Jul 302014
 

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La maniobra perfecta del atraque del barco, teniendo en cuenta el corto espigón sobresaliendo más de lo normal y que obligaba a atracar de popa desde el puente de mando. El estrépito de las cadenas del ancla al fondear; las faenas de los marineros para sujetar las cuerdas a los bolardos; la dicha en los rostros de los pasajeros, por el final feliz del trayecto; la banda de música de la Guardia Colonial que amenizaba la llegada de cada buque correo como si fuera la primera… Y la figura de “la Escopetilla” iluminando el día. ¡Ya estaba en casa! Casi podía pisar la tierra de Oz, solo que a su lado no viajaba Dorothy con sus zapatillas rojas, sino que le esperaba al final de los dominios de la bruja mala del norte, la del corazón perverso. Él era el hombre de hojalata, el espantapájaros y el león juntos, y Dorothy le llevaría de la mano a través de esa tierra para encontrar un corazón menos doliente, un cerebro sin memoria y el valor necesario para olvidar el pasado. Por fin había llegado a la tierra de Oz. ¡La tierra prometida!

            Le recibió con un tímido abrazo y un beso en los labios, casi infantil, pero él la cogió en volandas y la abrazó con fuerza, sin importarle la gente ni las picantes bromas de sus compañeros.

– ¡Qué guapa estás con ese vestido estampado de flores azules! ¡Ya no nos separaremos más, señora de Fuentes! –y en los labios de ella se dibujó una sonrisa y a sus ojos de china se asomó el amor, tanto tiempo guardado para él.

– ¿Qué es lo primero que vamos a hacer?

– Irnos al Montilla, ¿no? – la mira con picardía-,  porque habrás reservado habitación, como te dije…

– Sí, digo ¡no!  Iremos a la Misión, para que el padre nos case.

– Pero ¿qué dices “Escopetilla”?, si ya estamos casados… -le aferra la mano como si se la fueran a robar.

– ¡A mí me lo tiene que decir el padre!

– Anda, sube al Jeep. ¡Luego lo devuelvo!  -y colocando las maletas en la parte de atrás, dijo adiós a sus compañeros, que con jocosidad les deseaban un buen colchón para pasar la noche, libres de chinches y otros visitantes.

Subieron “la cuesta de las fiebres”, dejando el puerto atrás. Tantas ganas tenía de darle un abrazo, que no se había despedido de nadie, aunque sabía que la isla era tan pequeña que antes de acabar la semana se cruzaría con más de uno.

– Tenemos siete días para nosotros solitos, antes de que el barco nos lleve a Bata, ¡bendita carga y descarga, que nos da ese tiempo sin las miradas y bromas de la gente que conocemos…! -le pellizca el cachete mientras cambia la marcha a primera.

– No sé si lo soportaré, me moriré de vergüenza… -la cabeza mirando al frente; las mejillas del color de las amapolas…

Al final de la cuesta, vislumbró el Palacio Episcopal, era un edificio sobrio pero bello. La Misión Católica, se encontraba a unos pocos metros justo al cruzar la plaza de España…

La luz entraba generosa por los grandes ventanales de la sala, iluminando una magnífica talla de San Antonio María Claret y las baldosas del piso, que de tanto fregarlas parecían pulidas. Una bien surtida librería, junto con tres sillones y una soberbia mesa de despacho de caoba africana, completaba el mobiliario del salón. A la espalda del claretiano, un crucifijo tallado en ébano y marfil presidía la pared junto a una foto del Generalísimo y otra, de dimensiones más reducidas, de José Antonio Primo de Rivera.

– Pero hija…

El misionero claretiano la miraba benevolente por encima de las gafas de carey, con los documentos del Obispado en la mano.

– Pero hija mía… -volvió a decir– si ya estáis casados. Tenéis documentos para parar un tren… anda, anda… iros con mi bendición y no olvidéis lo que dijo Dios: “creced y multiplicaos” –y con gesto paternal les tendió la mano para que besaran el anillo. La mirada del claretiano se cruzó con la de “Ojos de Gato” en un silencio de complicidad.

