Ene 242017
 

Hoy llueve en mi ventana. Las gotas de lluvia resbalan por el cristal embadurnado de polvo y tierra, que el tiempo y mis ganas de escaparme del mundo que vive el vecino de enfrente, ha hecho que dejara adrede. Sin premeditación y en su momento, solo me frenaba la aburrida perspectiva de pasar el paño, por esa abertura a la realidad del mundo que me rodea. Y está lloviendo, con una lluvia cansina que cae sobre todo y sobre la gente que pasa, que no es mucha porque el día invita a no salir de la burbuja de cristal, que cada uno tiene en tal calle, en tal piso, o en tal soportal elegido al azar cuando no hay ni calle, ni piso de un@; cuando no hay burbuja de cristal.
Y la lluvia pega en el cristal haciéndose notar. Se desliza gota a gota por ese mapa desigual que el paso del tiempo ha dejado impreso, a falta de bayeta en ese boquete al mundo real. Y entre esas gotas veo, aun sin querer, la luz encendida en un cuarto del piso de enfrente. Un hombre de una cierta edad, se asoma a la calle por una ventana y parece que mira hacia mí, y no me gusta porque siento que ha ocupado mi espacio vital: que tontería– pienso –si a la tenue luz de mi viejo ordenador nada puede ver. Mi viejo ordenador y esta habitación pequeña, en donde tantas horas de mi vida he pasado. El caos que en ella hay lleva mi firma. Los libros arrumbados en un desordenado orden, al que solo yo puedo acceder, por eso de que: ”ahí no hay quien encuentre nada”, como me ha dicho algún que otro ser humano, pocos, dicho sea de paso, pues es mi refugio; el búnker acorazado que guarda los pensamientos y desvaríos de este cerebro cansado de tanto imaginar, suponer, analizar… de tanto pensar lo impensable; de tanto soñar… Un momento, porque estoy algo acatarrada y siento la necesidad de sonarme la nariz: – ¡que asco de mocos que me impiden respirar! – me digo en voz alta, mientras abro el primer cajón de esta mesa diminuta, que más que una mesa parece el cuadro de mandos de una nave espacial, con tanto cable enchufado a la regleta. Mi mano acierta a encontrar ese rollo de papel higiénico compañero de catarros y de alguna que otra lágrima furtiva. Y me sueno la nariz con un trozo de papel, que envió a esa papelera de plástico barato, que no es otra cosa que una bolsa del Supermercado: la tengo que cambiar– me digo, apretujando su interior – pero ya lo haré mañana… Dirijo la vista a la pantalla que brilla entre las sombras de esta tarde tediosa y mojada, y releo lo escrito una vez más y ahora me parece lo que he dejado aquí un rollo de los guapos, que a nadie puede interesar ¡ja! En mi cara ha dibujado la cordura una irónica sonrisa, y mi neurona me dice:
– No serás capaz… Mira que es un bodrio de los buenos…
Ya lo se compañera de camino, pero como tantas veces no te voy a escuchar, así que,  cierrate en banda si quieres, pero aquí se queda mi desvarío.
Hoy las gotas de lluvia resbalan por las ventanas. Por la suya, limpia y transparente… Por la mía, separada del mundo por ese mapa que el tiempo, a falta de bayeta, ha dejado en el cristal.
Hoy me amotiné contra mi neurona.
Hoy llueve en mi ventana…