Nov 292015
 

 95cenicero

        … Apuntando al cielo, la proa de un barco emergía del agua como un pedazo de hielo en un vaso de güisqui con sifón…
— Es el Fernando Póo, su hermano gemelo era el Ciudad de Sevilla. Al comienzo de la Guerra Civil transportaba soldados republicanos a Bata, pero nunca pudo llegar a su destino, fue cañoneado por el Ciudad de Mahón.
A su lado, un hombre de la tripulación con los ojos entornados señalaba en la dirección del buque medio sepultado en el océano. “Ojos de Gato” le observó: tenía la piel de la cara curtida por el sol y surcada por mil arrugas en las que se podía leer los avatares de una dura vida en el mar. Sus manos hablaban de tempestades, bonanzas y calma chicha… de baldeos de cubierta… de sogas engrasadas y cigarros apurados hasta el límite. La larga uña del meñique, contaba los rasgueos de guitarra en las noches estrelladas, mientras que los tendones de su garganta, tensados como cuerdas de violín, llevaban escrito las veces que, con voz quebrada, habían dejado escapar el lamento de un cante jondo…
— ¿Hace un cigarro? —dijo tendiéndole un paquete de “Ideales”.
— Gracias, hace un cigarro.
Fumaron en silencio, escupiendo de cuando en cuando alguna hebra de tabaco pegada a la lengua. Unos negros, remando en unas barcas parecidas a las piraguas de los indios, se habían acercado hasta el barco. Uno de ellos, con voz grave, entonaba una canción que el resto de los remeros, al unísono, repetía “in crescendo”.
— Vienen a vender su artesanía y los frutos que da esta tierra… Nunca he entendido cómo no se les vuelca el cayuco, con toda esa carga…
— ¿?
— Un cayuco no es otra cosa que el tronco de un árbol al que llaman calabó*. Lo vacían, hasta dejar hueco suficiente para ellos y algo de mercancía. Es una madera muy blanda, con lo cual flota muy bien, pero tiene como desventaja que se pudre con rapidez… —dijo el marinero, lanzando la colilla al agua. Un ruido de cadenas acompañó las últimas palabras del hombre–. Hemos fondeado. El barco no puede avanzar más por falta de calado; ahora vendrá una gabarra para llevarlos a tierra… Bueno a tierra… —comentó, con sonrisa burlona.
— No comprendo… ¿Qué quiere decir?
— Ya lo verá –y tras hacer un gesto con la mano en señal de saludo, se alejó silbando “La bien pagá”.
En poco tiempo, media docena de embarcaciones habían llegado hasta ellos. Sus ocupantes, que se habían puesto en pie, ofrecían fruta fresca que llevaban en cestos. Un chavalín sujetaba con una cuerda a un diminuto mono, que Ángel reconoció enseguida. Era un congénere de Horacio, el asustado tití vestido de azul, que viajaba en el barco. El mono, ajeno al trasiego que había a su alrededor, se afanaba en despiojarse. Con las dos manos escarbaba cada centímetro de la piel, revolviendo el pelo que la cubría hasta encontrar al incómodo inquilino y en un santiamén se lo llevaba a la boca. Con un chasquido de dientes <chaaacccssss>, pasaba a mejor vida… Y así, una y otra vez, hasta que el muchacho lo agarró por el rabo, dejándolo cabeza abajo, posición que salvó la vida de los “diminutos ocupas” que aún quedaban en el pellejo del animal.
Madera de palisandro, palo rosa, ébano, marfil, collares, pulseras, telas, extraños artilugios que alguien señaló como instrumentos musicales; hermosas y enormes tortugas de carey, panza arriba, luchando por volver a su posición habitual moviendo inútilmente las aletas; pequeños animales parecidos a los lagartos a los que, un hombre identificó como camaleones; simpáticos loros de plumaje gris y rojo que, posados en el hombro de sus dueños, observaban con atención todo lo que ocurría a su alrededor y aves enjauladas en cestas de caña. La punta del enorme pico de un tucán asomaba a través del agujero de una cesta; el plumífero picoteaba la caña, una y otra vez: “Ahora pico aquí… luego allá… ahora saco una pata… no, así no, que no quepo, la vuelvo a meter… lo intento con la otra…”. ¡Y se acabó! No hubo tiempo para más; a golpe de remo, los cayucos se alejaron para dar paso a la barcaza que debía llevarlos a tierra….
— ¡Cuidado! ¡Sujétese fuerte! Pero no cierre los ojos, por el amor de Dios, que va a ser peor – gritaba un hombre de la tripulación a una mujer que permanecía inmóvil en mitad de la escalera de gato. Paralizada a medio camino, sus manos como garras de pájaro se asían con fuerza a uno de los peldaños; el marido que iba delante, agarrando uno de sus tobillos, intentaba que colocara el pie en el tramo siguiente, mientras que desde arriba, el tripulante hacía esfuerzos por soltarle las manos. La gente de la gabarra la animaban a seguir; en cubierta, el resto del pasaje, miraban con recelo la escena. Tras un laborioso trabajo de mentalización, digno del mejor psicólogo del mundo, la señora en cuestión llegó al último tramo de la escalera en donde la esperaban un buen puñado de manos que, en el afán de socorrerla, hicieron balancear peligrosamente la gabarra.
Poco a poco fue bajando el personal. Los niños en brazos de los marineros; los demás, en brazos del “Ángel de la guarda”.
No faltaban muchos metros para alcanzar tierra, cuando la barcaza se paró ante los ojos de los pasajeros. Una playa inmensa de dorada arena, bordeada de palmeras, cocoteros y egombe—egombes*, custodiaban como el mejor de los ejércitos a una pequeña ciudad formada, en su mayoría, por casas de madera de una sola planta.
— ¡Fin del trayecto! —dijo un tripulante, guiñando un ojo a un viejo colonial que sonreía, ante el desconcierto de la gente—. Por ahí llega el nuevo medio de transporte — y señaló un grupo de negros que, metidos en el agua hasta más arriba de la cintura, avanzaban hacia nosotros. Los hombres hundían sus brazos, rompiendo el mar a brazadas y así una y otra vez. «Arrastrando con ellos pequeños cachos de mar…», pensó Ángel. A medida que se acercaban, la expectación era grande y la cara divertida de algún que otro pasajero, aún mayor…
— ¡Arriba! –el viejo colonial fue el primero en utilizar tan original medio de transporte; con los zapatos en una mano y las perneras de los pantalones enrolladas hasta las rodillas, se montó a horcajadas sobre los hombros de uno de los imponentes negros, que emprendió el camino de regreso, del mismo modo como había llegado: brazada va… brazada viene… <Y ahora me paro un momento para que recuperes el equilibrio, me has soltado la propina y no debo dejarte caer…>.
— ¡Esto va para los nuevos! —decía a voz en grito el jinete—. ¡Les recomiendo que les den algo de dinero a sus porteadores si no quieren pegarse un buen chapuzón… suelen ser muy torpes con los que no han soltado la propina, ¡ja, ja, ja!
Uno a uno los viajeros fueron transportados de esa guisa hasta la orilla: los “antiguos”, tan frescos charlando de sus cosas como si nada; los “nuevos”, con el cuerpo agarrotado y una expresión bobina en el rostro… Poco a poco, los hombres a caballo y las mujeres y los niños en las sillas, fueron dejando la gabarra. Los negros iban y venían, de la orilla a la barcaza, de la barcaza a la orilla, hasta dejar en la arena a los pasajeros y sus pertenencias. «Un “trabajo de negros”…», pensó con ironía “Ojos de Gato” cuando todo acabó.
— Un “trabajo de chinos” —corearon Herrera y Llaurador…

