Abr 082015
 

Escáner_20150302

La sobremesa era lo mejor de las comidas. Una copa, un cigarrillo y un buen café, revuelto con una charla entre amigos era para ellos el séptimo cielo. Dios sabía lo que disfrutaban estando en buena compañía. Los cuatro se tenían un cariño muy especial, hasta el punto de que prometieron ponerle el nombre de Sara, si era una niña, a la criatura que Charo llevaba en su vientre cosa que a “la Escopetilla” le llenó de orgullo. Y charlaban y reían con las ocurrencias del bueno de José que, agradecido, ya había mandado recoger seis docenas de huevos de las gallinas del corral y cuatro cestos de verduras y frutas, de la fértil huerta que tenía la finca. “Ojos de Gato” le había dicho una y otra vez que nada tenía que agradecerle, porque era su trabajo, pero se ponía tan pesado que no tenía más remedio que ceder… Y ellos charlaban y Gelinda se aburría como un mono en una biblioteca, así que como siempre se dedicaba a vagar entre los cacaotales esperando que al final alguien de la casa grande se diera cuenta de su ausencia. Se sentía muy sola cuando la llevaban a esas reuniones que para ella eran eternas, porque no solía encontrar niños blancos con quien jugar…
Sentada en la tierra enfangada con la espalda apoyada en un cacao jugaba con una lagartija a la que tenía cogida de la cola con suavidad, pues sabía muy bien que si la forzaba se quedaría con ella en la mano. La acercó a los ojos para verla mejor, y le pareció que el animalito la miraba como diciendo: “¿Y qué quieres que le haga yo si no sé ni jugar al escondite, ni saltar a la comba; por no saber, no sé ni hablar?”. Hubiera querido arrancar de un tronco una baya de cacao porque le gustaba mucho el sabor agridulce de los granos maduros que guardaba en su interior, pero sabía bien que eso era cosa de los mayores que usaban el machete para toda esa labor, así que tragó saliva porque la boca se le hizo agua. No entendía por qué no le daban esa fruta en casa con lo que le gustaba. Allí sola como estaba, se puso a hablar en voz alta con el mismísimo Dios: “Es que no entiendo como no pensaste en las niñas como yo cuando hiciste el mundo… Claro que niños hay en todas partes, aunque sean negros, chinos o indios, solo hay que ver las huchas del Domund del colegio, pero podías haberte acordado de mí. No te hubiera costado nada dejar un niño blanco en cada finca para poder jugar con él cada vez que me trajeran”. Escuchó la voz del boy llamándola por su nombre, así que decidió jugar al escondite con él, y armarse de paciencia hasta que la encontrara.
— ¡Niña Blanca! La señora decir que vengas a la casa grande –gritaba desesperado—. ¡Que salgas niña blanca! —escuchaba los pasos del boy cada vez más cerca y decidió salir a su encuentro.
— ¡Aquí estoy! –le dijo con su mejor sonrisa. Estaba jugando con una lagartija.
— Tu mamá enfadar mucho cuando vea pantalón con potopoto…
Y ella se agarró a su mano sin decir nada. Y él se quedó asombrado con la reacción de la niña blanca.
— ¡Vamos a ver al pangolí! –le dijo eufórica.
— La señora se va a enfadar si tú tardar…
— ¡Por favor! ¡Por favor! Solo un momento –le rogó apretándole la mano.
El boy la miró a la cara con sus grandes ojos negros y no pudo resistirse. La niña blanca le había ganado la batalla con sus “ojos sonrientes”, así que se dirigió a la fuente en donde el animal se había enroscado por la cola a uno de los barrotes de la jaula.
—¿Tú querer ver qué hacer? –le preguntó metiendo un palo entre los hierros, sin darle tiempo a contestar, azuzando al animal que inmediatamente se enrolló sobre sí mismo–. Él poner como una naranja del país para defender… —le explicó azuzando de nuevo al animal—. Y también para dormir.
— ¿Qué comen?
— Comer hormigas y termitas, como lagartos, pero lengua más larga… Ya has visto, ahora ir a la casa grande.
