“Rita” (La tierra prometida)

Rita, la tierra prometida, de la sombra del egombe egombe

— De todos modos, yo no quería ir a la guerra… a ninguna guerra –dijo sentándose a su lado con la espalda apoyada en “Rita”.

De La Sombra del Egombe Egombe:

LA TIERRA PROMETIDA

………Del frente de Toledo al frente de Teruel. Le ordenaron incorporarse a la C. T. V. <Comando de Tropas Voluntarias> de los italianos, que tras la aplastante derrota de Guadalajara los habían concentrado con el fin de prepararlos para la gran ofensiva que, desde la línea del frente en La Muela de Teruel, se iba a llevar hasta Levante. Las instrucciones eran precisas: por cada tres soldados italianos, uno español.
— Flechas Azules, Flechas Verdes y Flechas Negras… —dijo en voz alta, recordando el nombre de cada agrupación de los italianos… “No podían permitirse otro fracaso como el de Guadalajara”, decían los altos mandos. Para entonces, él ya manejaba una tanqueta a la que había bautizado con el nombre de “Rita”; le gustaba ese nombre.
Cuando se dio la voz de avance, siguieron la carretera nacional hasta cruzar las líneas enemigas. “Ojos de Gato” sabía que de cerca les seguía la 1ª Bandera de Falange de Navarra y un Tercio de Requetés y eso, lejos de tranquilizarle, le preocupaba porque Fausto iba en esa 1ª bandera… aún así, luchó junto a sus compañeros con el arrojo que le caracterizaba, dejando a un lado el lazo de sangre que tenía tan cerca. Plantaron la enseña en Manzanares y la dejaron también, tras una larga resistencia, en Rubielos, para situarla después en Sarrión y Puebla de Valverde. Continuaron su camino hasta Barracas en donde, a pesar de no encontrar muchos obstáculos, pararon el avance dejando como línea de frente el puerto de Rabudo.

Le costó una lágrima y un nudo en la garganta el revivir aquella “cama de muelles oxidados de aquella habitación, de un pueblo cualquiera”…

«Las órdenes son órdenes…». Allí de pie, con la cantimplora en la mano, examina el terreno. Se encontraban parados en el pueblo en mitad de un gran descampado, en donde dos montes: peña Juliana y peña Salada, custodiaban la zona derecha. Era en esa parte donde la resistencia, aunque floja, presentaba batalla. Dirigió la vista hacia la carretera nacional que llevaba a Zaragoza, pensando que era la única vía de comunicación que tenían con la retaguardia… Pegó un par de tragos de la cantimplora y se pasó el dorso de la mano por la boca, notando una mezcla salada de sudor con tierra del camino; sabores que le eran tan familiares desde hacía tiempo, que ya no le causaban la más mínima repugnancia. Se recostó en una de las ruedas de “Rita”, reflexionando sobre el torbellino de su vida: en dos años había experimentado todos los sentimientos que pueda sentir el alma humana. Recordó a María Teresa, a la que no había apartado ni un momento de su corazón; tan en el fondo tenía su recuerdo, que le costó una lágrima y un nudo en la garganta el revivir aquella “cama de muelles oxidados de aquella habitación, de un pueblo cualquiera”… Un par de botas gastadas, como todas las que por allí había, vinieron a interponerse en el punto de la tierra donde tenía la vista clavada. Era un flecha azul.

— ¡Han roto el frente en Manzanera! ¡El batallón de San Quintín no ha resistido! Fue la última vez que escuchó la voz del muchacho de la Toscana: una bala le acertó entre los ojos de niño perdido…

— ¿Por qué no seguimos…? —le pregunta entre una mezcla de italiano y español.
“Ojos de Gato” le contesta que no tiene ni idea de cuáles son los motivos del parón del avance en ese pueblo. El flecha le escucha atentamente, como si de sus palabras dependiera el resultado de la guerra. Le observa: es un muchacho joven como él, metido en un uniforme impropio para la contienda. Al menos para la que en España se libraba. <<Demasiado finolis los jefes, con tanta pluma>>… Con sus ojos de niño perdido en mitad de una calle, le dice que se llama Andrea y que era de La Toscana, en donde su familia se dedicaba a la tierra de toda la vida.
— No sé muy bien qué hacemos aquí, nos habían informado de que no era este nuestro destino…
— De todos modos, yo no quería ir a la guerra… a ninguna guerra –dijo sentándose a su lado con la espalda apoyada en “Rita”

Ni siquiera se apiadaba con los muertos que enterraban bajo el frío despiadado y el azote del viento en la piel

— ¿Fumas? Pues fúmate un cigarro –le dice ofreciéndole uno de los cuatro que le quedaban— y no le des más vueltas porque va a ser peor. Anda, siéntate a mi lado y contempla el paisaje, que no sé, pero me da en la nariz que nos vamos a pasar aquí una temporadita… — continua con guasa paseando la vista por los útiles de guerra que dominaban el páramo…

Les sorprendió el invierno y este no tuvo piedad con las cuarenta mil almas que en el páramo se encontraban. Ni con los heridos, que diariamente se bajaban de los dos montes; ni siquiera se apiadaba con los muertos que enterraban bajo el frío despiadado y el azote del viento en la piel. Los italianos… los italianos eran los peor parados. Equipados con uniformes propios de un clima cálido, se morían literalmente de frío, mientras en la noche mantenían en marcha sus tanques y camiones para que no quedasen inutilizados por congelación. ¡Qué guasa tenía la cosa!
Los hombres corrían de un sitio a otro, preparándose para lo peor, porque el batallón de San Quintín no pudo frenar al enemigo y Manzanera fue tomada ondeando de nuevo los colores de la bandera republicana en ese bastión.
Al amanecer de un dia cualquiera escucho la voz del joven flecha azul de La Toscana, con el que compartió un par de cigarrillos y una buena parte de confidencias y miedos.
— ¡Han roto el frente en Manzanera! ¡El batallón de San Quintín no ha resistido!- gritaba acercandose a él, en el momento en que una bala le acertó entre los ojos de niño. Mientras el maldecía su estampa por no haber podido salvarle la vida.

Pasaron tres días cercados por el enemigo, hasta que aparecieron las Pavas * con sus bombas, rompiendo el cerco y salvándoles la piel. Tiempo después, corría el mes de diciembre de mil novecientos treinta y ocho, tras seis largos meses concentrados en ese pueblo y una vez estabilizados el frente, recibieron la orden de incorporarse a la 5ª división de Navarra, y dirigirse a Fraga en donde se estaba preparando la ofensiva de Cataluña. Con la victoria de la batalla del Ebro, el final de la guerra se veía muy cercano. Estaban en víspera de la Navidad y hacía un frío terrible. El límite de la línea de frente lo marcaba el río Segre en donde se habían concentrado un gran número de tropas……

Las pavas*: sobrenombre con el que eran conocidos los trimotores, Junkers ju 52 de la Legión Cóndor.

Más de La Sombra del Egombe Egombe:


Dónde puedes encontrar mis libros:

(Haz clic sobre Casa del Libro, Amazon o Uno Editorial, e irás directo a la tienda)


La sombra del Egombe-Egombe:
CASA DEL LIBRO
AMAZON
UNO EDITORIAL
La escribidora (los relatos dormidos):
CASA DEL LIBRO
AMAZON
UNO EDITORIAL

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.