Jul 082014
 

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El café de Don Herminio  tiene dos puertas, tal vez para dejar escapar los malos rollos y atrapar los buenos y mejores. Entrar en él es sumergirse en un microcosmos variopinto en donde personas anónimas de vidas grises y aburridas, se transforman en personajes buñuelianos gracias a la magía del local que, como en una coctelera, entremezcla las debilidades humanas con lo mejor de cada ser que conforman ese pequeño mundo gobernado por el bueno de Don Herminio; un hombre afable al que le gusta disfrutar de la amena charla y los platillos de mil sabores, que la abnegada Doña Adelaida cocina con amor y mal humor, de tanto guiso y fogón. Es un encanto doña Adelaida, con su pizca de ironía en la conversación, y ese estilo con el que ha nacido y que no se lo apagan ni las zapatillas cómodas, ni el sempiterno uniforme de “oido cocina”. La miro y pienso que está fuera de lugar; que se ha escapado del “Masterchef” o de “Pesadilla en la Cocina y que en algún momento entrará por una de las puertas, la de los buenos rollos, Chicote o cualquier otro chef de altos vuelos para devolverla a los platós de cocina de la televisión.
El café de Don Herminio tiene dos puertas, tal vez para dejar escapar los amores alocados, de tintes adolescentes y sarasados por los que bebe los vientos Sebastián, un hombre de buen leer, simpático y verborreico hasta la saciedad. Le gustan tiernos como el cordero lechal. Una aprendió a leerlo en sus ojos, a fuerza de mirar al corderillo con ojos de merengón. Sebastián ¡Ay Sebastián! que complicada es la vida: te quieren sin tu querer… lo quieres sin él saber…
Tiene el café de Don Herminio un pequeño rincón ocupado por Don Gil un hombre más bien machista del que cuenta la leyenda que a la hora de comer le servía Doña Rosa, su mujer, a toque de campanilla. ¡Quien lo diría Don Gil! tan sumiso y entregado a esa tragaperras de corazón de cristal y alma de falsa moneda… Y a su lado Don Julian maldiciendo su destino con la mirada perdida y media sonrisa triste. Tal vez sueñe Don Julian con volar al Himalaya, o navegar por los rápidos de río Manso, allá por la Patagonia, o danzar con los bantúes… ¿En que piensa? ¿Con quien sueña Don Julián? quizá con Doña Clotilde que sentada junto a él, mira aburrida la vida que gira a su alrededor añorando aquellas tardes de cama con Don Julián. ¡Ay Doña Clotilde! Cloti para Don Julián. Ay Cloti, Cloti como las mata callando. Entrando por una puerta de las dos del café de Don Herminio, Alfredo, un camarero gracioso al que no le gusta el agua si no tiene graduación, pide “tres medias de tomate” y Don Herminio, a fuerza del dia a dia, lo traduce en “una y media de tostadas con tomate”. Las cinco y media en el reloj de la iglesia, de la ciudad de provincias de Don Herminio. Anda dormido el café sin las almas que lo habitan; es pronto aún para dejar el sillón y el rollo televisión. Miro a mi alrededor, y en un extremo con la gorrilla calada, un hombrecillo merienda una fuente de habas frescas, recien cogidas del huerto y un vaso de vino tinto sin sifón. Don Pernambuco le puso su santa madre, porque el hombre que la amó una noche de pasión, venía de Caruaru. Con sus ojos de ratón bajo las cejas pobladas mira sin ver una de las dos puertas; la de los buenos rollos mientras saborea el vino y da cuenta de las habas. Don Pernambuco tiene un colchón de billetes, dice él, y yo le creo. Don Pernambuco tiene sus años y no se cuantos pero son muchos. Don Pernambuco tiene su gracia cuando me mira guiñando un ojo…
Ha entrado por una puerta Doña Isabel, la de los buenos y malos rollos, con su nieta pequeña, rubia y tan pizpireta que me recuerda a la muñeca que vi una tarde en el bazar de Don Filiberto. Tan tiesecita, tan vestidita, tan peinadita y tan parlanchina, así es la pequeña nieta de Doña Isbel, una mujer que tuvo que ser de rasga y rompe, de rompe y rasga en sus buenos tiempos pues aún lo es, con esa falda, con esa forma, estilo y manera de aposentarse en el taburete del buen café de puertas abiertas a los sentidos y sentimientos; a las sonrisas, a los pesares, de cada alma que habita en él.
Y van pasando una tras otra, como las hojas del calendario las almas buenas, las generosas, las agarradas, las que no pagan y las que si, y Don Herminio, el de la buena leche, el de las mil historias, el buen amigo, sigue en la barra de su café, que huele a gloria con los aromas de la cocina de Doña Adelaida.
Y él sueña con su café
Y ella sueña con salir de él alguna vez…
Y los demás sueñan… vaya usted a saber con qué
Y pasan las almas…
Y en el café de Don Herminio se abren las puertas, las de los buenos y malos rollos…
¡Y a mi! ese café me enamora…