Ene 142016
 

Bata 1934

          La caravana humana se hacía interminable. Guiados por los sanitarios los pobres infelices llegaban al campamento: llagados, llenos de pústulas, mutilados y con la carne desgarrada. Los que no podían caminar, eran transportados como trofeos de caza, atados de pies y manos a una gruesa caña de bambú.
— Leprosos… te acostumbrarás —Barreal pegó la espalda a la pared y hundió las manos en los bolsillos buscando el Cámel. Por un hueco del paquete asomaba un cigarro solitario que extrajo casi con devoción; lo partió por la mitad y le largó un trozo a “Ojos de Gato”.
— Gracias —dijo con la vista puesta en el desagradable desfile, guiado por sanitarios indígenas, que avanzaba despacio en dirección al “Tribunal de la Raza”. Recordó la curiosidad que despertó en él la solitaria estructura a su llegada al campamento y cómo luego la había visto imbuirse de vida, con el gentío que llenaba el lugar cuando los jefes de cada tribu, en su derecho de juzgar a su pueblo, requerían ayuda al capitán para solucionar sus litigios. Litigios motivados, por lo general, por la fuga de sus mujeres, malos tratos o pactos no cumplidos sobre dotes. Hombres, mujeres y niños copaban la zona con la esperanza de vender sus productos a la multitud que, durante los tres días de juicio, se agolpaba en torno al edificio esperando justicia. Tres días con sus noches de alcohol y la música machacante de los baleles. Tres días en el que el melongo restallaba sin descanso, bailado por un indígena que sabía hacer bien su trabajo: uno… dos…. tres…. cuatro… cinco… hasta cien veces, en la espalda del desdichado o la desdichada de turno que, unida por una gruesa argolla, abrazaba involuntariamente al solitario poste del Tribunal de la Raza, mientras que como música de fondo y para amenizar el circo, los lamentos del castigado se perdían en el baturrillo de voces inconexas que peinaban el aire…
— Ya te acostumbrarás, será una rutina más –le repitió. Pero las palabras de su compañero no le hacían sentirse mejor, porque sabía que no sería así; no podría acostumbrarse a ver pasar ante sus ojos a esos cuerpos medio desnudos con la carne desgarrada, mutilados y llenos de llagas. Muchos de ellos atados de pies y manos, colgados de gruesas cañas de bambú, como trofeos de caza trasportados por otros enfermos. No; realmente no podría acostumbrarse… Se había acostumbrado, eso sí, a disfrutar de los paseos los días de luna llena; a admirar el paisaje bañado de luz; a un cielo sembrado de estrellas. A eso sí se había acostumbrado. Pero a ver a esa gente hacinada en un extremo del recinto, día tras día, a la espera de reanudar el camino… y tener que pasar cerca de ellos hasta que alguien decidiera levantar el aciago campamento y a leer en sus ojos la súplica envolviendo la esperanza, como un papel a un caramelo. A eso sabía que NO SE ACOSTUMBRARÍA.
— Te acostumbrarás… te lo digo yo –Barreal parecía leerle el pensamiento–. Todo eso que sientes en tu interior pasará. El día que consigas cruzar tu mirada con la de estos pobres desdichados, dejando a un lado esa mezcla de horror y repulsión que ahora te invade, ese día estarás vacunado.
— ¿Cuál es su destino final? –“Ojos de Gato” siguió con la mirada a una mujer aparentemente sana que transportaba a la espalda, envuelto en una tela, a un niño de corta edad.
— Algunos están limpios, pero son incapaces de abandonar a los seres que quieren, como esa madre que estás    viendo.
–dijo señalando a la mujer con el pequeño—. ¿Su destino final? Aún les queda por recorrer cien kilómetros hasta llegar a Mikomeseng, el pueblo lazareto en donde los misioneros harán lo que buenamente puedan por ellos… Entremos en la oficina, amigo —dijo palmeándole el brazo—, que estoy oyendo la cháchara en pamue* que se traen esos dos y eso significa dos cosas: que no están haciendo nada y que lo que se tienen que decir no les interesa que lo entendamos. “Ojos de gato” le siguió al interior.