Feb 152012
 

Un tribal con tres caras africanas en una de las pantorrillas.Una sonrisa encuadrada en un mentón amplio y viril marcada por  una patilla de pelo fuerte. Una ceja con cicatriz,de aquella vez que quiso ponerse un piercing y duró, lo que suele durar una “peli”de Spileberg por tener la piel sensible como la de la madre que lo parió.Un pedacito de carne justo al lado de la oreja del tamaño de un guisante temprano:
-Es una oreja en miniatura…Si,no me mires así.Tanta cortisona…tanta cortisona…-le dijo el ginecólogo a la madre que lo parió, aquella tarde de sol y lluvia de regadera:la lluvia del caracol ,olvidando que el había sido el artífice de “tanta cortisona”. – Cuando sea grande el “muyayo”,que decida si quiere que lo acompañe al cementerio, o que la boten por el risco.Deja que el decida mi hija…
“Un guisante temprano”que nunca se quitó,no se sabe si por querencia,o por esa extraña atracción que ejercía en el sexo opuesto.La nobleza de su abuelo en la mirada enmarcada en unos ojos de San Bernardo-demonio de Tasmania,según el ánimo,Y unas manos grandes de dedos largos y fuertes de tanto hacer timbrar las cuerdas de ese bajo, con caja de madera, que con tanta ilusión, y muchas horas de curro,una tarde compró arrastrando en su aventura a la madre que lo parió,porque era una madre “todo terreno” que lo mismo hacia una tortilla,que cosia un remiendo,pintaba un cuadro,escribia un libro,o se sumergía en un mar de bafles,mesas de sonido,guitarras,palos de lluvia, y conciertos con aroma de litronas y hachís de Chaouen,aunque ninguno de los dos fumaba ni le daba a la litrona, por eso de que el asma y los “yuyus”de cabeza no se llevan bien con esos dos compañeros de conciertos.
Y él le daba a las cuatro cuerdas del bajo desde la puerta de aquel destartalado cuarto cuartelero abandonado hacía un porrón de años,y al que habían insonorizado forrandolo de cartones de huevos.Y el tocaba,digo,desde la puerta en invierno, con chupa y gorro de lana calado hasta las cejas,y en verano, con gafas de sol y pantalón de deporte,por eso de que el aire en el cuartucho se podía cortar con tijeras de pescadero,por lo denso de la fumata,y él no estaba dispuesto a tener otra crisis de asma de esas de campeonato.Y era gracioso ver al grupo actuar con aquel muchacho del tribal en la pantorrilla,tan “fuera de lugar”,pero es que era tan bueno…con ese pulgar y ese índice golpeando las cuerdas,con ese subir y bajar los dedos por ese mástil interminable, haciendo sonar esa octava grave que lo hacía tan particular…:
– No.Él es el “sano del grupo”,decían a la hora de pasarse el porro.Un porro baboso pasado de boca en boca,en un corro como el de “las patatas”,pero con litrona y patatas fritas de bolsa manoseadas por los dedos de todos.No.ÉL no;él es el “sano del grupo”.
– No.Yo no,decía la madre rechazando amablemente la ocasión de darle un par de caladas al porro a mendio fumar,que una tiene luego que hacer la cena,que fregar,que darle a la tecla,que limpiar los pinceles…Y tod@s reían a mandibula batiente creyendo que ella lo decía por decir.
Un tribal con tres caras africanas en una de las pantorrillas que, en su momento,le costó un huevo de pato que consiguió a base de currar tras las horas de estudio.Apareció un dia con él y a su madre casi le da un “paraflai”,aunque no dejó de reconocer que era una preciosidad…
Un tribal que siempre llevará con él,al igual que ese guisante temprano que nunca quiso quitarse.
Un tribal, y un guisante temprano junto a una cicatriz en la ceja por ese piercing rechazado por tener la misma piel que la madre que lo parió.
Un tribal,y esos dedos inquietos como alas de colibrí.
Un tribal,y los ojos de su abuelo.
Un tribal,y toda una vida por delante.
Y tenía un tribal con tres caras africanas,y un guisante temprano, ojos de San Bernardo-demonoio de Tasmania, y dedos de alas de colibri.
Y tenia, y tiene.