Ene 182016
 

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En el recuerdo…

       ………Por muy enojada que pudiera parecer… “¡Sois de la piel del diablo! ¡Faustino!, ¡Ángel!…”, Florencia irradiaba paz.
Se limpió con el ancho delantal las manos llenas de harina. Un indisciplinado mechón de pelo, lacio y rubio, le caía sobre la frente y en sus ojos azules, asomaba una chispa de fastidio. Suspiró y pasó la mano embadurnada por la frente hasta apartar el molesto mechón.
— Venid aquí… —los chiquillos que miraban a la madre con cara de no haber roto un plato, se acercaban a ella, pasito a pasito—. ¡No me hagáis perder la paciencia! –y se sentó en un extremo de uno de los bancos que rodeaba la enorme mesa de la cocina–. Vamos a ver, ¿quién quiere ser el primero? —dijo con un movimiento de zapatilla en mano. Su pie descalzo mostraba una media negra con mil batallas de remiendos. Ángel, el pequeño de los dos hermanos, se tumbó en el regazo de su madre con el trasero en pompa y la resignación pintada en la cara: «Si no empiezo yo, no acabaremos nunca», parecía decir el chiquillo con su decisión: a sus seis años mostraba una madurez impropia de su edad. Florencia le bajó el pantalón y empezó la cuenta atrás…
— ¡Una!, ¡dos! y ¡tres! –tres sonoros zapatillazos señalaron la tierna carne del pequeño que no soltó ni una lágrima, ni si quiera un “¡ayyyy!”, solo la fina línea que dibujaban sus labios indicaban que lo que tenía herido era su orgullo—. ¡Ahora tú! –dijo la madre tirando del pequeño Faustino. Las lágrimas resbalaban por la cara sucia del niño que, con mirada de súplica, hacía esfuerzos por no llegar hasta su madre. Esta, sujetándole con firmeza le sacudió, al igual que al hermano tres buenos zapatillazos—. ¡Y ahora id a traer algo de leña! —dijo con toda la cara de enfado que pudo ponerle a los chiquillos. La realidad es que quería a su familia… Se acercó a una de las ventanas y apartó el visillo de encaje, que con tanto amor había bordado tiempo antes de la boda. Era un día hermoso. El sol lo anegaba todo: los preciosos rosales, trepando por la pared, los tomates, las lechugas, las borrajas… los árboles frutales, la hierba y hasta los bancos de madera que corrían pegados al muro tenían una luz inusual… Suspiró, desde lo más profundo de su ser, dejando escapar parte del cansancio acumulado—. Allí van los dos bichejos —dijo mirando cómo los pequeños correteaban al otro lado de la verja del huerto detrás de un viejo ganso, al que le hacían la vida imposible. Sabía que el animal, al que habían hecho alguna que otra trastada, tenía una comprensible fijación por los niños, a los que mantenía a raya a base de pico en ristre. Su cara reflejaba una sonrisa benévola cuando dejó caer el visillo. Se acercó a la tina y se lavó las manos volviendo a la masa, a la que dio forma de hogaza: una, dos, tres… así hasta seis piezas, que luego introdujo en la enorme boca del horno. Después se arrimó al fuego del hogar y echó un vistazo a la gran olla de leche que estaba a punto de hervir: leche espesa, caliente y dulce; leche de vaca rubia del valle del Roncal…