Ago 202011
 

 

El brindis de “Ojos de Gato” nunca faltó en la cena familiar de la Noche Buena…

 

 

 

Fuera de la taberna el barullo era tremendo. En su interior, olía a vino peleón y a pacharán, a chistorra y pan de hogaza recién horneado, todo ello envuelto por un penetrante aroma a setas. Inspire profundamente, y la boca se me hizo agua, mientras mi estómago soltaba un gruñido recordándome que en todo el día, solo le había metido un triste bocadillo. El local estaba “hasta la bandera” pero no nos importaba, decididos como estábamos a conseguir nuestro objetivo: un rincón en algún lugar de la taberna. Fernando, encabezó la expedición y nosotros le seguimos, por el estrecho espacio que dejaban las mesas atestadas de parroquianos; sorteando con pericia la tripa del tabernero y sus fuentes de chistorras, llegamos a una mesa, situada al lado de la cocina, de la que cuatro falangistas levantaban el vuelo. Reconocí a uno de ellos, era el muchacho de los granos en la cara y su aire de “gallo peleón,”que, como la vez anterior, iba ajustándose el correaje mientras hablaba a voz en grito, para hacerse oír en medio de aquella algarabía.

– ¡Tabernero! — Dijo Fernando, agarrándole del brazo, y poniendo en peligro todo lo que llevaba en las bandejas- ¡Tabernero, venga unos chatos! ¡Y tráenos de todo!

– De momento van unos chatos… ¡Marichu, trae unos chatos a esta mesa, gritó mirando hacia la barra. Al poco rato, apareció una muchacha, con la cara llena de pecas, y una mirada profunda y aterciopelada, que a mí me recordaba a la de un cervatillo asustado. Sin decir palabra nos dejó el vino en la mesa y sonriendo con timidez, se marchó. Pensé que ni los modales ni su carácter encajaban en el ambiente, era como “una margarita, en un campo de coles”.

¡Vamos a brindar, por nosotros! ¡Porque cuando acabe todo, volvamos a reunirnos en este mismo lugar! — Mientras Fernando hacía una exaltación de la amistad, chocamos los vasos y brindamos porque se cumplieran los deseos del bueno de mi amigo. Al rato llegó el tabernero con un par de fuentes repletas «de todo,”como había pedido Fernando. Y comimos, bebimos y disfrutamos de aquellos momentos, conscientes de que quizá no volvieran a repetirse. Alguien empezó a cantar: “los estudiaaantes naaaavarros, chimpón, jodete patrón, saca pan y vino chorizo y jamón y un porrón”.. .Y al momento, todos le seguimos. “Cuaaandó van, a Iaaa, posadaaa ,Io primeeerooo, queee preguntan, chimpón, jodete patrón, saca pan y vino, chorizo y jamón, y un porrón, dooondeee duerme la criaaadaaa, y si no tieeenen criaaada”… No sabía si era por las circunstancias, pero esa jota estudiantil que tan buenos ratos nos había hecho pasar a todos esa noche, tenía un significado especial: con ella nos despedíamos de los «días de vino y rosas”, hasta Dios, sabía cuando. aChimpón jodete, patrón, saca pan y vino chorizo y jamón y un porrón, dooondeee, coño duermeee el amaaa…

– ¡Amigos! ¡Todos en pie! – Voceó alguien en el local- Todo a una, hagamos el brindis del “Curdin Club”. – Y todo el local alzó sus copas recitando el brindis.

Hermanos – dijo el que lo inició – Pensad y considerad quien os viene a visitar. El que por tierra y por mar, venció con valor humano.

¿Creéis que este que tengo en la mano es el verdadero y real cuerpo de la uva?

– ¡Si, lo creemos!- dijimos todos

¿Creéis que vino a este con tanto primor y ardor, que a un hombre sin saber hablar lo hizo predicador?

¡Si lo creemos!- con el semblante encendido, y el corazón rebosando camaradería, seguimos la ceremonia.

¿Creéis vosotros que un sastre, un zapatero y un oficial de barbero, son tres personas distintas, cada cual más embustero?

– ¡Si lo creemos!

– Pues ya que tanto creéis, decid con migo:

Señor Don Tinto, yo no soy digno de que entre en mi cuerpo tan solo vino.

Por vuestra divina palabra, que sea puro y no tenga agua ¡Ven aquí sangre de viejo! Que sabes que no me espanto aunque vengan cien pellejos.

Para ganar la gloria: con vino y con memoria

Para ganar el cielo: en casa del tabernero.” Peromnia seculan seculorum” amén. Que todos beban y yo tambien.

Desde que acabó la guerra, lo vivido en esa noche de verano le venia al pensamiento con mayor frecuencia de lo que hubiera querido; incluso a veces soñaba con ello. Se veía a si mismo con el vaso alzado, y destilando euforia como el resto de los parroquianos, a sabiendas de que cuando entraran en combate muchos de ellos no volverían a recitar el “Curdin Club”