        Dos hombres vestidos con el uniforme de la Guardia Colonial llegaron hasta ellos. Cuando vieron en las hombreras de la guerrera de uno de ellos las tres estrellas de seis puntas, se cuadraron ante él.

       — ¡A sus órdenes mi capitán! —dijeron los tres como una sola voz.
— Bienvenidos a Bata, saludó estrechándoles la mano. Soy el capitán Calonge…
— Bienvenidos, compañeros —dijo el hombre que le acompañaba, apretando con fuerza la mano de “Ojos de Gato”—.  Soy el instructor Arrieta…
Los cinco hombres subieron a un Land Rover, se alejaron del ajetreo de la playa y atravesaron la ciudad, hasta llegar al campamento situado sobre una meseta, una pequeña elevación de terreno en el centro de la ciudad. Al pasar por el cuerpo de guardia, un nativo vestido con un uniforme de color garbanzo, similar al de los Regulares de Marruecos, con un tarbus* rojo en la cabeza, pantalón corto y los pies descalzos, les saludó en “posición de firmes”. En el interior del recinto, una gran explanada albergaba las diferentes infraestructuras que componían el campamento: nada más entrar, a la izquierda, se encontraba la vivienda del Capitán Administrador, el único edificio de cemento de todo el campamento. El resto: las oficinas, los talleres, las viviendas de los instructores, los barracones de los guardias… e incluso, la cárcel pública, situada dentro del recinto, habían sido construidas en madera, bambú y nipa.

Arrieta paró el Land Rover ante las oficinas y el capitán se bajó, no sin antes desearles una feliz campaña en “la Guinea”. Qué lejos estaba “Ojos de Gato” de saber, que la campaña de año y medio se convertiría en toda una vida; que allí se casaría y que allí nacerían sus hijas y tres de sus nietos; que allí viviría los años más felices de su dilatada vida…