Nov 202015
 

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Y hasta el final de la guerra, fue todo un peregrinar. Un par de veces en tren, otras en carro, las más en el coche de San Fernando, ya se sabe que un ratito a pie y otras andando…: Calatayud, Villarquemado, Villafranca del Campo, Paniza… En todos paraban un tiempo, según los avatares de la guerra. Siempre con miedo en el corazón… aunque a veces, ese miedo quedaba ahogado por la espera del anuncio del fin de la guerra. Mientras tanto, en el ir y venir de sus vidas, llegaban hasta ella las terribles noticias de la contienda: Belchite, Teruel, Brunete, Jarama, Ebro… Batallas, todas ellas mostrando la cara más terrible de la pelea. El crudo invierno del 37, con la toma de la ciudad de Teruel… El general Rojo, moviendo ficha: “jaque al rey”… 40.000 hombres, carros, blindados…, rompen el cerco de los nacionales.
Franco, respondiendo; dejando a un lado los planes de ataque para Madrid… Entrando al trapo del General Rojo, para acabar en una lucha encarnizada en medio de un clima siberiano. Se combate casa por casa; con bombas de mano y fuego de ametralladoras. Se combate con las bayonetas en ristre, buscando carne en donde clavarlas… aunque no se sepa bien quién es quién. Al llegar la noche, de uno y otro lado, los emboscados se mezclan con la población civil… horror… horror… horror…

Se acercaba la primavera y, con ella, el anuncio del final de la guerra… el final de la guerra… Sara suelta la prenda enjabonada y se alza en pie, dejando que se la lleve el río. El corazón galopa con fuerza en su pecho. No puede creer lo que oye: “¡La guerra ha terminado! ¡Ha terminado la guerra!…” Unos chiquillos corren por el pueblo anunciando la buena nueva. Pero Sara no acaba de creérselo; los escucha con recelo: «Son unos chiquillos. Hasta que no llegue un adulto y te lo confirme…».
— ¡Mamáaa, mamáaa! ¡Veeen, que la gente está en la calle gritando que la guerra ha terminado! — Sarita corría seguida de Chito, arañándose las piernas con las zarzas del camino –. Mamá, mamá, que vamos a ver pronto a papá… — dijo abrazándose a su madre.
— Mamá, mamá —decía Chito, metiendo la cabeza entre las dos hasta hacerse un hueco, como el huevo de un pingüino — – ¿Y podremos beber leche?
— Sí hijo, sí. Podremos beber leche…
…………
— ¿Qué llevas en la maleta que abulta tanto, amor?
— Algo de ropa, muy poca. Y un pedazo de nuestra vida…— dice abriendo la maleta.
— ¿… ?
Sara saca con mimo tres bultos a los que libera de la ropa protectora. Salvador mira con incredulidad los objetos esparcidos por encima de la cama: El reloj de cuco de la familia Camaró, la sopera para dos que le regaló cuando se casaron y el portarretratos con la fotografía del día de su boda: «Realmente es un pedazo de nuestra vida…». Sus ojos pasaron de esos pedazos de su vida a su mujer, de su mujer a sus hijos… Y pensó que era un hombre afortunado, el más afortunado de la tierra: «Te doy gracias señor por habernos dejado con vida… Por permitirnos estar juntos de nuevo. Gracias señor».
— ¿Estás bien?
— Sara, eres increíble… Todavía no entiendo cómo has podido ir de un lado a otro durante tres años, con dos niños y una maleta que abulta tanto… En medio de una guerra…
— ¡Chiiiiisssss! Mil guerras que hubiera. Mil veces cargaría con ella…

La calle del Rosario no parecía su calle. Casas derruidas, escombros y más escombros y de entre los escombros, alguna pared permanecía milagrosamente en pie, mostrando los impactos de bala en su inanimada piel… Pero allí estaba ella, orgullosa de haber aguantado erguida. A ella le pareció que le decía:
— Sara, las dos hemos hecho caso a los consejos del rosal de la calle de la Tristeza. ¿Lo recuerdas? ¡Lucha Sara, sé fuerte! ¡Si yo puedo, tú también! Las dos hemos podido Sara, las dos…