– Gracias padre por su paciencia…

– De nada hijo, y eso de “crecer y multiplicaos”, con mesura, hijo, con mesura, que no está el horno para bollos; que hay mucha hambre en España –dijo mirando al techo.

Dejaron los pasajes de la Biblia aparcados en la Misión para ocuparse de algo más trivial, así que, tomando de la mano a la que sería la madre de todos sus corderos, salieron a la calle. Entre las palmeras reales de la plaza se dejaba ver el reloj de la catedral, en el que faltaban diez minutos para las dos: <<La hora del aperitivo>>.

-Vamos, es la hora de tomarnos algo en el Chiringuito – dijo acelerando el paso ante una  “Escopetilla”, que había aflojado la marcha por los maullidos lastimeros salidos de un macizo de hortensias.

Cruzó la calle en busca de una “Cruz Blanca, bien fría”. <<O por lo menos fría, no iba a ser tan puntilloso>>, pensó sonriendo en el momento que traspasaban la puerta del Chiringuito. Lo había frecuentado alguna vez con Zarzosa y otros compañeros en su primer viaje a Guinea. Se acordaba de sus atardeceres, sentado en la terraza contemplando cómo se perdía el sol más allá de la bahía, y ahora quería verlos de nuevo junto a la mujer de su vida.

– ¿Qué vas a tomar cariñín? -le roza la punta de la nariz con el índice.

– Un refresco y unas aceitunas… -contesta, agarrándole el dedo al vuelo.

Él bromea con eso de que está muy flaca y que no va a tener donde agarrarse, mientras se mira el anillo que lleva en el anular. Ella extiende la mano junto a la suya y le dice que no volverán a mirarse así, los dos juntos, las alianzas hasta las bodas de plata y luego hasta las de oro, para ver cómo el paso del tiempo ha dejado su huella en ellas; apreciarán el desgaste del oro y el deslucido brillo que entonces tendrán, y será algo bueno, pues querrá decir que aún siguen juntos. Y mientras bebe, la mira por encima del vaso de cerveza y sabe, “casi” con certeza, porque el “casi” se lo deja a Dios, que volverán a extender las manos una junto a otra, en esa cuanto menos singular cita…

 

 

 

Feb 122014
 

 

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Rebuscando entre las carpetas de las tropecientasmil fotos que guardo en mi viejo “ordenata”,acabo de encontrar esta, de cuando una era joven y resultona. Es un carboncillo de una fotografía tomada en la cubierta del barco que nos llevaba de Canarias a Cadiz,para disfrutar de unas vacaciones. Hacía un dia precioso,y una con el pelo al viento,y ajena a los tropezones que te da la vida,era simple y llanamente feliz con sus dos retoños,el tercero aún estaba “durmiendo en el costal de su padre”. Llevaba un vestido negro con volantes de colores,del que me quedé prendada al verlo en un escaparte, de una calle cualquiera, de “la bella Tenerife”,que no dudé en ponérmelo nada más subir al barco,aún sabiendo que con dos retoños, de uno y cinco años,iba a durar impoluto,lo que tarda en colarse el agua en una cesta,pero no me importaba;nada me importaba excepto la luz de los últimos rayos de sol reflejados en sus ojos.
La tarde caía;un retoño jugaba tirado en el suelo con olor a brea y a sal marinera,y el otro hipaba desconsolado porque un dientecillo de leche se afanaba en romper su encia.
– Deja que te haga una foto…
-¿Para la posteridad?
– Para ahora mismo;para siempre.
Y…desde hace años,y ahora en “la posteridad”,preside el salón de nuestro hogar,un carboncillo que una vez salio de sus manos. Unas manos de trazo firme, y tan llenas de amor,que a una la hicieron bella entre las bellas,sin serlo.
Y rebuscando entre las carpetas de las tropecientasmil fotos,que guardo en mi viejo “ordenata”,encontré este rayo de luz de sus ojos que aquí dejo para vosotros.