Entró en el comedor dispuesta a soportar la regañina de su madre porque iba perdida de barro, pero apenas se fijaron en ella. Solo recibió un: “Ya estás aquí, cariño. ¿Quieres más postre?” Y con un “no” por respuesta. Salió a la galería en busca de sus patines; se deslizó por el suelo bruñido girando en cada esquina sin tropiezos, y a todo lo que daba la fuerza de sus piernas colándose en las habitaciones y en los amplios cuartos de baño. Las ruedas producían un sonido sordo al rodar por los pasillos. Pasó de largo la cocina en dirección a la escalera que conducía al desván; un lugar mágico para ella desde aquella vez en que, harta de no hacer nada, se dedicó a explorar cada rincón de la casa. Dejó los patines al pie de los escalones subiendo con sigilo cada peldaño, aunque sabía que nadie la seguía. Al entrar, el piso de madera protestó bajo sus pies a la vez que el polvo cosquillea su nariz haciéndola estornudar. Se paró en el centro de la estancia justo debajo de la franja de luz que entraba por el ventanuco alzando las manos para atrapar los cientos de pequeñas motas de polvo doradas que bailaban suspendidas en él, pero fue en vano; siempre era en vano. Cuando se cansó de jugar con “el polvo de Ángel”, se acercó a la vieja cómoda de madera que dormía el olvido, junto a un montón de trastos más, con los cajones entreabiertos, sin poder evitar la curiosidad por ver lo que guardaban. Quizá fue ese instinto maternal con el que Dios la dotó, tal vez para compensar el poco que recibió de “la Escopetilla”, lo que hizo que su cuerpo vibrara ante las crías recién nacidas, pelonas y de piel translúcida que tenía delante, durmiendo entre virutas y restos de tela. Las miró una vez, dos, y se acabó; las cogió con cuidado arropándolas en el bolsillo de su camisa y salió corriendo sin pensarlo ni un segundo más ante la posibilidad de que apareciera la madre, bajando los escalones como si hubiera visto al mismísimo Morimó. Se calzó los patines echando a correr por los pasillos tropezando a la altura de la cocina con un nkué lleno de naranjas, que rodaron a su paso, haciendo que por un momento perdiera el equilibrio. Cuando llegó al comedor con el corazón a mil, y las mejillas como dos ciruelas prunas, se acercó a “la Escopetilla” con la esperanza de que la dejara quedarse con ellas.
— Mira lo que me he encontrado mamá… —dijo sacando las crías del bolsillo.
— ¡Qué asco! ¡Pero cómo se te ocurre coger eso! ¡Qué asco! –repitió pegando un grito.
Todos se quedaron mudos mirando con atención lo que llevaba entre las manos.
— Son crías de rata, Gelinda. ¿De dónde las has sacado? –le pregunta “Ojos de Gato”, en medio de los aspavientos de la madre de sus hijas.
— No es para tanto –intervino José muerto de risa—. No es para tanto mujer… Dame las crías y el boy se las llevará.
— ¿A dónde? —dice retrocediendo dos pasos, escondiendo las manos tras la espalda.
— Son ratas. ¿Es que esta niña no sabe lo que es una rata? –interviene Charo.
— Al mismo sitio de donde las sacaste –contesta guiñando un ojo a “la Escopetilla”.
— De un cajón de la cómoda que hay en el desván… —confiesa desilusionada.
— Trae… —le dice José haciendo una señal al boy para que los quitara de el medio.
Unos gritos de mujer interrumpieron la conversación. Entró en la estancia como alma que lleva el diablo con el vestido desgarrado y tirándose del pelo con violencia parándose junto a la niña que estaba como hipnotizada viendo cómo enseñaba sus dientes, afilados como los de un tiburón. La mujer con voz aflautada, hablaba muy deprisa en fang; tan deprisa que solo lograron entender “Mboeti”. Instintivamente “Ojos de Gato” agarró a su hija por el brazo quitándola del medio. Uno de los guardias que se quedaron en la finca, irrumpió en el comedor con el mosquetón al hombro. El hombre se paró unos segundos para coger aire.
— Salid de aquí las tres –dijo empujando a la niña hacia donde estaban las dos mujeres.
— Masa yo no ha podido alcanzar a mujer… —dijo sin resuello.
— ¿Qué ha pasado?
— Ella estar enfadada porque robaron a su hijo pequeño.
La mujer continuaba tirándose del pelo, ametrallando el aire con el chorro de palabras que salían de sus labios.
— ¡Qué ha pasado! –gritó perdiendo la paciencia.
— Masa… ella enfadar con brujo de Mboeti porque se comieron a su hijo muy pequeño y no le dieron nada; ni un dedo pequeño –dijo mostrando el meñique.
A “Ojos de Gato” le faltaron las palabras; nadie habló excepto la mujer que seguía con sus desvaríos.
— Ponle las esposas.
— Masa… yo tener miedo…
— Te he dicho que le pongas las esposas. ¡Ahora! –le ordenó–, ¡o si no acabarás en el calabozo! –volvió a gritar sujetándola por los brazos.
La mujer desconcertada se quedó callada tirándose al suelo pataleando sin parar. Se sentó a horcajadas sobre ella gritándole al guardia que le pusiera las esposas, mientras José le sujetaba las piernas como podía porque la fuerza era atroz. El guardia seguía sin acercarse.
— ¡Ponle las esposas, coño! O te juro que te tiras seis meses en el calabozo cabrón.
El guardia se acercó despacio, y él dejó caer todo su peso sobre aquel cuerpo convulsionado, aprisionándola como pudo para que de una vez por todas le pusiera las malditas esposas.