Jun 052011
 

 

“…y me senté por primera vez en un aparato de aviación. El aire producido por la hélice me fue en extremo molesto; no me era posible hacerme oír del piloto; todo se me volaba; saqué un papel del bolsillo y me desapareció; mi casco protector se me escurría, la bufanda se me soltaba, la chaqueta no estaba abrochada con suficiente fuerza; en una palabra, mi estado era desastroso”.

De la autobiografía de Manfred von Risrthofen “el Barón Rojo”

En una mañana de primavera cabalgaba a orillas del Oder sin prisas; tenía que ordenar sus pensamientos antes de perderse en el fragor de la batalla…Y es que Manfred había llegado a teniente muy joven, sin tiempo casi para hacer y sentir todo lo que un muchacho de su edad debería aunque la culpa de todo eso la tenía esa admiración, que desde niño tenía por su padre: Quería ser como él, formando parte del regimiento de los Ulanos… Pensó en su hermano Lothar y no pudo menos que sonreír al acordarse de aquellos juegos infantiles en las caballerizas de la mansión familiar: “eras un diablejo hermano”-murmuró frenando a su caballo, un hermoso animal de patas fuertes y mirada inteligente y desmontando sobre una alfombra de yerba mojada por el roció temprano. Sus botas de caña alta pisaron la yerba y las gotas prendidas en ella resbalaron por la grasa de caballo con la que Jürgen, su ayudante, las lustraba día a día. Llenó los pulmones del aire fresco de la mañana y lo dejó escapar de un golpe, después encendió un cigarrillo dándole un par de caladas profundas.Un graznido le hizo mirar al cielo en donde un Águila Imperial, daba vueltas en círculos cada vez más pequeños. El bello animal lanzaba su grito de guerra para caer en picado sobre la pieza elegida allá, en algún punto remoto de la espesura y el deseó tener alas para poder volar y perderse en algún lugar lejos de todo y de todos. El caballo piafó inquieto y lo calmó hablándole al oído mientras le tiraba, suavemente de la oreja con una mano. Y es que ese gesto, se había convertido en una costumbre ente los dos desde la primera vez que lo montó y los dos fueron uno. Una ultima calada y un pie en el estribo y luego el otro. Miró el reloj y espoleó al caballo con más fuerza de la que quiso, porque no podía llegar tarde a esa cita ineludible con:” La 1ª Guerra Mundial “.
La gente nace para una cosa o para otra y el había nacido para luchar, ganando la Cruz de Hierro a lomos de su caballo. Luego un paso fugaz en las trincheras, con el cuerpo a cuerpo de la infantería, para acabar encontrando un lugar entre las nubes, alistándose en aviación. De alguna manera, el deseo de libertad que experimentó aquella mañana de primavera viendo volar al Águila Imperial se cumplía, aunque no como cazador porque su único objetivo era el de fotografiar el frente oriental. Necesitaba algo más que ese cometido aburrido en el que lo habían encasillado:”Nunca debí dejar la caballería”- se decía viendo que nadie le deba un puesto en el cielo para luchar contra el enemigo, hasta que una mañana el tren de la oportunidad se le cruzó por segunda vez con nombre y apellido:Oswald Boelcke,”el maestro de la Fuerza Aérea Alemana”. La primera vez que se vieron fue en un tren y ahora en el fortín de vigilancia. Jugaba con un compañero al ajedrez cuando se acercó para ofrecerle un puesto en el escuadrón de caza “Jasta 2”. Todo fue así, sin más, el tren de la oportunidad de su vida tenía nombre y apellido y él, no dudó ni un segundo en subirse en marcha.
Y sobre el cielo de Francia Un 17 de diciembre de 1916 obtuvo su primera victoria a bordo de un Albatros Biplano II. Y luego vino otra y otra y otra. hasta superas las cuarenta de Boelkle, su mentor. Era imparable. Había nacido para volar en esas máquinas hasta que el cuerpo aguantara, y él lo sabía. Entre las nubes y jugando al “corre corre que te pillo” con la muerte, era otro hombre que nada tenía que ver con el que pisaba tierra. En el aire, necesitaba desfogar el corazón tan falto de calor entre las cosas de allí abajo. Tenía la agudeza visual del soberbio espécimen que vio aquella mañana volar por la garganta entre las montañas cercanas a las tierras de sus ancestros y el arrojo innato de los Richthofen. Así era y así fue el tiempo que duró, que no fue mucho.
Y pasaron los meses con una y otra victoria, de las que dejaba constancia en unas copas de plata de cinco centímetros: “1 Vickerse 2 17.9.16”. un aparato, modelo, ocupantes y fecha.
Y prendieron en su pecho la Blauer max y el siguió Volando. Le confiaron el Jasta 11 y los catorce aviones que formaban el comando se lanzaron al encuentro del enemigo como pompas de colores movidas por el viento. El suyo era el rojo. Un triplano, Fokker DR.I. que hacia temblar a sus contrincantes en cuanto lo avistaban. El caballero del aire se lanzaba a por ellos una veces derribándoles, las más, pero también alejándolos de su punto de mira una vez heridos. Y herido fue un 6 de julio de 1917, de un balazo en la cabeza. La bala lesiono el cerebro pero el barón Rojo fue capaz de aterrizar su avioneta. Durante mucho tiempo siguió volando dejando la sensatez junto a su gran danés “Moritz”, que esperaba su regreso después de cada contienda, con una oreja cercenada por andar demasiado cerca de las aspas del avión de su amo.
Tentaba a la suerte con instinto suicida; jugaba con la muerte… y una mañana de primavera de un 21 de abril, un Águila Imperial lanzaba al cielo un último graznido antes de entrar en barrena por la bala de un cazador,al tiempo que otra ” bala compartida”entre un capitán canadiense “caballero del aire” y un soldado australiano de infantería, acabó con su suerte. A penas un minuto para cerrar los ojos… a penas dos para morir  y toda una eternidad para recordarle por sus OCHENTA victorias.
Al otro lado de las lineas enemigas, donde cayó, fue llevado a hombros por seis caballeros del aire británicos del escuadrón 209, mientras que soldados australianos presentaban armas y lanzaban tres salvas de honor.
Sobre su lápida una leyenda:” Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor”. Y sobre ella una cruz forjada con la hélice de su avión recuerda quien fue:
“EL BARÓN ROJO”