivo, bien podría ser que, antes de seis días, ganase yo tal reino que llevase unidos a él otros y que fuesen a propósito para coronarte a ti como rey de alguno de ellos. Y no te parezca excesivo, que a los caballeros andantes les suceden tales casos y cosas, por caminos nunca vistos ni pensados, que con facilidad te podría dar aún más de lo que te prometo.
–Según eso -respondió Sancho Panza-, si yo llegase a ser rey, por algún milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos mi mujer vendría a ser reina y mis hijos infantes.
–Pues, ¿quién lo duda? – respondió don Quijote.
–Yo lo dudo -replicó Sancho Panza- porque creo que, aunque Dios lloviese reinos sobre la tierra, ninguno de de ellos encajaría bien sobre la cabeza de mi mujer. Sepa, señor, que ella vale muy poco para reina; condesa le caerá mejor, con la ayuda de Dios.
–Encomiéndalo tú a Dios, Sancho -respondió don Quijote-, que el le dará lo que más le convenga; pero no disminuyas tu ánimo tanto que te vengas a contentar con menos que con ser gobernador con plenos poderes.
–No lo haré, señor mío -respondió Sancho-, y más teniendo un amo tan principal como vuestra merced, que me sabrá dar todo lo que me convenga y yo pueda llevar.

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